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“Bullet train”, Brad Pitt a toda pastilla

Diversión, acción, una vibrante postproducción y un guión con muchas libertades para cuadrar su historia. Cameos y breves interpretaciones que despiertan sonrisas en un espectáculo nipón trepidante, a golpe de color y una edición casi epiléptica, plasmado con filtro Tarantino.

Agosto, mes de vacaciones, en el que soñar con mil y un lugares a los que viajar. Como Japón, archipiélago en el que desplazarse subiéndose a uno de sus famosos tren bala. El delirio sería verse en él acompañado por Brad Pitt y ser testigo de cómo se la juega para salvarse no se sabe bien de qué ni por qué ni para qué. La realidad no puede ser tal, pero sí la fantasía plantándose en un cine para disfrutar de estas dos horas de viaje entre Madrid y Kioto. Treinta minutos menos de los que tarda un Bullet train auténtico. Inexactitud excusable, una de las muchas licencias que David Leitch se toma sin mayor excusa del porque sí. No pretende una cinta sesuda y toda libertad es bienvenida para conseguir que la trama fluya y no baje ni un ápice la sobredosis de velocidad y adrenalina que transmite y contagia.

Unos cuantos chicos y chicas malas repartidos en diez vagones, una miscelánea en la que todos son perseguidos y perseguidores y no tienen pudor ninguno en disparar antes de preguntar. Pero además de asesinos, mercenarios o agentes que siguen órdenes superiores, son tipos auténticos con un muy particular sentido del humor que les hace predicadores de la ironía, altavoces de una retórica ácida y aspirantes a un club de la comedia perfectamente compatible con golpes, tiros y peleas que tienen tanto de coreografía hipnótica como de violencia delirante. No hay secuencia que no tenga de ello a raudales, y lo mejor es que nunca sobra, siempre es pertinente.

Puede que le sobren algunos diálogos con intención graciosa y que suenan a tomados de cualquiera de Reservoir Dogs o Pulp Fiction, pero cobran sentido cuando dejan de ser utilizados como pausa con la que intrigar y se convierten en un ingrediente más del absurdo hiperbólico al que asistimos. Visceralidad latina (versión mexicana), exabruptos occidentales (ecos de la fantasía de Misión imposible y de la elegancia de Kingsman), toques de gore y un buen sazonamiento de cultura local, inclúyase la Yakuza, una it girl y más destrozos que los ocasionados por Godzilla.

Que no hay intención alguna de seriedad lo subraya una banda sonora en la que se versiona el Stayin’ Alive de los Bee Gees y suena Alejandro Sanz en lo que podría ser el mejor videoclip de su carrera y el de Bad Bunny, éste último sin cantar y caricaturizándose a sí mismo. La socarronería no se queda ahí, aparecen unos cuantos hollywoodienses materializando el sueño húmedo de muchos de sus fans. Ryan Reynolds, sin arquear siquiera la ceja, prolonga su personaje de Deadpool, saga en cuya segunda entrega ya coincidió con Leitch. Channing Tatum parece de camino a la versión homoerótica de Magic Mike y Sandra Bullock expone, por la vía de los hechos, el ascenso de Miss Agente Especial en la escala de la industria de la seguridad.

Y entre todo este totum revolutum, Brad Pitt se mueve como pez en el agua, encarnando su papel y a sí mismo a partes iguales. Su fotogenia es indudable, al igual que sus dotes interpretativas en esa fina línea que une lo guasón a la que es tan dado, pero sin convertirse en una reiteración de cualquiera de sus papeles anteriores. Súmese convertirse en mariquita, así se llama el agente al que pone rostro y cuerpo, le vale para evidenciar que está por encima de, sino de todo tipo, sí de muchos corsés limitadores y de prejuicios tanto de la industria como de quienes aún vamos a las salas. Él parece pasárselo en grande en la pantalla y nosotros, desde la butaca, nos lo pasamos muy bien con él.  

«Ennio: el maestro»

Documental que aúna la admiración por su protagonista y el reconocimiento a su extraordinaria labor en pro del séptimo arte con la excelencia de su dirección y su capacidad de emocionar e implicar al espectador en su propuesta. Material de archivo y entrevistas que repasan, analizan y explican la trayectoria de un genio musical, las peculiaridades de su estilo y los logros con que tanto nos hizo gozar desde la gran pantalla.

Inteligente, humilde, visionario, tenaz, imaginativo, incansable, innovador, apasionado. La lista de adjetivos con los que se puede definir a Ennio Morricone podría ser tan extensa como la concienzuda y pasional dirección que demuestra Giuseppe Tornatore en los 156 minutos que dura esta película. En una época en que casi todas las cintas parecen prolongadas en exceso, esta resulta breve, apenas un suspiro con el que se certifica cuán presentes están en nuestro imaginario muchas de las partituras de Morricone. He ahí las de los spaghetti western de Sergio Leone, La misión (1986), Los intocables (1987) o Cinema Paradiso (1988), o composiciones sinfónicas como la que concibió tras los atentados del 11 de septiembre de 2001.

La estructura narrativa de este documental es sencilla. A partir de una aproximación cronológica va desvelando capas, facetas y visiones del genio en lo que acaba siendo un recorrido circular al volver en su cierre a la pasión con que Ennio inició en la Roma de su niñez su relación con la música. Hijo de un trompetista, instrumento que aprendió a tocar antes de comenzar sus estudios de composición. Etapa académica en la que se formó con los grandes de su momento, pero a los que rápidamente superó integrando en sus creaciones cuanto vinculara la música con el ritmo que tomaba de lo que sucediera a su alrededor. Ya fuera la vida urbana, el fluir de una conversación o el instrumental de cualquier procedimiento mecanizado. Se adentró en la música popular como arreglista, resaltando aún más la voz de grandes como Mina y de ahí pasó al cine en 1961. Lo que parecía que iba a ser algo puntual y después temporal, acabó siendo una carrera con más de quinientas bandas sonoras.

Tornatore consigue que la figura de Ennio esté siempre en el centro de su cinta teniéndole como narrador principal. Entre él y otros muchos como Dario Argento, Oliver Stone, Hans Zimmer, John Williams o Quentin Tarantino nos revelan la sencillez de su manera de sentir y percibir, el modo en que procesaba y planteaba creativamente y el resultado que sus planteamientos causaban en los directores con los que trabajó, así como las películas a las que le dio otra dimensión.

Y lo logra combinando distintos enfoques con precisión, yendo de unos a otros consiguiendo que no suenen como una sucesión, sino como una exposición que crece a base de complementarse, ampliarse y profundizar en sí misma. La explicación técnica, el recuerdo de la anécdota a través de varias voces, el relato de cómo surgía el momento de la chispa o de la elección definitiva, el impacto que causaba ver lo que conseguía y cómo este perdura con la misma intensidad a pesar del paso del tiempo. Primeros planos, silencios y grabaciones en el estudio de los entrevistados. Cambios de lugares y personajes que denotan una producción muy elaborada y un minucioso trabajo posterior en la mesa de edición.

Ennio: el maestro es cine con mayúsculas, CINE, por partida doble. Por lo buen documental que es y por el sobresaliente homenaje que supone a quien se ganó por méritos propios el título de maestro con letras bien grandes. Gracias Tornatore. Gracias Ennio.