“El poder del perro”, la tensión de lo que no se ve

Jane Campion vuelve a demostrar que lo suyo es la interacción entre personajes de expresión agreste e interior hermético con paisajes que marcan su forma de ser a la par que les reflejan. Una cinta técnicamente perfecta y de una sobriedad narrativa tan árida que su enigma está en encontrar qué hay de invisible en su transparencia. Como centro y colofón de todo ello, las extraordinarias interpretaciones de todos sus actores.

El poder del perro tiene el mismo ritmo con el que debía transcurrir la vida en 1925 en Montana. Cada uno de sus planos está concebido para mimetizarse con él, con un tiempo y lugar en el que entorno, personas y acontecimientos se fusionaban de manera tan nuclear que no se sabía dónde comenzaba qué ni qué era causa y qué consecuencia. Pero a pesar de la perfección de los tonos marrones de su fotografía, la cuerda de su banda sonora y el historicismo de su diseño de producción, Jane Campion no se deleita en el esteticismo de sus imágenes. Utiliza la épica de sus paisajes (exteriores rodados en Nueva Zelanda) y el preciosismo de sus interiores de una manera cruda, como elementos generadores de la atmósfera opresora en que sus personajes hacen todo lo posible por sobrevivir. Tanto a las coordenadas en que les ha tocado vivir como a sí mismos.

Una sobriedad que no concebir como contención, sino como la expresión realista de un mundo en el que la escasez de recursos materiales era la norma y la expresividad emocional estaba cortada de raíz. Punto de partida de unas interpretaciones extraordinarias en su manifestación de la reclusión en la soledad individual, en la imperturbabilidad de unos propósitos nunca verbalizados y en una visión de sí mismos tampoco compartida. Cada uno de ellos es una interioridad cerrada a cal y canto en la que se intuye la lucha entre los deseos y las posibilidades. Conflictos de los que, sin embargo, no llegamos a saber su verdadera magnitud, los motivos que los generaron ni sus posibilidades de resolución. Así es como surge, se mantiene y acrecienta el drama, el misterio y la tensión de una cinta que no pretende explicar ni resolver sino exponer y transmitir.

Una historia con elementos para un desarrollo más descriptivo que narrativo, pero que Jane Campion evolucionar con sumo tiento de un triángulo inicial formado por los dos hermanos Burbank y la mujer en la que se fija uno de ellos, a otro posterior en que el esposo de ésta es sustituido por el hijo de su anterior matrimonio. Como hilo conductor entre uno y otro, las manifestaciones de los arquetipos masculinos y femeninos, los mandamientos y conflictos que conllevan, las posibles maneras de tender puentes entre ambos y las exigencias del entorno por romperlas. Una complejidad que Benedict Cumberbatch y Kirsten Dunst manifiestan con absoluta templanza gestual y corporal y en la que les acompañan, a la par que les diferencian, la ternura que manifiesta Jesse Plemons y la delicadeza que transmite Kodi Smit-McPhee.

Un western que responde a las claves del género, pero que -como hiciera Chloé Zhao en The rider (2017)- no se deja llevar por sus convenciones, sino que se sirve de ellas. Las utiliza como hilo conductor con el que construye su propio relato, indagando en su aquí y ahora hasta llegar a mostrar qué ocurre más allá de los que vemos.

1 comentario en ““El poder del perro”, la tensión de lo que no se ve

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