Así que pasen “45 años”

El recital de Charlotte Rampling es de los que dejan huella. El futuro dirá si se convierte en una de esas interpretaciones que se ven una y otra vez por su maestría al hacer aflorar a la piel y los ojos de su personaje el mar revuelto de su interior. A su altura, un perfecto Tom Courtenay en una cruda historia sobre los fantasmas del pasado que, por mucho tiempo que pase, en cualquier momento pueden hacer acto de presencia y cambiar el punto de vista que tenemos de cuanto hemos vivido.

45años

En una de las secuencias de “45 años” Kate está sentada viendo antiguas diapositivas proyectadas sobre una sábana. Se intuyen dichas imágenes, pero su contenido es secundario, lo que realmente impacta de esta escena es la mirada, el rostro, la piel y el cuerpo de la mujer que las observa. Que se pare el mundo, que todo da igual ante la perfección con que Charlotte Rampling encarna a esta silente esposa que se comunica con absoluta sinceridad y desnudez sin necesidad de pronunciar palabra alguna. No solo a través de sus gestos, sino también, haciéndonos ver cómo le afecta interiormente lo que está descubriendo: la alteración de sus pupilas, la sobrecarga de sus hombros, el vello erizado, el palidecer de su cara. Ella no interpreta, siente, no simula, vive, no representa, transmite.

Al igual que en esta escena, a lo largo de toda la proyección, el espectador es colocado en una posición de testigo privilegiado a través de encuadres enmarcados dentro de la acción -en el asiento de atrás o en la ventanilla del coche, en la mesa de al lado en un restaurante o en la agencia de viajes- sin interferir ni interponerse entre los protagonistas. La propuesta de Andrew Haigh va más allá de dejarnos mirar y es la de mostrarnos en qué consiste una intimidad construida durante casi medio siglo, tan interiorizada por Kate y Geoff que ellos ya no son conscientes de los pequeños detalles en los que se manifiesta. Noventa minutos de película para ponernos en el lugar de una pareja días antes de la celebración social de su aniversario de boda, en el de un hombre al que una carta inesperada le hace recordar cómo desapareció el primer amor de su vida y en el de una mujer que se pregunta de dónde nació su relación y qué sentido han tenido sus cuarenta y cinco años en común.

Tanto en términos de guión como visuales, “45 años” es de una bella sobriedad. Tiene justo lo que necesita, ni más ni menos. No hay nada superfluo ni vacíos que pidan frases o imágenes no incluidas para mostrar que la convivencia entre estos dos adultos se articula a base de diálogos de soledad y de miradas y gestos muchas veces adustos, más que con palabras y a través del sentido del tacto. Tampoco hay ánimo de trascendencia ni de solemnidad en sus encuadres de horizontes infinitos y paisajes costumbristas, en los silencios sobre los que se superponen el abrir de un grifo, el ladrido de un perro o el crepitar de la leña en el fuego.

45 años” no es una historia a la que accedamos desde la butaca, sino que ella misma se muestra, honesta y transparente, sin artificio alguno, desde la pantalla. Esa es la clave de su éxito y de su grandeza.

 

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