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“Cliff (acantilado)” de Alberto Conejero

Montgomery Clift, el hombre y el personaje, la persona y la figura pública, la autenticidad y la efigie cinematográfica, es el campo de juego en el que Conejero busca, encuentra y expone con su lenguaje poético, sus profundos monólogos y sus expresivos soliloquios el colapso neurótico y la lúcida conciencia de su retratado. Un viaje y un retrato existencial en el que traspasa el espejo de “La gaviota” de Chejov, para acercarse a construcciones tan hondas, íntimas y desgarradoras como las de los personajes de Tennessee Williams.   

Vi Cliff representado en septiembre de 2015 en Nave 73. Me gustó mucho. Me impresiona cuando una representación lo consigue todo de manera sencilla, únicamente con actores y texto, sin apenas escenografía y con escasos recursos escénicos (iluminación y música en este caso, nada más). Un único intérprete, Carlos Lorenzo, y las palabras de Alberto Conejero, a quien descubrí con esta obra. Ahora que he vuelto a ella, leyéndola, no solo he revivido lo sentido entonces, sino que he disfrutado ahondando en las múltiples capas, prismas y relaciones que expone.

Una escritura que confirma y destruye la imagen que tenemos de Montgomery Clift como una estrella de Hollywood, pero atormentado por ser homosexual en unas coordenadas que lo prohibían, conflicto del que salió derrotado por recurrir al alcohol y las drogas bajo la mirada de colegas y amigos de la profesión como Marlon Brandon y Elizabeth Taylor. La confirma porque es lo que ya sabemos antes de leer o ver Cliff como montaje teatral. La destruye porque no describe una imagen proyectada sobre una pantalla, sino que muestra con la crudeza de la verdad tal cual, sin adjetivos calificativos, la realidad de un ser humano que como tantos otros solo así consiguió alcanzar y mantener el punto de equilibrio entre quien era y lo que los demás le exigían.

Para ello, Conejero se adentra a través de las cicatrices físicas y espirituales de su retratado mostrándonos cómo toma conciencia de su dolor, las sangrantes luchas internas y los escandalosos conflictos externos que este le provoca y el difícil equilibrio en el que se sustentaba su existencia. Un drama que conecta con el ser o no ser de Hamlet y la tragedia griega y sus máscaras, artefacto mediador entre la persona y el personaje, evocación que Conejero utiliza para exponer la otra interpretación de Montgomery Clift, no la que realizaba ante las cámaras por su profesión, sino tras estas como resultado de la misma.  

Un recurso clásico, el de la máscara, sobre el que construye esta historia, tomando como punto de partida el accidente de automóvil en el que el 12 de mayo de 1956 Monty casi destrozó su rostro. Continúa con el alcohol que le distanciaba y protegía de cuanto le rodeaba, los cuerpos masculinos en los que huía del amor que no se permitía entregar ni recibir y concluye con su deseo de catarsis, renacimiento y salvación, interpretando en el teatro a Tréplev, el joven dramaturgo de La gaviota (1896) de Chéjov.

Un hilo a partir del cual, y con la vibrante pulcritud emocional de su escritura, Alberto despliega una estructura meta teatral de múltiples prismas. De un lado, el juego de espejos entre Clift y el protagonista chejoviano. Y del otro, los paralelismos entre Antón y Conejero construyendo historias sobre artistas que se buscan a sí mismos a través de sus creaciones. Una relectura que, a su vez, hace que el también autor de La piedra oscura o Ushuaia se refleje en uno de sus referentes, Tennessee Williams, quien también ahondó, como él, en este texto hasta hacer su propia reescritura del mismo en 1980 en The notebook of Trigorin.

Cliff, Alberto Conejero, 2011, Fundación Autor.

Paul Bowles y sus “Memorias de un nómada”

Autobiografía de un hombre, más músico que escritor, cuya vida consistió en ir de un sitio a otro para, a medida que conocía culturas y lugares del mundo e interiorizaba experiencias, pasar de un estadio a otro dentro de su particular crecimiento interior. Estas memorias, escritas cuando contaba con sesenta y dos años, tienen más de sucesión cronológica de episodios, personas, lugares, impresiones y retazos de conversaciones que de reflexión sobre su trayectoria vital.

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De EE.UU. a Marruecos, de Francia a Tailandia, de Reino Unido a Kenia, de España a Ceilán, de Suiza a Costa Rica. Fueron muchas las rutas que a lo largo de su existencia llevaron a Paul Bowles (Nueva York, 1910 –  Tánger, 1999) de un continente a otro. Unas veces por motivos literarios, otras musicales y muchas sencillamente para vivir sin más, para experimentar y conocer. En ocasiones también por trabajo, trayectos de ida escribiendo reportajes periodísticos o investigando sobre tradiciones musicales y viajes de vuelta a su país natal para que sus composiciones formaran parte de montajes teatrales e, incluso, producciones cinematográficas.

Unas veces solo, otras acompañado, ya fuera de la mujer con la que más compartió, Jane Auer, de multitud de amigos y colegas (Gertrude Stein, Peggy Guggenheim, Truman Capote, Tennessee Williams, Francis Bacon,…) o con todos aquellos que se encontrara en su camino, de manera más o menos casual y fuera cual fuera su condición (profesional, social, económica, cultural,…). Una vida que comenzó con el soporte económico e intelectual de una familia de buena posición, formada por una madre atenta y cariñosa y un padre estricto y represivo, así como unos abuelos y tíos siempre presentes. Un entorno en el que Bowles no recuerda haber interactuado con otro niño hasta cumplir los cinco años y del que salió para no volver nunca más una vez que comenzó sus estudios universitarios.

Casi cuatrocientas páginas en las que se percibe que vivió cada instante –ya fuera en París, Londres, Fez, Nairobi, México o Bangkok- con una mezcla de idealismo y pragmatismo combinada con ingenuidad y laissez faire, apoyándose en los recursos y personas que encontraba y buscaba allá donde estuviera. Nombres que entonces eran sinónimo de rebeldía y que hoy –ya en el siglo XXI, aunque también probablemente en el momento en que el autor de El cielo protector escribió estas memorias en 1972- son considerados como los innovadores que dieron forma a buena parte del legado intelectual y cultural del siglo XX.

Una etapa de la historia moderna en la que EE.UU. se convirtió en la primera potencia mundial, los imperios franceses y británicos llegaron a su fin y el mundo vivió dos guerras mundiales. Circunstancias que provocaron inestabilidades políticas, sociales y militares de gran calado y que Bowles también vivió de una manera muy particular. Valgan como ejemplo los interrogatorios que sufrió por su afiliación al Partido Comunista –organización que abandonó en 1939- durante la caza de brujas del McCarthismo, o su experiencia en primera persona de la independencia de Marruecos, por cuya cultura quedó prendado desde su primera visita al norte de África en los años 30.

Without stopping (acertado título original) podría ser una obra sugerente. Sin embargo, no lo es tanto. A la hora de plasmar sus vivencias sobre el papel, el objetivo de Paul Bowles es el de poner en orden sus recuerdos y no elaborar y concretar el hilo conductor -que seguro que lo hubo en el plano ideológico, espiritual y creativo- que le llevó de un lugar a otro, no solo geográfico sino también interior. Así es como Memorias de un nómada –a excepción de los capítulos dedicados a su infancia y adolescencia- no pasa de ser un volumen al que acercarse para conocer más sobre la biografía y recorrido de este autor, pero no con el que disfrutar y enriquecerse como lector.

Memorias de un nómada, Paul Bowles, 1972, Editorial Grijalbo.

“La gata sobre el tejado de zinc caliente” de Tennessee Williams

No solo una de las grandes obras del teatro americano y del siglo XX, sino de la literatura universal de todos los tiempos. Las múltiples caras de sus protagonistas, la profundidad de los asuntos personales y prejuicios sociales tratados, la fluidez de sus diálogos y la precisión con que cuanto se plantea, converge y se transforma, hace que nos sintamos ante una vivencia tan intensa y catártica como la marcada huella emocional que nos deja.

Este texto es el sumun de la escritura dramática. Está tan bien construido que hace del espectador alguien similar a Alicia a través del espejo, deja de ser testigo de la vida de otros para verse inmerso en el ojo del huracán que surge en la convergencia de todos ellos. ¿Cómo respondería si estuviera escuchando en su propia casa lo que acontece esa noche estival en la de los Pollitt? ¿Cómo se sentiría si su pareja, hermano, cuñada, padre o suegra le dijera las mismas cosas que se escuchan en esta celebración de cumpleaños? Lo que Tennesse Williams consigue va más allá de los mecanismos de identificación y proyección psicológica en que se basa la ficción. Su habilidad es tan fina, sutil y certera que es imposible no colocarse en el lugar de cada uno de los personajes y sentir cómo se enfrentan en su interior a la verdad de sus emociones, las pulsiones de sus anhelos y las exigencias de sus coordenadas y aspiraciones sociales.  

El autor de El zoo de cristal (1944) y La rosa tatuada (1951) entra a toda velocidad con una exposición de conflicto y diferencias, un torrente de queja y actitud de enfrentamiento, una manifestación de diferencias y una inequívoca intención de distorsión, a la par que de absoluta verdad, cueste lo que cueste, desde la primera línea. Pero lo envuelve en sensualidad y sinuosidad, en tranquilidad y sosiego. Dejando el margen suficiente para que la tormenta meteorológica que acabará formándose, sea simultánea a la individual que vivirá cada personaje, a la reservada de cada pareja y a la grupal de todos los miembros de esta familia. Lo íntimo se hará privado para pasar después a conocido, pero esquivado para, finalmente, más que público, ser manoseado con desdén hasta vulgarizarlo y vilipendiarlo con mala fe y peores intenciones.

El choque de trenes es provocado cuando confluyen la insatisfacción sexual de los jóvenes y apuestos Maggie y Brick, con la sombra del alcoholismo y la supuesta homosexualidad de él, y el nerviosismo hereditario generada por la situación médica del patriarca de la familia, con la sentencia nunca pronunciada de que no considera a sus dos hijos como sucesores. La vivencia de cada situación y el diferente conocimiento de unos y otros al respecto disparan sus suposiciones, teorías e imaginación dando pie a una tensión brutal. Un desasosiego que se convierte en un aire cada vez más denso y opresor que pone a prueba la fuerza, la inteligencia, la astucia y la moral de todos los presentes.

La inteligencia de Williams es tal que consigue desplegar con total libertad temas prohibidos en la ultra conservadora América de los 50 como la infidelidad, el deseo sexual femenino y la mencionada homosexualidad. Y lo hace enmarcándolos con absoluta naturalidad entre asuntos sí aceptados a ser expuestos y comentados, como la heroicidad de aquel que se hacía profesional y materialmente a sí mismo (la épica de la conquista del sueño americano), las luchas dinásticas, las envidias y los desprecios según los parámetros de clase social a los que se pertenece o aspira, o la exigencia de la maternidad como vía de realización de toda mujer casada.

Como extra, señalar que la edición que he leído (Penguin Classics, 2001) del ganador del Premio Pulitzer de Teatro de 1955, cuenta con dos versiones del tercer acto. La que escribió inicialmente Tennessee y la que reelaboró siguiendo los consejos de Elia Kazan, quien se encargaría de dirigir su puesta en escena en su estreno en Broadway. La primera es como un disparo a sangre fría, un pura sangre que lleva hasta sus últimas consecuencias las actitudes mostradas y los enfrentamientos expuestos anteriormente. La segunda no cambia el derrotero de los acontecimientos, pero tiene en cuenta al espectador que estará en el patio de butacas y propone una mayor entrada y salida de personajes del escenario para, de esta manera, acrecentar la sensación de zozobra que genera esta inolvidable experiencia.

La gata sobre el tejado de zinc caliente, Tennessee Williams, 1955, Penguin Classics.

“Homintern. Cómo la cultura LGTB liberó al mundo moderno” de Gregory Woods

Un extenso repaso a los muchos nombres que en el período 1870-1970 han vehiculado a través de sus creaciones, de su manera de vivir y de relacionarse con su entorno, cómo era ser LGTB en un mundo que negaba y castigaba todo lo que no fuera heterosexualidad y heteropatriarcado. Un ensayo profuso con el que conocer a muchos de los excluidos de las historias oficiales de la literatura, la música o el cine, así como las vivencias y motivaciones no reconocidas de algunos de los sí incluidos.   

La Historia no está formada por un único relato, una línea recta masculina, blanca, cristiana y heterosexual. La realidad es que hay otras maneras de ser que desde el momento en que se (auto) perciben como diferentes y son, por ello, estigmatizadas y castigadas, dan pie a que los definidos por ellas se relacionen, expresen y busquen objetivos vitales de manera distinta.

Durante mucho tiempo -hoy incluso- ha habido quien ha optado por negarse a sí mismo para no ser excluido (familiar, social o laboralmente). Quien ha decidido guardar unas formas heterosexuales (matrimonios pactados, soltería discreta) que ha utilizado como barrera de seguridad para poder ser fiel a su manera de sentir en un círculo más privado. Y quien ha sido lo suficientemente osado y arriesgado para no aceptar frenos ni amenazas y decidiendo vivir su condición y circunstancia en base a su propio criterio (distanciado con indiferencia o alejado prejuiciosamente de lo que hoy llamamos “el colectivo”) o adscribiéndose a las coordenadas (barrios urbanos considerados zonas seguras según unos, guetos según otros) y cánones políticos (movimientos reivindicativos) de cada momento.

Los incluidos en el segundo y tercer grupo (e incluso los del primero), han buscado siempre referentes que les mostraran y les guiaran, que les hicieran de espejo, les motivaran o provocaran cómo construirse su propio camino. En el inicio del período analizado por Homintern, el eco de la obra y figura de Oscar Wilde parecía llegar a todas partes, pero aún más lo hizo la sombra del juicio que le llevó a la cárcel acusado de sodomía e indecencia, ocultando durante años su genio literario y poniendo en el blanco de la homofobia a todo lo que tuviera relación con él.

No es este el único caso que recoge Gregory Woods en su relato de cómo la cuestión LGTB siempre ha estado ahí presente. A lo largo de sus profusamente documentadas páginas recoge biografías llenas de exceso y descaro como las de Tamara de Lempicka, Serguéi Eisenstein o Rudolf Nureyev, así como el uso tergiversado que se ha hecho de la condición homosexual en temas como el del nazismo (acusados homófobamente por los aliados de ser gays y de ahí su crueldad sin límites) o por todas las democracias occidentales durante décadas (valga como ejemplo la británica).  

También las ciudades, como focos y lugares a los que acudir, son protagonistas de la Historia LGTB y de como esta subcultura o prisma no solo forma parte de la Historia general, sino que ha hecho de esta algo plural y diverso. El París lleno de norteamericanos de entreguerras, el hedonista Berlín de los años 20, la Italia viajada por los europeos del norte y la costa amalfitana en la que muchos de ellos se quedaron a vivir, el Tánger en el que estuvieron Paul Bowles, Tennessee Williams o Jack Kerouac, el Harlem neoyorkino al que llegó Federico García Lorca en 1929, o el Hollywood en el que la vida pública de algunas de las grandes estrellas estaba marcada por el marketing de los estudios para los que trabajaban mientras que su intimidad solía ir por derroteros completamente opuestos.

Homintern. Cómo la cultura LGTB liberó al mundo moderno, Gregory Woods, 2019, Editorial Dos Bigotes.

Volver a Roma

Los años hacen que la víspera de un viaje no estés tan excitado como cuando eras niño y a duras penas conseguías dormir. Lo que sí provoca el paso del tiempo es que mientras haces la maleta pongas al día la imagen que tienes del lugar que vas a visitar. Cuando ya has estado, hasta en tres ocasiones como es mi caso con Roma, fluyen los recuerdos, las emociones y sensaciones de lo allí conocido y vivido con la alegría de saber que en apenas unas horas estaré allí de nuevo.

Agosto de 2006. Mientras llegaba a Ciampino en el primer vuelo low cost de mi vida (Ryanair desde Santander), Madonna llegaba en su jet privado a Fiumicino para actuar ante 70.000 personas en la parada local de su Confessions Tour. Mi primera impresión fue que aquella ciudad era un desastre. Los apenas quinientos metros a pie -arrastrando maleta- que hice desde Termini hasta la Plaza de la República me parecieron más neorrealistas que cualquier película de este género. La ciudad eterna me recibía con un tráfico caótico y ruidoso, con unas aceras que te ponían a prueba con sus desniveles y su adoquinado, además de con una remarcable suciedad y un comité de bienvenida de mendicidad. Como colofón, el hotel que había reservado por internet había perdido una estrella, tenía tres en su página web y solo dos en su puerta. El desayuno del día posterior nos demostró a mis amigos y a mí que su interior era de solo una.  

Al margen de estas anecdóticas primeras horas, todo fue a mejor a partir de ahí y la capital del Imperio Romano me deslumbró. Entrar por primera vez en tu vida en el Panteón (¡esa cúpula!), en los Museos Vaticanos (¡el Laocoonte!) o en el Coliseo es una experiencia inolvidable. Más que estético, resulta espiritual el modo en que cuanto te rodea consigue que te evadas de ti mismo y te sumerjas en una dimensión artística e histórica que no actúa como testimonio de un pasado lejano, sino diciéndote que, en buena medida, cuanto eres y como eres se vio en su día ideado y fraguado aquí, en esas vías que ahora transitas y en esos lugares y piezas que observas con admiración. La escultura alcanza otra dimensión después de sentir la presencia de las figuras barrocas de Bernini y las neoclásicas de Antonio Cánova y qué decir de la arquitectura tras entrar en basílicas como las de San Pedro, San Juan de Letrán o Santa María la Mayor.  

Haber estado semanas antes en la Toscana me hizo disfrutar aún más de cuanto descubría sobre Miguel Angel (el Moisés y la Piedad, la basílica de Santa María de los Ángeles). Confirmé que la pizza, la pasta o el queso mozzarella que había probado durante toda mi vida no eran gastronomía italiana como me habían hecho creer. Súmese a eso el limoncello y la gracia -era la moda entonces- de encontrarte en todos los kioskos el calendario merchandising del Vaticano del año siguiente con sus doce meses ilustrados por otros tantos supuestos sacerdotes que parecían tener como fin provocar hordas de confesiones (Madonna estuvo muy acertada con el título de su gira).  

Agosto de 2011. Pasado el tiempo, el recuerdo de lo visitado cinco años antes se había diluido hasta quedarse en tan poco más que una toma de contacto, una introducción. Me quedó mucho por ver y me apetecía rever buena parte de lo visitado entonces. Entre lo primero, los antiguos estudios Cinecittá (hoy reconvertidos en museo) y los decorados en los que Elizabeth Taylor se convirtió en Cleopatra y Charlton Heston en Ben-Hur, en los que Martin Scorsese rodó Gangs of New York y en cuya parte expositiva se podía ver la primera prueba de cámara que grabó Rafaella Carrá simulando perfectamente una conversación telefónica. Se quedó por el camino una actriz muy resuelta, pero el mundo del espectáculo ganó una gran cantante y una espléndida show-woman.

En la Galería Doria-Pamphili quedé abrumado por esa colección expuesta de manera tan avasalladora y eclipsado por el retrato de Velázquez del Papa Inocencio X (normal que Francis Bacon se obsesionara con él). Volví a buscar el Renacimiento de Miguel Angel en la Capilla Sixtina (disfruté mucho siendo capaz de descifrar todas las escenas y personajes de la bóveda) y el claroscuro de Caravaggio en San Luis de los Franceses y Santa María del Popolo. Imaginé la terraza con vistas a la Plaza de España y sus escaleras en la que el cine situó la vivienda de La primavera romana de la Señora Stone de Tennessee Williams y paseé de principio a fin el Paseo del Gianocolo para observar desde su punto más alto su vista de postal sobre la ciudad.

Me quedé con las ganas de entrar en la Real Academia de España y contemplar de cerca el templete renacentista de Bramante. Pero era ferragosto, esos días del año en que casi todos los romanos están de vacaciones y huyen de las altas temperaturas y el bochorno del asfalto. Intentando emularles, el amigo con el que viajé propuso ir un día hasta Bomarzo a visitar el parque de los monstruos. Pero no contábamos con la huelga ferroviaria que nos lo impidió. Los medios de comunicación suelen hablar de lo drásticos que son los franceses en este tema, pero nuestros vecinos italianos no lo son menos y cuando llegamos a la mastodóntica estación de Termini los indicativos avisaban que de allí no iba a salir ni un solo tren. Hubiera sido ideal aprovechar esas jornadas de escaso tráfico para alquilar una vespa y emular a Gregory Peck y Audrey Hepburn, pero me faltó valor. Desde entonces lo tengo anotado en mi lista de deseos vitales, como el ir una noche de fiesta a la vía Veneto y soñar que me encuentro a Sofia Loren, a Anna Magnani y a Gina Lollobrigida y me pego con ellas una juerga tan excesiva y escotada como las de La dolce vita.

Abril de 2016. Semana Santa en Roma y a unos padres católicos no se le puede negar intentar ver al Papa en persona, así que la noche del viernes santo nos plantamos en primera fila del Vía Crucis presidido por el Santo Padre. La espera y el frío merecieron la pena, a unos la experiencia les llegará por su sentido religioso, a mí me gustó por la teatralidad de su localización (entre el Coliseo y el Foro), la cantidad de participantes, la musicalidad del latín, la iluminación de las antorchas… Otro tanto tiene la Iglesia de Jesús, excelencia barroca donde las haya en la que si no eres creyente saldrás tan ateo como entraste, pero te quedará claro que hay mentes que son capaces de emular a Dios con sus creaciones.

Qué belleza la de las fuentes de Roma -la Fontana di Trevi, la de la Piazza Navona, las que te encuentras aquí y allá-, por muy discretas y funcionales que intenten ser, hacen que creas que el agua es en ellas algo ornamental y no su razón de ser. Las escalinatas que te suben hasta la basílica de Santa María en Aracoeli resultan tan gimnásticas como impresionantes de ver (tanto desde abajo como desde arriba). Visitar los Museos Capitolinos y observar desde ellos el Foro Romano e imaginar cómo debía ser aquello cuando no era un parque arqueológico sino un lugar presente, urbanizado, transitado y vivido. Asistir el domingo de resurrección a la misa en Santa María la Mayor (también llamada de las Nieves por estar construida donde la Virgen dijo que nevaría un 5 de agosto) y volver a sentirte en una performance teatral, esta vez con olor a incienso y con un coro eclesiástico dándole tono y timbre al asunto.

Cómo es Roma que hasta el blanco y marmóreo monumento a Vittorio Emmanuele II resulta agradable de ver. Aunque más lo es acercarse desde allí a ver la Columna de Trajano o caminar todo recto hasta la Piazza del Popolo siguiendo la vía del Corso, hacerlo sin rumbo por el Trastevere, atravesar la isla Tiberina, aparecer junto al Teatro Marcello, seguir el curso del Tíber, cruzar de noche el puente Sant’Angelo o tomarte un helado en la Plaza de España junto a la Embajada española ante la Santa Sede recordando bizarrismos modernos allí celebrados como desfiles de moda (el homenaje a Versace tras su asesinato) o disculpando actuaciones (uno tiene sus debilidades) como la de Laura Pausini y Lara Fabian cantando a duo La solitudine. Y las catacumbas, ¡no me dio tiempo a visitar las catacumbas de los primeros cristianos!

Mañana. ¿Qué tendría Roma para que Alberti la considerara en 1968 un “peligro para caminantes”? ¿Lo seguirá teniendo? ¿Lo seguirá siendo?

“The pain and the itch” de Bruce Norris

Tras una aparente comedia costumbrista sobre las relaciones humanas, esta cena de Acción de Gracias revela un drama de múltiples dimensiones (matrimonial, familiar, fraternal, social,…) en el que todo está mucho más relacionado de lo que podríamos imaginar. Un texto que expone miedos y fantasmas con diálogos notables y un ritmo creciente muy bien estructurado y conseguido.

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Si en el cine tiene que ser difícil trabajar con niños, en teatro debe serlo aún más. La apuesta de Bruce Norris no es sencilla ya que el punto en torno al cual pivota esta obra es una niña de cuatro años, Kayla, que entra y sale de manera continua de escena. Ella es la hija de Kelly y Clay, anfitriones de la madre y el hermano del segundo, Carol y Cash, así como de la joven novia de este, Kalina, en la cena del último jueves de noviembre. Un tiempo pasado al que se vuelve desde una tarde nevosa de enero en que Kelly y Clay conversan protocolariamente con el señor Hadid, un hombre de apariencia norteafricana y portando un sombrero que le identifica como miembro de una cultura foránea.

Las indicaciones escenográficas de Norris son sencillas, con tan solo un cambio de luces nos trasladamos desde un presente en el que nos falta información para saber qué ocurre, a un ayer reciente en el que no acertamos a pronosticar en qué derivará una tensión cada vez mayor. Inicialmente esta es debida a cuestiones externas, en la casa debe haberse infiltrado un animal que se come los aguacates de la mesa de la cocina cuando nadie le ve, pero poco a poco comienzan a surgir asuntos relacionales que dejan ver un pasado repleto de argumentos pendientes. Temas por resolver que no se explicitan, pero que se demuestran corporal y verbalmente cargando la atmósfera y el tono de las conversaciones de emociones como el rencor, la ira o el enfado, aunque también hay ocasión para la ironía, la complicidad y la comedia.

En The pain and the itch se habla de manera casual sobre asuntos como los abusos (físicos y psicológicos) sufridos en la infancia (tanto en situaciones de guerra como en la convivencia familiar), se exponen y rebaten planteamientos xenófobos, se discute sobre la sociedad norteamericana y se comentan puntos de vista diferentes sobre el consumo de pornografía o el poder de la imagen sobre una correcta autoestima personal.

Pero quienes logran que su acción no se disperse ni se estanque en el pasado, sino que gire en torno al aquí y ahora, son sus dos personajes aparentemente más discretos, casi enigmáticos, la pequeña Kayla y el señor Hadid. Dos caracteres manejados con sumo acierto por su autor, que de manera sencilla, pero efectiva, intervienen dando entrada en escena a los elementos realmente desestabilizadores y conductores invisibles de cuanto está ocurriendo. De la manera más natural posible, aquella inherente a su identidad y rol con respecto a los que les rodean, hace que ambos se conviertan en las personas que den pie al punto de inflexión en el que las vidas de todos ellos ya no volverán a ser las mismas.

Aunque no llegue a su nivel, esta dramaturgia de Bruce Norris evoca a autores como Tennesee Williams o Arthur Miller, maestros en la disección de las dinámicas familiares, o títulos como ¿Quién teme a Virginia Wolf? (Edward Albee) y August. Osage County (Tracy Letts), textos en los que sus personajes viven auténticas catarsis. Curiosamente Letts estrenó esta última poco tiempo después de haber interpretado el personaje de Cash en sus primeras funciones en Chicago en 2005.

The pain and the itch, Bruce Norris, 2008, Northwestern University Press.

“The notebook of Trigorin” de Tennessee Williams

Un clásico de un genio del teatro de finales del siglo XIX puesto al día por otro maestro posterior, demostrando que la buena dramaturgia es universal, que va más allá de los tiempos y los lugares donde haya sido escrita. Una adaptación que imprime el sello Williams de acción, tensión y golpes de efecto a los profundos retratos individuales y las muy bien dibujadas relaciones familiares, sociales y afectivas de “La gaviota” de Chéjov.

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En 1896 Chéjov estrenaba en San Petersburgo La gaviota, marcando un punto de inflexión en la historia del teatro que obsesionó durante toda su carrera a Tennessee Williams, hasta tal punto que este se atrevió a realizar su propia adaptación de la misma en 1981. Conociendo a Williams es de suponer que no fue solo un impulso intelectual el que le llevó a esto, sino una pulsión vital con la que hacer aún más suyos a Irina, a Boris, a Sorin o a Constantine para vehicular a través de ellos su enmadejado y convulso mundo interior.

De ahí que aun sin modificar su estructura, ni las tramas ni las relaciones entre sus personajes, podamos ver cómo establece puntos de unión con lo que su vasta producción hasta la fecha había ya revelado sobre su personalidad y su biografía. Es inevitable comparar la monstruosa relación materno-filial entre Irina y Constatine con la Saturno devorando a sus hijos de El zoo de cristal (1944), ver en el desafecto que este hijo siente  el de los hermanos de Out cry (1973), relacionar el desequilibrio de Nasha con el de Blanche en Un tranvía llamado deseo (1947) y el deseo de Nina con el de Maggie en La gata sobre el tejado de zinc (1955), o evocar en los momentos de desorden colectivo el absurdo de Camino Real (1953).

El trabajo de Tennessee criba lo escrito por Antón, pero sin quitarle nada, concentrando aún más su esencia para hacerla más potente. La riqueza original de ese grupo social de La gaviota a cuyas reuniones en su residencia rural asistimos, se ve aumentada con un ritmo que la hace más directa en su exposición de las relaciones humanas, más incisiva en la vivencia interior de las emociones y más impactante en su representación dramática. Le da la creatividad y la innovación artística a que aspira su joven protagonista y que el americano aportó a la historia del teatro y de la literatura, consiguiendo además, toda una paradoja, la modifica sin llegar a alterarla.

Al contrario que su precedente, The notebook of Trigorim no parte de lo ambiental para entrar en el interior de sus personajes, sino que muestra explícitamente lo que estos piensan y sienten para a partir de ahí hacernos entender la atmósfera que les enreda y les envuelve como una espiral sin posibilidad de salida ni de cambio de dirección. Un planteamiento diferente con que Williams encuentra cómo incluirse, tal y como revela su título, en el texto de Chéjov sin alterar su planteamiento ni su discurrir ni sus equilibrios.

Aunque siga siendo un personaje secundario y mantenga su rol original, el exitoso escritor y pareja de conveniencia de esa actriz decadente que es Irina se convierte -con su gusto por la buena vida, su obsesión por escribir, su práctica caníbal de los juegos amorosos y su explicitada atracción tanto por hombres como por mujeres- en un punto medio entre un alter ego y una proyección catalizadora de las neurosis de quien en sus memorias había ya expuesto su dificultad para las relaciones afectivas equilibradas y una vida interior estable. Williams consigue así lo que todo lector/espectador aspira a hacer con una obra de teatro y que solo las buenas lo permiten, convertirse en parte de ella.

The notebook of Trigorin, Tennessee Williams, 1997, New Directions.

“Camino real” de Tennessee Williams

En el prólogo de la edición de Penguin Classics de 1956 su autor cuenta que no tiene porqué explicar qué es lo que quiere contar en esta obra y nos sugiere que nos dejemos llevar sin más por su representación. Una idea que amplía exponiendo que texto y montaje son realidades diferentes y que este último, y nunca el soporte impreso, es el medio por el que debemos valorar una creación teatral. Este conjunto de 17 escenas, llenas de anotaciones y con una propuesta de lo más compleja, son un claro ejemplo de esta visión del arte de la dramaturgia.

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Tennessee Williams acabó la primera versión de esta obra en 1949. La ampliaría en 1953, haciendo que sus 10 bloques (block es el término utilizado por él) iniciales se convirtieran en 16 más un prólogo en el que Don Quijote y Sancho Panza son los primeros personajes que llegan a ese lugar único que es Camino Real.  Ellos nos abren las puertas de un emplazamiento ubicado en mitad de la nada mexicana, al que es fácil llegar pero del que parece imposible marchar, que es principio y fin.

La claustrofobia que genera esta localización incierta va in crescendo a medida que se suceden las escenas. No hay una única línea argumental, sino que se abordan múltiples situaciones, lo que hace de este texto una realidad poliédrica que se abre en múltiples planos paralelos a la par que evoluciona, por lo que no resulta nada fácil de seguir.  Hay mucho movimiento en él, momentos festivos –con música y algarabía-, distintos niveles de interactuación desde el escenario –a pie de calle, en interiores, en balconadas- y multitud de personajes –con nombre propio, anónimos y otros que tienen un gran peso simbólico- que tratan toda clase de asuntos.

Entre estos últimos, y junto a los cervantinos ya señalados, Esmeralda, espejo de la gitana de El jorobado de Notre Dame de Victor Hugo, encargada de encandilar con su recurrente virginidad al héroe desconcertado. Margarita, penando como La dama de las camelias de Alejandro Dumas frente a la resistencia de su esposo apellidado Casanova, con el que mantiene un arduo debate sobre el amor y su relación con la fidelidad, la lealtad y la traición. También aparece por este lugar inhóspito un tal Lord Byron enamorado de la cultura clásica.

La ley existe, pero no se practica, no hay una lógica comprensible en Camino Real. En su fuente puede faltar el agua, pero en sus establecimientos siempre habrá alcohol. Sus rincones están llenos de prostitutas, mendigos y ladrones, testigos de cuanto acontece pero sin memoria a la de recordar robos de dinero o sustracciones de documentación, que dejan sin recursos y sin identidad oficial a los recién llegados. No se puede confiar en quien te ayuda, no puedes creer que lo que te digan es verdad ni dar por hecho que eso convierte lo escuchado en mentira.

Además del famoso y prestigioso autor de impactantes torrentes emocionales (como los de El zoo de cristal o Un tranvía llamado deseo de los que pueden verse algunos trazos aquí), Williams fue también capaz de practicar otros registros como esta combinación de horror vacui, absurdo y existencialismo que se hace cercano al Esperando a Godot de Samuel Beckett, estrenado también en 1953.

“La rosa tatuada” de Tennessee Williams

Trágica y dramática pero también cómica y divertida. Serafina delle Rose es un huracán que lo invade todo a golpe de carácter, valores católicos y tradición siciliana. Una intensidad que solo se doblega ante el poder de una aparición masculina que reúna presencia física con voluntad amorosa. Uno de los grandes textos de Tennessee Williams y una oportunidad única para cualquier actriz encargada de protagonizarlo.

LaRosaTatuada

La rosa tatuada se presenta como una tragedia sobre una temprana viudedad aumentada por el descubrimiento de la infidelidad, pero tras ella Williams enmascara una historia profundamente humana sobre la necesidad afectiva y el deseo sexual. Y en ambos casos por partida doble, desde la perspectiva protagonista de una mujer ya madura y desde el punto de vista secundario de una joven que desea iniciarse en todas las facetas de la vida adulta.

Tanto un asunto como otro están salpicados de los juicios de valor de la moral cristiana y su amenazadora derivada del qué dirán social, lo que genera buena parte del conflicto tanto familiar de los delle Rose como individual de Serafina. Entre medias una batalla generacional entre madre e hija que Tennessee contextualiza en el ambiente de una pequeña comunidad de origen siciliano –incluyendo sus tópicos sobre la mafia, las formalidades católicas y los segregados papeles del hombre y la mujer- situada en la húmeda y cálida costa cerca de Nueva Orleans. Una climatología que, sin duda alguna, cumple un papel no solo circunstancial, sino también muy simbólico.

El texto tiene como telón de fondo ese costumbrismo en el que rápidamente se desata la tragedia que tras el shock inicial se transforma en un drama árido en el que se para hasta el aire para poco a poco dejar que vaya volviendo la vida. Primero llega el amargor de tener que hacer frente a los deseos de una juventud dispuesta a saltarse las normas de las relaciones con el otro sexo en las que ha sido educada. Con las ventanas ya abiertas entra una luz con un efecto agridulce al hacer patente el efecto negativo que, tanto para el carácter como para el propio cuerpo, tienen tanto el abatimiento interior como la auto imposición de una masoquista introversión. Una tierra agrietada que vuelve a hacerse fértil cuando entra en escena el apuesto y extrovertido Alvaro trayendo consigo una caja de chocolates, tan dulces y sabrosos que se deshacen con solo tocarlos.

Para entonces la comicidad se ha hecho ya un sitio en las páginas de esta obra que hasta entonces ha combinado valiente y brillantemente, pensemos en que se estrena en 1950, sexo –dentro y fuera del matrimonio- y religión –más como código de convivencia social que como guía espiritual-. Y lo ha contrastado salpicándolo de las barras y estrellas de la bandera y los himnos americanos que ondean y suenan en la ceremonia de graduación de la joven Rosa y que representan también tanto el marino de ajustado traje. Otra mención nada sutil a la sexualidad masculina y al deseo femenino, con el que esta quiere intimar, al igual que sus vecinas con los muchos colegas del joven patriota que han inundado la ciudad tras atracar su barco en su puerto.

Un fantástico texto, que al igual que otras creaciones del autor de Out cry o El zoo de cristal, del que es inevitable recordar la brillante adaptación cinematográfica que tuvo pocos años después de su estreno teatral con una brutal Anna Magnani como Serafina della Rosa.