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"Los comuneros" de Ana Diosdado

La Historia no son solo los nombres, fechas y lugares que circunscriben los hechos que recordamos, sino también los principios y fines que defendían unos y otros, los dilemas que se plantearon. Cuestión aparte es dónde quedaban valores como la verdad, la justicia y la libertad. Ahí es donde entra esta obra con un despliegue maestro de escenas, personajes y parlamentos en una inteligente recreación de acontecimientos reales ocurridos cinco siglos atrás.

Si hubiese buen señor (título alternativo de Los comuneros) es teatro a lo grande. La profusión de caracteres, escenarios y atmósferas que Diosdado plantea es solo apta para los maestros de la escenificación. Para directores capaces de ejercer como conductores de orquesta trabajando en multitud de planos simultáneamente, para actores amantes de los retos multiregistro y para un equipo técnico (luz, escenografía, vestuario…) deseoso de trabajar en un montaje que les exija dar lo mejor de sí mismos.

Todos ellos habrán de ser capaces de estar, operar y pensar en tres dimensiones a la par. La de los hechos históricos que se relatan -la génesis, desarrollo y dramática resolución de la revuelta de los comuneros en contra de las sangrantes políticas fiscales de Carlos I de España y V de Alemania-, la de los debates morales que esta situación generó entre los líderes revolucionarios, y la de las relaciones humanas entre estos y sus allegados cómo contrapunto al discurso de las ideas, los principios y los valores.

La posterior autora de Camino de plata o Los ochenta son nuestros parte de lo que cuentan los manuales, lo documentado, para indagar en lo imposible de dilucidar. Cómo se fraguaron las decisiones que hicieron que una serie de personas tomaran la iniciativa de plantarle cara al poder absoluto de la monarquía. Hasta dónde les llevó la convicción de sentir estar haciendo lo correcto. Y cómo asumieron las consecuencias que sus decisiones tuvieron. Pero la trama de Los comuneros no se basa en un único punto de vista sobre lo que sucedió, el relato insurrecto es complementado con el de la autoridad mediante dos presencias -un muchacho y un hombre- sustentadas en la licencia onírica que solo la ficción puede permitirse para intentar llegar allí donde lo académico es incapaz de hacerlo.

Ellos son el medio necesario para que la trama ponga de relieve lo que verdaderamente quiere resaltar Diosdado. Qué papel juega la conciencia en la mente de los que nos gobiernan y cómo les afectan (si es que lo hace) las consecuencias de sus decisiones. Por qué y para qué lucha el hombre, llegando a acabar con la vida de su contrincante si es necesario. Cuál es el sentido del dolor y la muerte que todo conflicto bélico genera, destruyendo con crueldad el presente de muchos y dejando una grave cicatriz en el futuro de las generaciones venideras.

Cuestiones éticas y filosóficas en encuentros y cruces de personajes, tiempos y escenarios planteados con solvencia y desarrollados con extraordinaria fluidez, como el encuentro de Padilla y Bravo con la Reina Juana en Tordesillas. Una excelente recreación de lo que aconteció en el período 1519-1521 (con ciertos beneplácitos de alteración cronológica) que ojalá alguna compañía vuelva a llevar a los escenarios tras haberse cumplido recientemente 500 años de los acontecimientos a los que nos traslada.

Los comuneros, Ana Diosdado, 1974, Asociación de Directores de Escena de España.

“Naufragios de Álvar Núñez”

Volver a siglos atrás para sin hacer drama del dolor, pánico del terror ni mofa de lo cómico, mostrarnos cómo actuaron los españoles que llegaron a Florida hace cinco siglos. Un montaje casi operístico que Magüi Mira dirige con suma agilidad, consiguiendo cuanta expresividad es posible de los elementos escenográficos, técnicos y humanos con que cuenta a su disposición.

Primero fue la realidad, lo que pasó, la llegada en 1527 de Pánfilo de Narváez a lo que hoy es territorio estadounidense. Luego la narración, lo que Álvar Núñez de Vaca contó en 1542 en su libro de viajes, Naufragios y comentarios. Nunca tendremos la versión directa de su protagonista, ni de los cuatro supervivientes que le acompañaron durante sus ocho años de aventura ni de aquellos que se encontraron en las múltiples hazañas, andanzas y peripecias que debieron vivir en su largo tránsito por territorio enemigo hasta conseguir volver a dominio español. Pero sí podemos imaginar qué ocurrió, tal y como hizo décadas atrás José Sanchís Sinistierra hasta llegar a la edición en 1992 de este texto.

Punto de partida que la también directora de funciones recientes como Consentimiento o Festen pone en escena con un montaje de gran plasticidad y una adaptación textual que, además de jugar al metateatro, alcanza una lograda combinación de mirada a la historia y contraste de puntos de vista y valores con un inteligente sentido del humor y un comedido dramatismo. Mira no se sirve del revisionismo histórico para negar la versión oficial, sino para exponernos que hubo más de lo que se nos ha contado y se sigue afirmando.

Deja a un lado la épica y opta por mostrar a sus protagonistas como seres humanos. Eran valientes conquistadores, sí, pero también mercenarios de la vida en una época en la que tenías pocas opciones para huir de la miseria. Con un sentido del patriotismo y del liderazgo basado en actitudes ostentosas (saludo con el brazo en alto) y expresiones artísticas (la copla), similares a las que décadas atrás camparon en nuestro país y que algunos siguen empeñados en practicar y promover.

Una ironía con la que estos Naufragios enganchan al público y le evitan la aridez del relato académico para llevarle al destino que este suele evadir. El sentir y la respuesta de los que se vieron invadidos por los que llegaron definiéndose como embajadores del poder político del Emperador Carlos I y transmisores de la palabra divina de Dios. Encuentros en los que la pauta de los que llegaron desde el viejo continente no fue la empatía del mostrarse y escuchar, sino la violencia y la agresividad que derivaba en muertes y penurias como las relatadas por Álvar Núñez.  

Luchas, huidas, hambre y sufrimientos meteorológicos que en el escenario del María Guerrero resultan una experiencia tan narrativa como estética gracias al uso de la luz y el sonido, la progresiva metamorfosis acumulativa de la escenografía y por el vestuario, maquillaje y trabajo, especialmente corporal, de un elenco fantástico. Una coralidad que comienza con unos siempre eficaces Jesús Noguero y Clara Sanchís, continúa por unos divertidos y comedidos Pepón Nieto y Nanda Abella y se complementa por intervenciones tan geniales como las de Rulo Pardo o Alberto Gómez Taboada.

Naufragios de Álvar Nuñez, en el Teatro María Guerrero (Madrid).