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“Master Class” de Terrence McNally

Síntesis de la biografía y la personalidad de María Callas, así como de los elementos que hacen que una cantante de ópera sea mucho más que una intérprete. Diálogos, monólogos y soliloquios. Narraciones y actuaciones musicales. Ligerezas y reflexiones. Intentos de humor y excesos en un texto que se mueve entre lo sencillo y lo profundo conformando un retrato perfecto.

Una clase magistral con un grande de la escena es una de las experiencias más auténticas tanto para un espectador como para un aspirante a profesional de las artes escénicas. Además de relatar quién es antes y después de los personajes en los que le hemos visto convertirse, el artista comparte las claves y las técnicas a las que recurre para su formulación. Y entre todo eso, y de manera más o menos explícita y con mayor o menor detalle, muestra retazos de su vida. Tanto de la que pudiéramos tener ya una versión mediática como la, quizás, nunca antes compartida públicamente. Sus alegrías y sus ilusiones, así como sus heridas y sus tristezas delante y detrás del telón.

Todo eso es lo que Terrence McNally vehicula en este texto estrenado con gran éxito en 1995 y que no ha dejado de representarse desde entonces (tuve la oportunidad de verlo genialmente interpretado por Norma Aleandro en los Teatros del Canal de Madrid en 2013). Un personaje al que Terrence volvía tras haberlo hecho ya protagonista instrumental en 1986 de una dramaturgia anterior, The Lisbon Traviata.

En esta ocasión parte de la realidad, María Callas impartió varias sesiones como esta en la última etapa de su vida, y le suma buenas dosis de ficción sobre las claves personales y profesionales en las que se sustenta el mito. Al tiempo, analiza algunos de sus papeles más afamados para relatarnos cómo los concibió y describir simultáneamente en qué subyace la magia de este género musical. Todo ello en primera persona, lo que teniendo en cuenta las peculiaridades de su carácter y las singularidades de sus vivencias, hace que la exposición de la Callas resulte especialmente intensa y trascendente, incluso cuando intenta mostrarse liviana y anecdótica.  

Con su extraordinaria habilidad para lo emocional, McNally poliedra un busto en el que sus múltiples planos quedan unidos por la auto exigencia de perfección y la imperiosa necesidad afectiva de su retratada. Una combinación excelente cuando ambos motores se alineaban bajo los focos, pero terriblemente destructiva cuando no lo hacían en la reciprocidad que necesitaba su corazón. Una simbiosis vital que Master Class estructura combinando la versión conocida de algunos de los episodios más significativos de su vida -su relación con Meneghini y con Onassis, su despedida de La Scala o los inicios de su formación en Atenas- con su propio relato, el de la utopía del amor y la crueldad humana, de los mismos.

Marco narrativo que su creador cincela con la minuciosa precisión de los comentarios que la soprano le realiza a sus alumnos sobre su preparación y actitud y su apostura vocal y corporal, para convertirse en el vértice en el que confluyan la genialidad de Verdi, Bellini, Puccini y Cherubini encarnando a personajes como Amina, Lady Macbeth o Medea. Una muy buena Master Class en la que Terrence McNally, y al igual que en otras creaciones suyas, siguió el principio que guió la carrera de María Callas y que le arrojó al público de Milán, Ho dato tutto a te (Te lo he entregado todo).

Master Class, Terrence McNally, 1995, Penguin Books.

Una gran “Medea” a pesar de su contención

El texto de Vicente Molina Foix es bueno y Ana Belén está fantástica. Dándole la réplica, una gran Consuelo Trujillo, encabezando el resto del reparto. El saber hacer y la presencia de todos ellos resuelve de manera solvente el reto de darle brillo a una puesta en escena limitada por una dirección que ha optado por limitar los registros vocales y el movimiento sobre las tablas de sus actores. Una función sobre el orgullo, el poder y los vínculos que nos unen, no solo en los buenos momentos, sino aún más, en los malos.

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Esta es la historia de una mujer que es testigo de como Jasón, su marido, la deja de lado para unirse a otra, que no solo es más joven, sino que también le va a permitir sellar una alianza política con la que consolidar su poder. La humillación no es únicamente hacerla sentirse vieja e inútil, sino además, verse abandonada y físicamente desterrada una vez que deje de ser su esposa y él materialice su nuevo matrimonio. Ese vacío personal al que se ve abocada Medea desata en ella unas ansias de venganza sin límite alguno. Ante su destrucción, ella desata su fuerza. A su muerte en vida, responde arrasando la vida ajena.

Con la promesa de semejante tragedia griega como argumento y una actriz tan solvente como Ana Belén, uno espera asistir a una atmósfera revuelta, ruidosa y enmarañada de sensaciones que haga suyos a cuantos estén sentados en el patio de butacas. Sin embargo, con esta Medea lo que se experimenta es una excesiva contención que desde el lado del espectador resulta dura, excesivamente fría. Se escatima todo aquello que podría hacer que lo que se vive sobre las tablas descienda hasta los que están deseosos de verse involucrados en ese mundo de oscuros intereses y motivaciones, de mitologías convertidas en realidades humanas.

Los movimientos en escena son muy medidos, las figuras humanas parecen casi parte de la escenografía, cediendo incluso protagonismo a unas proyecciones sobre símiles marinos y el influjo lunar como intentos de aportar un sentido lírico a lo que está ocurriendo. Quizás funcionaron eficazmente en el teatro romano de Mérida, donde se estrenó este montaje el verano pasado, pero lo que estas aportan en el Teatro Español se hubiera podido conseguir, de igual o incluso más efectiva manera, con una gama de registros y detalles interpretativos de sus actores más amplia. Esta es la constante que se experimenta escuchando a Medea y a todos los que conviven con ella en este pequeño lugar cargado de desaires, ambiciones desmedidas y anhelo de resarcimiento. Entendemos que está pasando y qué se siente por lo que dice el texto, pero no por el lenguaje corporal de los que lo interpretan. Nos llega lo que acontece porque realizamos el ejercicio de procesar las palabras de Vicente Molina Foix, pero no porque José Carlos Plaza nos las transmita con su puesta en escena.

Quizás algo premeditado para poner de relieve la capacidad interpretativa de Ana Belén, que sin apenas moverse y con un reducido registro tonal construye una mujer que es un cúmulo de femineidad y animalidad, inteligencia racional y visceralidad sin parangón. Todo un reto para cualquier compañero que haya de compartir escenario y diálogos con ella, alguien que con solo estar, con su mera presencia física ya emana la historia y personalidad de su personaje. Sin embargo, Consuelo Trujillo demuestra que más allá de esa primera línea de intérpretes mediáticos, también hay actores y actrices dotados de una capacidad asombrosa para arrastrarnos a mundos, escenarios y acontecimientos que de su mano se convierten en verosímiles. Un lugar, como este de Medea, de difícil acceso y a cuyas puertas nos llevan para ver lo que sucede en su interior, pena que aquellos que han dispuesto de su creación escénica no nos dejen entrar en él.

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“Medea”, en el Teatro Español (Madrid).