Archivo de la etiqueta: Autoficción

“Camaleón blanco”, la etapa egipcia de Christopher Hampton

Auto ficción de un hijo de padres británicos residentes en Alejandría en el período que va desde la revolución egipcia de 1952 hasta la crisis del Canal de Suez en 1956. Memorias en las que lo personal y lo familiar están intrínsicamente unidos con lo social y lo geopolítico. Texto que desarrolla la manera en que un niño comienza a entender cómo funciona su mundo más cercano, así como los elementos externos que lo influyen y condicionan.

Además de ser su autor, Christopher Hampton tiene una presencia doble en Camaleón blanco. Como narrador que nos cuenta su historia desde el presente de sus treinta y tantos y como el niño al que seguimos por Egipto e Inglaterra desde los seis hasta los diez años. Una simultaneidad que traslada también a la propuesta de representación, planteando que el mismo actor que le interpreta en los monólogos, ejerza como su progenitor simplemente con retirarse las gafas. Ilusión con la que une y separa las dimensiones temporales de la ficción y la realidad de esta dramaturgia en la que recrea cómo era su vida en Alejandría, ciudad en la que su padre trabajaba como ingeniero en la multinacional Cable & Wireless.

Tiempos convulsos en los que el nacionalismo egipcio demandaba liberarse de las injerencias del colonialismo británico para decidir por sí mismo sobre su territorio, recursos e infraestructuras, mientras que la potencia imperialista se valía de su fuerza para mantener el control sobre uno de los principales activos del país, el Canal de Suez. Contexto que enmarcó la burbuja en la que vivió el joven Christopher como hijo de expatriados de alto nivel adquisitivo -de los que realiza un cariñoso retrato-, coordenadas perfectamente explicadas a lo largo de todo el texto, de un tablero de juego económico y político que derivó en un enfrentamiento bélico con las importantes consecuencias que han explicado ya muchos historiadores.  

Un mundo conectado con el local a través de Ibrahim, el sirviente que atiende a la familia Hampton y que se erige como su amigo, confidente y maestro en la sombra. Un personaje muy bien dialogado y mantenido en segundo plano como le corresponde a su posición social, pero aún así muy protagonista. Con él conocemos el contraste de valores, costumbres y exigencias sociales entre la idiosincrasia local del islamismo árabe y la realidad paralela del occidentalismo cristiano.  

Catorce escenas en las que Hampton sintetiza con claridad este período de su biografía -tomándose algunas licencias, tal y como explica en el epílogo- y las contradicciones entre los escenarios en que vivió, pegado en el colegio egipcio por ser inglés, y castigado en el internado del Reino Unido por no comportarse según las maneras locales. También los referentes culturales -cine clásico de Hollywood y autores literarios como E.M. Forster, Lawrence Durrell y Cavafy- y el modo en que se inició su vocación escritora, chispa que surgió realizando un trabajo escolar consistente en plantear una obra de cinco minutos sin diálogos. Senda que décadas después le llevaría a grandes resultados como el de Tales from Hollywood (1984), la adaptación teatral de la novela Las amistades peligrosas (1985) o este Camaleón blanco cuya primera representación tuvo lugar en Londres el 14 de febrero de 1991.

Camaleón blanco, Christopher Hampton, 1991, Faber & Faber.

“Mori(r) de amor”, el karaoke de los sentimientos

Un lugar en el que lo festivo es la puerta de entrada a la verdad de uno mismo. En el que puedes revelar lo que te inquieta sin tener que guardar etiqueta alguna. De ahí su contraste y su acierto, la alegría de la música y las luces de colores conviviendo con lo íntimo y sensible, con lo que es difícil de mostrar y compartir.  

Buena parte del encanto del teatro off está en su aparente informalidad. Cuestión que torna en su favor cuando se sirve de ella como prólogo a la historia de la que vas a ser espectador. Así sucede cuando entras en la sala de El Umbral de Primavera y su sencillez escenográfica y disposición de las sillas a modo de patio de butacas torna en lo que podría pasar por un cabaré o una sala de fiestas, pero que resulta ser un karaoke. Que sea lo que tenga que ser. Lo destacable es que automáticamente genera una expectativa compartida entre todos los presentes de música, diversión y energía positiva.  

El comienzo es titubeante, con una Georgina Rey que no sabemos si a la par que la gerente del negocio es también la maestra de ceremonias o la estrella principal del espectáculo. Lo que si deja claro es que no hay cuarta pared porque los allí presentes estamos dentro de la escena y somos susceptibles tanto de ser llamados a intervenir en su devenir como de convertirnos en el medio por el que este encuentre su cauce. Da igual si no somos artistas ni cantantes ni tenemos una gran voz o nos da un miedo horroroso ser el centro de atención, de lo que se trata es de abrirnos a los demás y soltar, abrir, compartir y liberar lo que llevamos dentro sin pudor ni vergüenza, sin necesidad de orden ni concierto.

Así es como de entre los sentados surge Jesús, que ni corto ni perezoso se presta a jugar a lo que quiera que sea este karaoke (en el que no hay directos, sino playbacks) con lo que él trae. La memoria y la ausencia de su madre provocada por la contaminadora crueldad del cáncer. El vacío, el silencio y la tristeza como material que se concreta, desacraliza y humaniza en una doble dualidad. En el drama y la comedia de un personaje y un actor y dramaturgo que se llaman igual. Y en la de un texto que es autoficción.

Con actitud y una maleta cual relicario cargada de símbolos y fetiches que Díaz Morcillo maneja como si se tratara de piezas mágicas con las que conectar con un más allá temporal y espiritual que evoca e invoca con una interpretación ágil en la que lo absurdo y lo disparatado de su tono casan con la serenidad de su relato y la sensatez de su mensaje. Atmósfera con la travesura añadida de un papel secundario encarnado en cada función por un actor o actriz diferente (Clara Garrido, Eva Llorach, Pepe Viyuela, Jorge Usón o Tomás Pozzi han sido algunos de ellos).

La muerte como hecho que humanizar, hito del que ser testigo,  final que asimilar y recuerdo que no rehuir. Las dos máscaras del teatro sobrevolando simbólicamente una propuesta que aúna realidad y evasión, la catarsis sanadora de Jesús y la sonrisa y la emotividad que provoca en su público.

Mori(r) de amor, en El Umbral de Primavera (Madrid).