“Viejos tiempos” de Harold Pinter

Un reencuentro veinte años después en el que el ayer y el hoy se comunican en silencio y dialogan desde unas sombras en las que se expresa mucho más entre líneas y por lo que se calla que por lo que se manifiesta abiertamente. Una enigmática atmósfera en la que los detalles sórdidos y ambiguos que florecen aumentan una inquietud que acaba por resultar tan opresiva como seductora.

En 1950 Kate y Anne compartían habitación en Londres. Trabajaban, visitaban exposiciones, iban a conciertos y salían de fiesta. Dos décadas después, la segunda viaja desde Sicilia, donde vive ahora, para visitar a su antigua amiga y a su marido, al que no conoce, en su residencia lejos de la capital británica, a la orilla del mar.

La primera frase que se lee/escucha en Viejos tiempos es “Dark”, es lo que dice Kate mirando por el ventanal de su casa. No sabemos si describe la noche exterior o si se está refiriendo a Anne, la persona a la que espera y de la que está hablando con su esposo, Deeley. Una deliberada ambigüedad con la que Harold Pinter articula tanto la reunión y puesta al día de la que vamos a ser testigos, como el pasado -qué hizo que se separaran y no se hayan visto durante todo este tiempo- que presuponemos se compartirá con nosotros.

El autor de la anterior La fiesta de cumpleaños (1957) construye su historia a partir de la contraposición. El bullicio, dinamismo y creatividad londinense evocados frente a la tranquilidad, introversión y casi aislamiento en la que viven actualmente los protagonistas que ejercen de anfitriones. La alegría y felicidad que esperaríamos en un volverse a ver frente a la corrección y diplomacia, casi interrogatorio y sospecha, que observamos entre ellos. Continúa con un mirar atrás, en el que cada personaje se (re)descubre a sí mismo y parece plantearse el sentido y el qué le aporta la relación que tiene con los otros dos. Establece así un enigmático triángulo relacional y un juego de espejos que une y enfrenta, no sabemos muy bien cómo ni por qué, personalidades y biografías al igual que pasado y presente.

Más que una progresión narrativa, asistimos a la densificación de una atmósfera en la que las presunciones, las referencias y las anotaciones humorísticas acaban por desvelar una historia en la que se aúnan la sordidez y la provocación en un juego, no por obvio menos oscuro, de supuesta atracción y sensualidad tan desconcertante como perturbador. Y no por las consecuencias que se pudieran prever de él, sino por las motivaciones y antecedentes del mismo que se intuyen. Que el distanciamiento fue la repuesta a una unión demasiado íntima y que el desconocimiento oculta un encuentro, cuanto menos, morboso.

Un desasosiego fundamentado en la sencillez de una propuesta escenográfica y lumínica sin apenas elementos. Tan solo un gran ventanal, que sirve como vía de escape, y tres posiciones de asiento. Y en la asertividad con que se comunican los tres protagonistas. Diálogos plagados de frases cortas y algunas interlocuciones prolongadas con aire de monólogo abstraído, que suenan más a pensamiento en off que a intercambios verbales. Una seriedad y corrección formal en la que los momentos musicales tensan más que relajan y los de humor extrañan y disturban. Así es como lo que comenzaba como un aparente escenario costumbrista se va transformando en un atractivo e hipnótico cuadro de misterio y ansiedad, más cercano a la intriga y el thriller, en el que es imposible no verse atrapado e implicado.

Viejos tiempos, Harold Pinter, 1971, Methuen Books.

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