«El cuidador» de Harold Pinter

Extraño triángulo sin presentaciones, sin pasado, con un presente lleno de suposiciones y un futuro que pondrá en duda cuanto se haya asumido anteriormente. Identidades, relaciones e intenciones por concretar. Una falta de referentes que tan pronto nos desconcierta como nos hace agarrarnos a un clavo ardiendo. Una muestra de la capacidad de su autor para generar atmósferas psicológicas con un preciso manejo del lenguaje y de la expresión oral.

A Harold Pinter le gustaba jugar con los prejuicios y automatismos de su lector/espectador. Disfrutaba contrariándole para después darle la razón y acto seguido quitársela. Le daba la información justa para que se situara y hacerle atractivas las coordenadas en las que le colocaba para después darle la vuelta a todo lo que éste había dado por cierto. Ese es el punto de partida de este texto estrenado en Londres en 1960, en el que su observador solo sentirá que quizás esté haciendo lo correcto si no se entrega completamente, pero tampoco rechaza lo que le plantea quien recibiría el Premio Nobel de Literatura muchos años después, en 2005. Una tensión en la que conseguirá disfrutar si no da nada por supuesto y, a la par, es capaz de no elucubrar gratuitamente.

Un hombre mayor indefenso con verbalizaciones interpretables como xenófobas. Un joven de comportamiento asertivo y con modales un tanto automáticos. Otro más que transmite picardía y desconfianza, que dice ser hermano del anterior y que parece ser conocedor de las claves de lo que está sucediendo. Una propiedad sin un titular claramente identificado. Un lugar inhóspito, promesa de posibilidades hogareñas, al que el primero es conducido por el segundo tras salvarle de una situación que pudo poner en peligro su vida.

Una estancia desordenada, más almacenada que habitada, con dos camas y tres personajes sin un modelo ni reglas de convivencia definidas en las que se barrunta el encierro y la fobia social al no quedar clara la manera en que sus habitantes interactúan con el mundo exterior. Un presente difícil de describir y un futuro lleno de incertidumbres que demanda retrotraerse a un pasado, apenas bocetado, al que parece haber poca voluntad de trasladarse, acrecentando así la opresiva estrechez de que su materialización genere una convivencia amable y una relación estable entre sus protagonistas.  

Frases a medio construir. Interjecciones y recurrencias. Silencios, repeticiones y redundancias. Recursos habituales de Harold Pinter –La fiesta de cumpleaños (1957), Retorno al hogar (1964) o Viejos tiempos (1971)- con los que no solo genera un desasosiego in crescendo a medida que avanza su lectura o representación, sino que obliga a buscar el puente que une la realidad con su verbalización. Un territorio que se convierte en esta propuesta escénica en un campo de batalla que pone a prueba, y en el que no hay otro medio con el que salvarse, que el control psicológico y el autocontrol emocional. Un juego de máscaras, espejos y simbiosis en el que se retuercen conductas, comportamientos e interacciones para hacer aflorar las pulsiones entre las que se debate la línea roja que separa la racionalidad y la irracionalidad de tres seres humanos tan únicos y diferentes como representativos de todos los demás.

El cuidador, Harold Pinter, 1959, Faber Books.

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