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“La noche de la iguana” de Tennessee Williams

La intensidad de los personajes y tramas del genio del teatro norteamericano del s. XX llega en esta ocasión a un cenit difícilmente superable, en el límite entre la cordura y el abismo psicológico. Una bomba de relojería intencionadamente endiablada y retorcida en la que junto al dolor por no tener mayor propósito vital que el de sobrevivir hay también espacio para la crítica contra la hipocresía religiosa y sexual de su país.  

Las familias desestructuradas, las biografías heridas y las personalidades inestables son marca Tennessee Williams. De todo ello hay en La noche de la iguana, obra escrita en 1961 y ambientada en el verano de 1940 en México. Pero a diferencia de textos previos como El zoo de cristal (1944) o La rosa tatuada (1951), en esta ocasión no busca llegar a ese territorio herido y vapuleado que explica cuanto antes nos desconcertaba y no entendíamos del comportamiento de sus protagonistas. La única expiación pasa por conocerse y aceptar tanto la soledad interior como la circunstancial (algo que hará a nivel personal y familiar años después en Out cry, 1973), pero no por intentar sanarse, solo seguir sin más, sin tener porqué justificarse.

Antes, quizás, tendría que hacerlo la sociedad norteamericana. Exponer sus propias contrariedades en lugar de ocultarlas, como la admiración que una parte de su población sintió por el régimen nazi (algo alegorizado ya entonces por Arthur Miller en Los años dorados, 1940), tan bien reflejada en la familia germánica que luce presencia física y bronceado playero mientras escucha extasiada por la radio como la aviación de su país bombardea Londres.

O su siempre difícil convivencia con el sexo y la religión, asuntos ampliamente tratados, comentados y analizados en esta creación. Viudas que se deleitan con sus empleados igual que lo hacían cuando estaban casadas, adolescentes que resuelven sus impulsos bajo la excusa del amor y un reverendo incapaz de evitar sus pulsiones. Corporeidades convertidas en culpa y castigo ante la presencia totalitaria de la espiritualidad disfrazada de moralidad represora. Y por si no tenían bastante y seguían mirando para otro lado, lo mezcla con violencia física y les habla de masturbación, misofilia, asexualidad y virginidad.

Tennessee llega al Hotel Costa Verde, alojamiento en el que tiene lugar la acción en una larga y calurosa jornada del mes de septiembre, tras una sucesión de obras maestras indiscutibles (Camino Real, 1953, La gata sobre el tejado de zinc, 1955,…) y se le nota que tenía ganas de innovar y de hacer evolucionar su dramaturgia llevándola por nuevos derroteros. En sus anotaciones sobre el vestuario y la escenografía resulta evidente su interés por la delicadeza de lo oriental y la universalidad grecolatina, proponiendo telas como elementos que separan estancias (recurso en cuyo uso profundizará en su siguiente trabajo, The milk train doesn´t stop here anymore, 1963) y dando a los elementos de la naturaleza un rol fundamental, cargado de simbolismo y emociones, en la creación de atmósferas.

Como anécdota, señalar la decepción del genio con Bette Davis, actriz a la que admiraba y que interpretó a Maxine Faulk en su estreno en Nueva York el 28 de diciembre de 1961, y que resultó tan poco acertada en su actuación como poco amistosa compañera con el resto de la compañía tras el escenario. Tal y como resumiría el propio Williams, better, in so many circumstances, to not meet people you admire.

La noche de la iguana, Tennessee Williams, 1961, Alianza Editorial.

“Todos eran mis hijos” y el sentimiento de culpa, de Arthur Miller

Una genialidad teatral sobre los distintos tipos de familias –las de padres, hijos y hermanos, así como las formadas entre vecinos, amigos o compañeros de trabajo- que conforman nuestro entorno habitual. Diálogos que fluyen con naturalidad en tres actos perfectamente estructurados que muestran la convivencia, las diferencias y el conflicto entre la fachada y el interior, tanto de cada uno de sus protagonistas, como de las relaciones entre ellos.

TodosEranMisHijos

Aún se sienten las vibraciones generadas por el estreno de Todos eran mis hijos en Nueva York en 1947. Aunque esté ambientada en una ciudad norteamericana habitada por una clase media que comienza a dejar atrás el recuerdo de la II Guerra Mundial, el mundo humano que alberga tras estas circunstancias es de una absoluta universalidad. Al hogar formado por Joe y Kate junto a su hijo Chris, le falta su otro vástago, Larry, un piloto militar en paradero desconocido desde hace más de tres años. Una ausencia que su madre espera que se resuelva positivamente, esperanza que sostiene exigiéndole a los suyos la pausa permanente de su reloj vital.

Una pantalla dramática que aparentemente consume todo el oxígeno del aire que se respira en este tranquilo hogar. Pero a medida que se suceden las escenas se revela como un filtro tras el que se esconden para evitar hacer frente a una realidad que todos conocen, pero de la que nadie habla y que va tomando forma progresivamente. Primero con el contraste que aportan los vecinos, personas con comportamientos más espontáneos y en cuyas intervenciones transmiten la variabilidad y evolución de sus vidas. Después, por la constante tensión que generan las imposiciones dinásticas, ruegos emocionales y peticiones de permiso en que se basa la relación entre los tres, tanto en su conjunto como en sus combinaciones binarias, ya sea entre los esposos como entre el padre o la madre y su descendiente y heredero.

Una situación que saltará por los aires con la entrada en escena de los hijos de sus antiguos vecinos, amigos y socios, los Deever, poniendo al descubierto los dos acontecimientos, con el común denominador de la muerte, allí obviados. La desaparición de un ser querido cuyo duelo aún no se ha realizado, y el homicidio de una serie de jóvenes soldados motivada por la codicia empresarial. Situaciones entrelazadas en una endemoniada simbiosis y sin posibilidad alguna de ser resueltas de manera independiente por las similitudes, puntos de unión y reflejos entre ambas.

Un pozo de dolor y culpa, así como de negación, tras el que se esconden un debate tan importante como es el de los límites de la lealtad a la familia –además de la misión de crear una, como Arthur Miller expondría tiempo después en El precio o Después de la caída– y a la patria –con su lado oscuro, algo que volvería a tratar en The archbishop’s ceiling-, valores muy norteamericanos y especialmente sensibles tras el conflicto acabado poco tiempo atrás.

Una complejidad que solo un genio como Miller es capaz de presentar, desarrollar y concluir con la pulcritud argumental con que él lo hace, ofreciendo la información necesaria y en el momento adecuado, aumentando de manera controlada la tensión y transmitiéndola y contagiándola con el mismo nivel de intensidad.

Todos eran mis hijos, Arthur Miller, 1947. Tusquets Editores.

“Anna Christie” de Eugene O’Neill

Eugene O’Neill ganó su segundo premio Pulitzer gracias a una obra en la que mostraba buena parte de sus fantasmas. Los símiles son tan evidentes que este fantástico texto no ha de ser leído solo como la gran ficción que contiene, sino también como una descarnada exposición de su biografía personal y familiar. Las relaciones emocionales entre hombres y mujeres y padres e hijos con el telón de fondo del papel del mar como medio de ganarse la vida en una propuesta en la que no hay espacio ni tiempo para el sosiego.

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Cuando contaba con cinco años, Anna dejó su Suecia natal junto a su madre y se instaló en el interior de EE.UU., en Minnesota, donde ya huérfana siguió viviendo con sus primos. Década y media después se reencuentra con su padre en Nueva York, al que no conoce más que epistolarmente, huyendo de un pasado de abusos que le duele y un presente de explotación que le escuece. Él es un hombre de mar que cumple todos los tópicos, las olas, las mareas y las grandes travesías han sido siempre sus prioridades. Por él descuidó a su mujer y a su familia, viendo, además, como engullía a dos de sus hermanos y a sus hijos. Ahora ambos tienen la oportunidad de ver si tienen un futuro en común, pero para ello será necesario aclarar no sólo qué les separó, sino también, qué hizo que esa distancia se mantuviera durante tanto tiempo.

Eugene O´Neill también tuvo dos hermanos que fallecieron, uno al que no llegó a conocer y otro que lo haría dos años después del primer montaje de este texto (noviembre de 1921). Su madre organizó su vida en función del trabajo actoral de su marido y sus continuas giras, tras dar a luz a Eugene se hizo adicta a la morfina (tal y como contó en su póstumo El largo viaje del día hacia la noche), lo que le llevaría finalmente hasta la muerte. Él mismo, en 1910, y tras divorciarse y dejar a su primer retoño a cargo de su ex, surcó varias veces el Atlántico como marino, de EE.UU. a Argentina o hasta Europa. Una fecha en torno a la cual también intentó suicidarse, como amenaza hacer uno de los protagonistas de esta obra, y en la que sitúa la acción de Anna Christie.

Un pasado que toma forma teatral en este libreto en el que, desde una barcaza que sirve también como alojamiento, se buscan nuevos horizontes, pero que amenaza con ser un estigma insuperable para los compañeros de viaje que podrían ayudar a la materialización de esas oportunidades.  Un viaje no iniciado en el que la niebla, como la del mar, aparece y desaparece sin previo aviso, ocultando y confundiendo de manera similar a como lo hace el amor en una exposición de este sentimiento que resulta contemporánea a pesar de parecer trasnochada.  Tan pronto es una ilusión que ensalza al otro como agente redentor que nos limpiará de todo lo que nos avergüenza, como se esfuma cual espejismo y le convierte en un verdugo cruel y despiadado.

Una visión impregnada de una moral religiosa que establece los prejuicios que se alzan entre unos y otros. Un monstruo invisible que culpabiliza al necesitado de escucha y comprensión, al que solo se puede vencer luchando contra uno mismo y que por norma hace de las mujeres sus primeras víctimas tan solo por el hecho de ser deseadas por los hombres.

Ese es el apasionante y vibrante combate que supone la lectura –y a buen seguro que también la representación- de Anna Christie. Una desesperada y constante búsqueda por ser reconocido y aceptado, por recibir disculpas y por ser perdonado para liberarse de cargas y condenas que, aparentemente, nadie sentenció.