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“Agua a cucharadas” de Quiara Alegría Hudes

El sueño americano es mentira, para algunos incluso torna en pesadilla. La individualidad de la sociedad norteamericana encarcela a muchas personas dentro de sí mismas y su materialismo condena a aquellos que nacen en entornos de pobreza a una falta perpetua de posibilidades. Una realidad que nos resistimos a reconocer y que la buena estructura de este texto y sus claros diálogos demuestran cómo afecta a colectivos como los de los jóvenes veteranos de guerra, los inmigrantes y los drogodependientes.

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Tiempo atrás leí que en Nueva York, la ciudad que nunca duerme, la del lujo y los rascacielos, la mitad de su población vive bajo el umbral de la pobreza. Una imagen que no vemos porque no es emitida por los medios de comunicación y porque si nos la ponen delante nos negamos a creer que sea verdad. Una situación que imagino similar a la de Filadelfia, la urbe en la que se ambienta esta obra estrenada en 2011 y ganadora del Premio Pulitzer de teatro un año después. En ella, un descendiente de puertorriqueños, Elliot, se gana la vida como dependiente de un establecimiento de comida rápida tras el fin de su aventura como soldado en Irak por una herida en una pierna.

Su deseo de ayudar a que EE.UU. se convirtiera en un país más seguro le ha valido una minusvalía física que trajo consigo una adicción a los barbitúricos y la aparición constante en sus sueños de un hombre árabe que le reclama insistentemente. El día que le conocemos junto a su prima Yaz, su madre acaba de fallecer, pero en el proceso de preparación del funeral descubrimos que aunque fue quien le crio, esa mujer realmente era una tía de ambos. En paralelo Alegría Hudes plantea sobre el escenario la visualización de un chat, un lugar de encuentro virtual donde tras su nicks, personas en distintos lugares del mundo comparten la normalidad de cómo ha sido su día, el desasosiego de lo que les inquieta o el triunfo y la incertidumbre de las jornadas que llevan sin pincharse o sin esnifar.

Así es como Agua a cucharadas va de lo cercano –el amor materno-filial, la casa como lugar de encuentro y convivencia, la familia como red afectiva de ayuda y apoyo- a lo etéreo –avatares de individuos aislados, en lugar de personas que no comparten sus coordenadas reales-, ligando ambas coordenadas y componiendo un retrato alienante de la sociedad norteamericana. Un país donde deja claro que todo lo que no luzca y aquel que no sonría en la constante foto oficial es escondido, culpabilizado de su falta de fotogenia e imposibilitado a volver a aparecer en ella.

Aunque también hay espacio para la esperanza y el positivismo, el drama de lo que ocurre en esta historia no está en la tragedia de lo que sucede durante la representación o en la biografía previa de sus protagonistas. Lo impactante es la naturalidad con que muestran cuanto han vivido anteriormente y en la aceptación –que no resignación- con que relatan cómo ha sido crecer en un día a día en el que la escasez material conllevó también para algunos pobreza espiritual. Una derivada generadora de violencia, adicciones y cuestiones mayores como, incluso, la muerte.

Water by the spoonful, Quiara Alegría-Hudes, 2011, Theatre Communications Group.

“Other people” de Christopher Shinn

Lo que nos hace personas es el contacto y el establecimiento de lazos afectivos con aquellos que el destino pone en nuestro camino. Pero cuando esos vínculos no surgen o se deshacen una y otra vez, nuestro sitio en el mundo y nuestra percepción de nosotros mismos se tambalea. Mark, Petra y Stephen son todo lo que podemos ser –amigos, amantes, profesionales- y lo que ocurre cuando no lo somos –soledad, adicciones,…-.

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Finales de la década de los 90, estamos en los últimos días del año. Stephen se gana la vida escribiendo reseñas sobre cine y en estos momento le toca hacerlo sobre Men in black. Petra aspira a ser escritora, pero por ahora sus ingresos le llegan de un club en el que trabajaba bailando. Mark ha rodado ya una película, solo le queda decidir si quiere ver su nombre en los títulos de crédito. Los dos primeros viven en Nueva York, son compañeros de piso, el tercero acaba de volver de Los Angeles, después de meses –tras romper con Stephen- sin saber de él.

La verdad es que el primero tiene su cabeza pendiente únicamente de saber si va a recibir una beca a la que ha presentado su primera obra de teatro. La segunda ha conocido hombres de sólida posición intelectual, pero que luego resultaban ser primarios, déspotas y abusivos en lo sexual. El tercero intenta compensar con austeridad y abstinencia un pasado de drogas y orgías del que ahora reniega. Sin llegar a compartir, Stephen y Petra se acompañan en este momento actual por el que transitan, pero en el que solo contactan en lo básico, no llegan a vivirlo como un verdadero presente. Mark, en cambio, sí que está en él, pero a través de la confrontación y la negación, necesita de ello para reafirmarse y creer que tiene unos valores y una identidad que realmente, dentro de sí, no encuentra.

La realidad que Christopher Sinn plantea es que cada una de estas personas no conseguirá ninguno de sus objetivos –personales, profesionales- o deseos –sentimentales, creativos- si no se acepta a sí mismo y digiere cuanto le haya acontecido, tanto lo que fue impuesto sorpresivamente por terceros, como lo elegido, ya fuera consciente o irresponsablemente. Todo cuanto vemos es una continua huida, pero muy bien maquillada de normalidad y cotidianeidad como búsqueda del encaje entre el deseo interior y las supuestas oportunidades que ofrece la gran ciudad, Nueva York, la que se presenta bajo el eslogan de meca de las artes, de la capital de las posibilidades.

Una situación que Other people muestra a través de lo que conforma el día a día. Tanto de aquello que exteriorizamos abiertamente como de lo que solo vivimos en las sombras en las que nos sentimos seguros para mostrar aquello que no consideramos convencional o socialmente aceptado. Un juego de apariencias que no es solo interior, sino que forma parte también del mundo capitalista y de su tramposa ley de la oferta y la demanda en el que vivimos: camareros que aspiran a ser estrellas de cine, directores de casting guiados por sus bajos impulsos, parejas unidas por el deseo espiral de la venganza,…

Un conflicto que Christopher Sinn deja claro que es muy patente cuando miramos a los demás, pero del que nos creemos falsamente libres cuando pensamos en nosotros mismos.