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"El otro barrio" de Elvira Lindo

Una pequeña historia que alberga todo un universo sociológico. Un relato preciso que revela cómo lo cotidiano puede esconder realidades, a priori, inimaginables. Una narración sensible, centrada en la brújula emocional y relacional de sus personajes, pero que cuida los detalles que les definen y les circunscriben al tiempo y espacio en que viven.

Los barrios residenciales de las grandes ciudades, aquellos en los que vive la gente humilde, la que no tiene más que lo justo para llegar a final de mes, suelen pasar completamente desapercibidos. Suburbios que sabemos que existen, pero desde fuera se les contempla como lugares ajenos, no importa quién ni por qué se establece en ellos, qué tipo de vida siguen ni qué aspiraciones tienen. Vallecas es uno de esos distritos, tan grande o más que muchas capitales de provincia y a donde, durante décadas, llegaron muchos buscando una oportunidad con la que labrarse un futuro digno.

Cuando Elvira Lindo publicó El otro barrio en 1998 esto era aún más evidente, tal y como transmiten sus páginas. De un lado el costumbrismo y la tradición representados por los mayores, por unos hábitos que les conectaban con la ruralidad de la que muchos procedían, por su manera conservadora de pensar y su proceder consecuente. Y por el otro la modernidad y la adaptación a los nuevos tiempos de sus descendientes, de una juventud que quería conocer, aprender y experimentar, que ya no se conformaba con lo que le había tocado.

Esa es la atmósfera en la que creció el adolescente Ramón Fortuna, el joven que comienza apocado esta novela y que por capricho de las carambolas del destino se ve envuelto en unos acontecimientos que harán que su vida no vuelva a ser la misma. Un punto de inflexión del que Lindo se sirve para ahondar tras la superficie de esa identidad que nos arrojamos o nos imponen para sentir que pertenecemos, a una familia primero y a una comunidad más amplia después. Una realidad aparentemente espontánea, pero también una elaborada construcción tras las que nos refugiamos, o de la que deseamos huir, por miedo a mostrarnos tal y como somos cuando no cumplimos el canon dispuesto por las normas sociales y los referentes que no nos atrevemos a poner en duda.

Esa verdad no dicha, no mostrada o no compartida es la que la creadora de Manolito Gafotas va poco a poco, y con sumo tacto, mostrando. Respetando el ritmo de los acontecimientos que hace que sus personajes descubran lo que no imaginaban, los paréntesis que se toman para asumir lo conocido y las pausas que necesitan para integrar lo descubierto o lo que ya no pueden simular ignorar por más tiempo. Y en el caso de Ramón, en el marco de una edad en que no se cuenta con el prisma adecuado para observar, evaluar y medir lo que está ocurriendo. Lo infantil ya quedó atrás y aunque se está en el camino de la adultez, la responsabilidad que esta implica aun resulta demasiado grande y abrumadora.

Líneas rojas y estrechas sobre la que discurre El otro barrio, pero manteniéndose firme en un trazado salpicado de referencias cinematográficas y literarias en el que su autora integra con solvencia los conflictos personales de cada una de las personas que habitan este microcosmos y desarrollando hábilmente las tramas aisladas, paralelas y cruzadas a que dan pie.

El otro barrio, Elvira Lindo, 1998, Seix Barral.

“Restauración” de Eduardo Mendoza

El primer texto teatral de este genial narrador prolonga en el género dramático el enfoque socarrón y sarcástico con que trata los acontecimientos en que se ven envueltos sus peculiares protagonistas. En este caso, hasta cinco personajes reunidos de la manera más absurda en la ruralidad catalana en las últimas horas de la tercera guerra carlista en 1876.

El único escenario de esta historia es una casa aislada en mitad del campo, en las cercanías de un bosque y del frente en el que luchan carlistas contra liberales. Una noche que comienza tormentosa y en cuyo transcurrir hasta el alba, Mallenca, su única residente, recibirá la visita de hasta cuatro hombres. Todos ellos implicados, aunque de manera diferente, en la contienda bélica y con intenciones diferentes respecto a la mujer a la que acuden. Una convergencia tan azarosa -cosa del destino- como caprichosa -cosa del autor- que Mendoza utiliza tanto para crear conflictos de intereses entre ellos como para provocar situaciones con las que hacer reír a sus espectadores.

Un punto de partida a partir del cual Eduardo desarrolla esa combinación de ficción enmarcada en una circunstancia histórica real, con nombres auténticos (el general carlista Llorens y el Rey Alfonso XII, impulsor de la Restauración borbónica del título) y otros producto de su imaginación, que unos años antes ya le había dado resultados novelísticamente excelentes en La ciudad de los prodigios (1986).

Al igual que Mallenca, Ramón y Bernat no son personajes cómicos, pero caen en contradicciones, hipérboles y salidas de tono que, sin desvirtuarlos, les dan un tinte de caricatura y personajismo valleinclanesco que, en manos de un buen director, seguro que dan pie a grandes interpretaciones. El posterior autor de El asombroso viaje de Pomponio Flato (2008) juega con lo verosímil, pero estirándolo hasta darle un punto absurdo con el que hacer de ello y de las contradicciones entre lo civil y lo militar, la juventud y la madurez, la urbanidad y lo campestre, el estrellato y el anonimato, chanza y cuchufleta.

Una acidez sin aparente maldad con la que anula cualquier rasgo de heroicidad que pudiera darse, pero sin convertirlo en crítica directa, aunque sí que vierte opiniones sobre los símbolos y los cánones mentales del nacionalismo como los que, después, en 2017 manifestaría en ¿Qué está pasando en Cataluña? Su intención es dejar claro el artificio y la impostura con que actúan cuantos se ven envueltos en un conflicto ideológico. Ya sea por la erótica del poder en el caso de los que lo hacen por decisión propia, ya sea como manera de ganarse la vida y de no tener otra opción los que se ven arrastrados por el sistema.

Cuestión diferente es cuando se trata de asuntos personales, como el honor, el amor y la lealtad donde sus diálogos sí que tienen una veladura de mofa de la que se sirve para darles una frescura y una libertad con aire quijotesco y referencias, incluso, a Bécquer. Súmese a esto la escritura en verso con que dio forma a esta obra estrenada en el Teatro Romea de Barcelona en 1990. Cuestión que en formato impreso, no juega a favor de Restauración, ya que al ser solo diálogos y no contar con las descripciones de una narración ni con la encarnación verbal, gestual y corporal de unos actores le resta la efectividad que seguro tiene sobre un escenario.

Restauración, Eduardo Mendoza, 1990, Seix Barral.

El mismo trayecto…

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… cada mañana, parando en esta estación entre las 08:10 y las 08:15, depende de lo que haya tardado en salir de casa y si he llegado a tiempo para coger el tren de las 07:50 o si ha de ser el de las 07:55 y entonces ya voy con el alma en un puño.  Hay días que este recorrido se me hace eterno, no sucede nada, no varía el trayecto ni en un color, ni en un sonido, ni en una imagen con respecto al día anterior. Otros, en cambio, disfruto a cada segundo de él, observando cómo varía la luz en ese momento entre el amanecer y el arrancar del día, las personas que se suben al vagón en cada parada, a las que veo por primera vez y aquellas a las que lo hago por la enésima ocasión, cómo van vestidas hoy y cómo lo iban ayer,… Elucubrando qué pasará en sus cabezas, qué estarán pensando, dándole vueltas en mi cabeza a esa idea de hacer periodismo o ficción sobre el anonimato de la cotidianeidad. Seres auténticos que definen su personalidad con su nombre y apellidos, y no personajes que se retratan por lo que de ellos se ha dicho o publicado en este medio o en aquel otro.

Esta chica, por ejemplo, cómo se llama, de dónde viene, a dónde va, con quién vive, a quién va a ver. Y a partir de ahí surgirían datos, anécdotas y detalles con los que construir el relato de su vida. Pasar de la entrevista al diálogo y que me cuente qué le motiva, con qué sueña o qué dejó atrás. Quizás se llame María, viene de casa, vive por la zona de Pirámides, se dirige a su trabajo en una agencia de publicidad, lleva la cuenta de una firma de coches. Su aparente seriedad es una mezcla de sueño y concentración, aún no se ha puesto en plena marcha mental, pero va pensando cómo le expondrá a su jefe la presentación del reporting semestral que han de hacer a su cliente. En estas estoy cuando han transcurrido los diez minutos que me llevan de Atocha a Nuevos Ministerios e interrumpo la historia, me bajo del tren y sin ella delante ya no soy capaz de seguir su historia. Sin el estímulo de su presencia mi imaginación se debilita y se me cruzan otras personas que quizás me hagan iniciar nuevos caminos de fantasía.

Vuelvo a coger el tren al día siguiente, nuevamente a las 07:55, ya son tres días seguidos en que algo me retrasa en el último momento. Hoy no la veo a ella, pero sí a un chico en el que ayer era el asiento vacío de su acompañante, ¿es él su chico? ¿El él de ella? ¿El él para ella? ¿Se conocen? Esta es una ciudad de más tres millones de habitantes, probablemente no, cuestión de estadística, aunque, quién sabe. Esas cosas ocurren en la literatura (lo he leído), en el cine (lo he visto), en las canciones (lo he escuchado), y también en mi mente (lo he imaginado). A él no tengo claro qué papel darle, por un lado sueño con que tenga puntos en común con ella, aunque lo más seguro es que no tenga nada que ver con ella. Qué pena, ¿no?

En esta ciudad se cruzan cientos, miles, decenas de miles de caminos personales a modo de líneas sobre un mapa que me da la sensación de que al ser tantas y tan cercanas acaban convirtiéndose en una gran mancha que impide ver el callejero sobre el que caminamos. Entonces las líneas dejan de ser líneas, pasan a ser parte de una gran área de color negro que se desplaza de manera programada arrastrando al automatismo a todos los que han quedado atrapada en ella. Y cada uno de nosotros ya no vemos al de al lado, yo ya no te veo a ti ni tú a mí, y quizás él se está perdiendo la oportunidad de saber quién es ella, y ella ni se percata de que él existe.

IMG_20140911_084831(Fotografías tomadas en Madrid el 9 y 11 de septiembre de 2014).

Quiero la luz de la mañana…

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… que con fuerza me ilumina, que me llena de vida y de energía. Esa que me hace sentir que al abrir los ojos no voy a volver a ver lo mismo de ayer y de antes de ayer, lo que a veces temo sea igual que mañana. Ansío ese momento en el que se inicia el día, que me hace sonreír al rozar mi piel.

Deseo ser capaz de convertir las distancias físicas en meras elipsis temporales con tan solo un chasquido de mis dedos. Hacer de todas esas ilusiones imaginadas, realidades, un dónde, un cuándo, un con quién. Que el mundo es muy grande y la vida es muy larga para considerar que todo está ya establecido y fijado como si no hubiera mil posibilidades más. Y no, no es renunciar a lo que ya es, a lo que ya soy, sino hacerlo más, llevarlo de aquí a allá, de allá a más allá y de ahí a no sé dónde. Quizás para llegar a muy lejos o para volver, para estar donde nunca imaginé o aquí otra vez, pero sea donde sea, con el bagaje de todo lo conocido, vivido y experimentado.

Y ¿sabes qué? Que es posible. Pero no me interrogues por el cómo. Pregúntame qué, a qué aspiro, qué anhelo, qué me llama,… Teniendo un destino es como surge el camino, buscando un lugar ves las señales que te llevan hasta él. Y al igual que yo quiero fluir, dejaré que el camino y el destino al que llegar discurran también libremente. Así juntos, destino, camino y yo (o tú, si también lo buscas) circularemos conjuntamente hasta hacer que de la unión de los tres resulte una única pieza más grande, más fuerte, más brillante.

Entonces abriré los ojos y el sol estará tan cerca que sentiré que lo puedo tocar y coger. En ese instante no solo el astro me seguirá iluminado a mí, sino que resultaré ser yo fuente de luz que cause sonrisa e ilusión sobre quien la reciba. Quizás ese momento sea ya, sea ahora,…, espera, quizás no, es, es ya. Hoy, ahora, soy luz.

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(Fotografías tomadas en Madrid el 16 y 29 de agosto de 2014).