Archivo de la etiqueta: Luis Cremades

“El invitado amargo” de Vicente Molina Foix y Luis Cremades

El recuerdo del amor vivido visto con la perspectiva de las tres décadas transcurridas desde entonces. Del ímpetu, el desconocimiento y la experimentación de los que se inician como adultos al reposo, la retirada y el balance de los ya instalados en la madurez. Un intercambio folletinesco con dos voces narradoras, capítulos escritos por separado que enfrentan y complementan dos puntos de vista sobre un enamoramiento difuso y una relación que nunca terminó de cuajar pero que tampoco llegó a disolverse.

ElInvitadoAmargo.jpg

Años después de ser pareja Luis Cremades le escribe una carta a Vicente Molina Foix en la que le dice que mientras él buscaba en su intento de relación una confirmación de su identidad, su partenaire necesitaba a alguien complementario con quien compartir su inteligencia, sus habilidades e inquietudes. Quizás fue ese el conflicto de fondo y no la diferencia de edad, de recorrido intelectual y de círculos sociales lo que hizo que lo suyo tuviera un final y no un futuro. Una conclusión que el tiempo demostró que fue el paso necesario para que cada uno se convirtiera en una presencia invisible y constante en la vida del otro, un referente con el que tener un perenne diálogo interno que les recordara cuáles eran los anhelos amorosos que soñaban y los logros literarios que no conseguían.

Luis y Vicente, cercanos por sus orígenes alicantinos y su necesidad de poesía, parecían estar destinados a conocerse en el Madrid de inicios de los 80. Una capital provinciana en la que la literatura, como cualquier otra forma cultural, se practicaba como si fuera artesanía, y los que le daban forma se relacionaban en círculos que estaban a caballo entre lo amistoso y lo familiar –con nombres como Javier Marías, Félix de Azua, Fernando Savater o Juan Benet- bajo el padrinazgo de figuras hoy míticas, y entonces ya consagradas, como Vicente Aleixandre. Tiempos de inestabilidad política y socialización homosexual en la oscuridad en una ciudad que se esforzaba por dar rienda suelta a la creatividad y la expresión para dejar de ser una escenografía inmovilista y conservadora.

Hasta allí vuelven estos dos hombres recordando la manera de sentir, pensar y expresarse que tenían entonces, pero sobre todo, cómo se relacionaron. Qué se provocaron y suscitaron, qué compartieron, en qué coincidieron y también en qué no se entendieron, qué hizo que lo suyo no pudiera crecer y que cualquier posibilidad de vínculo terminara por morir sepultada bajo una serie de juicios y proyecciones que no eran más que la demostración de que su historia hubiera requerido un esfuerzo y una aceptación, tanto mutua como individual, que ninguno de los dos fue capaz, o no tuvo voluntad, de aportarle.

Un relato y una relación que evoluciona alternando la narrativa ampulosa y formal de Molina Foix con el recogido y moderado relato de Cremades, más visceral y efectista el primero, más contenido y efectivo el segundo. Pero en conjunto, un nosotros literario -ruborizante por su desnudez, liberador por su honestidad y sanador por su profundidad- que surge de la magia de ser el uno en la vida del otro ese invitado amargo que quizás no hizo acto de presencia ni de la mejor manera ni el mejor momento. Pero que llegó para quedarse -sin discernir inicialmente por qué, pero entendiéndolo muy gratamente después- no se sabe si como un amigo, un confidente o alter ego. Alguien generador, merecedor y depositario de la confianza suficiente como para darle la llave de acceso a sus incapacidades no reconocidas, ineptitudes no aceptadas y miedos no afrontados.

Anuncios

“El cielo en movimiento”, pasado, presente y futuro de Madrid

El tema es Madrid. Los autores son treinta. Y otros treinta los años de historia de la ciudad que se recorren con sus textos e imágenes. Desde el bando de las fiestas de San Isidro de 1985 en que Enrique Tierno Galván pedía a jóvenes y mayores que se entendieran y escucharan, al de hoy en el que las nuevas tecnologías, el cambio político en la alcaldía y los derechos conquistados parecen haber devuelto a la Cibeles las ganas de vivir su presente y construir su futuro a golpe de creatividad y participación ciudadana.

ElCieloEnMovimiento

 

 

 

 

 

 

 

 

A los que llegamos a Madrid cuando ya teníamos unos añitos y llevamos aquí más de media vida, tenemos con esta villa una relación muy especial, de igual a igual. Sentimos que hemos crecido a la par, aportándonos mutuamente. Cuando la pequeña ciudad de provincias en la que residíamos anteriormente no respondía a nuestras inquietudes, el “de Madrid al cielo” resultaba ser sinónimo de “allí todo es posible”. Considerábamos a la capital del Reino la tierra de las oportunidades y por eso nos vinimos, como si al cruzar el túnel del Guadarrama o el de Somosierra fuéramos a comenzar nuestra particular conquista del oeste americano con el fin de hacernos sitio personal y profesional en el centro peninsular.

la ciudad de los sueños, el destino de nuestras esperanzas”, Iñaki Echarte

Miramos atrás y quizás hagamos como Iñaki Echarte, recordar los motivos que nos trajeron y las inquietudes que han marcado nuestro camino a lo largo de los años por el trazado de la que es la tercera urbe más grande de Europa. Un hoy en el que José Luis Serrano y María Castrejón ven, cada uno a su manera, que los ciudadanos sienten que lo que ocurre en sus calles puede ser nuevamente producto de sus decisiones y no de los decretos que edicten personas ajenas a sus vidas en despachos supuestamente oficiales. Calles, avenidas y plazas que se apelotonan en un entramado sociológico hábilmente explicado por Luis Cremades y en un callejero en el que destaca por encima de todo la Gran Vía. Transitada de la sensualidad que rezuma el poema de Oscar Espírita, en la que Oscar Esquivias vio por primera vez en su vida a finales de los 80 a dos hombres caminando de la mano, o a la que Abel Azcona homenajeó en una de sus performances recordando que su asfalto y sus aceras fueron durante mucho tiempo escenario de persecución de la dignidad de las personas LGTB.

Y aunque las leyes hayan cambiado, eso no quiere decir que tengamos gobernantes con actitudes tolerantes y demócratas, tal y como explican de manera clara y concisa en sus aportaciones Javier Larrauri y R. Lucas Platero. Políticos a los que hemos sobrevivido como apunta en sus últimos versos Juan Gómez Espinosa (“Nunca nos fuimos los resistentes, los vencedores. Y nunca nos iremos”). Porque hubo un tiempo en que Madrid se convirtió en una ciudad en la que se luchaba por hacer de la creatividad y la expresividad su leit motiv, eran los años 80, los de la ya mítica movida madrileña. Quizás la pátina del tiempo le ha dado un toque mítico y de vitrina de museo a lo que en realidad fue una exitosa eclosión por retirarse de encima la losa gris de muerte y defunción de las cuatro décadas de guerra civil y dictadura. Lo revelan los trazos de las fotografías coloreadas de Ouka Lele, las ilustraciones de Gerardo Amechazurra para El País Semanal y los fotogramas de las primeras películas de Pedro Almodóvar, obras que son más que arte, son identidad. He ahí ese aire socarrón y gamberro que tres décadas después destilan las ilustraciones de Miriampersand y Raúl Lázaro, el cartel de Ana Curra con Manuela Carmena como protagonista, las viñetas de Carla Berrocal o las del cómic de Luisgé Martín y Axier Uzkudun, “Mi novio es un zombie”, que comparte título con aquella divertida canción de Alaska y Dinarama.

En Madrid los caminos se cruzan con mil matices, como en el cómic “Chueca” de Miguel Navia, desprendiendo una magia similar a la del relato de Paco Tomás, o confluyendo de madrugada en una cama, como en la escena teatral cargada de sensibilidad de Fernando J. López. La esperanza rezuma en la letra de las canciones de Algora y de Alicia Ramos. Las ventanas del piso en la planta trece del Edificio España nos recuerdan que, Alberto Marcos mediante, ahí Iván Zulueta concibió “Arrebato”, una película que sin ser excelente, se ha convertido en obra maestra con el paso de los años. Un tiempo aquel cuyo espíritu podemos recordar en los fragmentos de la narrativa de Leopoldo Alas y Eduardo Mendicutti, prosa que discurre tan ágil como los versos de la poesía ácida de Luis Eduardo Aute y de la cargada de posibilidades de Ariadna G. García (“sigue siendo posible lo improbable”).

Todo esto es Madrid. Un caleidoscopio de formatos, lenguajes, puntos de vista, tonos y nombres que le da algo más que encanto turístico. Tras ello está la grandeza de su identidad cultural. Hasta ahí es donde han llegado Dos Bigotes (al igual que hicieron con su acertado enfoque sobre la diversidad de la identidad LGTB en “Lo que no se dice”) en un trabajo que rezuma compromiso de querer ofrecer algo más que un producto editorial. Su logro es ejercer de altavoces de creadores que tienen mucho que contar y compartir y con los que se supera el nivel del entretenimiento y el disfrute para acceder al del enriquecimiento personal. Esto es lo que convierte a “El cielo en movimiento” en un verdadero producto cultural que refleja muy bien el momento de balance y planteamiento de futuro que vive Madrid.

“Lo que no se dice”, relatos que leer y comentar en voz alta

Once historias cortas sobre cómo se vive la circunstancia de que a un hombre, a la hora del deseo y del amor la naturaleza, le hace mirar a otro hombre. Bendita homosexualidad, circunstancia natural de la vida, si estimula la creatividad y el saber hacer de nuestros escritores tan bien como en este pequeña colección editada por Dos Bigotes.

loquenosedice300x207

Hubo un tiempo en que lo LGTBI era negado, luego fue proscrito y castigado. De ahí pasó a ser obviado, tolerado, finalmente aceptado y hace bien poco legal. Sin embargo, en nuestro país –y eso que en este tema somos pioneros en el mundo- aún nos falta por llegar a ese momento en que los homosexuales (y demás colectivos de las siglas enunciadas) sean (seamos) visto(s) con la naturalidad y espontaneidad que se merece cualquier característica que toda persona nos hace un ser… humano.

Ahí es donde se sitúa “Lo que no se dice”. Nos trae momentos cotidianos que cualquiera de sus lectores podríamos haber vivido y en los que sentir el impulso de amar a alguien de tu mismo sexo aún era algo fuera de la norma, escondido o rechazado en el entorno en el que sucedía. Situaciones cuyos protagonistas en paz consigo mismo vivían con franqueza, siendo fieles a sí mismo. No así por los que no contaban con la fuerza o las agallas para hacer frente a un entorno limitador e invasivo.

Los once escritores que forman esta recopilación, junto con sus dos editores, practican un ejercicio de visibilidad y de activismo de una de las maneras más claras y sencillas en que se puede realizar, desde aquello que saben hacer y para lo que la genética y/o la experiencia les ha dotado, escribir bien, muy bien incluso en algunos casos.

A Luis G. Martín le salen solas las palabras para dar voz a la irracionalidad del deseo, al impulso de la pasión en “El esplendor en la hierba”. Fernando López parece escribir en un equilibrio entre estómago y corazón para expresar eso que es la verdad, y que desea vivir con honestidad y reciprocidad en “Nunca en septiembre”. Por su parte, José Luis Serranos hace visible en “Hipocampos” a ese ser desapercibido que siempre fue parte de nuestras vidas, es capaz de hacer forma lo que ni siquiera veíamos. El conflicto entre lo que somos y lo que se supone que somos queda expuesto de manera contundente por Oscar G. Esquivias en “Todo un mundo lejano”.

“¿Azul o verde?” es tan crudo y desnudo como delicado resulta Oscar Hernández en su narración sobre ese mundo en el que por mucho que se nos asfixie se puede llegar a ver la luz. Eduardo Mendicutti demuestra con su dominio del verbo, el ritmo, la gracia y la sensualidad en “Canela y oro” porque es una de las mejores plumas de la literatura española actual. Adentrarse en su protagonista hasta hacernos sentir como él, con sus momentos plenos y sus atisbos de duda, es lo que hace con gran soltura Lawrence Schimel  en sus “Estadísticas”. La tensión teatral de obras maestras como “August: Osage County” de Tracy Letts o de “El zoo de cristal” de Tennessee Williams está en el “No te levantes” de Álvaro Domínguez.

Con delicada sensibilidad Luis Cremades cuenta en “Manos mágicas” la esencia del amor, lo que lo hace mágico, dure lo que dure y pase lo que pase. La “Fábula del mirar opaco” de Lluis María Todó refleja los subterfugios que el deseo se busca para, aun oculto, hacerse presente. Y por último, “Un hombre o dos o tres” es una muestra de cómo Luis Antonio de Villena hace presente la pasión, el ardor, las ganas que sigue generando el recuerdo del pasado.

Desconozco en qué medida estaba premeditado, pero el conjunto de historias encargadas ex proceso para este volumen componen un completo caleidoscopio de edades (desde el inicio de la adolescencia hasta el momento de mirar atrás en la madurez consolidada), profesiones (toreros, futbolistas, directores de coro, músicos,…), ciudades (Barcelona, Berlín, Madrid,…), emplazamientos (habitaciones de hotel, iglesias, el comedor o el dormitorio de una domicilio familiar, una caseta de feria,…),… Maneras de percatarse, encontrarse, juntarse, unirse y/o separarse que conforman lo que es la vida y ese cúmulo de sensaciones, emociones, sentimientos y descubrimientos atropellados, irracionales y sosegados mediante la práctica que es la vida.

Un cúmulo de variables que unidas representan la verdad de lo que todos somos al margen de nuestro género y orientación sexual, hombres y mujeres que deseamos vivir compartiendo, sonriendo, sintiendo, dialogando, abrazando, riendo, besando, llorando de alegría y disfrutando de placeres de todo tipo como puede ser el de leer un libro como este “Lo que no se dice”.