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“Apegos feroces” de Vivian Gornick

Más que unas memorias, un abrirse en canal. Un relato que va más allá de los acontecimientos para extraer de ellos lo que de verdad importa. Las sensaciones y emociones de cada momento y mostrar a través de ellas como se fue formando la personalidad de Vivian y su manera de relacionarse con el mundo. Una lectura con la que su autora no pretende entretener o agradar, sino desnudar su intimidad y revelarse con total transparencia.

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Cuando miramos atrás, la tendencia inherente a la mayoría de los seres humanos suele ser la de articular un discurso que, sin negar las sombras, muestre un balance positivo de nuestra personalidad, acciones y aportación a las relaciones que hayamos tenido a lo largo de la vida. Pero hay quien tiene valor, le echa agallas al asunto y se pone a escribir no para construir o alimentar el personaje público que aún puede ser, sino con voluntad de poner orden en su interior y de compartirlo públicamente. No con ánimo exhibicionista, sino para comprobar qué forma toma aquello que se ha llevado tan dentro como ocultamente y asumirlo con todas las consecuencias.

Eso es lo que hizo Vivian Gornick en 1987 cuando publicó Apegos feroces. Directa desde la primera línea, no hay nada que sea únicamente exterior en sus asertivas descripciones y acertadas narraciones. Todo cuanto expone está impregnado de una doble mirada, la de aquel momento en que lo vivía y la de este en que lo rescata de su pasado. Así es como va dando forma al hilo narrativo que nos guía en este viaje que no es solo un transcurso lineal del tiempo y un proceso de evolución personal,  sino también un valiente ejercicio de catarsis espiritual.

La fuerza de su prosa hace que esta se vaya inoculando dentro de nosotros, extendiéndose por todos los rincones de nuestra persona, haciendo que nos situemos junto a ella frente al espejo de la verdad. Ese ante el que somos jueces y parte de nosotros mismos, verdugos y víctimas de nuestras acciones, en el que no hay medias tintas. La única posibilidad, no ya de salir fortalecidos, sino de dejar de herirnos, engañarnos y confundirnos, es mirarnos a nuestros propios ojos, sostenernos la mirada y aceptar los límites e incapacidades que vemos, asumir los errores que hemos cometido, pedir perdón por el daño que podamos haber causado y excusar a los que nos hirieron.

Así es como entendemos esa locura que es querer a su madre, al tiempo que mantiene con ella una eterna lucha de titanes, de resistencia durante la infancia, de confrontación después y de intento de conciliación en la actualidad. Esta es la gran sombra que se cierne sobre todas las vivencias de Vivian, como la de su admiración por la sensualidad con que actúa su vecina Nettie mientras ella nunca ha sido capaz de comportarse de semejante manera. Y la que le lleva a paradojas como ser una ferviente crítica de la construcción social del amor mientras lo anhela en las relaciones afectivas que establece con diferentes hombres a lo largo de los años.

Todo ello con el escenario de fondo de Nueva York, una urbe tan diversa como disfuncional concretada en el edificio en el que vivían en un Bronx multiétnico (italianos, polacos, rusos, hispanos, judíos,…) cuando Vivian era niña y en las calles y avenidas de Manhattan en las que, madre e hija, pasean en la actualidad.

Apegos feroces, Vivian Gornick, 2017. Sexto Piso Editorial.

Emocionante “Tierra de Dios”

Con el mismo ritmo con el que avanza la vida en el mundo rural en el que sucede su historia y transmitiendo con autenticidad la claustrofobia anímica y la posibilidad de plenitud emocional que dan los lugares de horizontes infinitos. Una oda a la comunicación, al diálogo y al amor, a abrirse y exponerse, a crecer y conocerse a través de la entrega y de ser parte de un nosotros.

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Por su título en español podría parecer que esta es una película en la que la religión tiene algo que ver. Nada más alejado de la realidad, God’s own country es ese territorio en el que las relaciones humanas se basan en el afecto, la cercanía y la empatía y donde no tienen cabida los prejuicios, el egoísmo o los fines individuales. Pero este no es un lugar que se pueda delimitar con unas coordenadas geográficas, no es necesario viajar para llegar a él. Basta con actuar con consideración, con cariño y con respeto por los demás para verse habitándolo. Uno de sus residentes es el rumano Gheorge, un joven apuesto que acude hasta la campiña de Yorkshire buscando una oportunidad laboral en sus granjas. Allí comienza a trabajar con Johnny, alguien que está en una dimensión interior completamente opuesta.

Hasta aquí un guión muy bien definido que comienza a crear un relato cuyo ritmo visual es el del tranquilo, pero potente, latido del corazón de sus personajes. A partir de este momento un trabajo de dirección que imprime en los espectadores de Tierra de Dios la actitud que sus protagonistas tienen hacia lo que les sucede, la sensibilidad con la que fluyen con la vida, la robustez para no dejarse avasallar por lo no deseado, la resistencia ante los obstáculos y la aridez de quien se niega a aceptar su incapacidad.

Sin embargo, lo que inicialmente parece ser diferente y opuesto resulta ser complementario, tal y como sucede entre Gheorge y Johnny. El rechazo y la rabia que el segundo vierte sobre el primero no son más que una proyección de su incapacidad de aceptar y tolerar sus frustraciones, siendo una de ellas la de manifestar su deseo de amar y ser amado, gozar y ser gozado en lugar de comportarse como un autómata sexual que nunca acaricia, besa o abraza. Hasta que un día comienzan a compartir horas en una soledad alejada de toda comodidad que arrasa con los límites y barreras que pudiera haber entre ellos. La mano tendida del recién llegado da rienda suelta en el prisionero de sus coordenadas familiares a un torrente de sensaciones y respuestas nunca antes conocidas que irá tomando forma a medida que cree y encuentre su cauce.

Entonces la cinta de Francis Lee alcanza una nueva dimensión. El valle rocoso de la tensión del choque de personalidades inicial desemboca en una llanura en la que con un tempo espontáneo y producto de su presente, comienza a explorarse lo que sucede cuando ambas se abren, se muestran y se comparten recíprocamente en un carpe diem que no excluye, pero que no se plantea el destino al que ese viaje les llevará. El resultado es una película más profunda, valiente, íntima y sensible, resultando más certera y auténtica, única.

Algo que es labor también, sin duda alguna, de su pareja protagonista, la viva encarnación de lo que dicen que en ocasiones es el amor, atracción invisible, química. Eso es lo que transmiten y derrochan Josh O´Connor y Alec Secareanu incluso cuando no están juntos, cuando no comparten plano se puede llegar a sentir en la piel como a cada uno de ellos le falta el otro. Ese es el espíritu de Tierra de Dios, tanto del concepto como de esta versión cinematográfica del mismo.