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“Juegos de niños” de Tom Perrotta

La vida es una mierda. Esa es la máxima que comparten los habitantes de una pequeña localidad residencial norteamericana tras la corrección de sus gestos y la cordialidad de sus relaciones sociales, la supuesta estabilidad de sus relaciones de pareja y su ejemplar equilibrio entre la vida profesional y la personal. Un panorama relatado con una acidez absoluta, exponiendo sin concesión alguna todo aquello de lo que nos avergonzamos, pero en base a lo que actuamos. Lo primario y visceral, lo egoísta y lo injusto, así como lo que va más allá de lo legal y lo ético.

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El futuro ya está aquí y con él no ha llegado nada de lo que esperabas. Más bien todo lo contrario. Da igual si no estás dispuesto a ser sincero o si te falta el valor para reconocerlo, ya se encarga Tom Perrotta de lanzarte a la cara tu propia vida. Tus amarguras, inseguridades, miedos e incapacidades. Las opciones son hundirte y deprimirte o regodearte en tu propia miseria echándole un poco de humor.

Tú decides. El opta por lo segundo, pero sin obviar lo primero, que tus circunstancias no te satisfacen lo más mínimo, aunque en ello haya mucho de victimismo por tu parte. Y tanto lo uno como lo otro lo muestra muy bien, apuntando al blanco de la clase media norteamericana, disparando con precisión sobre su estilo de vida y dando de lleno en sus mediocridades e hipocresías.

En el parque de una ciudad residencial del noreste de EE.UU. confluyen amas de casa de rígidos principios conservadores –más como contención de sus frustraciones que por una convicción real- al cuidado de sus hijos y un padre que ha intercambiado con su esposa el rol de cuidador, dejando que sea ella la que trabaje para mantener a la familia. Un lugar en el que tienen como vecinos a personajes tan variopintos como un expresidiario condenado por exhibicionismo ante menores o un policía retirado por haber matado a un joven negro indefenso. En el que la vida comunitaria gira en torno a las creencias que simular en la iglesia, el cuerpo que mostrar en la piscina o el poder adquisitivo que demostrar en el centro comercial. Actitudes con las que esconder la falta de aptitudes para haber alcanzado las coordenadas de éxito deportivo, logros profesionales, felicidad conyugal o satisfacción sexual que se soñaban en los años de instituto.

Hasta que un día surge la oportunidad de materializar el impulso de ser fiel a ti mismo y de actuar tal y como te dicta tu cabeza y te marca tu corazón con el refrendo de tus instintos más bajos. De enmendarle la plana al presente, haciendo morir de envidia a todos aquellos a los que saludan ofreciéndose recíprocamente una falsa amistad y deshaciéndose de ese o esa con el que se comprometieron por inercia, más que por un sentimiento real.  Y si el día a día en esta comunidad artificial era ya un despiporre para el lector de Juegos de niños, en ese momento coge una velocidad de crucero digna de las más grandes borracheras narrativas de sarcasmo, ironía y humor negro. Podría parecer que es mala leche, pero no, no es más que esa realidad, esa verdad, ese tú que te niegas a ver y afrontar.

Y si no has tenido bastante con esta novela o quieres más de Tom Perrotta, ahora ponte a (re)leer Lecciones de abstinencia.

Juegos de niños, de Tom Perrota, 2007, Ediciones Salamandra.

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“Dancer”, más allá de los escenarios

Un buen documental con un montaje que combina el vértigo de la sucesión de imágenes, la belleza plástica y el dinamismo de la danza, con el poder y el peso de las palabras. Una producción que podría ser aún mejor si no cayera en alguno de sus pasajes en el reality televisivo y si mostrara a Sergei Polunin no solo como bailarín y como hijo, sino también como un adulto con una vida propia.

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Una de las conclusiones que se puede extraer de Dancer es que la práctica de la danza clásica es un camino indefinido y nebuloso en Occidente mientras que en las naciones de la órbita soviética forma parte del curriculum educativo. De ahí que estos países sean la cuna de las grandes figuras de este arte, que lo tengan como contenido estrella de su  prime time televisivo y que haga que los más jóvenes sean parte del público asistente a las representaciones en los muchos teatros de su territorio que le dedican buena parte de su programación cultural.

Valoraciones secundarias aparte, la historia de Sergei Polunin tiene mucho de épica y de posmodernismo. Nace como muchos relatos, alguien sin medios que a base de esfuerzo, sacrificio y dedicación llega a lo más alto tras recorrer un camino en el que ha contado con la ayuda invisible de los suyos, aquellos que dedicaron lo muy poco que tenían a materializar sus posibilidades. Sin embargo, el reconocimiento público que supone ser la primera figura del Royal Ballet con solo 19 años no se asume como una meta, sino que no es más que un hito, un difícil punto de inflexión tras el que hay que seguir buscándole alicientes –tanto artísticos como personales- a la vida.

Hasta aquí un muy correcto planteamiento y desarrollo combinando grabaciones caseras, entrevistas en los ambientes naturales que le corresponden a los protagonistas –los padres de Sergei en Ucrania, sus compañeros bailarines en Londres-, los muchos titulares de prensa escrita y minutos de televisión generados por Sergei en apenas unos años, así como incluso tuits de su cuenta particular. Esta es la historia anterior a la génesis de Dancer y que se ve tan bien estudiada y documentada como narrada y editada. El reto está en mantener este nivel en la parte del documental que ya no mira al pasado, sino que nos relata desde el presente cómo Polunin se reinventa a sí mismo tras renunciar a la gloria que el éxito supuestamente conlleva.

Hay algo que no se plantea y que es de agradecer, que es iniciar esa etapa como un desierto en el que se vaga sin rumbo. La dirección de Steve Cantor deja claro que no se sabe hacia dónde se quiere ir, pero sí que su protagonista quería construir y recorrer su propia trayectoria. Las grabaciones ex proceso comienzan a ser un recurso importante a partir de ese momento, utilizado con la lógica que corresponde, como el testigo privilegiado que somos de algo que está tomando forma. Pero cuando toca salirse de lo artístico y entrar en el terreno más personal la cámara deja de ser cinematográfica y se torna en televisiva para pasar a ser casi un agente provocador de emociones a las que se les ve más una intención sensiblera de horario de máxima audiencia que de retrato del momento y la personalidad de aquellos a los que sigue.

Un aspecto en el que Dancer parece tropezar dos veces. Nos habla de la trayectoria artística de Sergei, desde que era un niño con gran potencial hasta que se convierte en una estrella mundial y posteriormente se trasciende a sí mismo. Deja claro cómo se forjó su personalidad y el peso que en ese proceso tuvieron tanto la disciplina de su profesión como su tesón por ser el mejor, así como la relación con sus padres, de afecto y cariño hasta que estos se divorciaron, de distancia y enfado posteriormente. Pero se echa en falta que mencione, que nos haga saber quién y cómo es Sergei como adulto, cómo se relaciona con el mundo más allá de su trabajo, si es que lo hace, en qué se basan sus relaciones personales, si es que las tiene.

Tratando estos aspectos Dancer podría haber seguido la estela brillante de Amy. La chica detrás del nombre y llegar a todos los públicos, al no hacerlo y con el paso del tiempo, probablemente sea recordado únicamente por los amantes de la danza, que no es poco.