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23 de abril, día del libro

Este año no recordaremos la jornada en que fallecieron Cervantes y Shakespeare regalando libros y rosas, asistiendo a encuentros, firmas, presentaciones o lecturas públicas, hojeando los títulos que muchas librerías expondrán a pie de calle o charlando en su interior con los libreros que nos sugieren y aconsejan. Pero aun así celebraremos lo importantes y vitales que son las páginas, historias, personajes y autores que nos acompañan, guían, entretienen y descubren realidades, experiencias y puntos de vista haciendo que nuestras vidas sean más gratas y completas, más felices incluso.

De niño vivía en un pueblo pequeño al que los tebeos, entonces no los llamaba cómics, llegaban a cuenta gotas. Los que eran para mí los guardaba como joyas. Los prestados los reproducía bocetándolos de aquella manera y copiando los textos de sus bocadillos en folios que acababan manoseados, manchados y arrugados por la cantidad de veces que volvía a ellos para asegurarme que Roberto Alcazar y Pedrín, El Capitan Trueno y Mortadelo y Filemón seguían allí donde les recordaba.

La primera vez que pisé una biblioteca tenía once años. Me impresionó. Eran tantas las oportunidades que allí se me ofrecían que no sabía de dónde iba a sacar el tiempo que todas ellas me requerían, así que comencé por los Elige tu propia aventura y los muchos volúmenes de Los cinco y Los Hollister. Un par de años después un amigo me habló con tanta pasión de Stephen King que despertó mi curiosidad y me enganché al ritmo de sus narraciones, la oscuridad de sus personajes y la sorpresas de sus tramas.

Le debo mucho a los distintos profesores de lengua y literatura que tuve en el instituto. Por descubrirme a Miguel Delibes, cada cierto tiempo vuelvo a El camino y Cinco horas con Mario. Por hacerme ver la comedia, el drama y la mil y una aventuras de El Quijote. Por introducirme en el universo teatral de Romeo y Julieta, Fuenteovejuna o Luces de bohemia. Por darme a conocer el pasado de Madrid a través de Tiempo de silencio y La colmena antes de que comenzara a vivir en esta ciudad.

Tuve un compañero de habitación en la residencia universitaria con el que leer se convirtió en una experiencia compartida. Él iba para ingeniero de telecomunicaciones y yo aspiraba a cineasta, pero mientras tanto intercambiábamos las impresiones que nos producían vivencias decimonónicas como las de Madame Bovary y Ana Karenina. Por mi cuenta y riego, y con el antecedente de sus inmortales del cine, me sumergí placenteramente en el hedonismo narrativo de Terenci Moix. El verbo de Antonio Gala me llevó al terremoto de su pasión turca y la admiración que sentí la primera vez que escuché a Almudena Grandes, y que me sigue provocando, a su Malena es un nombre de tango.

Y si leer es una manera de viajar, callejear una ciudad leyendo un título ambientado en sus calles y entre su gente hace la experiencia aún más inmersiva. Así lo sentí en Viena con La pianista de Elfriede Jelinek, en Lisboa con Como la sombra que se va de Antonio Muñoz Molina, en Panamá con Las impuras de Carlos Wynter Melo o con Rafael Alberti en Roma, peligro para caminantes. Pero leer es también un buen método para adentrarse en uno mismo. Algo así como lo que le pasaba a la Alicia de Lewis Carroll al atravesar el espejo, me ocurre a mí con los textos teatrales. La emocionalidad de Tennessee Williams, la reflexión de Arthur Miller, la sensibilidad de Terrence McNally, la denuncia política de Larry Kramer

No suelo de salir de casa sin un libro bajo el brazo y no llevo menos de dos en su interior cuando lo hago con una maleta. Y si las librerías me gustan, más aún las de segunda mano, a la vida que per se contiene cualquier libro, se añade la de quien ya los leyó. No hay mejor manera de acertar conmigo a la hora de hacerme un regalo que con un libro (así llegaron a mis manos mi primeros Paul Auster, José Saramago o Alejandro Palomas), me gusta intercambiar libros con mis amigos (recuerdo el día que recibí la Sumisión de Michel Houellebecq a cambio del Sebastián en la laguna de José Luis Serrano).

Suelo preguntar a quien me encuentro qué está leyendo, a mí mismo en qué título o autor encontrar respuestas para determinada situación o tema (si es historia evoco a Eric Hobsbawn, si es activismo LGTB a Ramón Martínez, si es arte lo último que leí fueron las memorias de Amalia Avia) y cuál me recomiendas (Vivian Gornick, Elvira Lindo o Agustín Gómez Arcos han sido algunos de los últimos nombres que me han sugerido).

Sigo a editoriales como Dos Bigotes o Tránsito para descubrir nuevos autores. He tenido la oportunidad de hablar sobre sus propios títulos, ¡qué nervios y qué emoción!, con personas tan encantadoras como Oscar Esquivias y Hasier Larretxea. Compro en librerías pequeñas como Nakama y Berkana en Madrid, o Letras Corsarias en Salamanca, porque quiero que el mundo de los libros siga siendo cercano, lugares en los que se disfruta conversando y compartiendo ideas, experiencias, ocurrencias, opiniones y puntos de vista.

Que este 23 de abril, este confinado día del libro en que se habla, debate y grita sobre las repercusiones económicas y sociales de lo que estamos viviendo, sirva para recordar que tenemos en los libros (y en los autores, editores, maquetadores, traductores, distribuidores y libreros que nos los hacen llegar) un medio para, como decía la canción, hacer de nuestro mundo un lugar más amable, más humano y menos raro.

“Amadeus” de Peter Shaffer

Antes que la famosa y oscarizada película de Milos Forman (1984) fue este texto estrenado en Londres en 1979. Una obra genial en la que su autor sintetiza la vida y obra de Mozart, transmite el papel que la música tenía en la Europa de aquel momento y lo envuelve en una ficción tan ambiciosa en su planteamiento como maestra en su desarrollo y genial en su ejecución.

Amadeus es más que un biopic teatral de Mozart (1719 – 1787), es también el relato de los efectos que sobre este tiene el ser el campo de batalla en el que se vive la guerra que Antonio Salieri (1750 – 1825) le declara a Dios al no verse dotado de los dones y gracias sí concedidos a su contemporáneo. Una leyenda en torno a la cual Shaffer fantasea trasladándonos a la Viena de 1823 y a la de la década de 1780 para dejar que Salieri nos cuente directamente -intercalando el monólogo con las escenas recordadas/dialogadas- sin recato alguno el relato de cómo conoció y quedó deslumbrado una y otra vez por un genio al que no solo envidió, sino que odió haciendo todo lo posible por perjudicarle en lo profesional y hundirle en lo personal.

Así, y recorriendo los principales hitos de la carrera artística del de Salzburgo (conciertos, cuartetos y óperas como Las bodas de Fígaro, La flauta mágica o Don Juan), el músico italiano va hilvanando los momentos en que las trayectorias de los dos confluían. Una evolución en la que cruzan de continuo lo creativo (la manera de trabajar y las fuentes de inspiración), lo artístico (los lugares de representación) y la respuesta (el aplauso y la mofa) que ambos recibían tanto del aparato de la corte imperial como del público en general. Incomprensión, distancia y denostación en el caso del autor de uno de los Requiem más famosos de la historia, y alabanzas, reconocimiento y progreso en el del llegado desde una pequeña localidad de la República de Venecia.

Una progresión paralela al profundo y fino retrato psicológico que realiza de la personalidad y la manera de relacionarse con el mundo de ambos, confrontando la imagen que cada uno tenía de sí mismo (sentirse un genio vs. saber que no se es) y el conflicto interior que vivían como consecuencia de lo que su entorno les devolvía.

Un proceso, a su vez, apoyado en una serie de secundarios de los que su creador se sirve para introducir los elementos que marcan la evolución de los acontecimientos. Unos reales (como la mujer de Mozart, el Emperador y algunos miembros de círculo más cercano) y otros que como bufones actúan a modo de miembros de un coro de la comedia griega dando datos que nos sitúan geográfica, temporal o referencialmente (valgan como ejemplo las menciones a Rossini, Bach y Beethoven). Unos y otros sirven como soporte para un in crescendo en el que la combinación de drama y comedia inicial va evolucionando hasta convertirse en una tragedia cuya tensión escala hasta una doble eclosión final.

Señalar la cantidad de anotaciones que incluye la edición que he leído (Penguin Books, 1981) sobre iluminación, escenografía, proyecciones, vestuario, música (indicando el momento exacto de las piezas indicadas a escuchar) y movimientos de actores que Peter Shaffer toma del primer montaje que de Amadeus se hizo en Nueva York en diciembre de 1980. Recursos que consiguen poner de relieve la concepción, relación e interactuación de los distintos planos de acción y mensaje de un texto que resulta tan sólido y redondo como el silencio que queda en el ambiente tras la interpretación de la última nota de muchas de las partituras de Wolfgang Amadeus Mozart.

Amadeus, Peter Shaffer, 1979, Penguin Books.

“El último encuentro” de Sándor Márai

Una síntesis sobre los múltiples elementos, factores y vivencias que conforman el sentido, el valor y los objetivos de la amistad. Una novela con una enriquecedora prosa y un ritmo sosegado que crece y gana profundidad a medida que avanza con determinación y decisión hacia su desenlace final. Un relato sobre las uniones y las distancias entre el hoy y el ayer de hace varias décadas.

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41 años después de verse por última vez, Konrad y Henry se encuentran de nuevo en la casa del segundo, en el mismo salón y con la misma disposición de la mesa, para cenar el mismo menú que aquel día no olvidado. Una puesta en escena que da vía libre a que se manifiesten los fantasmas que durante tanto tiempo se hicieron dueños del espacio y tiempo que ambos no compartieron. Una reunión que se presenta como una oportunidad única para saber qué pasó con su amistad, qué hizo cada uno con su vida tras su abrupta separación y con qué bagaje se colocan ahora frente a frente, si tienen algo pendiente o si aún hay algo positivo que les une.

A pesar del tiempo transcurrido, en El último encuentro no hay confrontación o vacío, sino diálogo y ánimo de entendimiento y comprensión. La empatía es el principio que marca el planteamiento con que Márai hace que Henry y Konrad se vuelvan a relacionar. Tras unos primeros capítulos en que nos cuenta cómo se conocieron en la Viena imperial de finales del siglo XIX y cómo surgió el vínculo entre ellos a pesar de las diferencias externas –nivel económico de sus familias e intereses personales-, abre la herida que aún sigue abierta. Con una sensibilidad excepcional y una sobresaliente selección de detalles, da la palabra a Henry para poner de relieve no sólo bajo qué formas se desarrolló su amistad, sino que sentimientos la forjaron y qué sensaciones compartieron en los muchos episodios que compartieron.

La enriquecedora intensidad que gana en ese momento la narración es pareja al sosiego con que son relatados los acontecimientos que se describen, dejando claro que son siempre la experiencia subjetiva de quien los cuenta, pero haciendo ver el esfuerzo que éste hace por contemplar, entender e integrar en su discurso otros puntos de vista que van más allá de su terrenal, sesgada y limitada individualidad. Un concienzudo ejercicio de reflexión sobre las motivaciones de las relaciones interpersonales, un esfuerzo intelectual en torno a la esencia y la exigencia de valores como la generosidad, la solidaridad y el altruismo y lo que nos hace no solo seres humanos y sociales, sino afectivos.

Al tiempo, Sándor Márai introduce otros elementos importantes como la manera de contemplar el futuro cuando somos jóvenes y parece que gobernamos el mundo en el que vivimos, y de revisar el pasado cuando ya somos muy mayores y nuestro entorno parece funcionar con un manual de instrucciones que desconocemos. De esta manera, aun sin hacer referencia directa a ello, habla también sobre el desconcertante presente en que escribió esta novela, en 1942, cuando el nazismo y la II Guerra Mundial asolaban su Hungría natal.

El último encuentro, Sándor Márai, 1942, Narrativa Salamandra.

“La vida de Kostas Venetis” de Octavian Soviany

La biografía de un hombre que no se sabe si fue real o un personaje, un ser humano o una ficción. Un relato sórdido y primario, pero también excesivo e intenso. Un horror vacui lleno de palabras –tan alegre y jocoso como estético y saturado en ocasiones- con el que llevarnos desde Salónica y Estambul hasta Bucarest, Viena, París y Venecia durante la segunda mitad del siglo XIX.

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Esta es la historia de un ser llamado Kostas Venetis cuyo narrador no sabe si fue alguien a quien conoció de verdad o si solo sabe de él lo que le contó y fue anotando en un sinfín de hojas manuscritas. Un legado que nos llega a nosotros de la mano de otro intermediario que dice que esto no es una creación de su imaginación sino la recopilación de distintas fuentes de información que a lo largo del tiempo le fueron llegando.

Un juego de distintos planos que constituye no solo el punto de partida de esta novela de muchas páginas, sino también el prisma a través del cual ir adentrándose tanto en su impetuosa trama principal como en sus múltiples y desbordantes secundarias. Unas y otras llenas de sangre, semen y demás fluidos corporales, llegando incluso a lo más escatológico.

No hay nada comedido en la vida de este hombre que nace en tierras griegas bajo el dominio del Imperio Otomano. Hijo de un cornudo y de una madre que se le insinúa incluso a él, crecido como adolescente entre monjes que le forman en el arte de la medicina popular, consorte de un militar en la exótica Constantinopla, buscavidas en un Bucarest mísero que le catapulta a la capital del Imperio Austro-Húngaro desde donde después llegará al París revolucionario en el que se codeará incluso con pintores impresionistas.

Una colección de postales llenas de luz y color en las que se rozará, excitará, lubricará y eyaculará una y otra vez, sin decoro ni pudor alguno, con muchos hombres, pero también con alguna mujer. Sexo salvaje, casi animal, a caballo entre el hedonismo, lo incontrolable y el más brutal sentido de la posesión.

Una sucesión a velocidad de vértigo de episodios y anécdotas de todo tipo en los que no hay ni un segundo de descanso ni cortesía con el lector. La prosa de Saviany no concede un momento de tregua, manteniéndonos en continua tensión, entre la excitación y la exaltación gracias a su buen manejo del lenguaje, su estilo directo y su nula auto censura en todo lo referente a lo sexual, lo genital y lo visceral. Sin embargo, no se debe pensar que La vida de Kostas Venetis es una novela erótica, centrada en alcobas y camas, estas no son más que uno de los muchos emplazamientos en los que ocurren las aventuras y desventuras de este hombre que no se sabe si es ángel o diablo, víctima o verdugo.

Vivencias personales en un entorno en el que Venetis se viste en ocasiones de mujer, en otras realiza trucos de magia, y cuando no, practica el sadomasoquismo mientras los grandes imperios iniciaban un ocaso sin retorno, algunas monarquías eran sustituidas por repúblicas y el anarquismo político era incluso una opción considerada. Un todo muy bien combinado y mezclado que en ocasiones deja sin aliento por ser tan apabullante, pero al que lo único que puede echársele en cara sea que no nos deje ni un momento de respiro.

“De algún tiempo a esta parte”

Max Aub retrató magistralmente la barbarie que es vivir entre dos guerras, entre la civil española a la que ha marchado un hijo a defender sus principios, y la Viena de 1938, ya sometida al escarnio nazi. Carmen Conesa es ahora, en una brillante interpretación, esa madre y esposa que a pesar de tener el corazón encogido y las manos agrietadas, cuenta con una voz fuerte que no se rinde ni se apaga frente a la adversidad.

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Con apenas unas luces y sobre un suelo irregular, una mujer nos va mostrando distintos momentos sobre los que transita una vida con un rico pasado y un negro futuro. Una escenografía austera y poco más que un par de focos sobre su rostro y su cuerpo bastan para acompañar a un discurso con el que nos da a conocer el contraste entre un antes y un ahora en que ha pasado de contar con una familia, un cómodo hogar y la belleza urbana de la Viena de los años 30, a un presente de soledad violenta, una vivienda destruida y un entorno arrasado por aquellos que tienen como objetivo implantar la pureza aria.

A pesar de los destrozos materiales y espirituales con que la guerra va minando cuanto hay de humano en las coordenadas de Emma, ella se mantiene en pie, firme y estoica, armada con el valor que le dan las emociones que le suscitan los recuerdos de un hijo del que no se sabe nada desde que marchó a España a luchar en el bando republicano y un marido al que se llevaron los nazis. A pesar de la oscuridad, el frío y la incomunicación que la rodea, Aub pone en sus labios un monólogo valiente y conciso con el que nos muestra las brutales consecuencias que tienen, tanto en la privacidad de su casa y de su persona como en las calles y la convivencia de su ciudad, los salvajes principios fascistas. El texto es de una tremenda claridad, una naturalidad tal que parece ser más una transcripción de lo visto y sentido por un testigo presencial de los hechos narrados, que un ejercicio intelectual de una persona con necesidad de ponerle palabras a lo que le inquieta y necesita expresar.

El trabajo actoral de Carmen Conesa es perfecto. Su interpretación va más allá de convertirse en una mujer con los dedos entumecidos por los sabañones, los pies helados a pesar de rodeárselos con papel de periódico y el pelo sucio por no contar con agua corriente para poder lavarse. Esa es la labor previa con la que se presenta en el escenario para, a partir de ahí, trasladar hasta el corazón y el estómago de sus espectadores el efecto de un día tras otro sin percibir el discurrir de las horas, mesas con platos sin comida que llevarse a la boca y ausencias sin coordenadas que permitan saber si alguien está con vida o dónde encontrar su cadaver.

Si un mensaje queda claro en el texto de Max Aub, amplificado por la interpretación de Conesa, es que una guerra no transcurre tan solo en el campo de batalla, que no consiste únicamente en ejércitos luchando entre sí o bombardeando las ciudades del enemigo. No, hay una faceta aún más cruel e invisible de todo conflicto bélico, aquella que normalizando las diferencias entre iguales y legalizando la brutalidad física y psicológica como sistema de gobierno, traslada la lucha por sobrevivir y mantener la dignidad humana a las calles de las urbes que habitamos, a la convivencia entre vecinos y a no sentirnos seguros siquiera en la intimidad de nuestros hogares.

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De algún tiempo a esta parte” en el Teatro Español (Madrid).

“Misión imposible: nación secreta”, sensación de déjà vu

Quinta entrega de la saga con la que Tom Cruise luce cuerpo y forma atlética en situaciones de lo más extremas y complicadas. Únanse todas ellas con giros de trama y el conjunto es esta película en la que llega un momento en que ya no se sabe si vas o vienes mientras corras hacia delante sin parar.

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Dos décadas atrás “Misión: imposible” reventó las taquillas de medio mundo adaptando la famosa serie televisiva de los 60. Desde entonces Tom Cruise ha recurrido al personaje de Ethan Hunt cada cuatro o cinco años para hacer que su nombre destaque entre los más rentables y populares de la industria del cine. Algo que el mismo se ha puesto difícil con los planos protagonistas –a pesar del éxito de taquilla- de títulos como “La guerra de los mundos” (2005), “Noche y día” (2010) u “Oblivion” (2014) que dejan muy lejanos los aciertos que fueron el secundario que le valió una nominación al Óscar por “Magnolia” (1999) o el ponerse en manos de Stanley Kubrick en “Eyes wide shut” (1999). Únase a esto el desacertado protagonismo mediático de su vida amorosa –inclúyanse los divorcios de Nicole Kidman y Katie Holmes- y de su pertenencia a la Iglesia de la Cienciología.

En el momento en que las películas de acción son cada vez más fantásticas, y las de este género se basan en el espectáculo del ritmo vertiginoso (he ahí los X-Men y los 4 fantásticos, tanto cuando van en equipo como por separado), Ethan Hunt se presenta como un hombre que a pesar de vivir en el mundo real, ha de lidiar con acontecimientos que inevitablemente le llevan a actuar como si fuera un superhéroe. Sus guionistas parecen haber estado al tanto de los titulares de prensa de los últimos meses y juegan con situaciones como desapariciones inexplicables de aviones, redes supranacionales que nos gobiernan en la sombra, gobiernos y servicios secretos con comportamientos nada éticos, intentos de asesinato de presidentes,…  Y todo esto lo juntan en dos horas de metraje en que nos llevan de los despachos sin ventanas de la CIA a Londres, Marruecos, Viena, Bielorrusia,…, en una sucesión de secuencias que se desarrollan como si fueran los grandes momentos de la última temporada de una teleserie.

Todas ellas responden al esquema de la búsqueda del tesoro, superando retos a cada cual más complejo, tras cuya resolución visual hay que poner en valor el despliegue del equipo técnico encargado de su producción, realización y montaje final. Es a estos a los que debemos considerar los verdaderos creativos de esta película, con referencias al cine clásico como “El hombre que sabía demasiado” de Alfred Hitchcock para la bien resuelta escena de la ópera de Viena, o más recientes como “Gravity” en el corazón del asunto que les lleva hasta Marruecos (donde se hace pasar por Casablanca algunos de los lugares más emblemáticos de Rabat), además de las siempre funcionales persecuciones a toda velocidad en entornos urbanos o en carreteras llenas de curvas, y peleas en las que se despliegan una capacidades físicas asombrosas.

Cristopher McQuarrie, guionista y director a la par, hilvana todos estos momentos colocando a algunos de sus personajes en zonas oscuras, arenas movedizas en torno a las cuales se articulan las sorpresas y giros de la trama en un adelante y atrás que llega un punto en que ya no sabemos hacia dónde nos quiere llevar, dejándonos la única opción de esperar al final que se posterga varias veces para saberlo. Llegado este momento solo quedaría sustituir el “The end” por un “Continuará” y preguntarle a Tom Cruise cuál es su secreto mágico y su tabla de ejercicios para parecer, 20 años después, tan fresco y lozano como en la primera “Misión imposible”, allá por 1996.

“La dama de oro” ni brilla ni reluce

Un relato con personajes e historia que podrían dar mucho de sí, pero que se queda en lo superficial, dejando su posible impacto en el espectador en la maestría de Helen Mirren frente a la cámara.

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Parece que los efectos secundarios del nazismo se acabaron con el fin de la II Guerra Mundial y las inversiones del Plan Marshall de los EE.UU. que hicieron que Europa se volviera a levantar consiguiendo pasar página. Sin embargo, los años han demostrado que la historia no la forman solo los grandes acontecimientos que dan título a los capítulos que la van formando a lo largo del tiempo, sino también esas otras narraciones protagonizadas por personas anónimas que pasan desapercibidas por no tener entre ellas a personajes de ringo rango, ejércitos, documentos que formen parte de archivos nacionales o afectados que vayan más allá de ellos mismos. Eso fue lo que ocurrió con tantas familias arrasadas por la sinrazón de los que creían en la supremacía aria. Se quedaron sin el lugar en el que vivían, sin propiedades materiales y casi sin conciencia de ser seres humanos. ¿Cómo devolverles la dignidad? ¿Cómo ayudarles a recuperar lo que un día fue suyo, las que eran las coordenadas materiales de su vida?

De esto trata “La dama de oro”, una de aquellas familias resultó tener entre sus propiedades varios encargos a un pintor de renombre de aquel momento y considerado un maestro hoy, Gustav Klimt. Obras de arte que a pesar de ser consideradas degeneradas por los de la esvástica, se salvaron de la quema y tras el conflicto acabaron luciendo en las paredes de la Galería Belvedere de Viena. Uno de estos óleos fue el retrato de Adele Bloch-Bauer en torno al cual se desarrolla esta película basada en los hechos que hicieron que dejara de ser un icono nacional para acabar siendo expuesta en su emplazamiento habitual en Nueva York.

Un pasado con detalles aún por ser conocidos y con capacidad de asombrarnos, y un presente que ha ocupado portadas en los medios de comunicación, ingredientes con los que el cine americano podría crear un gran producto lleno de épica y con dosis de exaltación de la libertad y la justicia en un paralelismo entre David y Goliat. Pero eso sucede cuando las películas que llegan de Hollywood son buenas, cuando no, resultan ser un producto de sobremesa, mero entretenimiento. “La dama de oro” cae de este segundo lado, con un guión que parece basado en las crónicas periodísticas que pudieron darse durante el juicio entre la heredera y descendiente de la señora Bloch-Blauer y el estado austríaco.

Y así es como resultan estas dos horas de película, un relato bien estructurado, presentando cada suceso y personaje en el momento adecuado, pero sin ahondar en ellos. Son poco más que excusas para el desarrollo de una historia cuyo final ya sabemos, con lo cual todo resulta previsible y lineal, sin aliciente alguno. Se quedan por el camino tramas bien iniciadas como la vida en la Viena de los años 20 y 30, tiempos cuya estética es una muestra del triunfo del buen gusto frente a las secuencias que suceden en la ciudad de Los Angeles en los 90, planas, mates, dominadas por los tonos marrones y los crema. Apenas pincelado queda el debate sobre cómo se sienten las personas ante la dicotomía de ser originarios de un país del que se vieron expulsadas y vivir en otro en el que les acogieron con los brazos abiertos.

Preguntas sin respuesta, debates sin desarrollo de posturas que se sostiene gracias al buen hacer de “la reina” –parafraseando el título que le dio el Oscar a la mejor actriz- Helen Mirren ya que ni siquiera el abogado y el periodista que encarnan Ryan Reynolds y Daniel Brülh pasan de ser dos caracteres sin matiz alguno. Una ficción basada en hechos reales sin nada malo, pero con todo tan escaso y tan simple que seguro acabará siendo una opción para tardes de manta y sofá o de entretenimiento en un viaje en tren, avión o autobús.

Cinco minutos…

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… y salimos a escena. Siempre me ocurre lo mismo, ese nudo en el estómago. Creer que voy a ser incapaz, me falta casi el aire. Dudo de saberme las letras de las canciones, de si seré capaz de la espontaneidad que exigen los pequeños monólogos entre ellas, de si sabré entender al público de hoy para dialogar con él. Por muy igual que sea cada concierto de la gira en la forma, la atmósfera que se crea cada día es diferente. Al final quizás no, pero al principio, el punto de partida, es único, diferente en cada lugar. Ningún estadio es similar a ningún otro, como tampoco se parecen el público de dos pequeñas salas de concierto aunque estén a apenas tres calles de distancia la una de la otra. Y aun habiendo estado tantas veces y aparecido en tantas ocasiones ante un público expectante tanto en unos como en otras – bueno, al principio de mi carrera expectación cero, las cosas como son- no me acostumbro. Estos minutos previos son casi de pavor.

Concéntrate, respiración abdominal. Inspira profundamente, exhala relajadamente. Una vez. Dos. Tres. La tensión va desapareciendo.

Se quedan los nervios. No, no son nervios. Es excitación. Eso es lo que me gusta de estos minutos previos. Cuando ya estoy vestido, maquillado, peinado, los técnicos y la orquesta en sus puestos. Cada uno concentrado en su posición. Todos juntos esperando. Y yo con la responsabilidad de saber que soy el capitán de este barco, de tener bien clara cuál es mi misión, hacia todos los que navegan conmigo y hacia los que nos esperan. El paso del tiempo no ha hecho mella en mis ganas de salir a darlo todo, me sigo entregando hoy ante miles de personas con la misma ilusión con que décadas atrás lo hice por primera vez ante apenas una veintena.  Sonrío, bien grande, no solo con mis labios o mi rostro, también con mi pecho. Es un momento de gran consciencia de mí misma. Me olvidaré de ello, de mí, en el momento en que comience la música y tenga que ponerme en acción. Pero el encanto de estos segundos que parecen no transcurrir me resulta mágico. Es el primer instante de plenitud. Y lo mejor de todo es saber que es el previo de los que probablemente estén por llegar en las próximas dos horas.

Inspiro profundamente, sintiendo como me lleno de aire, como el oxígeno llega hasta el más recóndito rincón de mi cuerpo. Exhalo relajadamente, y siento como todos los puntos de mi persona se alinean.

El último minuto antes de comenzar tiene algo de irreal. Ya no queda nada por hacer ni por preparar, solo esperar sesenta segundos. En esta cuenta atrás me evado, se superponen las imágenes, viajo en mis recuerdos a los ánimos que me dieron los primeros aplausos que recibí, la sorpresa de ver entre el público a artistas a los que yo admiraba y que nunca imaginaba poder conocer, las miradas emocionadas y agradecidas de tantas personas que aprecian y dan valor a lo que hago. La sensación de la alegría y de la satisfacción sobre mi piel que todo ello me produce, la luz que transmite mi presencia, cómo irradia mi sonrisa, cómo brillan mis ojos. Soy una persona afortunada, por ganarme la vida haciendo lo único que sé hacer, por hacer lo que deseo hacer. Por soñar haciendo soñar, por sentir haciendo sentir.

Estoy listo, preparado. Tres, dos, uno. Se levanta el telón, comienza la música.

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(Fotografías tomadas en Viena el 4 de agosto y en Madrid el 31 de enero de 2014).

In perfect unison

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Mientras en nuestro país se extienden hasta el infinito la tontería y la estupidez con la excusa del ébola, yo me debato en el absurdo de ordenar un recuerdo que no sé si es pasado, presente o atemporal. Las televisiones y las radios dedicaron sus primeros minutos hace semanas a algo que nos parecía lejano, una enfermedad que comenzaba a cobrarse víctimas a miles de kilómetros. Y a apenas unos cuantos de mi casa, en mi trayecto diario hacia el trabajo, yo coincidía contigo por primera vez en un vagón de metro. Compartí con los espectadores más hipocondríacos la misma sensación, ellos llevados por su obsesión, y yo por la realidad de mis sentidos. Me mirabas, eso fue lo primero de lo que me di cuenta, antes de saber que existías o de cómo eras físicamente, tú me observabas. Sin usar palabras, no sé cuál era el interrogante que me planteabas pero no pude evitar tener otra respuesta que un sí. No era capaz de aguantarte la mirada, y la sensación física, aun alterándome, resultaba placentera. Era casi incómodo que no fuera algo sexual, me habías tocado algo más allá, más dentro, quizás con una sola mirada habías conseguido llegar hasta esa parte de mí que solo yo elijo quien puede ver, mi intimidad.

Eso fue ya la primera vez, cosas que pasan me dije. En la segunda ocasión pocos días después, otra vez lo mismo, sentí enrojecer y cómo mis piernas se clavaban al suelo, no podía moverme. A la tercera hondeé en mí para descubrir el punto en el que estabas influyendo, viajé en mis referentes internos hasta los chacras hindúes y aterricé en el número uno, ese que simboliza la tierra y donde residen el instinto y la supervivencia, la sensación de seguridad. Ese día bajé del vagón tras los quince minutos de trayecto conjunto a apenas un metro de distancia de ti decidido a que en la siguiente ocasión hablaríamos. Y parecía que no íbamos a ser capaces, yo te miraba cuando tú no lo hacías, tú a mí cuando yo retiraba los ojos, hasta que en este cuarto encuentro surgieron dos sonrisas espontáneas y probablemente a la par se nos escapó un “hola”. Comenzamos a hablar y cuando llegamos al final del trayecto del cercanías nos intercambiamos los números de teléfono.

Te envié dos mensajes en los siguientes días a los que me contestaste enseguida, de haber un tercer contacto decidí que tendría que ser iniciado por ti. Y cuando había decidido pensar que no se iba a dar tal ocasión, sonó el móvil: “¿Te espero en el metro al salir del trabajo?” Media hora después dos medias sonrisas viajaban por el subsuelo de Madrid hacia el centro de la ciudad. Buscamos una terraza y allí no sentamos a charlar alternando cañas, para ti, y copas de rioja, para mí. De los lugares a los que hemos viajado al último libro leído, del deporte que practicamos al qué nos dedicamos profesionalmente y qué habíamos estudiado, así poco a poco los centímetros que nos separaban en la mesa parecían reducirse a medida que pasaban los minutos, formando incluso un par de horas y quizás solo un palmo de tus ojos a los míos. Yo disfrutaba y tus ojos también, y yo lo hacía aún más viendo que tú disfrutabas, y doy por hecho que tu disfrute se acrecentaba con el mío. Estaba claro que en el terreno de las palabras, en el de decirnos y escucharnos, había una clara y evidente conexión.

Dejamos atrás a la camarera que nos cobró y comenzamos a pasear por calles con nombre de naciones sudamericanas. Tu hombro se pegaba al mío cada vez que me decías algo en lo que ya daba igual el qué, lo que me llegaba era el ánimo de la sonrisa, del buscarme. Y sabía que iba a pasar, pero no me importaba esperar, el goce del nervio, del momento y la tensión previa sabían a dulce excitación, a ese momento cuando eras niño y te disponías a abrir cuidadosamente la gran caja envuelta en papeles de colores y un gran lazo que encontrabas al despertar el día de tu cumpleaños. Deseaba que ocurriera, te miraba a los ojos y lo pedía, y te decía que sí, igual que tú me lo estabas diciendo a mí, y la única interrogante en el estrecho espacio entre los dos era quién daría el paso, si tú o yo. Lo siguiente que ocurrió fue que te estaba besando. No sé cómo fueron los últimos segundos previos, pero supongo que resultaron ser una coreografía en absoluta coordinación, un número de dos in perfect unison.

Después…, qué más da qué pasara después. Unos momentos se prolongan y otros no, algunas historias ni siquiera se inician, pero las sensaciones, las emociones del camino recorrido hasta llegar a ese beso, esas sí que perduran. Una vez sentidas y vividas, te las llevas contigo y el siguiente beso, sea contigo, o contigo…, o contigo…, será más, mucho más.

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(Fotografías tomadas en Madrid, 10 de septiembre, y Viena, 6 de agosto de 2014).

Desconcierto, provocación y abismo: “La pianista” de Elfriede Jelinek

LaPianista

Además del interés de la trama de esta novela, hay otro motivo para iniciar su lectura, el viaje por el lado salvaje de la condición humana que proponen sus páginas. En él las personas son animales, bestias. No hay humanidad alguna, la esencia se reduce a lo primario. La inteligencia y capacidad racional de cuantos habitan y pasan por la Viena de estas páginas tiene como objetivo alimentar sus rasgos y comportamientos primarios. “La pianista” es una hija gobernada de manera absolutista por una madre ególatra, una mujer obsesionada con conseguir la pulcritud supra humana de cada instante, un cuerpo carcelero y proxeneta de sus deseos y sus pulsiones.

Las precisas palabras, el tono asertivo y la rítmica y trenzada secuencia de acciones, diálogos y descripciones crean un universo asfixiante en el que no es posible respirar otro aire que el del tóxico e inexpugnable triángulo formado por la pianista, la madre y el alumno de la primera, así como del entorno en el que se desarrollan sus vidas. Un mundo aparentemente enfermizo bajo los cánones de las apariencias y de la convencionalidad, pero expresado sabiamente por Jelinek con la naturalidad de la inevitabilidad, presentado como el ambiente propio y sin alternativa de la vida humana.

Décadas después de que su compatriota Freud hablara desnudamente de los comportamientos sexuales, de sus posibles motivaciones y sentidos, la Premio Nobel de 2004 retrata un mundo donde estos son más que motor y medio de expresión individual, resultan ser un código de comunicación universal. Ese es el abismo al que es arrastrado el lector, un reto de desconcierto y provocación en el que te asaltarán interrogantes a los que quizás no quieras encontrar o dar abiertamente respuesta. ¿Crees posibles situaciones como las relatadas por Elfriede Jelenek? ¿Te identificas con deseos como los expresados? ¿Has llegado a comportarte de igual manera?

(imagen tomada de softrevolutionzine.org)