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10 novelas de 2018

Títulos publicados tanto a lo largo de los últimos meses como en años anteriores. Autores españoles y residentes en EE.UU. Recuerdos de la infancia, frescos históricos, crónicas sobre el amor y el desamor y denuncias de la injusticia y la desigualdad.

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“V y V. Violación y venganza” de Pilar Bellver. Con la estructura y el desarrollo tranquilo y de amplio alcance de los clásicos de la literatura del XIX a los que hace referencia, uniéndole una profunda exposición de sus personajes protagonistas a través de unos diálogos –conversados, redactados a mano o tecleados como e-mail- escritos de manera maestra. La historia de dos hermanas de apellido noble a lo largo de un tiempo –desde la pequeña España de los 80 hasta el mundo global del s. XXI- bajo el eterno freno y la pesada sombra del siempre omnipresente yugo invisible del heteropatriarcado.

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“Sol poniente” de Antonio Fontana. Volver la mirada a la Málaga de cuando se era niño para dejar aflorar los recuerdos de aquellos años en que se forjó nuestra identidad. Un ejercicio de intimidad en el que las palabras son el medio para llegar a las sensaciones que se quedaron grabadas en la piel, las verdaderas protagonistas de esta delicada novela. Un relato auténtico, que desprende nostalgia con simpatía y buen humor pero sin añoranzas sentimentales, celebrando que somos el resultado de quienes fuimos y de cuanto nos aconteció.

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“Las tres bodas de Manolita” de Almudena Grandes. Con su habitual saber hacer literario, Grandes desarrolla una serie de tramas en las que los acontecimientos históricos se combinan a la perfección con los dramas personales de sus protagonistas. El tercer episodio de su saga sobre el conflicto interminable que fue la Guerra Civil es una novela que nos permite conocer cómo era la vida de aquellos que intentaron mantener la ilusión a pesar de haber sido derrotados por el fascismo y continuar torturados por el franquismo.

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“El invitado amargo” de Vicente Molina Foix y Luis Cremades. El recuerdo del amor vivido visto con la perspectiva de las tres décadas transcurridas desde entonces. Del ímpetu, el desconocimiento y la experimentación de los que se inician como adultos al reposo, la retirada y el balance de los ya instalados en la madurez. Un intercambio folletinesco con dos voces narradoras, capítulos escritos por separado que enfrentan y complementan dos puntos de vista sobre un enamoramiento difuso y una relación que nunca terminó de cuajar pero que tampoco llegó a disolverse.

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“Llámame por tu nombre” de André Aciman. Una lograda expresión del deseo y la pasión a los diecisiete años. Una narración obsesiva que quiere entender lo que está sucediendo, anárquica en su búsqueda de palabras con las que expresarse, desesperada por convertirlas en hechos que hagan que las emociones individuales se conviertan en sensaciones compartidas. Una historia guiada por el latido del corazón y el impulso de la libido de sus protagonistas.

LlamamePorTuNombre

“Un incendio invisible” de Sara Mesa. La bancarrota y hecatombe de Detroit le inspiran a Sara Mesa una historia sobre una ciudad apocalíptica en la que no quedan más que personas abandonadas o sin lugar al que ir. Una urbe en la que todo lo que conforma nuestro modelo de bienestar alcanza tal nivel de degradación que peligra hasta la convivencia y el carácter humano de las personas. Una inteligente y sugerente ficción que juega con logrado acierto a exponer, sin enjuiciar, la deriva moral de lo que está relatando.

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“Lecciones de abstinencia” de Tom Perrotta. A caballo entre la sátira y un despiadado realismo, esta novela muestra el control que el fundamentalismo religioso pretende tener de todo individuo convirtiendo su vida privada -el sexo, el consumo o los hábitos lúdicos- en un continuo campo de batalla. Un sarcástico retrato de la clase media estadounidense y de la decadencia de su modelo de sociedad, de su falta de cohesión, de sus endebles valores y de su falta de rumbo.

LeccionesDeAbstinencia

“Middlesex” de Jeffrey Eugenides. Varias buenas novelas en una única y genial. Un muy bien guiado recorrido por el mundo global que va de los conflictos entre Turquía y Grecia tras la I Guerra Mundial al Berlín posterior a la reunificación alemana pasando por el EE.UU. acogedor de miles de refugiados en los años 30 hasta la extensión del movimiento hippie en los 70. Dentro de él una saga familiar que aúna a la perfección lo antropológico y lo sociológico con lo vivencial y lo emocional. Y también un relato valiente, pedagógico, sensible y acertado sobre la verdad y la realidad de la intersexualidad.

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“Honrarás a tu padre” de Gay Talese. Excelente crónica publicada en 1971, entre la ficción literaria y la objetividad periodística, sobre la evolución de la Mafia en la ciudad de Nueva York –y sus ramificaciones en otras partes de EE.UU.- en la que las influencias y las luchas de poder se combinan con la vida personal y familiar de Bill Bonanno. Un sobresaliente retrato de las raíces, las motivaciones y los fines de aquellos que hacían de la ilegalidad –cuando no, la criminalidad- las coordenadas en las que desarrollaban sus trayectorias vitales.

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“Haz memoria” de Gema Nieto. La historia de tres generaciones de mujeres que es también la no contada de muchas familias de nuestro país. De un tiempo aun convulso que pide volver a él para calmar los asuntos pendientes, para darle luz a aquellos pasajes vividos a escondidas y después condenados al olvido. Una sentencia de negación que anuló el futuro de los que sobrevivieron y lastró a sus descendientes.

HazMemoria

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“Las tres bodas de Manolita” de Almudena Grandes

Con su habitual saber hacer literario, Grandes desarrolla una serie de tramas en las que los acontecimientos históricos se combinan a la perfección con los dramas personales de sus protagonistas. El tercer episodio de su saga sobre el conflicto interminable que fue la Guerra Civil es una novela que nos permite conocer cómo era la vida de aquellos que intentaron mantener la ilusión a pesar de haber sido derrotados por el fascismo y continuar torturados por el franquismo.

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Las palabras y la fluidez de Almudena Grandes son el corazón y el estómago, la espontaneidad de Manolita Perales, una joven que al tiempo que deseaba ver transformarse su cuerpo adolescente, observaba cómo la convulsión política y social de la II República fue utilizada como disculpa por unos pocos para iniciar una guerra que vapuleó a todos. Hundiendo a aquellos que eran y pensaban como los suyos –anarquistas, comunistas, socialistas- y dando el poder a los que establecieron, apoyaron y siguieron el dogma imperialista y el credo católico a partir de 1939.

El muy bien construido relato de Almudena nos permite ver lo que miran con detalle y perciben con inteligente intuición los ojos de Manolita. Casas destruidas, platos sin comida, hogares sin padres, cines sin películas, noches sin luz,…, el Madrid gris y ocre que queda tras el triunfo nacional en la Guerra Civil. Una situación que había tenido su prólogo en los tres años anteriores, pero al menos entonces se respiraba –como en las vivencias liberales de los que se ganaban el pan durante la noche o de los que no siguieron las convenciones sociales- un espíritu de lucha y un deseo de defender unos principios que hacía que los que estaban en Madrid mantuvieran la esperanza de recuperar una democracia que, aunque muy imperfecta y sin consolidar, había alcanzado unas cotas de libertad y de igualdad nunca antes conocidas en España.

La minuciosa labor de documentación de la también autora de Inés y la alegría y El lector de Julio Verne, y las azarosas travesías por las que hubo de transitar la joven Perales por las calles de Madrid y de Bilbao conforman el retrato de una época a la que aún no nos hemos acercado con la naturalidad con que ella lo hace. Una realidad dura y dolorosa en la que hasta el tacto del aire y el roce del agua resultaban hirientes ya que recordaban lo poco o nada que se tenía o se podía hacer para evitar el frío, el calor, el hambre, la suciedad o la enfermedad. Males que acrecentaban la humillación que infringía un sistema autoritario –cárceles hacinadas, prisioneros sin cargos, fusilados sin juicios- que convirtió a sus miles de empleados y millones de seguidores en autócratas con derecho a abusar, marginar y amenazar continuamente a todos aquellos que habían quedado marcados por estar del otro lado durante la contienda.

Una novela en la que el realismo de una serie de personajes que sí que existieron –tal y como relata Grandes en su epílogo final- se diluye en una apasionante ficción novelística que entretiene e intriga a partes iguales, acelerando el latido del corazón de su lector y anudando la boca de su estómago. Pero también le transmite esperanza e ilusión, la seguridad y la certeza invisible que te empodera cuando se es fiel a unos valores que van más allá de uno mismo, convirtiéndose entonces en principios sociales y compromisos políticos.

“Ni pena ni miedo: Un juez, una vida y la lucha por ser quienes somos” de Fernando Grande-Marlaska

Detrás de todo personaje público hay una persona que en mayor o menor medida resulta alguien diferente a la imagen que, a través de los medios de comunicación, nos hayamos construido de él. Un ejemplo de ello es este juez, también hombre, amigo, colega, esposo, hijo y hermano, tal y como podemos comprobar a través de la declaración de principios que nos ofrece en este ordenado ensayo. Un mapa de valores, compromisos y motivaciones que se combinan de manera pautada con reflexiones, recuerdos íntimos y vivencias sociales de alguien que reivindica su intimidad al tiempo que se enorgullece de su papel como representante público y como referente de causas como la del activismo LGTBI.

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La premisa de todo juez es que una cuestión es su labor como garante de los derechos y deberes de todos los ciudadanos y otra su persona y que de igual manera que no debe hacer uso de información confidencial cuando está con sus amistades, ha de dejar a un lado sus valores morales a la hora de instruir un sumario o dictar sentencia. Grande-Marlaska lo deja claro en estas páginas, pero destacando que hay unos principios que busca en todas las facetas de su vida como son el civismo, el respeto, la voluntad de diálogo y el esfuerzo por empatizar.

Partiendo de esta máxima, Ni pena ni miedo es un relato en primera persona sobre quién es, cómo piensa y qué le importa a Fernando, qué busca y ofrece en las relaciones humanas, qué le preocupa cuando observa el presente y cómo se imagina nuestro devenir colectivo tanto en lo social como en lo ideológico y lo político.

De la lluvia de Bilbao a los paseos por el centro de Madrid, recordando las múltiples formas en las que se ha posicionado contra el terrorismo etarra y los frentes en los que le ha tocado batallar contra la homofobia, ensalzando la educación como el pilar básico sobre el que construir una sociedad verdaderamente igualitaria y considerando el laicismo como una prerrogativa constitucional aún no alcanzada, destacando el valor de los animales,… Por todo esto pasa este ensayo con un punto de memorias, un relato humano y no un recopilatorio de entresijos del mundo judicial salteado de injerencias políticas como seguramente habrían esperado algunos.

Los capítulos más interesantes son aquellos en los que trata los temas que le han dado a este abogado, nadador matinal, su fama mediática, como el proceso que va de sus primeras experiencias afectivas a su matrimonio con su marido, la ruptura de la relación con su familia durante años por su no aceptación por parte de su madre, hasta su participación en campañas a favor de la visibilidad LGTBI. En lo referente a la toga quedan para la reflexión las líneas rojas que la administración de la justicia no puede pasar en el castigo de los culpables y el apoyo sin fin que ha de prestar a las víctimas, en especial a aquellas que no tienen medios no ya de defensa, sino de subsistencia.

Para los interesados en conocer más a la persona, a esa que no se deja ver en las entrevistas y portadas, están aquellos pasajes más íntimos en los que plasma su manera de vivir el día a día, sobre todo ahora que superados los cincuenta años considera que puede mirar al pasado –a la relación con su madre o la consideración de la paternidad- desde el prisma de la experiencia y al futuro con la intención de consolidar una trayectoria de vida.

“Después de la caída”, Arthur Miller se abre en canal

Desde la relación con sus padres en su infancia al suicidio de Marilyn Monroe, pasando por la caza de brujas y un primer matrimonio fallido, Arthur Miller expone una manera descarnada y sin pudor alguno su visión del ser humano como individuos faltos de moral, viviendo una triste y conflictiva soledad compartida.

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Las anotaciones del autor, antes de comenzar a leer el primero de los dos actos, nos advierten de que lo que nos vamos a encontrar no es real, sino algo parecido a un sueño, o quizás a una pesadilla, que ocurre en la mente de Quentin, su protagonista. En este texto de Miller –y sobre el escenario en que lo imaginemos representado- se suceden personajes, diálogos, entradas y salidas a través de los cuales somos testigos directos de los valores, tormentos y vivencias del que parece ser su alter ego. “Después de la caída” es un texto con una compleja estructura que hilvana con gran inteligencia sus varias líneas argumentales, historias que surgen como fantasmas, que aparecen y desaparecen dejando preguntas abiertas, hechos por conocer y razones por entender.

Todas juntas forman un entramado de tinieblas en el que la tensión va in crescendo porque, aparentemente, nada se resuelve. Ante los conflictos, la opción elegida siempre en primer lugar es la de huir en lugar de afrontar su resolución, convirtiendo así los males en endémicos, en algo perpetuo. Arthur Miller repasa en el plano más íntimo episodios de infancia en los que se sintió abandonado por sus progenitores o fagocitado por su madre; o las relaciones que de adulto mantuvo con mujeres, unas matrimoniales, otras sin etiquetar, y en las que el común denominador fue el ser acusado de no hacerlas sentirse queridas por él. En el plano social los ecos de la II Guerra Mundial se dan de bruces con la caza de brujas que el senador McCarthy puso en marcha contra aquellos con sintonía con la ideología comunista o con contactos con la Rusia de la Guerra Fría. Personas que tras el desencanto que se habían llevado al conocer lo diferente que era la realidad de lo predicado por la hoz y el martillo, veían que en su país pasaba otro tanto con las libertades individuales.

En este mar de aguas revueltas Arthur Miller –contaba con 49 años cuando la obra se estrenó en Nueva York en 1964- se zambulle dispuesto a poner a poner negro sobre blanco en sus recuerdos y vivencias, exponiendo sus heridas, debilidades y errores sin pudor alguno. El resultado es un retrato profundamente humano, un camino en el que reconoce que tropieza una y otra vez con la misma piedra, dándose cuenta de realidades como que la opción de acabar con la propia vida es algo que siempre ha formado parte de su entorno. Valga como ejemplo el personaje de Maggie, quien bien podría ser un espejo de su segunda esposa, la mítica Marilyn Monroe, fallecida de esta manera en 1962, un año después de su divorcio. Un viaje en el que es capaz de reconocer y establecer analogías entre el presente cercano y el pasado lejano cuando se trata de desenvolverse en el terreno de la profunda intimidad.

Un ejercicio de gran valentía en el que se trasciende a sí mismo para llegar a la conclusión de que aunque los seres humanos somos seres sociales, no sabemos estar juntos. Para unirnos, primero tendríamos que estar en paz con nosotros mismos y hacer el duro esfuerzo de acallar nuestros propios demonios, algo que evitamos emparejándonos con otros. De esta manera creamos un horror compartido que nos aliena aún más y nos aleja en mayor medida de la posibilidad de sanarnos.

“Después de la caída” es un texto descarnado a base de profusos diálogos y anotaciones con las que Arthur Miller demuestra su enorme y visionaria capacidad creativa. Una propuesta más compleja que los títulos que le dieron fama como “Muerte de un viajante”, “Panorama desde el puente”, “Las brujas de Salem” o “Todos eran mis hijos”, y que abre la puerta a otros que llegaron después como el análisis de la familia que realizó en “El precio”.

“La ramera de Babilonia”, sopor de lugares comunes

Un texto sobre cómo la Iglesia ha tratado a la mujer a lo largo de su historia lleno de argumentos escuchados ya mil veces. Personajes nada creíbles por su carácter naif y cuya construcción parece haber sido dejada a la mejor voluntad de las actrices que los encarnan. El resultado es tener ganas desde casi el inicio de que llegue a su fin la hora y media de función.

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Por mucho que nuestra Constitución diga que somos un país laico y que una gran mayoría de los españoles –según el CIS- se consideren ateos u agnósticos, está claro que lo católico forma parte tanto del aire que respiramos como de los Presupuestos Generales del Estado. La historia –dictadura franquista, por si no queda claro- más reciente dejó que la Iglesia tuviera un protagonismo que, como la lluvia, lo empapó todo, ahondando así en esa influencia que desde hace siglos ha ejercido en el arte o en las relaciones sociales marcando valores y la hegemonía masculina. Y no con un enfoque positivista, sino mediante la estrategia del miedo, del insulto, del desprestigio, además de desde el más absoluto y desvergonzado descaro.

De ahí nace el argumento de “La ramera de Babilonia” que arranca con una buena idea, leyendo titulares de prensa y declaraciones de mandatarios y representantes de la Santa Iglesia Católica justificando u obviando desmanes como la desigualdad de sexos o la pederastia. La lectura de los periódicos dura lo mismo que en la vida real, apenas un instante, y entonces como improvisadas contertulias de un programa televisivo matinal, las cuatro actrices comienzan a desgranar las acusaciones que desde el Vaticano se ha hecho a las mujeres desde tiempos inmemoriales. La intención diabólica del vestir sensual, la buscada provocación de las violaciones, sus inferiores capacidades frente a las de los hombres, y así un largo reguero de maledicencias con las que los herederos del legado de Jesucristo se han erigido durante dos milenios ya como garantes del equilibrio social.

La idea de esta obra no es original, llevamos décadas luchando para liberarnos de este yugo pretendidamente espiritual y que es también cultural, cuenta con sobrado material para contarlo tanto en forma documental como dramatizada. Por lo tanto, al autor que quiera afrontar este tema le queda por su parte el esfuerzo de la creatividad, del ingenio en la articulación del texto a elaborar y de proponer una puesta en escena que enganche por sí misma. De alguna manera los espectadores ya sabemos lo que nos van a contar.

Pues bien, nada de esto pasa en la propuesta de Ramón Paso. Los diálogos se suceden como conversaciones a la espera de tu turno en el puesto del mercado, como intervenciones sin ton ni son en esas reuniones de vecinos en noches de verano viendo la vida pasar a la puerta de casa. Las cuatro mujeres protagonistas que ejercen como narradoras son de un carácter naif, de una pose ingenua y de una eterna sonrisa con aires de mimo y supuestos aries cabareteros que resulta fingido y distante, nada creíble, llegando a lo extremadamente cargante. Con todo esto, a las actrices que las encarnan les queda poco margen para poder realizar un ejercicio profesional sobre el escenario y escapar de la sensación de representación de fin de curso de un taller teatral de la junta municipal de nuestro barrio (si es que nuestros Ayuntamientos siguen financiando este tipo de actividades).

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“La ramera de Babilonia”, en Teatro Lara (Madrid).

“The american dream” o el vacío de una nación, según Edward Albee

Un escenario único, cinco personajes y una situación cotidiana le bastan al autor para poner patas arriba tanto a la sociedad estadounidense en su conjunto – materialismo, discriminación por edad, las apariencias- como la desafección y falta de valores individuales de sus ciudadanos.

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Apenas unas páginas de diálogos aparentemente inocuos son suficientes para que nos quede claro en el inicio de esta obra que estamos ante un matrimonio en el que la mujer se impone como prioridad y protagonista absoluta de su hogar ante su marido; quién, según ella, disturba la paz de su casa –su madre-;y que vivimos en un momento y lugar en el que el interés económico es el que marca el ritmo de respuesta de las personas ante las peticiones de los demás.

Cada situación de “The american dream” desvela una realidad en la que el comportamiento de las personas en escena expone algo más que una actitud ante un momento determinado. Las emociones que surgen revelan la manera egocéntrica y vanidosa de pensar y actuar que rige y articula sus vidas. La interacción entre ellos nos muestra las coordenadas de anarquía afectiva en la que se mueve cotidianamente la sociedad de la que forman parte, según este texto escrito por Edward Albee en 1960. Sus diálogos revelan que el dinero y la aceptación social son los motores que les mueven, así como que el valor de las personas se mide por lo material que se pueda conseguir a través de ellas. Tema culmen es la cosificación que la mediana edad ejerce sobre jóvenes y mayores, potencialmente productivos los primeros, declaradamente inútiles los segundos desde su punto de vista. En cualquier caso, ambos grupos sin voz ni voto por decisión de los que se consideran gobernantes de su entorno.

Todo ello en un tono irónico y ácido. La aparente seriedad y elevado estatus que se otorgan en sus intervenciones Mommy, Daddy y Mrs. Barker provocan al otro lado del escenario (o de las páginas) que nos mofemos de ellos por su vacuidad y bajo espíritu. Resulta evidente la inteligencia de Albee y su capacidad para mostrar con gran sencillez y linealidad narrativa su visión de la sociedad del país más poderoso y avanzado del mundo, cuyo motor es, según él, su elevado cinismo.  Algo que subraya con recursos atrevidos con los que construye la puesta en escena como esas menciones al espacio fuera del mismo en el que son incapaces de encontrarse los personajes que a él salen o de hallar lo que antes en él existía. Un punto de brillante absurdo y de existencialismo con el que acentuar su intención de que esta versión teatralizada del sueño americano desvele el contenido real de algo que nos seduce bajo su forma, pero cuyo fondo resulta mísero, cruel y psicológicamente destructivo.

“The american dream” supone un paso delante de Edward Albee en la disección de los conflictos humanos y sociales que había iniciado dos años antes, en 1958, en “The zoo story” y que alcanzaría cotas máximas en 1963 en “¿Quién teme a Virginia Wolf?”. Títulos que junto al nombre de su maestro autor forman ya parte de la historia del teatro americano de la segunda mitad del siglo XX.

¿Qué es la pintura hoy?

Propuestas varias, unas más académicas, otras más innovadoras, sobre el papel de la pintura en el panorama artístico actual de la mano de la Colección Fundación Barrié en CentroCentro.

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Atrás se quedaron los tiempos en que la pintura se definía académicamente como una de las bellas artes y por estilos según el momento histórico como medio para reflejar los valores espirituales (religiosos), los protagonistas del poder (personajes de la corte y de la iglesia) y el mundo en el que se vivía (paisajes, bodegones y escenas cotidianas). Entrado el siglo XX la pintura dejó de lado las normas y se planteó como un medio de expresión personal, alejado de cánones y públicos concretos, abriendo su público y sus influencias a un espectro casi universal en el mundo occidental de la mano del marketing y los medios de comunicación.

Llegados a 2015, ¿qué es la pintura hoy? ¿Sigue siendo una disciplina artística? ¿Un medio de expresión, de comunicación o de decoración? ¿Una técnica que forma parte de otras artes como la fotografía, la arquitectura, el vídeo o la escultura?

Preguntas a la que intenta responder esta muestra formada por una acertada selección de 31 obras (la mayoría de ellas fechadas en el s. XXI) de la colección de pintura contemporánea internacional de la Fundación Pedro Barrié formada con algunos de los autores actuales más significativos. Estos son algunos de ellos.

Angela de la Cruz (A Coruña, España, 1965)

Atrás quedan los tiempos en que se llegó a la pintura plana sobre el lienzo con Mark Rothko o Yves Klein y ahora se juega escultóricamente con este soporte haciendo que el óleo se traslade al espacio que se presupone exclusivo de su espectador.

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Herbert Brandl (Graz, Austria, 1959)

La fuerza romántica y la expresividad emocional de los paisajes del s. XVIII de Friedrich están tras esta obra que recoge también la visceralidad de la pincelada expresionista hasta hacernos dejar de ser testigos del monte e introducirnos dentro de él como componentes de su tierra.

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Shinique Smith (Baltimore, EE.UU., 1971)

Del lenguaje del cómic, la ilustración y los patrones geométricos utilizados para ambientar espacios arquitectónicos surge esta obra que narra algo indefinido a través de su recopilatorio de elementos abstractos y figurativos entre golpes de color y espacios aparentemente solo bocetados.

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Günther Förg (Füssen, Alemania, 1952)

Toques de la abstracción americana a la manera de Esteban Vicente en el uso del color con una composición en la que se pueden detectar ecos fotográficos como los reflejos y los destellos.

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José Pedro Croft (Oporto, Portugal, 1957)

El arte povera y el ready made aportando los materiales y el camino para conseguir este resultado a partir de hierro y esmalte aplicado sobre el muro. Entre los espacios conseguidos, color para darle tridimensionalidad y perspectiva al trabajo.

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Imi Knoebel (Dessau, Alemania, 1940)

Creación constructivista en una técnica mixta con la madera como elemento ajeno a la pintura, utilizando esta como soporte y como elemento que da volumen para con la aplicación del color plano en grandes pinceladas, provocar una profunda sensación plástica.

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Gil Heitor Cortesao (Lisboa, Portugal, 1967)

Un espacio entre retro, vintage años 60 y futurista con ese gran vano de luz de líneas curvas iluminando una enorme sala de personajes anónimos aislados análogos a los de Edward Hopper. Todo ello con un enfoque gran angular como si fuera visto a través de una cámara fotográfica.

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Carlos Irijalba (Pamplona, España, 1979)

La pintura es una imagen fija a partir de elementos como la luz y la composición. La serie es una obsesión de muchos artistas en torno a un elemento. El videoarte aúna uno y otro concepto creando series de 25 imágenes por segundo sumándoles el movimiento y su capacidad de dar vida a aquello incluido en el encuadre de la cámara.

Colección de Pintura Contemporánea de la Fundación Pedro Barrié, hasta el 26 de abril en CentroCentro Cibeles (Madrid).