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Keith Haring, arte y activismo

Fresco, ingenioso, ágil en su estilo. Comprometido, sagaz y visionario en su enfoque. Síntesis de muchos otros con los que se relacionó. Representativo de su momento, dio identidad y una marca visual a los años 80 que sigue resultando hoy igual de original, dinámica e inspiradora que entonces. La muestra que le dedica la Tate en su sede de Liverpool así lo demuestra.

La década de los 80 fue una mierda, el SIDA se llevó a mucha gente por delante y dejó en el aire un halo de culpa del que todavía no nos hemos desprendido. Pero también trajo una serie de nombres que revolucionaron la creación artística de la capital mundial del arte, Nueva York. La hicieron desprenderse de algunos de sus elitismos y complejos de clase, haciéndola más cercana tanto por los temas que trataban y los medios que utilizaban como por los lugares donde exponían o creaban. Junto a otros como David Wojnarowicz (1954-1992, al que estos días le dedica una gran exposición el Museo Reina Sofía) o Jean Michel Basquiat (1960-1988), quizás el nombre más popular de aquellos años sea el de Keith Haring.

Nacido en 1958, su infancia estuvo marcada como la de muchos niños de su época por lo visual. Por el el boom de lo que hoy denominamos branding y merchandising, la disparidad de mensajes, formatos y estilos de la publicidad gráfica y la universalización de la televisión, medio a través del cual asistió a la llegada del hombre a la luna, descubrió que Martin Luther King había sido asesinado o vio a miles de compatriotas en las calles reclamando el final de la participación americana en la guerra de Vietnam.

De Reading a Nueva York

Mediada la década de los 70 Keith comenzó a formarse artísticamente en su Reading (estado de Pensilvania) natal, pero rápidamente vio que lo que él pretendía hacer no encajaba dentro de las cuadrículas de lo comercial para las que le estaban preparando. Así que marchó a Nueva York y con referentes como los de la libertad formal de Jean Dubuffet o la asociación de ideas de William Burroughs fue encontrando la manera tanto de darle forma a su imaginario visual como de trasladarlo a la realidad personal y social que estaba viviendo.

NYC era una ciudad marcada por la violencia, el racismo y la desigualdad, pero también sede de una red de galerías y jóvenes artistas deseosos de prolongar el terremoto conceptual, comercial y social que, tras el informalismo, había supuesto el pop art. Un ambiente en el que el trazo, composición y colorido sencillo de Haring, su reconocible iconografía (perros ladrando, naves espaciales, televisiones, ordenadores y personas en movimiento) y su concepción performativa del proceso de creación, su inspiración a partir de lo que veía en los medios de comunicación y vivía en la calle, su interacción con las nuevas corrientes musicales (hip hop y disco) y su intención de hacer de su trabajo un elemento de diálogo con sus espectadores e integrado con el lugar donde se expusiera o creara (huyendo de toda sacralización o mitificación) le pusieron en el punto de salida de la carrera que hoy conocemos.

Una de sus primeras señas de identidad fueron, sin duda alguna, además de sus collages expuestos por las calles, sus intervenciones con tiza a modo de grafitis en las estaciones de metro. Práctica perseguida inicialmente por la policía y tiempo después abandonada por Haring por ser extraídas por los más sagaces para lucrarse con ellas. Otra fue utilizar a los simplificados personajes de sus creaciones como altavoces de sus manifestaciones políticas en forma de pinturas (después reproducidas como carteles) en contra del silencio estadounidense ante el Apartheid sudafricano o de la nuclearización y la guerra fría entre EE.UU. y Rusia (en 1986 llegaría a realizar un grafiti de 300 metros sobre el muro de Berlín).

Club 57

Resultados visuales tras lo que se encontraba un hombre que comenzó los 80 organizando tanto sus primeras exposiciones como las de otros, así como fiestas de lo más moderno en el Club 57. Una cercanía y un ambiente festivo que extendió a su carrera como artista. Cuando pudo permitirse tener un estudio, eligió un local a pie de calle, donde se le pudiera ver trabajar y dialogar con él. Y para su segunda muestra en una galería (diciembre de 1983) propuso un montaje diferente, únicamente con luces de neón y música (DJ incluido), para que al entrar en la Tony Shafrazi Gallery sus pinturas fluorescentes te epataran y trasladaran al momento álgido de un sábado noche.  

Pop Shop

Siguiendo la estela de Andy Warhol, permitió que sus imágenes se plasmaran en todo tipo de soportes, llegando incluso a abrir una tienda, Pop Shop (Lafayette St., 292), para comercializarlos. Era 1986 y Haring había dejado de ser un nombre destacado de la contracultura para pasar a serlo de la cultura popular. Un artista que colaboraba con los más grandes, diseñando vestidos para Vivienne Westwood o para su amiga Madonna (íntimos desde que ambos eran unos desconocidos recién llegados a la Gran Manzana) o pintando el cuerpo de la también cantante y modelo hiper cotizada Grace Jones para una sesión fotográfica de la revista Interview.

VIH/SIDA

Para entonces, la epidemia del VIH y la condena a muerte del SIDA eran algo más que conocido por casi todo el mundo, provocando el estigma de los afectados por la apatía de las autoridades estadounidenses (y de muchos más lugares) y dando pie a un activismo que logró grandes resultados. Viendo que muchas personas de su entorno se veían afectadas y morían por este nuevo virus y enfermedad, Keith asumió que era cuestión de tiempo que él también pasara a ser uno de ellos, motivo por el que puso su creatividad al servicio de la causa. Ya fuera reflejando el miedo y la rabia que le producía lo que se estaba viviendo (Set of ten drawings, 1988) como apoyando, bajo el lema Silence = Death en colaboración con ACT UP, tanto la lucha contra la serofobia como la visibilidad de la homosexualidad y la información sobre prácticas sexuales seguras. Y aunquen no forma parte de esta exposición, no puedo dejar de hacer mención al mural Together we can stop AIDS que pintó en Barcelona el 27 de febrero de 1989 y que el MACBA recuperó en 2014.

Tal y como predijo, en el verano de 1988 descubrió que tenía el VIH y el 16 de febrero de 1990 el SIDA marcó el punto y final de su vida y carrera artística. Él murió, pero como demuestra esta exposición, sus creaciones siguen impactándonos.

Kate Haring, en Tate Liverpool, del 14 de junio al 10 de noviembre de 2019.

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10 novelas de 2018

Títulos publicados tanto a lo largo de los últimos meses como en años anteriores. Autores españoles y residentes en EE.UU. Recuerdos de la infancia, frescos históricos, crónicas sobre el amor y el desamor y denuncias de la injusticia y la desigualdad.

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“V y V. Violación y venganza” de Pilar Bellver. Con la estructura y el desarrollo tranquilo y de amplio alcance de los clásicos de la literatura del XIX a los que hace referencia, uniéndole una profunda exposición de sus personajes protagonistas a través de unos diálogos –conversados, redactados a mano o tecleados como e-mail- escritos de manera maestra. La historia de dos hermanas de apellido noble a lo largo de un tiempo –desde la pequeña España de los 80 hasta el mundo global del s. XXI- bajo el eterno freno y la pesada sombra del siempre omnipresente yugo invisible del heteropatriarcado.

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“Sol poniente” de Antonio Fontana. Volver la mirada a la Málaga de cuando se era niño para dejar aflorar los recuerdos de aquellos años en que se forjó nuestra identidad. Un ejercicio de intimidad en el que las palabras son el medio para llegar a las sensaciones que se quedaron grabadas en la piel, las verdaderas protagonistas de esta delicada novela. Un relato auténtico, que desprende nostalgia con simpatía y buen humor pero sin añoranzas sentimentales, celebrando que somos el resultado de quienes fuimos y de cuanto nos aconteció.

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“Las tres bodas de Manolita” de Almudena Grandes. Con su habitual saber hacer literario, Grandes desarrolla una serie de tramas en las que los acontecimientos históricos se combinan a la perfección con los dramas personales de sus protagonistas. El tercer episodio de su saga sobre el conflicto interminable que fue la Guerra Civil es una novela que nos permite conocer cómo era la vida de aquellos que intentaron mantener la ilusión a pesar de haber sido derrotados por el fascismo y continuar torturados por el franquismo.

LasTresBodasDeManolita

“El invitado amargo” de Vicente Molina Foix y Luis Cremades. El recuerdo del amor vivido visto con la perspectiva de las tres décadas transcurridas desde entonces. Del ímpetu, el desconocimiento y la experimentación de los que se inician como adultos al reposo, la retirada y el balance de los ya instalados en la madurez. Un intercambio folletinesco con dos voces narradoras, capítulos escritos por separado que enfrentan y complementan dos puntos de vista sobre un enamoramiento difuso y una relación que nunca terminó de cuajar pero que tampoco llegó a disolverse.

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“Llámame por tu nombre” de André Aciman. Una lograda expresión del deseo y la pasión a los diecisiete años. Una narración obsesiva que quiere entender lo que está sucediendo, anárquica en su búsqueda de palabras con las que expresarse, desesperada por convertirlas en hechos que hagan que las emociones individuales se conviertan en sensaciones compartidas. Una historia guiada por el latido del corazón y el impulso de la libido de sus protagonistas.

LlamamePorTuNombre

“Un incendio invisible” de Sara Mesa. La bancarrota y hecatombe de Detroit le inspiran a Sara Mesa una historia sobre una ciudad apocalíptica en la que no quedan más que personas abandonadas o sin lugar al que ir. Una urbe en la que todo lo que conforma nuestro modelo de bienestar alcanza tal nivel de degradación que peligra hasta la convivencia y el carácter humano de las personas. Una inteligente y sugerente ficción que juega con logrado acierto a exponer, sin enjuiciar, la deriva moral de lo que está relatando.

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“Lecciones de abstinencia” de Tom Perrotta. A caballo entre la sátira y un despiadado realismo, esta novela muestra el control que el fundamentalismo religioso pretende tener de todo individuo convirtiendo su vida privada -el sexo, el consumo o los hábitos lúdicos- en un continuo campo de batalla. Un sarcástico retrato de la clase media estadounidense y de la decadencia de su modelo de sociedad, de su falta de cohesión, de sus endebles valores y de su falta de rumbo.

LeccionesDeAbstinencia

“Middlesex” de Jeffrey Eugenides. Varias buenas novelas en una única y genial. Un muy bien guiado recorrido por el mundo global que va de los conflictos entre Turquía y Grecia tras la I Guerra Mundial al Berlín posterior a la reunificación alemana pasando por el EE.UU. acogedor de miles de refugiados en los años 30 hasta la extensión del movimiento hippie en los 70. Dentro de él una saga familiar que aúna a la perfección lo antropológico y lo sociológico con lo vivencial y lo emocional. Y también un relato valiente, pedagógico, sensible y acertado sobre la verdad y la realidad de la intersexualidad.

Middlesex

“Honrarás a tu padre” de Gay Talese. Excelente crónica publicada en 1971, entre la ficción literaria y la objetividad periodística, sobre la evolución de la Mafia en la ciudad de Nueva York –y sus ramificaciones en otras partes de EE.UU.- en la que las influencias y las luchas de poder se combinan con la vida personal y familiar de Bill Bonanno. Un sobresaliente retrato de las raíces, las motivaciones y los fines de aquellos que hacían de la ilegalidad –cuando no, la criminalidad- las coordenadas en las que desarrollaban sus trayectorias vitales.

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“Haz memoria” de Gema Nieto. La historia de tres generaciones de mujeres que es también la no contada de muchas familias de nuestro país. De un tiempo aun convulso que pide volver a él para calmar los asuntos pendientes, para darle luz a aquellos pasajes vividos a escondidas y después condenados al olvido. Una sentencia de negación que anuló el futuro de los que sobrevivieron y lastró a sus descendientes.

HazMemoria

10 películas de 2018

Cine español, francés, ruso, islandés, polaco, alemán, americano…, cintas con premios y reconocimientos,… éxitos de taquilla unas y desapercibidas otras,… mucho drama y acción, reivindicación política, algo de amor y un poco de comedia,…

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120 pulsaciones por minuto. Autenticidad, emoción y veracidad en cada fotograma hasta conformar una completa visión del activismo de Act Up París en 1990. Desde sus objetivos y manera de funcionar y trabajar hasta las realidades y dramas individuales de las personas que formaban la organización. Un logrado y emocionante retrato de los inicios de la historia de la lucha contra el sida con un mensaje muy bien expuesto que deja claro que la amenaza aún sigue vigente en todos sus frentes.

Call me by your name. El calor del verano, la fuerza del sol, el tacto de la luz, el alivio del agua fresca. La belleza de la Italia de postal, la esencia y la verdad de lo rural, la rotundidad del clasicismo y la perfección de sus formas. El mandato de la piel, la búsqueda de las miradas y el corazón que les sigue. Deseo, sonrisas, ganas, suspiros. La excitación de los sentidos, el poder de los sabores, los olores y el tacto.

Sin amor. Un hombre y una mujer que ni se quieren ni se respetan. Un padre y una madre que no ejercen. Dos personas que no cumplen los compromisos que asumieron en su pasado. Y entre ellos un niño negado, silenciado y despreciado. Una desoladora cinta sobre la frialdad humana, un sobresaliente retrato de las alienantes consecuencias que pueden tener la negación de las emociones y la incapacidad de sentir.

Yo, Tonya. Entrevistas en escenarios de estampados imposibles a personajes de lo más peculiar, vulgares incluso. Recreaciones que rescatan las hombreras de los 70, los colores estridentes de los 80 y los peinados desfasados de los 90,… Un biopic en forma de reality, con una excepcional dirección, que se debate entre la hipérbole y la acidez para revelar la falsedad y manipulación del sueño americano.

Heartstone, corazones de piedra. Con mucha sensibilidad y respetando el ritmo que tienen los acontecimientos que narra, esta película nos cuenta que no podemos esconder ni camuflar quiénes somos. Menos aun cuando se vive en un entorno tan apegado al discurrir de la naturaleza como es el norte de Islandia. Un hermoso retrato sobre el descubrimiento personal, el conflicto social cuando no se cumplen las etiquetas y la búsqueda de luz entre ambos frentes.

Custodia compartida. El hijo menor de edad como campo de batalla del divorcio de sus padres, como objeto sobre el que decide la justicia y queda a merced de sus decisiones. Hora y media de sobriedad y contención, entre el drama y el thriller, con un soberbio manejo del tiempo y una inteligente tensión que nos contagia el continuo estado de alerta en que viven sus protagonistas.

El capitán. Una cinta en un crudo y expresivo blanco y negro que deja a un lado el basado en hechos reales para adentrarse en la interrogante de hasta dónde pueden llevarnos el instinto de supervivencia y la vorágine animal de la guerra. La sobriedad de su fotografía y la dureza de su dirección construyen un relato árido y áspero sobre esa línea roja en que el alma y el corazón del hombre pierden todo rastro y señal de humanidad.

El reino. Ricardo Sorogoyen pisa el pedal del thriller y la intriga aún más fuerte de lo que lo hiciera en Que Dios nos perdone en una ficción plagada de guiños a la actualidad política y mediática más reciente. Un guión al que no le sobra ni le falta nada, unos actores siempre fantásticos con un Antonio de la Torre memorable, y una dirección con sello propio dan como resultado una cinta que seguro estará en todas las listas de lo mejor de 2018.

Cold war. El amor y el desamor en blanco y negro. Estético como una ilustración, irradiando belleza con su expresividad, con sus muchos matices de gris, sus claroscuros y sus zonas de luz brillante y de negra oscuridad. Un mapa de quince años que va desde Polonia hasta Berlín, París y Splitz en un intenso, seductor e impactante recorrido emocional en el que la música aporta la identidad del folklore nacional, la sensualidad del jazz y la locura del rock’n’roll.

Quién te cantará. Un misterio redondo en una historia circular que cuando vuelve a su punto inicial ha crecido, se ha hecho grande gracias a un guión perfecto, una puesta en escena precisa y unas actrices que están inmensas. Una cinta que evoca a algunos de los grandes nombres de la historia del cine pero que resulta auténtica por la fuerza, la seducción y la hipnosis de sus imágenes, sus diálogos y sus silencios.

“Cold war”, pasión musical en blanco y negro

El amor y el desamor en blanco y negro. Estético como una ilustración, irradiando belleza con su expresividad, con sus muchos matices de gris, sus claroscuros y sus zonas de luz brillante y de negra oscuridad. Un mapa de quince años que va desde Polonia hasta Berlín, París y Splitz en un intenso, seductor e impactante recorrido emocional en el que la música aporta la identidad del folklore nacional, la sensualidad del jazz y la locura del rock’n’roll.

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Los primeros planos son paisajes nevados de una Polonia rural en 1949 que bien podrían pasar por óleos o por páginas de una historia ilustrada en las que el movimiento sale de ellas por el ángulo de sus esquinas inferiores. Escenas que se llenan de vida con una serie de audiciones en las que se está seleccionando a artistas amateur para formar una compañía dedicada a interpretar danzas y canciones populares que transmitan a su público la alegría y el orgullo de su identidad nacional. En una de esas jornadas de reclutamiento coinciden Wiktor, un director musical, y Zula, una joven dotada de una voz y una presencia cargadas de energía y autenticidad.

Comienza entonces una historia de atracción que saltará de las miradas y la coordinación musical a lo físico, lo anímico y lo espiritual, acercándoles y separándoles de igual manera, pero manteniendo siempre intacto el lazo que los une más allá de la lógica y de la razón. La política a la que alude el título no solo marca el tiempo y los lugares en los que se desarrolla su relación, sino que es también la perfecta definición de una reciprocidad en la que la pasión visceral, casi animal, es más fuerte que cualquier posibilidad de equilibrio. Quince años condensados en apenas noventa minutos de proyección en los que el hilo conductor de su atracción y necesidad mutua se adapta perfectamente a la evolución de las circunstancias, las personalidades, las reacciones y las motivaciones de sus protagonistas.

Pawel Pawlikowski maneja a la perfección la música como guía de una historia en la que vemos los múltiples significados que esta puede tener, desde instrumento de las políticas nacionalistas de los regímenes comunistas del telón de acero a un lenguaje muy personal de expresión emocional. La sensibilidad, el ritmo y el derroche de sensaciones que transmiten y contagian todas las secuencias que giran en torno a su interpretación en directo son sublimes, desde las de bailes folklóricos en grupo sobre un escenario teatral al libre albedrío del rock’n’roll o la intimidad de una balada a ritmo de jazz.

Un lenguaje con el que el de la fotografía se une en una perfecta simbiosis, haciendo que las tonalidades de aquella y la luz, los blancos, los grises, los negros y la oscuridad revelen lo que es necesario en cada secuencia. Ya sea la belleza de la atracción, el impulso del deseo, la felicidad de la complicidad, la crudeza de la inacción, la impotencia de la insatisfacción, el derroche de lo primario o la dureza de lo inevitable. Si a esto se le une la fotogenia, la brutal presencia y la excelente interpretación de Tomasz Kot y Joanna Kulig, Cold War se convierte en una película tan excepcional como brillante.

“Middlesex” de Jeffrey Eugenides

Varias buenas novelas en una única y genial. Un muy bien guiado recorrido por el mundo global que va de los conflictos entre Turquía y Grecia tras la I Guerra Mundial al Berlín posterior a la reunificación alemana pasando por el EE.UU. acogedor de miles de refugiados en los años 30 hasta la extensión del movimiento hippie en los 70. Dentro de él una saga familiar que aúna a la perfección lo antropológico y lo sociológico con lo vivencial y lo emocional. Y también un relato valiente, pedagógico, sensible y acertado sobre la verdad y la realidad de la intersexualidad.

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Middlesex bien podría tomarse como una muestra actual de la influencia de la cultura clásica griega, como una narración que ficciona algunas de las múltiples caras de la realidad del siglo XX. Sin embargo, en sus páginas no hay mitos explicativos de situaciones y circunstancias que necesiten de un halo de magia y ficción para ser comprendidos. Lo que en ellas se relata son historias, circunstancias y vivencias que podrían contar muchas más personas que las que conforman la familia Stephanides.   El acierto está en hacerlo como si fueran una sucesión de muñecas rusas, con la salvedad de que entre estas matrioskas hay una serie de vasos comunicantes que hace que al tiempo que conforman un relato lineal, todas ellas sean protagonistas y secundarias a la vez, continentes y contenido a la par.

Eugenides inicia su novela relatando uno de los últimos ocasos históricos de los helenos, cuando las tropas turcas les expulsaron, finalmente, en 1922 de su territorio asiático. Un prólogo que sirve para explicarnos la formación de EE.UU. como una nación crisol de orígenes, culturas y etnias. Millones de personas acudieron hasta allí a lo largo de mucho tiempo por un doble motivo, huyendo de los conflictos y la pobreza de sus lugares de origen y atraídos por su promesa de ser la tierra de las oportunidades. Un eslogan permanente, con luces y sombras también perennes, tal y como muestra la evolución del país a lo largo de episodios como la ley seca, la participación en la II Guerra Mundial, el consumismo capitalista, la eclosión de los movimientos de igualdad racial o el inicio de la apertura y el conocimiento sexual y la socialización de las drogas que llegó con los hippies en los años 60.

Ese es el hilo temporal que recorren las tres generaciones de los Stephanides a los que conocemos. Los primeros, los abuelos, griegos desplazados; los segundos, los padres, americanos con raíces extranjeras; los terceros, los hijos, ciudadanos plenamente estadounidenses. A través de ellos somos testigos de cómo viven las personas de a pie los grandes acontecimientos, cómo se transforma su entorno, evolucionan sus valores y hábitos de consumo, se amplía su catálogo de referentes, las maneras de relacionarse y, por tanto, sus propias vidas.

Pero la maestría de Middlesex está en cómo profundiza en el recorrido cronológico de las vivencias para adentrarse de lleno en la construcción de la identidad individual, concepto en el que se aúnan la herencia cultural, la influencia ambiental y la disposición genética. Una descripción del universo micro de las emociones y las sensaciones, de aquello que es individual e íntimo, invisible para los demás y que solo se puede vivir, expresar y compartir con autenticidad cuando se conoce y acepta plenamente.

La habilidad narrativa de Jeffrey Eugenides se hace aún más patente con su certera descripción de ese viaje más amplio y vertiginoso, arduo y complicado que cualquier otro cuando la circunstancia con la que toca convivir (intersexualidad) no solo no tiene modelos que la ejemplifiquen ni palabras actuales para ser identificada correctamente (tan solo el término clásico de hermafrodita), sino que las pocas alusiones al respecto (monstruosidad) son más que confusas y erróneas, son insultantes e hirientes. Una travesía paralela a las anteriores a la par que alegoría amplificada de los retos, logros y luchas pendientes de aquellas.

Las miradas de “La revolución silenciosa”

Ese pasado doloroso al que algunos no solo no quieren mirar, sino que incluso valoran positivamente, tiene mucho que enseñarnos si queremos evitar volver a él. La libertad de expresión y de conciencia que durante un minuto ejercieron 16 estudiantes de la extinta RDA en 1956 inspira esta película precisa en su narración y directa en su intención de mostrarnos que no debemos renunciar a unos derechos humanos que nunca están suficientemente consolidados.

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El levantamiento de los húngaros frente a las tropas de ocupación rusas en 1956 puso en jaque al sistema comunista que se instauró en la Europa del Este tras el final de la II Guerra Mundial. Los ciudadanos de Budapest reclamaban una libertad que habían perdido con la invasión nazi y que la supuesta paz posterior solo había transformado en una brutal dominación a todos los niveles (económica, ideológica, social,…). Su salida a las calles y sus muchas jornadas de lucha ocasionaron tal ruido que obligó a que la maquinaria de propaganda pro-soviética de sus países vecinos se pusiera en marcha para ocultar la realidad de lo que allí estaba ocurriendo y que desde Berlín Occidental se retransmitía con intención tanto informativa como propagandística contra el Pacto de Varsovia.

En esa frontera entre la libertad y la opresión, la verdad y la ocultación, la elección y la imposición se desarrolla la vida de 16 jóvenes y prometedores estudiantes que impulsados por la rebeldía de su edad, pero también por un innato sentido político, deciden guardar un minuto de silencio como demostración de su solidaridad y empatía con los que se han levantado en defensa de sus derechos. Un acto tan simple como ese desata la maquinaria opresiva de un régimen político que actuaba tal y como narra La revolución silenciosa, con asertiva sencillez y con paso decidido a la hora de tomar medidas sin ética alguna –chantaje, manipulación y mentira- para mantener el status quo dictado desde Moscú.

Tan implacable como aquel régimen dictatorial es la dirección de Lars Kaume, exponiendo sin exaltaciones la injusticia de sus motivaciones, dejando claras sus intenciones y mostrando la determinación de sus métodos para conseguirlo. El retrato individual y familiar que realiza de sus principales protagonistas, así como su relación y enfrentamiento con la maquinaria represora, expone sobre la pantalla un campo de batalla en el que los deseos y las expectativas personales han de hacer frente a la intimidación de las órdenes no escritas y las reglas de un sistema supuestamente legal.

Un enfoque que se ve reforzado por las muy correctas interpretaciones de todos sus actores, maestros en hacer de la contención de sus rostros y la expresividad de sus pupilas el medio a través del cual conocer la doble respuesta, la obligada y la verdadera, que en todo momento exigía y generaba la amenaza comunista. Esa decisión de centrarse en transmitir eficazmente su mensaje, más que en crear una película al uso –de hecho, la única licencia en este sentido, la relación entre el amor y la amistad entre algunos de sus personajes, es su único punto débil- es lo que hace de La revolución silenciosa un auténtico acierto cinematográfico y un título más que recomendable.

“El amante alemán” de Julián Martínez Gómez

Más que una historia, esta novela corta es un fantástico viaje sensorial y emocional que une dos personas, dos generaciones y dos ciudades, Berlín y La Habana, pasando por Madrid. Con una cálida y enriquecedora precisión, una naturalidad llena de verdad y una plenitud que llega muy hondo, la narración de las vivencias de Julio y Sebastián provocan el deseo y el logro de sentirse en comunión con ellos y partícipe de las conexiones que surgen entre ambos.

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Acostumbramos a definirnos por características como lugar de nacimiento o residencia, profesión y edad, pero en El amante alemán estas son datos superfluos que su autor deja atrás para llegar a lo que está siempre, al margen de etiquetas y códigos identificativos, pero que tanto nos cuesta reconocer como motores de nuestras vidas, las emociones y las sensaciones. Aquellas a las que por su intensidad y hondura las palabras no consiguen llegar en toda su verdad. Así que en lugar de situarse frente a ellas para intentar describirlas, Julián Martínez ha optado por algo más arriesgado, pero también más enriquecedor, como es ponerse a su servicio, dejarse llenar de ellas y hacer de su escritura su mejor representación.

Esta brillante primera novela está también guiada por los sentidos, por los olores y sabores de las recetas que sirven como acertado recurso para iniciar introspectivamente algunos capítulos; por las miradas al exterior que abren el relato a lo social y lo comunitario; y por el tacto de las manos que se rozan, acarician y entrecruzan moldeando lo que no es tangible para materializar aquello que solo los que lo construyen saben qué es. Así es como nos llega la mirada de Julio posándose suave y amablemente por cuanto le llama la atención en las calles y casas de su barrio en La Habana, en los detalles únicos que marcan su rumbo cuando visita Berlín y en todo lo que confirma su cotidianeidad en Madrid. Sitios que quedan marcados por las recetas que cocina en ellos, las canciones que escucha y los abrazos y los besos con Sebastián una vez que este aparece en su vida.

Un viaje entre Europa y el Caribe que comienza en 1981 con unos personajes, hace escala en 1989 para relatarnos una catástrofe aérea y acaba en 2014 con otros. Alejados estos en el tiempo, pero conectados por diversas circunstancias con los primeros en un relato conformado por distintas piezas. Tan diferentes en su forma – escritura narrativa, dramática o teatral y poética a modo de letras musicales, además de recursos visuales como fotografías y palabras utilizadas como potentes pinceladas expresionistas-  como perfectamente conectadas en su fondo.

Desde el primer capítulo, con esa visión profundamente humana del paisaje urbano de la capital cubana, hasta el bien logrado final, todo discurre con una fluidez que resulta de lo más natural, aumentada si cabe por detalles a caballo entre el simbolismo (las ya referidas a la gastronomía) y el realismo mágico (los espejos). Un punto medio en el que se crea una fina, pero sólida y constante atmósfera envolvente, llena de lirismo que hace que El amante alemán sea más que una lectura, una vivencia de lo más sugerente. Notando como lo que nos dirige y conduce por ella es el impulso de nuestro corazón en una constante búsqueda y anhelo no solo por saber, sino por experimentar hasta donde pueden llevarnos las emociones que nos brinda el presente y las conexiones con nuestro pasado que nos hacen ser quienes somos.