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“Identidad borrada” de Garrard Conley

Tras su apariencia de unas memorias, del relato de una experiencia personal, se esconde una historia relatada con una desnudez que hace que lo humano y lo afectivo primen sobre el mecanismo destructor del fanatismo religioso. Una prosa exquisita que combina con inteligencia las dimensiones interior, familiar y social de su autor en un viaje muy bien estructurado entre las experiencias y momentos de su vida que comparte con nosotros.

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Cuando llegas al final de Identidad borrada te quedas con tres sensaciones en el cuerpo. Indignación, enfado e ira por todo lo que Conley tuvo que pasar en el programa Love in Action, en el que le prometían curarse de su homosexualidad para volver a ser el heterosexual que Dios esperaba de él. Dolor, pena y vacío al sentir que su cuerpo, su mente, su deseo y su corazón iban en dirección contraria a todo lo que su entorno le decía y establecía como pautas de vida, de comportamiento y de relación. Y ternura y afecto, amor incluso, por su intento desesperado de conjugar la lealtad consigo mismo con la fidelidad a los suyos y de mantener por encima de todo la relación con sus padres.

Aquellos que busquen en sus páginas un relato sobre la irracionalidad del dogmatismo de los fundamentalistas o de que la defensa de la diversidad sexual está íntimamente ligada a la de los derechos humanos, este no es su título. Lo que Garrard ofrece es algo más hondo y profundo.

Lo suyo es un testimonio de lo que supone descubrir a principios de los 2000 en una pequeña comunidad del sur de EE.UU. que no eres quien creías ser.  El vacío que se abre dentro de ti cuando comienza a revelarse una persona que se niega a seguir el dictado de lo que tus padres y el círculo social que compartes con ellos (la escuela, la iglesia) te han marcado desde siempre. El desconcierto que te provoca ese alguien que está en tu interior y que te resulta ajeno y atractivo a la par. Y el cisma que se abre entre tu mundo y tú cuando esa diferencia se manifiesta y los que te rodean la tildan como algo maligno, satánico, fuente de pecado y desgracia, y actúan con vergüenza, silencio y rechazo, llegando incluso al odio y la ira.

Una complejidad a la que Conley Garrard le pone palabras en un discurso redactado con sosiego, pero sin dejar por ello de manifestar los mecanismos y las consecuencias que le provocaban el estadio casi perpetuo de angustia y ansiedad en el que poco a poco se fue convirtiendo su adolescencia. Una prosa que se mimetiza con su estado anímico, con la que nos traslada hasta la oscuridad en la que se encontraba sumido, haciendo allí frente a lo desconocido para entenderse y conocerse tanto a sí mismo como al mundo en el que vivía y así intentar posicionarse y proyectarse en un futuro entonces inimaginable.

Su narración no va directamente a las conclusiones, sino que bucea en los contenidos y métodos supuestamente pedagógicos de la terapia a la que acudió para dejar de ser gay y en los principios y modos educativos y afectivos de sus padres, un aspirante a predicador baptista y un ama de casa. Planos de una realidad individual, pero mucho más común de lo que nos creemos, perfectamente expuestos que nos hacen comprender y sentir el daño que tanto sobre sí mismo como en su relación (amistosa, afectiva o sexual) con el mundo le causaron el maltrato psicológico y físico que siempre acompañan a la homofobia.

A las tres sensaciones antes referidas, al final de la lectura de Identidad borrada se le unen dos deseos. Uno más ligero, que la adaptación cinematográfica que se ha rodado con Lucas Hedges, Nicole Kidman y Russell Crowe esté a su altura, y uno más serio, que llegue el día en que historias como esta dejen de ser posibles.

Identidad borrada, Garrard Conley, 2019, Editorial Dos Bigotes.

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“Nosotros”

Hay mucha inteligencia tras el guión y la dirección de la segunda cinta de Jordan Peele. Lo que comienza siendo una película de terror en que se pone a prueba a una familia de clase media evoluciona de una manera inimaginable. La tensión y la angustia aumentan hasta cotas en que se convierten por sí mismos en elementos argumentales y no solo consecuencia de lo que está ocurriendo.

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Las familias norteamericanas necesitan poco para demostrar en el cine que son felices. Viven en una casa enorme en el bosque, tienen un gran coche en el que van a la playa, un bote en el que navegan y aunque con sus más y sus menos suelen ser matrimonios bien avenidos entre sí y con sus hijos, incluso cuando son adolescentes. Una imagen que en Nosotros se rompe en mil pedazos cuando el hogar de los Wilson es asaltado durante la noche por cuatro personas que resultan ser físicamente iguales a ellos. Tras el shock que supone ver a los originales intimidados por los que parecen ser sus réplicas salvajes, Nosotros se fragmenta en cuatro relatos violentos en que cada miembro de la familia debe hacer frente por separado a su alter ego.

A la intriga de no saber a qué se debe lo que está sucediendo y la tensión de cómo se manifiesta, se une la angustia de no conocer qué le está ocurriendo a cada uno de nuestros protagonistas, si saldrán todos con vida de esta y se volverán a reunir. Pero la película no se queda ahí desarrollando el conflicto planteado mediante una sucesión de luchas y sustos, sino que su guión hace que el terror evolucione materializándose en nuevas y sobrecogedoras situaciones que nos mantienen el pulso cardíaco en cotas de alta aceleración. La lucha por la supervivencia se convierte en un enfrentamiento abierto con un mal del que solo se sabe qué apariencia tiene, pero ni idea de a qué razones responde ni qué objetivos tiene más allá de acabar con nuestros protagonistas.

Ese es el pulso que mantiene vigente en todo momento Peele y en el que se revela perfectamente capaz. Va más allá incluso de lo que hizo en Déjame salir, no limitándose a un espacio concreto para dejar claro a medida que avanza que en Nosotros no hay lugar en el que poder sentirse seguro. En lo que sí coincide con su anterior título es en recurrir, cuando tienes el miedo metido en el cuerpo y temiendo que pueda suceder cualquier cosa, a unos puntos de humor tan desconcertantes que casi te expulsan de la película. Aunque a posteriori te das cuenta de que sus chistes tienen una acidez y una ironía, así como un sentido oculto, que en un primer instante no habías percibido.

Un viaje de dos horas que te lleva muy lejos y en una dirección que no imaginabas, pero que no olvida su punto de partida, el estilo de vida afectivo y las posibilidades materiales de las familias estadounidenses de clase media. Un cuestión silente y siempre presente que alberga dentro de sí las respuestas que buscamos y que llegan en un final en el que Peele vuelve a dar otra vuelta de tuerca a la dimensión mental y espiritual de su historia para dejarnos aún más atónitos y sorprendidos de lo que ya lo estábamos.

10 películas de 2018

Cine español, francés, ruso, islandés, polaco, alemán, americano…, cintas con premios y reconocimientos,… éxitos de taquilla unas y desapercibidas otras,… mucho drama y acción, reivindicación política, algo de amor y un poco de comedia,…

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120 pulsaciones por minuto. Autenticidad, emoción y veracidad en cada fotograma hasta conformar una completa visión del activismo de Act Up París en 1990. Desde sus objetivos y manera de funcionar y trabajar hasta las realidades y dramas individuales de las personas que formaban la organización. Un logrado y emocionante retrato de los inicios de la historia de la lucha contra el sida con un mensaje muy bien expuesto que deja claro que la amenaza aún sigue vigente en todos sus frentes.

Call me by your name. El calor del verano, la fuerza del sol, el tacto de la luz, el alivio del agua fresca. La belleza de la Italia de postal, la esencia y la verdad de lo rural, la rotundidad del clasicismo y la perfección de sus formas. El mandato de la piel, la búsqueda de las miradas y el corazón que les sigue. Deseo, sonrisas, ganas, suspiros. La excitación de los sentidos, el poder de los sabores, los olores y el tacto.

Sin amor. Un hombre y una mujer que ni se quieren ni se respetan. Un padre y una madre que no ejercen. Dos personas que no cumplen los compromisos que asumieron en su pasado. Y entre ellos un niño negado, silenciado y despreciado. Una desoladora cinta sobre la frialdad humana, un sobresaliente retrato de las alienantes consecuencias que pueden tener la negación de las emociones y la incapacidad de sentir.

Yo, Tonya. Entrevistas en escenarios de estampados imposibles a personajes de lo más peculiar, vulgares incluso. Recreaciones que rescatan las hombreras de los 70, los colores estridentes de los 80 y los peinados desfasados de los 90,… Un biopic en forma de reality, con una excepcional dirección, que se debate entre la hipérbole y la acidez para revelar la falsedad y manipulación del sueño americano.

Heartstone, corazones de piedra. Con mucha sensibilidad y respetando el ritmo que tienen los acontecimientos que narra, esta película nos cuenta que no podemos esconder ni camuflar quiénes somos. Menos aun cuando se vive en un entorno tan apegado al discurrir de la naturaleza como es el norte de Islandia. Un hermoso retrato sobre el descubrimiento personal, el conflicto social cuando no se cumplen las etiquetas y la búsqueda de luz entre ambos frentes.

Custodia compartida. El hijo menor de edad como campo de batalla del divorcio de sus padres, como objeto sobre el que decide la justicia y queda a merced de sus decisiones. Hora y media de sobriedad y contención, entre el drama y el thriller, con un soberbio manejo del tiempo y una inteligente tensión que nos contagia el continuo estado de alerta en que viven sus protagonistas.

El capitán. Una cinta en un crudo y expresivo blanco y negro que deja a un lado el basado en hechos reales para adentrarse en la interrogante de hasta dónde pueden llevarnos el instinto de supervivencia y la vorágine animal de la guerra. La sobriedad de su fotografía y la dureza de su dirección construyen un relato árido y áspero sobre esa línea roja en que el alma y el corazón del hombre pierden todo rastro y señal de humanidad.

El reino. Ricardo Sorogoyen pisa el pedal del thriller y la intriga aún más fuerte de lo que lo hiciera en Que Dios nos perdone en una ficción plagada de guiños a la actualidad política y mediática más reciente. Un guión al que no le sobra ni le falta nada, unos actores siempre fantásticos con un Antonio de la Torre memorable, y una dirección con sello propio dan como resultado una cinta que seguro estará en todas las listas de lo mejor de 2018.

Cold war. El amor y el desamor en blanco y negro. Estético como una ilustración, irradiando belleza con su expresividad, con sus muchos matices de gris, sus claroscuros y sus zonas de luz brillante y de negra oscuridad. Un mapa de quince años que va desde Polonia hasta Berlín, París y Splitz en un intenso, seductor e impactante recorrido emocional en el que la música aporta la identidad del folklore nacional, la sensualidad del jazz y la locura del rock’n’roll.

Quién te cantará. Un misterio redondo en una historia circular que cuando vuelve a su punto inicial ha crecido, se ha hecho grande gracias a un guión perfecto, una puesta en escena precisa y unas actrices que están inmensas. Una cinta que evoca a algunos de los grandes nombres de la historia del cine pero que resulta auténtica por la fuerza, la seducción y la hipnosis de sus imágenes, sus diálogos y sus silencios.

“Todos lo saben”

Un guión muy bien trazado, con una historia que evoluciona sin perder un ápice de tensión hasta su momento final. Un reparto compacto, brillante, lleno de talento. Y una dirección que convierte todo esto en una gran película, en una cinta que con su extremo desasosiego te tiene pegado a la pantalla y con el corazón en un puño a lo largo de toda la proyección.

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En la fiesta nocturna de una boda una adolescente desaparece sin dejar rastro. El saber hacer de Asghar Farhadi convierte lo que hasta entonces había sido una minuciosa exposición del secano y familiar costumbrismo español en una dolorosa vivencia de desconcierto y desasosiego. La convivencia torna en sospecha y la armonía en una tensión paralizante en la que la faz de todos los personajes cambia completamente. Ese es el primer acierto y gran logro de Todos lo saben. Sus dos realidades son totalmente diferentes, no solo por los acontecimientos que las marcan, sino por las personalidades que cada personaje revela en cada una de ellas.

Argumentalmente Todos lo saben es un drama, una película de intriga, un thriller en el que nadie se muestra con total transparencia, la verdad nunca termina de estar clara y el tiempo juega en contra de la supervivencia. Artísticamente es una película de actores, la solidez del guión hace que este se convierta en una prueba de máximos. Prueba superada. El recital de Penélope Cruz es de órdago, no hay matiz, grado o estadio de la alegría y satisfacción inicial, así como del desconcierto, la desesperación, la angustia y la ansiedad posterior por el que no pase, muestre con hondura y nos haga sentir. Algunos de los planos que protagoniza son maestros por la belleza y atemporalidad que transmiten, por la perturbadora emoción que provocan.

Ella es la que guía el dibujo de lo que está ocurriendo y quien provoca que todos a su alrededor expongan sus cartas. Formando el triángulo más íntimo, Javier Bardem y Ricardo Darín se complementan con ella y entre sí para dar pie a una relación humana tan complicada como necesaria, logrando activar con total verosimilitud ese giro argumental que da profundidad a la historia. Junto a ellos, secundarios excepcionales como Barbara Lennie, Eduard Fernández y Elvira Mínguez la apuntalan, dándole la resonancia que esta demanda y el eco que la engrandece.

Por su parte, tanto el guión como la dirección de Fahardi no dejan ni un solo hilo sin atar y ni un momento sin proporcionar información en distintos niveles, simultaneándolos, entrecruzándolos y relacionándolos, pero sin afirmar cuáles son las causas, el origen o las consecuencias de los muchos y pequeños conflictos que se van desatando.

Él solo muestra el oxígeno que hace que lo no resuelto vuelva de las sombras en las que fue escondido por falta de valor o por el orgullo que impide aceptar la realidad tal cual es. Retornos que provocan que la sacudida desestabilizadora con la que arranca Todos lo saben se convierta en una atmósfera sorda, de respuestas cortas y miradas silenciosas, que nos oprime obligándonos a una catarsis de confesión sin tener la seguridad de que sea el precio a pagar para poder volver al terreno de la paz y el equilibrio personal.

“Sicario: el día del soldado”

Comienza con la misma tensión abstracta que su predecesora del mismo título, una amenaza invisible e indefinible que angustia y asfixia. Una idea que concreta muy bien, pero una vez que comienza a desarrollarla, la trama da un giro de 360 grados para concentrarse en el drama personal de sus protagonistas, olvidándose de la historia que le dio origen y convertirse en una plataforma al servicio interpretativo de Benicio del Toro.

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En sus primeros minutos la segunda parte, continuación o nueva entrega –considérese como se quiera- de Sicario plantea una realidad que asusta, cómo se ayudan y complementan los distintos actores del terrorismo internacional repartidos por el planeta para asestar sus golpes contra nuestro modelo y estilo de vida. Un escalofriante viaje de miles de kilómetros que tiene su última etapa en la frontera entre México y EE.UU., en el límite natural que marca el Río Grande, la polémica populista de Donald Trump y la meta a superar por los latinos de distintas nacionalidades que huyen de la miseria de sus lugares de origen.

Focalizados en esas coordenadas geográficas, el Día del Soldado nos convence de la necesidad de la guerra sucia para hacer frente a un enemigo que ya no solo trafica con drogas, sino que también lo hace con personas, colando entre ellas a terroristas suicidas. La determinación militar, la coordinación, confluencia y sincronicidad de los preparativos necesarios –imposible no recordar en algunos de sus momentos la reciente Espías desde el cielo– para comenzar la misión llenan la pantalla de un movimiento y dinamismo que nos prepara para la épica y la acción que suponemos está por venir.

Hasta aquí la narración cinematográfica se desarrolla con una fluidez y eficacia absoluta, nos sentimos parte de un equipo, tenemos que hacer frente a una compleja misión y no hay más opción que resolver con éxito la tarea encomendada tanto por el Gobierno de los EE.UU. como por nuestra propia moral. Sin embargo, en el momento en que se aprieta el botón de inicio y comienza la batalla, la película pega un giro que le quita protagonismo a la acción para dárselo al drama personal del hasta entonces secundario Alejandro encarnado por Benicio del Toro.

Ni el ritmo de la película ni el rostro ni los músculos de Josh Brolin habían permitido hasta ese momento ningún individualismo. Un punto de inflexión que intenta darle una nueva y emocional dimensión a este Sicario 2, pero que se convierte realmente en un punto de ruptura casi total entre el antes y el después. Quizás sea cosa del guión de Taylor Sheridan que intenta ligar esta cinta con su anterior Sicario, también escrita por él. O puede que el responsable sea Stefano Sollima queriendo alejarse de la personalísima huella que Dennis Villeneuve dejó en aquella, pero el resultado es que lo que estamos viendo a estas alturas parece un spin off de la película que comenzó minutos antes.

Aún así el resultado final se sostiene, gracias a su excelente factura técnica –esta sí que es consistente desde el primer minuto de proyección- con ecos apocalípticos del último Mad Max de George Miller, y al festival interpretativo de Benicio del Toro. Este deja atrás la categoría de ser humano hasta alcanzar, incluso, la de ciborg, a la par que deja completamente abierta la puerta para que Sicario se convierta en una saga de entregas cuasi independientes que comparten personajes.

“Relaciones enfermizas” de Cecilia Ştefănescu

Alienante novela ambientada en el Bucarest de los 90. Una ciudad que vaga sin rumbo, al igual que las personas que la habitan o transitan por ella. Como Kiki, una joven universitaria que no sabe qué quiere en su vida y que se mueve y debate entre un hombre y una mujer a golpe de deseos por cumplir, anhelos que comprender, preguntas que no sabe formular y respuestas a interrogantes que no sabe por qué ni quién le hace.

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Imagino la capital rumana tras la caída del régimen de Ceaucescu en diciembre de 1989 como un escenario en el que dejó de haber representaciones y las tareas de mantenimiento pasaron a ser cosa del pasado. Poco a poco comenzó a desvencijarse, a verse afectada por las inclemencias meteorológicas, por las corruptelas de unos habitantes que habían perdido el miedo a las consecuencias de incumplir las normas y por el descuido de aquellos que estaban de paso exigiéndole el abrigo, el alimento y la satisfacción que tampoco encontraban en sus lugares de origen.

Este es el polvoriento y desconchado magma en el que se sumerge la autora de Relaciones enfermizas para escribir algo más que un relato que describa ese erial, una inmersión en la que construye una historia que nos muestra cómo esa atmósfera de desorden y desorientación contagia de su misma miopía y neurosis a las personas que la habitan. Como a su protagonista, Kiki, una chica que no sabe con exactitud lo que quiere ni tiene certeza absoluta de lo que le gusta, sino que se deja llevar por lo que su cuerpo le dicta. Lo suyo es moverse sin más motivación que aquello que le marcan sus impulsos, sin una lógica aparente que explique el por qué y de razón al para qué.

Una falta de brújula y de rumbo de la que se hace altavoz la prosa de Cecilia Ştefănescu para narrar los acontecimientos que suceden en torno a las vivencias afectivas y sexuales, amistosas y amorosas, conflictivas y pacíficas, de Kiki con un hombre y una mujer, con Renato y Alex, desde diferentes puntos de vista. Unas veces como si estuviera dentro de este triángulo y conociera mejor que sus personajes lo que está ocurriendo. Y otras, cuando se descubre reducida a las coordenadas de cada uno de ellos, viéndose limitada por su desconocimiento o su desinterés por querer profundizar en lo que están sintiendo, angustiada por la ansiedad que les produce todo aquello que les contraría, o reducida y encerrada en sí misma por sus fijaciones y obsesiones.

Su propuesta varía de ritmo e intensidad, entre una ficción sin pudor y una fábula críptica –en la que no siempre resulta fácil situarse y orientarse- que evoca sensorialmente a aquellos autores que, tras décadas proscritos, comenzaron a ser vistos, escuchados y leídos en Rumanía en los años previos a la publicación de este título (2002) y a los que menciona en sus páginas. Nombres y títulos cinematográficos (Buñuel, Visconti, Rossellini) y musicales (The Doors, Rolling Stones, Bob Dylan) de otras geografías e idiomas, o literarios que se habían visto obligados al exilio (Cioran, Eliade).