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“La experiencia del arte” de Rafael Canogar

Apuntes personales, intervenciones públicas y una entrevista en los que su autor expone cómo ha evolucionado su carrera artística a lo largo de más de medio siglo. Desde su formación inicial con Vázquez Díaz hasta su vuelta actual a la esencia de la pintura, así como su relación con el lienzo, los nombres que le han influido y los muchos con los que se ha relacionado.

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Que Rafael Canogar es uno de los artistas españoles más importantes y significativos de las últimas décadas es algo que nadie pone en duda. Un estatus que en este toledano nacido en 1935 nunca se ha transformado en impostura, siendo la sencillez, la cercanía y la afabilidad sus particulares marcas personales. Una manera de ser que puede sentir también en estos veintidós textos fechados entre 1973 y 2016 en los que deja ver tanto aspectos de su mundo interior como su visión y experiencia de lo sucedido en el panorama artístico-político-cultural de las últimas décadas.

Se inició en la práctica de la pintura tomando clases con Daniel Vázquez-Díaz, en cuyo estudio conoció no solo el realismo imperante sino también algo de esas vanguardias, como el cubismo, que en España habían quedado ocultas años antes. Sin haber cumplido los veinte viajó a París, algo que pocos hacían en su época. Allí fue testigo de primera mano de todo lo desconocido a este lado de los Pirineos y sintió el impulso de buscar otras maneras y lenguajes con los que expresar el deseo de ir más allá de lo establecido (en nuestro país) y de lo conseguido (por el arte) hasta entonces. Fue así como se inició en el lenguaje del expresionismo abstracto que le llevaría a fundar, vía manifiesto, el colectivo El Paso junto a otras figuras como Luis Feito, Manolo Millares o Antonio Saura.

Una práctica que dejó en el momento en que consideró que la innovación y la libertad creativa conseguida se podía volver reiterativa e insuficiente para seguir avanzando. Fue así como volvió a los modos figurativos para reinterpretar las imágenes que los medios de comunicación reflejaban de aquella España ansiosa de democracia. Una vez que esta llegó giró nuevamente hacia la introspección de la abstracción. Coordenadas en las que no ha dejado de investigar, buscar y dialogar con los materiales, el lienzo, el color, las proporciones y las relaciones entre ellos para convertirlos tanto en espejo de sus emociones e inquietudes como en imágenes que nos impulsen a ir más allá de los límites que nos impone o que no somos capaces de superar mediante la razón.

Mientras tanto, y según Rafael, buena parte de la creación artística de hoy en día se ha centrado en agradar, impactar y ser comercializada, desviándose así de su papel como elemento expresivo y vehículo de diálogo entre los individuos que conforman una sociedad. Algo frente a lo que él propone una vuelta a los inicios, a indagar en los aspectos básicos y los principios de la pintura, en su bidimensionalidad, a la manera en que hizo una y otra vez Picasso para alcanzar nuevas cotas.

El Greco, Juan Barjola, Eduardo Úrculo, Martin Chirino son otros de los artistas a los que rinde homenaje en estas páginas, o sobre los que señala lo compartido con ellos, ya sea desde el ámbito de la amistad o del trabajo coetáneo. Nombres que le sirven también para realizar una reivindicación del papel de cohesión y manifestación social y política del arte, sea o no intención expresa de sus autores, que debiera ser apoyado por las administraciones públicas con mayor ambición y criterio de lo que lo hacen en la actualidad.

La experiencia del arte, Rafael Canogar, 2018, Dextra Editorial.

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“¿Qué estás mirando? 150 años de arte en un abrir y cerrar de ojos” de Will Gompertz

Desde el Impresionismo, Gauguin y Cézanne hasta el streetart de Bansky y el activismo político de Ai Weiwei pasando por todos los movimientos artísticos del último siglo y medio. Un entretenido e instructivo viaje por las motivaciones, retos y logros de cada período a través de lo expresado en sus manifiestos, lienzos, esculturas o instalaciones por figuras hoy ya indiscutidas y otras aún pendientes de ser reconocidas por algunos segmentos del público (artístico, académico o generalista).   

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Rara es la subasta en la que no se pagan decenas de millones por las obras de los autores impresionistas,  artistas a cuyas exposiciones acudimos en masa en cualquier lugar del mundo. Pero en su día tuvieron que buscarse un local para conseguir que sus óleos fueran vistos por el público ya que todas las instancias oficiales del París de la década de 1870 les negaban tal posibilidad por no seguir la pauta del estricto academicismo imperante. Los pocos que fuera de su círculo más íntimo vieron sus lienzos, consideraron a Van Gogh un loco inútil que malgastaba el óleo que aplicaba sobre sus telas. Poco tiempo después, la furia expresiva que manifestaban esas pinceladas se convirtió e uno de los motivos por los que el holandés ha sido desde entonces una de las figuras más destacadas e importantes de la historia de la pintura.

Son solo dos ejemplos con los que Will Gompertz  nos muestra cómo lo que hoy consideramos pasos consolidados de la evolución del arte, fueron en su momento ignorados, discutidos o despreciados. Una tónica que se ha seguido repitiendo cada vez que un artista proponía algo diferente, ya fuera innovando en cuanto a aspectos técnicos (integrando en las obras elementos de la vida cotidiana a la manera del arte conceptual), inspiracionales (tomando como propios los principios de la ciencia de la física como hacía el futurismo, o indagando en la antropología, he ahí el cubismo), intencionalidad (no solo estética, sino también política, valga como ejemplo el posmodernismo) o punto de vista (buscando otras caras de la realidad y no únicamente la de su lado más bello y socialmente amable, tal y como se propuso el expresionismo alemán).

Siglo y medio intenso, prolífico y enriquecedor, lleno de nombres –Picasso, Duchamp, Brancusi, Kandinsky, Pollock, De Kooning, Warhol, Lichtenstein,…- que admiramos, valoramos y respetamos hasta que llegamos a un hoy en que el arte no es una historia pasada, sino que es también un relato que sigue evolucionando y se está escribiendo en tiempo real.  Llegados a este punto, el que fuera director de la Tate Gallery se aventura a responder en qué momento de la historia del arte estamos. Con el mismo enfoque directo, divulgativo y relacional con que nos ha llevado hasta este último capítulo de ¿Qué estás mirando?, y sin las petulancias que muchas veces encontramos en escritos sobre este mundo, Gompert explica cómo hemos ido más allá del posmodernismo hasta situarnos en un punto en que muchas veces tenemos la sensación de que todo vale.

La combinación de capitalismo sin límites y ruido mediático en que vivimos ensucia y maquilla el presente a partes iguales haciéndonos creer que la creación e investigación artística se mueve hoy en día en base a las cotizaciones que consigue en las subastas y por su capacidad para generar titulares. Aspectos que tienen algo de cierto, pero que también son utilizadas por los autores actuales para llegar un poco más allá, ofrecer lo nunca conseguido antes e impactarnos tanto visual como intelectualmente. He ahí el transgresor Damien Hirst (el de los animales en formol), el certero Sheperd Fairey (universal su cartel de Barack Obama) o el siempre descarado Jeff Koons (aunque también despierte sonrisas amables con su Puppy a las puertas del Guggenheim de Bilbao). El arte sigue vivo y actuando como un perfecto espejo de quiénes y cómo somos y quizás por eso no nos gusta la imagen de paradoja, manipulación y sensacionalismo que nos devuelve.

“El milagro del Prado” de José Calvo Poyato

¿Hizo lo correcto el Gobierno de la República durante la Guerra Civil trasladando centenares de obras del Museo del Prado desde Madrid a Valencia? Está claro que fue una contienda brutal en la que la capital sufrió desde el primer momento un asedio sin consideración alguna por la población civil, pero según el autor esa situación no debió ser nunca justificación para someter a las grandes creaciones de la historia de nuestra pintura a una multitud de riesgos que pudieron haber acabado con ellas.

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La fratricida contienda que condenó a España a un retroceso atroz durante varias décadas no surgió de un día para otro, sino que se gestó en un clima de inestabilidad social y política que los distintos gobiernos de la II República no fueron capaces de controlar. Una época turbulenta que hizo del patrimonio histórico y artístico un medio a través del cual demostrar el rechazo al contrario. Algo muy evidente en las zonas que hoy identificaríamos como de izquierdas y en las que se destruyeron inmuebles de la Iglesia y se incautaron propiedades de apellidos nobles con innumerables piezas de incalculable valor en su interior.

En ese clima de ignorancia y desconocimiento popular del valor cultural e identitario del patrimonio tuvo lugar el alzamiento militar del 18 de julio de 1936. Tras unas primeras semanas de incertidumbre y con el fin de evitar nuevos vandalismos, las autoridades del país pusieron en marcha campañas divulgativas que animaban a la población a considerar las obras de arte como algo suyo y, por tanto, a defenderlo. De esta manera, todo lo relacionado con este campo se convertía no solo en un elemento propagandístico de la República, sino en un frente de batalla más contra el bando nacional.

Esa es la situación que José Calvo presenta como previa al tema central de su ensayo y que liga el traslado de los lienzos y tablas de Velázquez, Rubens, El Greco o Goya –tanto del Museo del Prado como de otras instituciones- a una decisión única y exclusivamente política del Gobierno cuando éste se trasladó de Madrid a Valencia en los primeros días de noviembre de 1936. Un tema ya tratado ampliamente por otros historiadores y sobre el que él incide dando voz a los críticos con la operación que apostaron desde el primer momento por salvaguardar las obras en los sótanos del edificio como medida más efectiva para preservar tanto su integridad física como para garantizar su correcta conservación.

Personalidades de reputado rigor técnico, como el entonces subdirector del Prado –Sánchez Cantón, director de facto ya que ese título lo ostentaba un Picasso residente en París- señalaron en todo momento los riesgos que para la integridad de las obras suponía no solo un viaje de 350 kilómetros, sino hacerlo en las condiciones que la premura gubernamental exigía. Al delicado estado de muchas de ellas –propio de objetos tan delicados creados siglos atrás- se unía su precario o nulo embalaje, lo inadecuado de los vehículos de transporte, el estado de las carreteras, la amenaza de los bombardeos o la incertidumbre del devenir de la guerra.

Una decisión con grandes zonas de sombra según Calvo, tal y como demuestra lo que ocurrió con los fondos numismáticos del Museo Arqueológico Nacional. Trasladados a México en un barco del que nunca ha quedado claro quien se hizo cargo a su llegada y de cuya carga de extraordinaria importancia jamás volvió a saberse. Un oscuro episodio que se une a otros como el que el último convoy que salió del Paseo del Prado no fue a la ciudad del Turia, sino a Cartagena, cuando Barcelona era ya la nueva sede de la República; que en 1938 la responsabilidad sobre las obras pasara a ser del Ministerio de Hacienda o el uso también como polvorín militar de las localizaciones elegidas para guardarlas cuando fueron trasladadas a la provincia de Girona en su camino hacia el exilio.

“Picasso” de Patrick O’Brian

Una profusa biografía en la que se tratan los distintos planos –individual, familiar, social, profesional- de un hombre que fue también artista y genio. Un relato excelso sobre un ser profundamente mediterráneo, con un temperamento impulsivo y reflexivo a partes iguales,  pero también entregado y generoso con todo aquello que conformara su mundo –personas, lugares e ideas- siempre que estos fueran fieles a sus convicciones. Un ensayo muy trabajado en el que lo único que se echa en falta son imágenes que ilustren los pasajes en que se habla sobre su obra y se describen sus creaciones.

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A lo largo de sus 92 años de trayectoria vital Pablo se convirtió en uno de los principales motores de la evolución de la pintura y la escultura, llevándolas hasta cotas que aún no han sido superadas. Picasso no solo creaba imágenes y figuras, sino que investigó el uso que se podía hacer de todos sus recursos formales (dibujo, línea, color, composición, volumen, perspectiva,…), técnicas (óleo, acuarela, grabado, litografía, cerámica,…) y materiales (lienzo, cartón, papel, yeso, madera, metal, bronce,…) con que experimentó. No hubo un día de su vida en que no trabajara, ya fuera dando una pincelada, tomando un apunte o moldeando aquello que tuviera entre manos, con ánimo final o como medio de llegar a un continuo más allá que persiguió de manera obsesiva.

Gracias a este impulso interior al que siempre fue fiel dinamitó la evolución de la pintura tras el postimpresionismo para trasladarla a otra dimensión, el cubismo. Una vez conseguido esto profundizó en ella para conseguir nuevos resultados de elementos ya conocidos –como las proporciones clásicas (Ingres o Poussin), las luces barrocas (Rembrandt o Rubens) o las atmósferas románticas (Delacroix). Supo convivir con el surrealismo y la abstracción, coqueteando incluso con ambos movimientos, pero sin dejarse atrapar por sus dimensiones extra artísticas. Trasladó todos estos planos conceptuales a la escultura, rompiendo las reglas y límites en que había sido practicada este entonces, dándole también un aire fresco e innovador que sigue resultando actual hoy.

Y aun cuando su nombre se había convertido ya en una marca y una etiqueta que atraía a miles de personas a las retrospectivas que le dedicaban en los años 50 y 60 en Londres, París, Nueva York o Tokio, él no dudó un solo segundo en seguir, hasta el último día de su biografía, su viaje personal hacia un destino creativo, emocional e intelectual por descubrir. Una búsqueda que desde sus inicios forjó un carácter sin casi punto medio. De una fuerza y tesón sin límites cuando aquello que estaba entre sus manos, o surgía en su camino, apelaba directamente a su corazón, pero también de una frialdad aplastante cuando no empatizaba con las demandas de quienes se acercaban o vivían junto a él.

Patrick O’Brian entreteje este largo camino basándose en su propia experiencia y en testimonios de primera mano. Desde una perspectiva alejada de la de los historiadores del arte, al darle tanta importancia al legado de Picasso –más de 15.000 obras según una fuentes, hasta más de 40.000 según otras- como a todo aquello que formaba parte de su vida en cada momento. Las ciudades en las que residió (Málaga, Coruña, Barcelona, Madrid,…) y los viajes que realizó, las parejas que tuvo y las familias que con ellas creó, los amigos a los que dejó formar parte de su círculo más íntimo, los artistas con los que interactuó (Braque, Matisse, Rousseau,…) o los compromisos ideológicos –más que políticos- que mantuvo a lo largo del siempre convulso –y muchas veces bélico- siglo XX, son tan consecuencia de su arte como motivos argumentales y causas del mismo.

Casi 45 años después de su muerte en 1973 y más de 40 desde la primera edición de este ensayo en 1976, la figura de Picasso sigue siendo apasionante y este volumen una gran fuente para conocerle. Una guía básica que se convierte en fundamental si su lectura se acompaña de las búsquedas en Google para encontrar las imágenes que ilustren los muchos pasajes de sus páginas dedicados a describir las obras que no se reproducen en ellas.

“Espacios de libertad” de Juan Pablo Fusi

La modernidad y creatividad cultural que en buena medida vivimos hoy en día no tienen nada que ver con la aridez que nuestro país vivió en este campo tras el inicio de la dictadura franquista. Este ágil ensayo nos recuerda cuáles fueron las claves, las etapas, los retos y los nombres que hicieron que la renovación que comenzó en torno a 1960 diera como resultado un sistema completamente diferente una vez consolidada la democracia en la década de los 80.

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El fin de la Guerra Civil trajo consigo un sistema de poder en el que el franquismo negó el pasado más reciente y buscó referenciarse en hitos como la Reconquista, la unión de los Reyes Católicos y el Imperio en el que nunca se ponía el sol, al tiempo que dejaba el sistema y los contenidos educativos en manos de la Iglesia. Súmese a esto la represión expresiva, informativa e ideológica que prorrogaba la ya efectuada durante la contienda y la falta de medios materiales (alimento, transporte,…) para convertir el país en un páramo en el que cualquier atisbo de creación artística no solo tenía limitada la motivación, sino también su materialización y qué decir de su divulgación. Solo era posible aquello que comulgara con los principios del régimen, el ora et labora de la economía agrícola, la exaltación política de lo español y el castrante nacionalcatolicismo en lo social como se podían ver en construcciones como la del Valle de los Caídos o el Arco de la Victoria en Madrid.

Así fue durante las dos primeras décadas, resultado de factores como el aislamiento internacional debido a la II Guerra Mundial y el inicio de la Guerra Fría y a que la mayoría social del país seguía afectada por su vivencia de la fratricida contienda. Sin embargo, los años 50 implicaron una ligera apertura del régimen –acuerdos con EE.UU., entrada en NN.UU.- y la incorporación al sistema social de una nueva juventud que poco a poco fue introduciendo en sus manifestaciones –cine (Juan Antonio Bardem), música (Joaquín Rodrigo), literatura (Camilo José Cela), pintura (Rafael Canogar), ensayo histórico (Claudio Sánchez Albornoz), pensamiento filosófico (Julián Marías), análisis económico (Luis Ángel Rojo),…- un punto de vista realista a la situación que vivían. Un saldar cuentas con el pasado reciente a partir del cual se comenzó a mirar al futuro de manera decidida.

Algo que el conjunto del país fue haciendo a medida que se industrializaba y urbanizaba, aunque de manera muy desigual, y comenzaba a recordar su pasado más reciente –el denostado liberalismo del siglo XIX y el convulso comienzo del XX- y a plantearse nuevamente su identidad regional y nacional -como en la poesía de Blas de Otero y Luis Cernuda-. Tiempos de agitación social con protestas estudiantiles y sindicales y primeras reivindicaciones femeninas que chocaban con la censura y el inmovilismo de un régimen que se anclaba en sus posiciones al no tener una verdadera alternativa, aunque sí cierta oposición política de una izquierda cuya única estructura era la clandestina del Partido Comunista. Mientras el sistema se preocupaba por su pervivencia una vez que estuvo claro que la vida del Caudillo se acercaba a su fin, la sociedad clamaba por la llegada de la democracia, siendo secundario el hecho de que fuera como República o como Monarquía.

Sin embargo, no fue fácil llegar a ello, la violencia de ETA junto a la de otros grupos, además de la justificada como acción policial o judicial del Gobierno, hicieron temblar los cimientos de la evolución hacia nuevas formas de organización y gestión social, política, económica y territorial. Un ambiente de nuevas metas y preocupaciones que los autores de aquel momento recogieron en sus obras, he ahí el cine de Carlos Saura, la pintura de Eduardo Arroyo, los títulos de Fernando Savater o las novelas de Juan Marsé.

Tras el punto de inflexión que supuso el 20 de noviembre de 1975, el país supo hacer frente a las muchas dificultades que tuvo y pasó en cinco años de ser una dictadura a una joven democracia con una Constitución que la convertía en un estado formado por nacionalidades y regiones, regido por una Monarquía parlamentaria y organizado en diecisiete comunidades y dos ciudades autónomas. Una España que comenzó a mirar a su pasado más reciente, editando bibliografía al respecto prohibida hasta entonces (La guerra civil española, Hugh Thomas) o elaborándola ad hoc (Vida, pasión y muerte de Federico García Lorca de Ian Gibson, 1986), acogiendo iconos que la definían (llegada del Guernica de Picasso, 1981), dotándose de nuevas infraestructuras culturales (Museo Reina Sofía,  1986) y relatando nuevas historias (el cine de Pedro Almodóvar, la literatura de Eduardo Mendoza,…).

Tres décadas de nuestra historia formadas por las múltiples referencias que de manera ordenada Juan Pablo Fusil recoge en este ensayo de ágil y comprensible lectura, que se deben a todos los acontecimientos anteriores a los en él relatados y que tienen un epílogo que podemos extender perfectamente hasta nuestro presente.

“Picasso/Lautrec”, lo que Pablo tomó de Henri

Nunca se llegaron a encontrar, aunque durante unos meses compartieron suelo francés. El malagueño pisó París por primera vez en septiembre del año 1900 y se encontró las paredes de la capital francesa empapeladas con carteles que seguían la estela iniciada por el que moriría un año más tarde, apenas 36 años después de haber nacido al sur del país en Albi. Sin duda alguna Toulouse-Lautrec fue un referente, entre otros muchos, para Picasso. De igual manera que este fue un digno sucesor que supo elevar las propuestas de aquel a una nueva dimensión.

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La Exposición Universal de 1900 convirtió a París en la capital del mundo. El futuro se estaba escribiendo, dibujando, imaginando y creando a orillas del Sena. Ese era el mensaje que llegaba desde el norte de Francia a todas partes, incluyendo a la ciudad española más europea, Barcelona. Allí vivía entonces un joven artista con apenas 19 años que deseaba ir más allá en su oficio de crear imágenes, consiguiendo incluso que el arte de la pintura alcanzara una nueva dimensión. Buscando este objetivo viajó en tren hasta esa gran urbe a la que Toulouse-Lautrec le había dado estética e imagen llenando los muros de sus calles con sus carteles promocionales de espectáculos cabareteros.

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En sus paseos entre Montmarte y Montparnasse, Picasso paraba en las galerías que encontraba con ánimo de ver, observar y conocer. Así fue como descubrió la geometría tridimensional de los óleos de Cezanne y la visceral animosidad de las pinceladas cargadas de color de Van Gogh. Tras el brutal inicio del impresionismo y los ecos del postimpresionismo, la urbe buscaba nuevos referentes que marcaran la senda que debían seguir los artistas. Henri lo había hecho utilizando los elementos formales – la línea, el dibujo- con una soltura y ligereza que hacían de este recurso un elemento protagonista como nunca antes se había visto. Esto, unido a los logros industriales que permitían la reproducción, propició que las litografías publicitando el Moulin Rouge o el Divan Japonais se hicieran extraordinariamente populares.

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Seguro que Picasso tomó al verlos múltiples apuntes en las libretas y papeles que siempre llevaba consigo. Además, le gustaba la noche y es probable que en las actuaciones a las que asistía encadenara en su cabeza el movimiento de las mujeres que bailaban el can-can con aquellos trazos ágiles y flexibles que se habían quedado prendidos en sus retinas. La luz eléctrica quizás le hiciera ver a los espectadores como siluetas en penumbra, a imagen y semejanza de como Toulouse Lautrec los había dibujado en sus carteles. Así es como haría Pablo muchas veces en sus creaciones, desplazando el grafito, el pincel o lo que quiera que tuviera a mano, sin despegarlo de la superficie –papel, óleo,…- sobre la que estuviera trabajando hasta convertir aquello que estaba escondido en su mente en algo real y visible.

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Al igual que Toulouse-Lautrec, Picasso también retrato a Jane Avril, bailarina, diva y musa de la noche parisina. De manera similar, ambos dejaron a un lado pudores y convencionalismos para retratar a las mujeres como nunca antes se había hecho, ya fuera en su faceta humana a esas que practicaban la prostitución por parte de Henri, o como seres sexuales a aquellas que se mostraban carnalmente sin más en el caso de Pablo. El mundo del circo, los bajos fondos y la vida bohemia también fueron temas comunes. Con registros similares, pero con estilos personales muy diferentes.

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Mientras que el francés murió a edad temprana y siempre nos quedaremos con la duda de cómo hubiera podido evolucionar, el malagueño nos dejó un legado apabullante de más de 15.000 piezas. Muchas de ellas creadas en el estudio de La Californie con Henri presente a modo de retrato fotográfico, alguien a quien Pablo nunca olvidó y a quien seguía acudiendo, no sabemos si consciente o inconscientemente , decadas después de aquella coincidencia geográfica inicial. Cada uno a su manera es un referente, un concepto y un mito del período en el que vivió.

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Picasso/Lautrec, en el Museo Thyssen (Madrid), 17 octubre 2017 – 21 enero 2018.