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“La ciudad de las estrellas (La La Land)”, larga vida al cine musical

El arranque es espectacular. Cinco minutos que dejan claro que lo que se va a proyectar está hecho con el corazón y que nos hará levitar sin límite alguno. La la land está lleno de música con la que vibrar, la magia de las coreografías y la frescura de las canciones consiguen que todo sea completo y felizmente intenso y la belleza, la fantástica presencia y la seducción que transmiten Ryan Gosling y Emma Stone que fluyamos, bailemos, soñemos y nos enamoremos de ellos ya para siempre.

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Una sonrisa puede ser el detonante que haga que una circunstancia incómoda, pesada, agria o difícil de digerir se convierta en un momento de alegría y de color. Así qué, ¿por qué no hacerlo? ¿Por qué no cantar y bailar? Dejar a un lado reglas y convenciones, los horarios que llevamos grabados a fuego en la cabeza, el reloj y el saldo de la cuenta corriente y comenzar a… ¡disfrutar! Escuchando la verdad que nos susurramos desde dentro, esa que es auténtica, que soñamos más que vivimos. Esa es la propuesta y el logro del guión y la dirección de Damien Chazelle. Llenarlo todo, la pantalla, la sala, el durante y el después de la proyección de ilusión, de ganas, de hacer de la ilusión la energía que no solo nos motiva, sino que nos mueve y nos lleva hacia adelante, tanto en nuestras relaciones con los demás como en nuestra vivencia interior, luchando contra el miedo y la inseguridad para dar rienda suelta a nuestras capacidades y ofrecerle al mundo lo que tenemos y de lo que somos capaces, que no es más que lo que somos.

En un musical todo es posible. Vade retro Satanás a los que dicen que son irreales y absurdos, comunicarse con el cuerpo es lo más completo. Un paso de baile entre dos dice tanto o más que un beso, flotar y ascender juntos a un cielo estrellado amplifica una mirada. La ciudad de las estrellas es la película y es Hollywood, una historia en la que nada es fácil y una meca en lo que lo es menos, la ilusión de una mujer que desea trabajar como actriz y la de un hombre que quiere vivir el jazz con autenticidad en un lugar en el que la realidad que conocemos está solo en las paredes con graffitis que representan a los viejos mitos, a Marilyn, a Chaplin, a Ingrid Bergman. El presente es el que imponen los directores de casting, la especulación inmobiliaria que hace de los locales únicos espacios sin alma y las productoras musicales y cinematográficas cuyo interés es más recaudar que crear.

Las explosiones y mil juegos de color, de luz y de movimiento que se suceden a lo largo de las dos horas de película tienen la virtud de fluir con vitalidad, con una armonía llena de poesía y el lirismo de los grandes musicales, de West Side Story, de Cantando bajo la lluvia o Un americano en París. Emma Stone está genial, da igual como esté vestida –con la camisa sucia, una chaqueta de cuero o un vestido con la espalda desnuda- o la escena a representar –sirviendo cafés, de fiesta con sus amigas o en una audición-, que la cámara la quiere, está enamorada de ella y a los espectadores no nos queda otra que contagiarnos de ese amor. Otro tanto sucede con Ryan Gosling, y qué decir de cuando están juntos compartiendo plano. Da igual que sea bailando, caminando o sentados frente a frente, dialogando o mirándose sin más, lo suyo es puro magnetismo.

¿Puede haber algo más maravilloso que La La Land? ¿Se puede pedir más como espectador?

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“Escucha la canción del viento y Pinball 1973”, los primeros intentos de Haruki Murakami

Las dos primeras novelas cortas de este autor sinónimo de lirismo, hipnosis y realidades de lo más peculiar. Dos relatos en los que se ven los motivos predominantes de su narrativa: protagonistas solitarios, relaciones de endebles vínculos, situaciones sin una lógica aparente pero con gran sentido, bares con banda sonora de jazz,… Un doble ejercicio de escritura en el queda evidente su soltura para desarrollar ideas pero al que aún le falta el efectivo hilo conductor de sus títulos posteriores.

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Hay autores a los que se conoce a través de sus grandes obras, cuando ya tienen tras de sí una consolidada trayectoria avalada por muchas críticas y mayores cifras de venta en multitud de idiomas. Ese es mi caso con Murakami, quien me convirtió en adicto suyo con las magistrales dos primeras partes de 1Q84 y me fidelizó aún más con Kafka en la orilla, Al sur de la frontera, al oeste del sol, Tokio blues y Hombres sin mujeres. Movido por la curiosidad de querer seguir conociendo el mundo de este autor japonés y por casualidades (que nunca son tales) del destino, llegó a mis manos este volumen, traducido al español en 2015, pero originalmente editado en 1979.

Que hayan pasado años desde entonces le permite contar con un muy acertado extra, el prólogo en el que su autor explica el contexto y el momento personal en que escribió estas dos novelas cortas. Cuando aún estaba en la década de los veinte y buscando las coordenadas en las que dar forma a su vida, en aquel momento viviendo en pareja y ganándose la vida gestionando su propio club de jazz. Un negocio con el que ganar dinero sirviendo cocteles mientras escuchaba, en vivo o con vinilos girando, su estilo musical favorito.

Desde esa perspectiva es la que corresponde acercarse a Escucha la canción del viento y Pinball 1973, como una puerta de entrada no solo a sus inicios como escritor, sino a la génesis de su tan especial narrativa. Habiendo leído títulos posteriores suyos es muy evidente ver cómo comenzaba a bocetar en estas dos historias a esos protagonistas masculinos que pasan horas en la barra de un bar esperando a que no ocurra nada; mujeres de mínima expresividad y máximo enigma; relaciones sexuales de formal visceralidad y libres de emotividad alguna; un Japón en el que sus lugares parecen un personaje más, silenciosos pero capaces de ejercer una invisible pero inquietante influencia sobre sus habitantes.

Llegar a este primer Hurakami habiéndole experimentado posteriormente resulta enriquecedor. Si no es el caso, esta lectura probablemente resulte anodina y quizás insustancial. Dudo que se acierte a descubrir cuál es el germen de lo que está aconteciendo y el objetivo, el lugar al que se nos quiere llevar. Su autor no llega a transmitir el sentido de esos cuadros, imágenes y comportamientos que no acertamos a saber si son surrealistas, simbólicos, eclécticos o fábulas a partir de grabados ukiyo-e, las tradicionales estampas japonesas, de nuestro tiempo. Hay una correcta descripción de todos ellos, pero falta ese algo que es más que un hilo argumental sólido que haga que tanto su combinación como la manera en que se suceden, motivan e interrelacionan, resulten verosímiles.

“Hombre sin mujeres”, registros varios de Haruki Murakami

Siete relatos en los que el maestro nipón demuestra una vez más su hábil capacidad para mostrar lo que hay tras la capa visible de cada persona. Un camino hacia la intimidad combinado con sus habituales viajes por Japón, referencias musicales y un particular homenaje a Kafka.

HombresSinMujeres

De alguien que ya vivió y mira hacia atrás recordando, a quien acaba de llegar a la adultez y tiene aún que iniciar su camino en la vida, del que tuvo la oportunidad del amor y no supo vivirlo al que se negó a él hasta que ya fue quizás demasiado tarde. Entre ellos, aquel al que la cuestión sentimental parecía serle ajena a su persona hasta que la vida le dio la ocasión de tener la oportunidad de sentirla por primera vez.  Personajes masculinos entre los que también está al que la llegada del amor le hizo ver que este sentimiento no era lo que él había creído hasta entonces.

Todos ellos “hombres sin mujeres” de distintas edades, situaciones socioeconómicas y bagaje intelectual, elegidos por el autor para formar un completo caleidoscopio –cerrado, compacto, sin fisura alguna, no se le escapa nada- con el que contarnos cómo es la existencia cuando ésta no es compartida. Una situación que no es la falta de un nombre en el buzón o que el estado civil no sea la casilla de “casado” o “en pareja”. Un estado interior que provoca que la vida se vea en tonos mate, que la música pierda sus notas más altas y se anestesie el sentido del gusto, ya no se come para hacer disfrutar al paladar, tan solo para mantenerse en pie.

Los siete relatos de este volumen funcionan de manera individual, pero en conjunto forman una imagen que es más que la suma de todos ellos, un prolífico y lírico recorrido por llegar hasta las sensaciones más básicas y auténticas, aquellas que nos hacen seres humanos. Con gran delicadeza y asombrosa sutileza, Murakami describe en sus narraciones y diálogos cómo nacen las emociones, el tremendo estímulo que suponen para aquel en cuyo corazón surgen y desde cuya piel se transmiten. Por último, y sin pudor alguno, deja claro cuál es para él la mayor y más bonita energía que pueda tener una persona, el amor.

¿Qué nos encontramos en el camino que marcan estas siete etapas?

  • “Drive my car” es la comunicación en silencio, las conexiones energéticas entre personas sin lógica alguna, pero con un nudo tan fuerte como la convicción y precisión con que el nacido en Kioto en 1949 expone la situación.
  • “Yesterday” nos inunda de espontaneidad para intentar dilucidar las diferentes lógicas con las que podemos iniciarnos en la vivencia de los afectos.
  • “Un órgano independiente” es la intuición con la que se puede entrar en el interior de una persona hasta llegar a su corazón y descubrir cómo son las capas de tejido de distinta naturaleza que lo cubren, unas veces para cuidarlo, otras para todo lo contrario.
  • “Sherezade” exige que no haya preguntas, en ocasiones somos más auténticos cuanto menos se sabe de nosotros mismos.
  • “Kino”, con su protagonista dueño de un bar y profundo aficionado al jazz podría hacernos pensar que es el cuento que más apuntes autobiográficos podría tener de Haruki, al compartir ambas circunstancias con su trayectoria personal.
  • “Samsa enamorado” despierta en la mente “La metamorfosis” de Kafka, ¿y si un día nos levantamos como un cuerpo que sentimos ajenos a nosotros mismos en un sitio que no conocemos?
  • Por último, “Hombres sin mujeres” hace patente ese momento en que el vacío se hace presente, tangible, toda una contrariedad con la que aprender a convivir, reconociendo su existencia le daremos sentido a nuestra vida, algo que hasta entonces no tenía.

El último título en la bibliografía de Haruki Murakami supone un  paso más en su interés por temas, que ya ha tocado en otros títulos de sus más de tres décadas de trayectoria, como esa realidad visible solo para unos pocos (“1Q84”), la búsqueda de algo que siempre ha estado ahí y no hemos sido capaces de comprender (“Kafka en la orilla”), de querer conseguir lo que parece fuera de nuestro alcance (“Al sur de la frontera, al oeste del sol”) o de encontrar las piezas que hagan que nuestro proyecto de vida sea un verdadero presente y no una continua utopía (“Tokio blues”).

“Al sur de la frontera, al oeste del sol” de Haruki Murakami, algo muy grande, hermoso y suave.

AlSurDeLaFrontera

Desde sus 37 años actuales y los dos locales que regenta en Tokio, Hajime recuerda cómo ha sido su vida desde su nacimiento el 4 de enero de 1951. Los momentos de la niñez y la magia de la música vivida con Shimamoto, el despertar sexual adolescente junto con Izumi, la estabilidad adulta alcanzada con Yukiko,…, hasta que Shimamoto vuelve a aparecer en su momento presente.

Las palabras elegidas para este relato en primera persona conforman una energía que fluye de manera imparable con un doble cometido. Por un lado crear un universo entre la ficción y la realidad que da cobijo a personajes tangibles y lectores intangibles –estamos ahí, anónimos, etéreos, caminando por las calles, visitando los clubs. Por otro desarrollar una atmósfera de inevitabilidad en la que protagonistas y espectadores -al otro lado del papel- aceptan cuanto ocurre como determinación del destino y lo viven sin emplear tiempo buscando porqués, confirmaciones o alternativas.

A lo largo del recorrido hasta “Al sur de la frontera, al oeste del sol” sentirás emociones y sensaciones con una mezcla de calma y ansiedad, de fluir con la vida y de tensión catártica, combinación propia de la narrativa de Haruki Murakami. A medida que completas las páginas, estas desaparecen de tus manos y se funden con tu cuerpo, con tu corazón, formando una simbiosis entre relato y lector, entre él y tú. Unión en la que se difuminan las fronteras y distancias entre ficción y no ficción, entre su creación y tu recreación. Lo escrito solo existe si es leído. Y lo leído se convierte en parte de tu realidad al hacer sentir y emocionarte. No podrás dejar de pensar en ello no solo hasta que llegues a su fin, sino hasta que tras este, su recuerdo se difumine.

El latido de tu corazón al albor de los ritmos musicales (Nat King Cole, Duke Ellington, Talking Heads, Mozart, Schubert, Haendel) delatará el intenso magnetismo y la magia emocional con el que vivirás la vida de Hajime así como tu papel en la misma.  

(imagen tomada de amazon.es)