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“La gata sobre el tejado de zinc caliente” de Tennessee Williams

No solo una de las grandes obras del teatro americano y del siglo XX, sino de la literatura universal de todos los tiempos. Las múltiples caras de sus protagonistas, la profundidad de los asuntos personales y prejuicios sociales tratados, la fluidez de sus diálogos y la precisión con que cuanto se plantea, converge y se transforma, hace que nos sintamos ante una vivencia tan intensa y catártica como la marcada huella emocional que nos deja.

Este texto es el sumun de la escritura dramática. Está tan bien construido que hace del espectador alguien similar a Alicia a través del espejo, deja de ser testigo de la vida de otros para verse inmerso en el ojo del huracán que surge en la convergencia de todos ellos. ¿Cómo respondería si estuviera escuchando en su propia casa lo que acontece esa noche estival en la de los Pollitt? ¿Cómo se sentiría si su pareja, hermano, cuñada, padre o suegra le dijera las mismas cosas que se escuchan en esta celebración de cumpleaños? Lo que Tennesse Williams consigue va más allá de los mecanismos de identificación y proyección psicológica en que se basa la ficción. Su habilidad es tan fina, sutil y certera que es imposible no colocarse en el lugar de cada uno de los personajes y sentir cómo se enfrentan en su interior a la verdad de sus emociones, las pulsiones de sus anhelos y las exigencias de sus coordenadas y aspiraciones sociales.  

El autor de El zoo de cristal (1944) y La rosa tatuada (1951) entra a toda velocidad con una exposición de conflicto y diferencias, un torrente de queja y actitud de enfrentamiento, una manifestación de diferencias y una inequívoca intención de distorsión, a la par que de absoluta verdad, cueste lo que cueste, desde la primera línea. Pero lo envuelve en sensualidad y sinuosidad, en tranquilidad y sosiego. Dejando el margen suficiente para que la tormenta meteorológica que acabará formándose, sea simultánea a la individual que vivirá cada personaje, a la reservada de cada pareja y a la grupal de todos los miembros de esta familia. Lo íntimo se hará privado para pasar después a conocido, pero esquivado para, finalmente, más que público, ser manoseado con desdén hasta vulgarizarlo y vilipendiarlo con mala fe y peores intenciones.

El choque de trenes es provocado cuando confluyen la insatisfacción sexual de los jóvenes y apuestos Maggie y Brick, con la sombra del alcoholismo y la supuesta homosexualidad de él, y el nerviosismo hereditario generada por la situación médica del patriarca de la familia, con la sentencia nunca pronunciada de que no considera a sus dos hijos como sucesores. La vivencia de cada situación y el diferente conocimiento de unos y otros al respecto disparan sus suposiciones, teorías e imaginación dando pie a una tensión brutal. Un desasosiego que se convierte en un aire cada vez más denso y opresor que pone a prueba la fuerza, la inteligencia, la astucia y la moral de todos los presentes.

La inteligencia de Williams es tal que consigue desplegar con total libertad temas prohibidos en la ultra conservadora América de los 50 como la infidelidad, el deseo sexual femenino y la mencionada homosexualidad. Y lo hace enmarcándolos con absoluta naturalidad entre asuntos sí aceptados a ser expuestos y comentados, como la heroicidad de aquel que se hacía profesional y materialmente a sí mismo (la épica de la conquista del sueño americano), las luchas dinásticas, las envidias y los desprecios según los parámetros de clase social a los que se pertenece o aspira, o la exigencia de la maternidad como vía de realización de toda mujer casada.

Como extra, señalar que la edición que he leído (Penguin Classics, 2001) del ganador del Premio Pulitzer de Teatro de 1955, cuenta con dos versiones del tercer acto. La que escribió inicialmente Tennessee y la que reelaboró siguiendo los consejos de Elia Kazan, quien se encargaría de dirigir su puesta en escena en su estreno en Broadway. La primera es como un disparo a sangre fría, un pura sangre que lleva hasta sus últimas consecuencias las actitudes mostradas y los enfrentamientos expuestos anteriormente. La segunda no cambia el derrotero de los acontecimientos, pero tiene en cuenta al espectador que estará en el patio de butacas y propone una mayor entrada y salida de personajes del escenario para, de esta manera, acrecentar la sensación de zozobra que genera esta inolvidable experiencia.

La gata sobre el tejado de zinc caliente, Tennessee Williams, 1955, Penguin Classics.

Tennessee Williams que estás en los cielos

Tan irónico, ácido, sarcástico, descarado y deslenguado como intenso, profundo, inteligente y fascinante. Así es este relato autobiográfico, como así debía ser el protagonista de estas memorias. Un hombre tan atractivo y sugerente como los personajes de sus textos, tan hipnótico como las obras que han hecho de él un maestro del teatro y la literatura del s. XX.

TW_Memorias

Como dice en sus primeras páginas, Tennessee Williams se comprometió en 1972 a escribir sus “Memorias” por dinero, pero ya puestos a ello, decidió hacerlo bien, dando rienda suelta, (durante los tres años que le llevó el proyecto) a su creatividad literaria. Y se nota que disfrutó poniendo en negro sobre blanco anécdotas, reflexiones y vivencias del ámbito familiar, social y profesional. Probablemente no lo muestre todo, pero no hay faceta de su vida –amor, sexo, amistad, trabajo,…- en la que no nos deje ver con su ágil pluma, su verbo recurrente y su espléndida prosa cómo se relacionaba y el espacio que en todas ellas ocupaban la soledad infinita, el dolor y la angustia que a todas partes le acompañaban.

            “Mi mayor aflicción y quizás el tema principal de cuanto he escrito: la aflicción de una soledad que me persigue como una sombra, una sombra agobiante, demasiado pesada para arrastrarla de continuo a lo largo de días y noches”.

De familia con aires nobiliarios –nada menos que del Reino de Navarra- y pretensiones  políticas venida a menos, Thomas Lanier Williams III (1911-1983) vivió la vida al máximo desde que fuera un niño. Siendo adolescente tuvo la oportunidad de viajar por Europa, donde tuvo sus primeras crisis de ansiedad que se resolvieron felizmente por episodios místicos, sin ser él especialmente creyente. Con el tiempo intentaría resolver estas situaciones con alcohol y somníferos de todo tipo, hasta que llegó el momento de pasar una temporada en una institución psiquiátrica. Pudo haber algo de genética familiar – su hermana Rose se pasó más de media vida bajo tratamiento- pero tal y como cuenta, el carrusel de la crítica y de la aceptación del público al que debían someterse sus obras, así como el paso previo de dar con la combinación correcta de actores, directores y productores, le tuvo siempre al borde de la histeria.

Lo suyo fue una continua necesidad de escribir, esa era su manera de ser libre, de sentirse vivo. Su manera de comenzar cada día era ponerse manos a la obra frente a la máquina de escribir y dejar que fluyeran poemas, cuentos, novelas y textos teatrales que tanta gloria, fama y reconocimiento le dieron. Pero de por medio, siempre con quebraderos de cabeza en una mente capaz de hilar tan fino como para crear los geniales universos de “El zoo de cristal” o “Un tranvía llamado deseo”, pero al tiempo, incapaz de soportar una palabra en contra o la media hora de espera en que tardaban en conocerse la opinión de los críticos que habían asistido a la representación la noche del estreno.

Siempre exudando deseo como manera de ocultar su petición a gritos –como los de “De repente, el último verano”- de sentirse amado y valorado. Viviendo su sexualidad sin pudor ni prejuicio alguno, tras unos intentos de heterosexualidad en su más pronta juventud, a lo largo de toda su vida, practicando una transparencia y naturalidad que muchos llamarían entonces exhibicionismo. Y aun así, hubo espacio y tiempo para el compromiso y para construir relaciones más o menos duraderas. Coordenadas en las que Mr. Williams y sus diversas parejas y amantes también tuvieron ocasión de vivir como propias las circunstancias y escenas que incluía en sus obras (he ahí “La gata sobre el tejado de zinc caliente”): gritos, portazos, abandonos, amenazas, llantos, lamentos en público, visitas de la policía, noches en el calabozo,…

Por las páginas de estas memorias desfilan muchos de los nombres del cine, el teatro o la literatura con los que a lo largo de su carrera se cruzó Tennessee. Sobre todos ellos tiene algo que decir y que contar, aplicando ironía y sarcasmo de la misma manera que admiración y reconocimiento según de quien se trate. Las noches locas que vivió con su admirada Anna Magnani en su adorada Roma (la ciudad de sus sueños), la honda impresión que le produjo Marlon Brando al conocerle, la conexión que con su Frankie –con el que compartió catorce años- tuvo Vivien Leigh, su amistad y relación profesional durante décadas con Elia Kazan, o momentos de lo más variopinto con autores como Gore Vidal o Thornton Wilder o políticos como Fidel Castro o JFK.

De San Luis a Nueva York pasando por Chicago, La Habana, México, Los Angeles, París, Londres, Bangkok y multitud de lugares como los que encierran títulos como “Out cry”, “Dulce pájaro de juventud”, “La noche de la iguana”, “Camino real” o “La primavera romana de la señora Stone”, la vida, obra y persona de Tennessee Williams es un experiencia total que contada por él resulta de lo más apasionante, vibrante y estimulante.