Vivir “Sin amor” es brutal

Un hombre y una mujer que ni se quieren ni se respetan. Un padre y una madre que no ejercen. Dos personas que no cumplen los compromisos que asumieron en su pasado. Y entre ellos un niño negado, silenciado y despreciado. Una desoladora cinta sobre la frialdad humana, un sobresaliente retrato de las alienantes consecuencias que pueden tener la negación de las emociones y la incapacidad de sentir.

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Lo que comienza siendo un drama costumbrista, la resolución de un matrimonio en el que no queda rastro alguno de la supuesta felicidad que un día debió existir, deriva en un sorprendente thriller sobre la búsqueda de un niño en paradero desconocido en una gran ciudad rusa. Paradójicamente, éste se hace más protagonista cuando deja de estar presente. Cuando la realidad ofrece a sus padres lo que ellos querían, que desapareciera de sus vidas, estas comienzan forzosamente a girar en torno a él. Pero no con el equilibrio de un sistema heliocéntrico, sino con la ansiedad de verse absorbidos por el vacío de un desconcertante agujero negro.

Uno de los aciertos de Sin amor es explicitar únicamente las motivaciones y comportamientos de los dos divorciantes. A los espectadores no se nos revela nada que vaya más allá de Zhenya y Boris, compartimos los mismos límites y alcances que ellos, los de su egoísmo. Pero mientras que la ya ex pareja lo vive con la arrogancia de la exigencia, nosotros lo hacemos con el encorsetamiento de la imposición. Ella se mueve entre la evasión de las redes sociales y el hedonismo de su cuerpo, él va de la estabilidad laboral a la satisfacción de sus necesidades –alimento, entretenimiento y sexo- en ese emplazamiento al que por inercia llamamos hogar o residencia familiar. Un rotundo materialismo con el Andrey Zvyagintsev ofrece una cruda visión de nuestra realidad, un mundo en el que parecemos más seres vivos, animales, que seres humanos, personas. Una intriga existencial que se une a la del misterio de no saber qué ha ocurrido con el pequeño Alyosha.

Una elaborada alegoría que se manifiesta con una gélida narrativa audiovisual conformada por una serie de elementos aparentemente anodinos, ambientales, pero que uno a uno se van apoderando del espectador hasta dejarle paralizado, abandonado y a merced de la invisible crueldad de los elementos.

El hieratismo de los planos generales que recogen la arquitectura soviética de grandes bloques geométricos y sin detalle estético alguno. El débil pulso cardíaco de la época invernal en que se suceden los acontecimientos. La dureza gestual que imprimen a sus personajes Maryana Spivak y Aleksey Rozin se extiende al resto de papeles en todo momento. La secuencia en que visitan a la madre de ella y el viaje de vuelta son de una dureza extrema por la asustante normalidad con que se la viven sus participantes. La nula conexión con la realidad del ruido mediático (corrupción, guerra de Ucrania,…) que suena de fondo en algunas secuencias. El milimétrico orden y distribución, pero sin belleza alguna, de los espacios concurridos.

Por último, destacar los pausados movimientos de cámara con los que acaban determinados planos generales y los acordes de una banda sonora que no pretenden mostrar o ambientar sino apelar a la angustia que sentimos, diciéndonos también que llevamos dentro de nosotros la capacidad de causarla.

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