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10 películas de 2018

Cine español, francés, ruso, islandés, polaco, alemán, americano…, cintas con premios y reconocimientos,… éxitos de taquilla unas y desapercibidas otras,… mucho drama y acción, reivindicación política, algo de amor y un poco de comedia,…

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120 pulsaciones por minuto. Autenticidad, emoción y veracidad en cada fotograma hasta conformar una completa visión del activismo de Act Up París en 1990. Desde sus objetivos y manera de funcionar y trabajar hasta las realidades y dramas individuales de las personas que formaban la organización. Un logrado y emocionante retrato de los inicios de la historia de la lucha contra el sida con un mensaje muy bien expuesto que deja claro que la amenaza aún sigue vigente en todos sus frentes.

Call me by your name. El calor del verano, la fuerza del sol, el tacto de la luz, el alivio del agua fresca. La belleza de la Italia de postal, la esencia y la verdad de lo rural, la rotundidad del clasicismo y la perfección de sus formas. El mandato de la piel, la búsqueda de las miradas y el corazón que les sigue. Deseo, sonrisas, ganas, suspiros. La excitación de los sentidos, el poder de los sabores, los olores y el tacto.

Sin amor. Un hombre y una mujer que ni se quieren ni se respetan. Un padre y una madre que no ejercen. Dos personas que no cumplen los compromisos que asumieron en su pasado. Y entre ellos un niño negado, silenciado y despreciado. Una desoladora cinta sobre la frialdad humana, un sobresaliente retrato de las alienantes consecuencias que pueden tener la negación de las emociones y la incapacidad de sentir.

Yo, Tonya. Entrevistas en escenarios de estampados imposibles a personajes de lo más peculiar, vulgares incluso. Recreaciones que rescatan las hombreras de los 70, los colores estridentes de los 80 y los peinados desfasados de los 90,… Un biopic en forma de reality, con una excepcional dirección, que se debate entre la hipérbole y la acidez para revelar la falsedad y manipulación del sueño americano.

Heartstone, corazones de piedra. Con mucha sensibilidad y respetando el ritmo que tienen los acontecimientos que narra, esta película nos cuenta que no podemos esconder ni camuflar quiénes somos. Menos aun cuando se vive en un entorno tan apegado al discurrir de la naturaleza como es el norte de Islandia. Un hermoso retrato sobre el descubrimiento personal, el conflicto social cuando no se cumplen las etiquetas y la búsqueda de luz entre ambos frentes.

Custodia compartida. El hijo menor de edad como campo de batalla del divorcio de sus padres, como objeto sobre el que decide la justicia y queda a merced de sus decisiones. Hora y media de sobriedad y contención, entre el drama y el thriller, con un soberbio manejo del tiempo y una inteligente tensión que nos contagia el continuo estado de alerta en que viven sus protagonistas.

El capitán. Una cinta en un crudo y expresivo blanco y negro que deja a un lado el basado en hechos reales para adentrarse en la interrogante de hasta dónde pueden llevarnos el instinto de supervivencia y la vorágine animal de la guerra. La sobriedad de su fotografía y la dureza de su dirección construyen un relato árido y áspero sobre esa línea roja en que el alma y el corazón del hombre pierden todo rastro y señal de humanidad.

El reino. Ricardo Sorogoyen pisa el pedal del thriller y la intriga aún más fuerte de lo que lo hiciera en Que Dios nos perdone en una ficción plagada de guiños a la actualidad política y mediática más reciente. Un guión al que no le sobra ni le falta nada, unos actores siempre fantásticos con un Antonio de la Torre memorable, y una dirección con sello propio dan como resultado una cinta que seguro estará en todas las listas de lo mejor de 2018.

Cold war. El amor y el desamor en blanco y negro. Estético como una ilustración, irradiando belleza con su expresividad, con sus muchos matices de gris, sus claroscuros y sus zonas de luz brillante y de negra oscuridad. Un mapa de quince años que va desde Polonia hasta Berlín, París y Splitz en un intenso, seductor e impactante recorrido emocional en el que la música aporta la identidad del folklore nacional, la sensualidad del jazz y la locura del rock’n’roll.

Quién te cantará. Un misterio redondo en una historia circular que cuando vuelve a su punto inicial ha crecido, se ha hecho grande gracias a un guión perfecto, una puesta en escena precisa y unas actrices que están inmensas. Una cinta que evoca a algunos de los grandes nombres de la historia del cine pero que resulta auténtica por la fuerza, la seducción y la hipnosis de sus imágenes, sus diálogos y sus silencios.

“Quién te cantará”, quién te atrapará

Un misterio redondo en una historia circular que cuando vuelve a su punto inicial ha crecido, se ha hecho grande gracias a un guión perfecto, una puesta en escena precisa y unas actrices que están inmensas. Una cinta que evoca a algunos de los grandes nombres de la historia del cine pero que resulta auténtica por la fuerza, la seducción y la hipnosis de sus imágenes, sus diálogos y sus silencios.  

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Carlos Vermut ha escrito y dirigido una historia que te lleva muy lejos para poderte dar las respuestas que demandan las oscuridades con que se inicia. Un viaje impulsado por la necesidad de tomar distancia para ser capaz de volver a poner orden y luz en una realidad que expulsó de sus coordenadas a sus protagonistas. Una endiablada intersección de rutas en la que se cruzan una mujer que por culpa de una amnesia accidental no sabe quién es y otra que no quiere ser quien es, acompañadas a su vez por otras dos con personalidades confusas y supeditadas a una complementariedad nada equilibrada con cada una de ellas.

Una búsqueda de la identidad y un anhelo de equilibrio interior que contrasta profundamente con la exquisita formalidad visual en cuanto a composición, luz y la combinación de quietud y movimiento con que se suceden las secuencias, haciendo aún más patente la brecha existencial de sus personajes. No hay un solo momento, un solo fotograma que no sea hipnótico, que te haga no solo mirar con los ojos, sino también con el alma, con el corazón, haciéndote ir más allá de lo visible. Un logro con el que Vermut se coloca a la altura de los grandes del cine.

Las miradas al mar y los cuerpos femeninos en simbiosis espiritual con las olas evocan a la Kim Novak del Vértigo de Hitchcok. El juego de espejos entre Lila y Violeta, la artista que no recuerda ni a su persona ni a su personaje y la fan que un día soñó con verse sobre un escenario, resulta análogo a los expuestos por David Lynch en muchas de sus películas. Al igual que sucede con las escenas de karaoke que protagoniza una inmensa Eva Llorach y la impactante dualidad que muestra Natalia de Molina cada vez que aparece.

En el caso de Najwa Nimri, no es solo su perturbadora interpretación, sino también su inquietante caracterización –peinado, maquillaje y vestuario- lo que hace de ella y de su Lila un ser que podría haber vivido anteriormente en alguno de los mundos paralelos a la realidad de Stanley Kubrick. Pero lo que hace grande a Quien te cantará es que Vermut no los copia ni los homenajea, sino que construye su propio relato.

Una olla a presión en forma de congoja a vital que se traslada al espectador haciendo que este salga de la proyección con la misma sensación que transmite Lila/Nimri cuando recostada en un sillón y con la voz quebrada dice desde que me desperté en el hospital, siento un ritmo todo el tiempo, es una canción lejana que retumba en todas las cosas. Quiero cantarla pero no puedo. Solo la siento. ¿Puedes tú? Porque a mí me va a reventar por dentro. Así es como se cierra el círculo de Quién te cantará, habiéndote encerrado en el fluir de su historia tras atraparte con la melodía y las letras de su música.

“Operación UNCLE”, gamberradas y seducción con el sello Guy Ritchie

De Berlín a Roma, pasando de la estética sombría de la Alemania del Este al esplendor del diseño italiano en una fantástica ambientación años 60. Apuestos masculinos y elegantes femeninas como protagonistas destilando todos ellos sensualidad a raudales. Diálogos frescos, chistes ingeniosos y acción non-stop con el endiablado y frenético montaje habitual de Guy Ritchie.

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La división del mundo occidental entre bloque capitalista y comunista dio para mucho en la imaginación de ambos lados durante la guerra fría. Del cerebro de imaginativos guionistas surgieron ficciones con personajes cuya función era salvar la integridad de su bando de los ataques con intención finalista del contrario. Pero podía ocurrir que el mal fuera tan grande que obligara a que americanos y soviéticos (que para algo eran los líderes) se tuvieran que unir para hacer frente a una amenaza mayor. Eso es lo que dio pie en 1964 a la serie de televisión “The man from U.N.C.L.E.” y cuya trama principal ha llevado ahora Guy Ritchie al cine.

Desde los títulos de crédito iniciales queda claro que la ambientación va a tener un aire retro con el que se va a saber jugar de manera divertida a la par que elegante. La combinación de fotografía, vestuario y escenarios hace de cada plano un perfecto anuncio publicitario de moda de los años 60. La estética neutra, oscura y mate de la Alemania del Este es el anticipo del estallido de luz y color de la Roma en la que sus proporciones clásicas y decoración barroca dejan hueco al diseño italiano que se ha convertido desde entonces en una de las marcas de identidad tanto de la ciudad como del país. Y con todo esto, director de fotografía y montador se unen para hacer de cada encuadre una viñeta y del total de “Operación U.N.C.L.E.” algo parecido a un cómic filmado que nos engancha tanto por su esteticismo como por su ritmo sin tregua.

“Operación U.N.C.L.E.” alterna secuencias de acción y encuentros entre personajes para darnos a conocer tanto la trama como sus personalidades y habilidades. Todo ello con buenas dosis de humor, sarcástico y gamberro unas veces, ligero y atrevido otras. La combinación de ambos discursos –con un fantástico uso de la música en todo momento- es el que hace que esta historia enganche. Quizás el único momento en que decae es cuando el argumento se centra en avanzar tan solo con velocidad y montaje a ritmo de vértigo y deja a un lado su hasta entonces constante fina ironía. Afortunadamente es solo un momento, y únicamente un bajón del que se recupera.

Y como estrellas de todo, de las persecuciones y las luchas, los diálogos ingeniosos y las situaciones divertidas, dos tíos guapos con un físico escultórico, sin necesidad de mostrar nada, una percha impresionante y una presencia rotunda. Henry Cavill haciendo que la cámara se rinda a sus pies cada vez que medio sonríe, le basta con apenas insinuar la sonrisa, y otro tanto cuando Armie Hammer la mira directamente. El contrapunto entre ellos dos, y para disolver la tensión homoerótica a que quizás hubieran dado pie a solas, están Alicia Vikander y Elizabeth Debicki, aportando al duelo masculino, picardía y sensualidad femenina.

Toda serie de televisión después de un exitoso capítulo piloto da pie a una primera temporada. Esperemos que la taquilla emita la misma señal e igual que sucedió con “Sherlock Holmes”, Guy Ritchie repita nueva entrega de las hazañas a realizar conjuntamente entre estos agentes tan secretos como convincentes y atractivos.

“Musarañas”

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La película arranca con una banda sonora (Joan Valent) y unos títulos de crédito (Barfutura) que resultan hipnóticos, recordando lejanamente al trabajo que Bernard Herrmann y Saul Bass realizaron para el “Vertigo” de Alfred Hitchcock. Será una de las muchas referencias a títulos y autores que nos han sobrecogido, asustado y angustiado desde la pantalla en muchas ocasiones. Todas ellas elegidas con precisión, homenajeando –que no copiando- a través de una exquisita reelaboración artesanal a títulos como “Los otros”, “Carrie”, “El resplandor” o “Misery”, y tras ellos a escritores como Stephen King y Henry James. El resultado es una factura técnica excelente en términos de fotografía, efectos especiales, maquillaje, vestuario, decorados,…

Un puzzle de piezas que nos lleva hasta la católicamente retrógrada España de los años 50, conservadora, castrante y claustrofóbica. El espíritu de una época, recalcitrante y oscura, soberbiamente encarnado por Macarena Gómez. Ella misma se convierte en el reflejo de una época y una atmósfera que interpreta con una desbordante expresividad y riqueza gestual en sus ojos, sus manos, sus andares,… La capacidad interpretativa de su lenguaje no verbal resulta tan fascinante como admirable, digno de ser considerado como uno de los mejores trabajos actorales de los últimos tiempos. Junto a ella, Nadia de Santiago y Luis Tosar, su hermana y su padre en la ficción, se hacen dueños de la cámara causando entre los espectadores pupilas dilatadas, bocas abiertas y manos que se agarran a la butaca.

Por detrás de ellos una historia con buenos personajes y una correcta trama principal con apoyos secundarios, pero que se queda corta para llegar a ser un largometraje de 90 minutos. Queda compensado con la resuelta producción y los excelentes trabajos actorales que en algunos momentos constituyen por sí mismos el elemento central de la película, haciendo de esta más que una narración, una construcción estética. Entre unos y otros quedan momentos de hipérbole que son lo que hacen que la película no decaiga y que en su conjunto acabe dejándonos la impresión de que “Musarañas” es un buen trabajo cinematográfico. Se nota la pasión de sus directores, Esteban Roel y Juan Fernando Andrés, y su deseo por hacer disfrutar, a la par que sufrir, a sus espectadores.

Musarañas

I´m so excited… San Francisco

… and I just can´t hide it, la letra de The Pointer Sisters no podría ser más apropiada para este momento. Con la misma intensidad en cuanto a ilusión y ganas de la primera vez, aunque en esta ocasión no sea el atractivo de lo desconocido lo que me atraiga sino el hecho de haberme situado por cuarta vez durante unos días en una ciudad que recuerdo por la alegría y naturalidad que transmiten sus habitantes, la espontaneidad y el modo easy going en que parece desarrollarse la cotidianeidad de esta ciudad.

Recuerdo la primera vez que llegué en 2001 cuando la familia me estaban esperando en la misma puerta de desembarque del avión. La primera visión de la ciudad iluminada por la noche mirando por la ventanilla del coche mientras atravesábamos el Bay Bridge camino de la zona este de la bahía. Nunca antes había circulado por una creación humana semejante, toda ella de hierro y con dos niveles, el de arriba para salir de la ciudad y el inferior para entrar en ella.

Más allá la ciudad de Oakland, de la que lo único que he visitado es su estadio de beisbol, el Oakland-Alameda County Coliseum en el que durante varias horas vi jugar al equipo local, los Athletics. Más que un partido, aquello me pareció un pasatiempo social, comiendo, bebiendo, compartiendo tiempo en familia, viendo como de vez en cuando un jugador bateaba y otros corrían o amagaban con hacerlo,… Allí estrené mi primera cámara réflex, tiempos en que el carrete que hubieras introducido te marcaba el ISO con el que tendrías que resolver las tomas hasta llegar a la número 36.

Al día siguiente visitar por primera vez la ciudad, esa que por sí mismo tiene nombre de película, San Francisco. Salir del cercanías, el BART (Bay Area Rapid Transport), en la estación del Financial District, y el asombro, ¡qué edificios tan altos! ¡Nunca antes había visto nada semejante! ¡Auténticos rascacielos! “Lucas, pero si esto no es nada, ¡son de juguete comparados con los de Nueva York!”, me dijeron. Ocho años después comprobaría que así es, pero la primera impresión es la que produce la magia de las sensaciones interiores. Un barrio lleno de gente trajeada, muchos caminando a zancadas, llevando en una mano zumos o cafés en vasos de plástico y en la otra sus maletines. Un barrio que se vaciaba a las cinco de la tarde convirtiéndose en zona fantasma, inhumana, escenario de película de terror cuando la niebla se filtraba desde las alturas entre las cuadriculas de su callejero de este a oeste y bajando hasta posarse en la tierra.

Mar de nubes

Muchos días es imposible ver por culpa de ellas el icónico Golden Gate Bridge, genialidad de la ingeniería y de la mente humana, toneladas y toneladas de hierro para salvar los más de tres kilómetros que separan a la ciudad de la tierra firme del lado norte de la bahía. Acercarse a él es recordar ese momento en que Alfred Hitchcock situó a James Stewart con Kim Novak al pie del agua con el fondo del puente dando misterio cinematográfico a su “Vértigo”. Desde ahí subir por el bosque de eucaliptos hasta alcanzar el punto de arranque del puente y cruzarlo, andar sobre él. Un largo paseo ondulante, porque este puente se mueve, vibra con el continuo tráfico que transcurre sobre él constantemente, se balancea con el ritmo del aire, en modo brisa o viento, según el momento meteorológico. Y desde el otro lado, cazadora bien abrochada (¡qué frío puede llegar a hacer hasta en verano!) esa vista tan maravillosa, el corazón de la bahía que envuelve a la ciudad por su lados norte y este (del oeste es dueño el Océano Pacífico). El azul intenso del agua surcado por barcos de vela, contrastado por el liviano del cielo en los días despejados. Después el verde, la frondosidad del bosque ya comentado y el parque de Presidio haciendo que esta zona que es ciudad, no sea urbanidad sino naturaleza en estado controlado. Más allá la isla-prisión de Alcatraz, la leyenda de Al Capone y de la mafia y los tiempos de la ley seca. Una demostración de cómo hacer historia hasta del pasado menos glorioso y de paso aplicarle el más estricto capitalismo convirtiéndolo en una de las mayores atracciones turísticas. Sí, yo también la he visitado.

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Otra manera fantástica de llegar a San Francisco es en ferry. Lo hice en varias ocasiones en 2001 y 2002, un autobús me llevaba desde Benicia hasta Vallejo y desde allí disfrutaba de una hora de trayecto. Un recorrido compartido con muchos trabajadores, pero que para mí resultaba como un minicrucero. La bruma matinal, la magnitud del transbordador, el espectáculo del agua sin dejar de divisar tierra en ningún instante, la insinuación de la ciudad que poco a poco se va formando hasta completar una imagen de postal cuando apenas quedan unos minutos para atracar y poner punto final al trayecto en Embarcadero. Una vez en tierra, recuerdo caminar siguiendo la línea de la bahía en dirección este pasando por distintos muelles. En uno de ellos visitando un submarino de la II Guerra Mundial, ¡cómo podrían pasar tantos meses en un espacio tan pequeño, reducido y claustrofóbico! Más allá el señalado en todas las guías, el Pier 39, el turismo convertido en parque temático. Y aun así hay momento para la sorpresa, los leones marinos que junto a él residen, de tosa e inmensa apariencia, comunicándose con unos sonidos que no acierto a describir pero que me provocan sonrisa al recordarlos. Más allá queda Ghirardelli Square, llamada así por el hombre que trajo el chocolate a esta ciudad a mediados del siglo XIX. En algún sitio he leído que fue uno de los primeros lugares del mundo donde este se comenzó a comercializar en tabletas para que los habitantes de entonces se lo llevaran como alimento a las minas de oro que por aquellos entonces existían en California o a las obras de construcción de líneas ferroviarias que unirían la costa oeste desde Seattle hasta San Diego, así como desde Oakland hacia el interior del país en dirección Chicago.

Cuestas, cuestas, y más cuestas

¡Qué ejercicio de piernas supone caminar por esta ciudad! He hecho cuesta arriba varias colinas, como las que que se ven en “La Roca” o “¿Qué me pasa, doctor?” ¡Hay momentos en que casi debes caminar de puntillas porque si posas todo el pie te da la sensación de que te puedes ir abajo! Merece la pena cuando llegas arriba y ves la vista hacia la bahía. Como la de calle Lombard con su espectáculo de carretera sinuosa y jardines con flores de múltiples colores. O subir hasta la Coit Tower en Telegraph Hill, ya sea desde el barrio italiano como por la escalera que nace en la Levis Square –sí, en honor al señor que inició la comercialización de los famosos pantalones vaqueros. Una vez dentro disfrutar de sus murales a la manera de Diego Rivera y coger el ascensor hasta su mirador, y otra vez disfrutar de la vista de los grandes edificios. Aquí el protagonista es el Transamerica pyramid, blanco y en forma de pirámide, utilizado en las imágenes de series de televisión como “Embrujadas” para señalar que están ambientadas en esta ciudad de amaneceres y atardeceres dorados. Pero quizás haya otro punto aún más reconocido visualmente en San Francisco, son las casas de Pacific Heights o las victorianas de Alamo Square. Son lugares familiares, vistos en pantalla grande o pequeña tantas veces que consideras parte de tu iconografía personal. “Tengo tantos buenos recuerdos de sitios en los que no he estado”, escuché estos días de un residente de la ciudad.

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El tranvía es la opción de evitar el ejercicio de alto rendimiento en la zona más turística, espectáculo fotográfico incluido ver cómo da la vuelta por tracción humana en el cruce de Market con Powell. Desde ahí puedes hacer el recorrido más famoso en su vagón sin ventanas y con asientos de madera, o incluso en su parte posterior para simular que vas colgado tal y como se ve en las películas.

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Para no volver al Pier 39, puedes quedarte en el número 1100 de California St y visitar St. Grace Cathedral, una réplica a escala de Nôtre Dame de Paris, con una capilla decorada por Keith Haring en los primeros años 80 en honor a los fallecidos por el sida y en los muros de su nave sur los frescos recordando los esfuerzos de los bomberos intentando apagar los fuegos que destruyeron la ciudad tras el famoso terremoto de 1906. Y para recordar incendios, nada como visitar el hall del “Hyatt Regency Hotel” y contemplar los ascensores en que intentaban escapar de la tragedia los personajes de “El coloso en llamas”.

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Ciudad de derechos

Dicen que dentro de EE.UU. San Francisco es una ciudad “europea”, quizás por detalles como la flota de tranvías traídas en su día desde Milán o Zurich que se pueden ver en Market St, la amplia avenida que cruza en diagonal toda la ciudad marcando dos zonas, la rica, comercial y visitada al norte y la más residencial, anónima y marginal –según zonas- al sur. Europea quizás también por detalles como el casi centenario edificio del Ayuntamiento que recuerda a los Inválidos de París, edificio al que se puede entrar y rememorar como llegó a aquel lugar en la década de los 70 del siglo XX Harvey Milk, el primer concejal abiertamente gay en la ciudad y una de las figuras de referencia en la lucha contra la discriminación por algo tan personal e íntimo como es sentir y vivir una orientación sexual no heterosexual. Ironía que esto pasara en un emplazamiento que está junto a la plaza de la Declaración de los Derechos Humanos, llamada así porque fue en esta ciudad donde se firmó el documento previo que dio pie a estos el 26 de junio de 1945.

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El tranvía F te lleva hasta el Castro, el famoso barrio gay de la ciudad, icónico emplazamiento homosexual con la bandera arcoíris siempre ondeando y el teatro del mismo nombre. En este cine de toda la vida hoy se reponen clásicos o se organizan pases sing-a-long de películas de ayer y de hoy como “Sonrisas y lágrimas” (“The sound of music” aquí) o la reciente “Frozen” de Disney.  A su lado el bar Twin Peaks, el primer lugar de ocio gay en la historia de la ciudad con ventanas hacia el exterior, allá por 1972. Y unas calle más atrás, en Church St.,  Aardvark Books una librería de segunda mano que supone una delicia para la vista, el corazón y el tacto dactilar al pasar las páginas de los volúmenes que en ella puedes encontrar. Por ella he pasado cada vez que he visitado San Francisco, y en ella descubrí a Randy Shilts, el periodista del San Francisco Chronicle que narró brillantemente los inicios y primeros años del sida en “And the band played on”, y a Terrence McNally, genial dramaturgo con títulos como “Love! Valour! And compassion!” o “Frankie and Johnny in the clair of moon”, ambos también tiernas películas.

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¿Es el Castro un barrio gay? Sí, ¿es solo eso? No, es más que eso. Es lo que transmite San Francisco, un punto en el mapa donde puedes ser lo que quieras ser, puedes ser tú mismo, vivir tal y como sientes sin ser juzgado por ello ni marcado por los estereotipos ni predicamentos ni etiquetas sociales. Una ciudad en la que conviven múltiples culturas y bilingüismos, idiomas traídos de otras naciones originando otras tantas versiones del idioma inglés enriquecido con los acentos de aquellos que allí llegaron recientemente, hace un tiempo, o generaciones atrás. Así es por ejemplo cerca del Castro, el Mission District, barrio plagado de mexicanos, pero también de guatemaltecos, peruanos, nicaragüenses u hondureños. Comunicarse en español, o quizás en spanglish, en las calles de este barrio es de lo más cotidiano. Dejarse llevar por estas calles es comer en sus taquerías burritos, quesadillas, fajitas o frijoles o disfrutar de los murales al aire libre -¡el ayer y hoy del streetart!- en calles como la 18th, la 24th o el Collin Alley.

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Tales of the city 

Desde aquí abajo puedes mirar hacia el oeste y si la niebla no ha acampado sobre Twin Peaks decidirte a subir a esta colina (¡otra más!). Quizás el mejor punto para en los días despejados disfrutar de unas vistas espectaculares, únicas. La ciudad entera extendida a tus pies, con Market St como línea diagonal que llega hasta el agua en Embarcadero. A tu derecha quedará el Bay Bridge y barrios como Noe Valley o Potrero Hill, a tu izquierda el Golden Gate Bridge y la zonas de Haight Ashbury (el barrio del haz el amor y no la guerra de los años 60 cuando se cantaba “If you’re going to San Francisco be sure to wear some flowers in your heir”) y Corona Heights.

Lugares en los que puedes imaginar a los personajes de “Tales of the city” del novelista Armistead Maupin, la fantástica serie de novelas –hasta seis- que recoge las alegrías y tristezas, sueños y decepciones, de varios personajes que en sus diálogos e historias encarnan la esencia de sonrisa, ganas e ilusión que despierta San Francisco. Una recomendación con la que cerrar este post y con la que prolongar o revivir las sensaciones que produce esta ciudad. No hay dos sin tres, aunque en mi caso quizás deba decir que no hay cuatro sin cinco, ¡ojalá!