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“Amadeus” de Peter Shaffer

Antes que la famosa y oscarizada película de Milos Forman (1984) fue este texto estrenado en Londres en 1979. Una obra genial en la que su autor sintetiza la vida y obra de Mozart, transmite el papel que la música tenía en la Europa de aquel momento y lo envuelve en una ficción tan ambiciosa en su planteamiento como maestra en su desarrollo y genial en su ejecución.

Amadeus es más que un biopic teatral de Mozart (1719 – 1787), es también el relato de los efectos que sobre este tiene el ser el campo de batalla en el que se vive la guerra que Antonio Salieri (1750 – 1825) le declara a Dios al no verse dotado de los dones y gracias sí concedidos a su contemporáneo. Una leyenda en torno a la cual Shaffer fantasea trasladándonos a la Viena de 1823 y a la de la década de 1780 para dejar que Salieri nos cuente directamente -intercalando el monólogo con las escenas recordadas/dialogadas- sin recato alguno el relato de cómo conoció y quedó deslumbrado una y otra vez por un genio al que no solo envidió, sino que odió haciendo todo lo posible por perjudicarle en lo profesional y hundirle en lo personal.

Así, y recorriendo los principales hitos de la carrera artística del de Salzburgo (conciertos, cuartetos y óperas como Las bodas de Fígaro, La flauta mágica o Don Juan), el músico italiano va hilvanando los momentos en que las trayectorias de los dos confluían. Una evolución en la que cruzan de continuo lo creativo (la manera de trabajar y las fuentes de inspiración), lo artístico (los lugares de representación) y la respuesta (el aplauso y la mofa) que ambos recibían tanto del aparato de la corte imperial como del público en general. Incomprensión, distancia y denostación en el caso del autor de uno de los Requiem más famosos de la historia, y alabanzas, reconocimiento y progreso en el del llegado desde una pequeña localidad de la República de Venecia.

Una progresión paralela al profundo y fino retrato psicológico que realiza de la personalidad y la manera de relacionarse con el mundo de ambos, confrontando la imagen que cada uno tenía de sí mismo (sentirse un genio vs. saber que no se es) y el conflicto interior que vivían como consecuencia de lo que su entorno les devolvía.

Un proceso, a su vez, apoyado en una serie de secundarios de los que su creador se sirve para introducir los elementos que marcan la evolución de los acontecimientos. Unos reales (como la mujer de Mozart, el Emperador y algunos miembros de círculo más cercano) y otros que como bufones actúan a modo de miembros de un coro de la comedia griega dando datos que nos sitúan geográfica, temporal o referencialmente (valgan como ejemplo las menciones a Rossini, Bach y Beethoven). Unos y otros sirven como soporte para un in crescendo en el que la combinación de drama y comedia inicial va evolucionando hasta convertirse en una tragedia cuya tensión escala hasta una doble eclosión final.

Señalar la cantidad de anotaciones que incluye la edición que he leído (Penguin Books, 1981) sobre iluminación, escenografía, proyecciones, vestuario, música (indicando el momento exacto de las piezas indicadas a escuchar) y movimientos de actores que Peter Shaffer toma del primer montaje que de Amadeus se hizo en Nueva York en diciembre de 1980. Recursos que consiguen poner de relieve la concepción, relación e interactuación de los distintos planos de acción y mensaje de un texto que resulta tan sólido y redondo como el silencio que queda en el ambiente tras la interpretación de la última nota de muchas de las partituras de Wolfgang Amadeus Mozart.

Amadeus, Peter Shaffer, 1979, Penguin Books.

“Instrumental”, la verdad de James Rhodes

La verdad, toda la verdad y nada más que la verdad sobre las consecuencias de por vida de los abusos sexuales a los niños y el poder de la música, el arte y la cultura en el desarrollo, crecimiento y equilibrio interior de toda persona. James Rhodes disecciona con una absoluta, cruda y fría asertividad su pasado y presente para mostrar quién y cómo es en sus múltiples facetas (padre, esposo, amigo,…). Una narración que deja en estado de shock a su lector y un estilo que ojalá se prodigue mucho más a la hora de tratar el delicado asunto que tratan estas memorias.

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El primer paso para sanar una herida que se ha ocultado durante mucho tiempo es reconocer su existencia. Después ponerse en manos de expertos que te ayuden a curarla, lo que probablemente conlleve un duro, largo y doloroso proceso. La última etapa será la de convivir con una cicatriz que resulta visible, compartiendo cuando sea necesario quién y cómo la causó. Ese complicado, arduo y costoso camino le llevó a James tres décadas de su vida, y como bien dice, nunca se acaba, siempre cabe la posibilidad de poder volver a revivir aquel infierno porque su semilla te acompaña por siempre dentro de ti.

Con un lenguaje claro, directo y coloquial, a la par que sobrio, preciso y acertado cuenta como en varias ocasiones casi le costó la vida tomar conciencia de qué adolescencia y adultez ha vivido por el hecho de haber sido violado una y otra vez desde los cinco hasta los diez años por uno de sus profesores. Las secuelas físicas –intervenciones quirúrgicas siendo ya adulto como consecuencia de las lesiones sufridas cuando su cuerpo aún no estaba formado-, psicológicas –inseguridad, obsesiones, aislamiento, desconfianza-  y psiquiátricas –toda forma de violencia contra sí mismo, drogas, alcohol, auto lesionamiento, intentos de suicidio,…, ingresos hospitalarios- le han acompañado cada día, hasta el punto de haber hecho de él poco más que un profundo minusválido emocional, un hombre que a duras penas podía relacionarse con su entorno  y establecer lazos afectivos sólidos y duraderos con aquellos que le rodeaban (padres, amigos, mujer, hijo,…).

Esto es lo que Rhodes cuenta con absoluta naturalidad, expone con rigor y comparte con honestidad en Instrumental. Unas memorias que tienen el objetivo de dar un relato auténtico y sincero y, sobre todo, objetivo, de lo que sufre una persona a la que en su infancia violaron. Porque el término exacto es este, no es el de “abusado” ni “acosado”. Con él, como con muchos otros, fueron más allá. Y ante esta barbarie la sociedad –tanto en su conjunto como cada uno de nosotros si somos testigos de ello- no puede dejar que sea el tiempo el que todo lo cure o sentenciar con ligereza que aquello fue algo ya pasado y que hay que mirar hacia delante.

Su propuesta es sencilla y sin opción a alternativas. El primer paso es dar visibilidad a los hechos, encerrar en prisión a los pedófilos y, lo que es más importante, atender a sus víctimas. No solo para que no se sientan culpables ni causantes de lo que les ocurrió sino para que, lo que es más arduo y difícil, puedan reconstruirse psicológica y emocionalmente, ser capaces de volver a ser una persona completa como lo eran hasta aquel día en que en su interior se alejaron de sí mismos como consecuencia de la violencia y la crueldad, tanto física como psicológica, que les estaban infligiendo.

James no contó con un entorno que le ayudara en esta labor. Tardó más de dos décadas en verbalizar lo que le sucedió y una más en conseguir su equilibrio interior. Tiempo en el que si algo le mantuvo vivo fue la música en su versión más pura y auténtica, la clásica. Un arte que, gracias a todas las sensaciones que le causaba (tanto escuchando como tocando), le sugirió y le motivó para seguir adelante. Quizás fue el refugio que encontró para sobrevivir, quizás fuera la vocación con la que nació, pero sea cual sea la razón, es el medio a través del cual ha hecho su camino y encontrado su sitio personal y profesional en el mundo.

Este es el segundo hilo argumental de Instrumental, y aunque quede como secundario ante la hondura del primero, resulta tan interesante y aleccionador como aquel por lo que revela y ejemplifica. La expresión y la creatividad son dos dimensiones del ser humano a las que se puede acceder a través del lenguaje de la música. Sin embargo, el sistema educativo público ni siquiera lo tiene en cuenta y James nunca tuvo la suerte ni la facilidad de practicarla más allá que de manera extraescolar en su infancia. A lo largo de su vida, la música iba y volvía hasta que entendió que el fin para el que había sido educado –terminar una carrera universitaria, encontrar un trabajo y ganar dinero- no era el suyo. Se focalizó entonces en el teclado y consiguió a base de empeño, persistencia y perseverancia que el piano fuera su medio de ganarse la vida.

Y si en el terreno formativo James Rhodes tuvo que labrarse su propia hoja de ruta, en el profesional no le fue diferente. A su juicio, el género clásico está hoy en día secuestrado por unos protocolos arcaicos, unos espectadores vetustos y unos sellos musicales que se niegan a innovar y a darle el aire fresco que demandan los nuevos públicos. Un muro al que ha declarado la guerra conversando desde el escenario con los asistentes a sus conciertos, criticando abiertamente a su establishment en los medios de comunicación y llevando a cabo sus propias propuestas para actualizar la imagen y el valor del género ante unas audiencias más amplias.

Valga como muestra de este último punto el sugerente prólogo con el que abre cada capítulo. En total veinte introducciones a otras tantas piezas maestras en las que da pinceladas sobre la vida y obra de sus autores (Beethoven, Bach, Mozart, Schubert,…), la intencionalidad de la partitura y lo que su conversión acústica le provoca a él. Toda una banda sonora que se puede escuchar en internet y que constituye el perfecto colofón, a la par que gran vehículo introductorio, a unas memorias que ojalá consigan su propósito de concienciarnos sobre algo que quizás no consigamos que deje de ocurrir, pero que sí podemos aliviar cuando suceda.