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“De puertas adentro” de Amalia Avia

La biografía de esta gran mujer de la pintura realista española de la segunda mitad del siglo XX transcurrió entre el Toledo rural y la urbanidad de Madrid. El primero fue el escenario de episodios familiares durante la etapa más oscura de la reciente historia española, la Guerra Civil y la dictadura, narrados con un estilo que resulta análogo a la intimidad, cotidianidad y detalle que transmiten sus lienzos. La capital es el lugar en el que desplegó su faceta creativa y la convirtió en su modo de ganarse la vida y en el hilo conductor de sus relaciones artísticas, profesionales y sociales.

Amalia nació en Santa Cruz de la Zarza, provincia de Toledo, en 1930. Falleció en Madrid 81 años después, en 2011. Fechas en las que vivió muy brevemente la II República, la guerra fratricida, el régimen de Franco, la transición y la consolidación democrática de España. Etapas que la dejaron marcada de distintas maneras, tal y como ella explica en estas memorias que más que un ensayo, son un recuerdo de todo lo vivido, dando por hecho de que en ello puede haber tanto de realidad como de reconstrucción de su memoria.

Sus páginas están divididas en dos grandes bloques. Una primera parte en la que elabora un sensible relato sobre cómo se vio transformada su vida con los trágicos acontecimientos de 1936. El asesinato de su padre por los defensores del régimen republicano trastocó el equilibrio de su familia e hizo que su madre se encerrara en su piso de Madrid con sus cinco hijos esperando a que acabara la contienda. La victoria del bando nacional, que recibieron con alegría, solo trajo consigo regresión y represión generando una sociedad oprimida, silenciosa y de formas ultra católicas bajo las que se crio en su pueblo natal.

Una época difícil que Avia narra transmitiendo con suma viveza las experiencias que tuvo a lo largo de este tiempo que comenzó siendo una niña educada en casa para posteriormente convertirse en una alumna interna en Madrid y ver cómo el transcurrir de los años la convertía en una joven alejada del casi único papel que la dictadura les permitía a las de su sexo, servir a los padres hasta hacerlo a un hombre que previamente se hubiera convertido en su esposo. Sin embargo, ella no siguió este guión y tras dejar definitivamente Santa Cruz, se convirtió en una mujer atípica para su tiempo, soltera, con coche y asistiendo a clases de dibujo en el Estudio Peña a la par que cuidaba de su madre.

Comenzó entonces a relacionarse con caballetes, lienzos y óleos, así como con otros compañeros dando inicio a una nueva vida en la que no solo sería feliz pintando, sino también sintiéndose plena a través de las amistades que fue haciendo (Antonio López, Julio López Hernández, Esperanza Parada,…), de la familia que formó junto al también pintor Lucio Muñoz y de los vínculos profesionales que adquirió con galerías como Biosca, Juana Mordó o Leandro Navarro.

Esta parte de De puertas adentro resulta ser menos literaria y más una crónica de episodios que van desde la década de los 50 hasta el final del siglo. Una colección de momentos y anécdotas en las que se combinan viajes (a Italia, Francia o Alemania), experiencias únicas como la residencia en Aránzazu mientras Lucio Muñoz realizaba el mural de su retablo, personas a las que conoció (Camilo José Cela, Felipe González,…) o el progresivo éxito que fueron teniendo sus exposiciones al tiempo que la sociedad española pasó de reivindicar sus necesidades a reconstruir la democracia y modernizar posteriormente el país.

De puertas adentro, Amalia Avia, 2004, Editorial Taurus.

“La casa de los pintores” de Rodrigo Muñoz Avia

Un ensayo doble. El de un testigo privilegiado de la trayectoria y evolución de dos de los artistas españoles más importantes de la segunda mitad del siglo XX, y el de uno de sus hijos, que creció, se educó y formó al abrigo de un padre y una madre afectivos, generosos y cuidadores de los suyos. Una simbiosis que tiene más de homenaje que de ensayo biográfico y que se disfruta gracias a su rítmica, clara y muy bien estructurada redacción.

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Lucio Muñoz era informalista, Amalia Muñoz realista. Aparentemente contrarios en lo pictórico, resultaron ser perfectamente complementarios en lo personal desde que se conocieron a principios de la década de 1950. Algo que se puede ver también en su obra si el espectador se libera de prejuicios estéticos y de la necesidad de etiquetas. Ambos enfocaban el trabajo artístico de manera distinta, con objetivos intelectuales y expresivos diferentes, pero tanto se entendían en el terreno humano que se comprometieron y crearon una familia.

Una unión que se mantuvo hasta el fallecimiento de ambos -1998 él, 2011 ella- y de la que nacieron cuatro hijos, el menor de los cuales, Rodrigo, se encarga desde entonces de gestionar su legado. Una labor que implica estar en contacto diario con lo que dejaron dicho a través de sus imágenes, creaciones tan fuertes y poderosas que siguen generando impacto, diálogo y recuerdo a pesar del tiempo transcurrido desde que fueron ideadas y materializadas. Un trabajo que supongo intensifica en Ricardo el recuerdo de quiénes fueron Amalia y Lucio y de lo que compartió con ellos. Padres guía primero, adultos espejo después y mayores de los que estar pendiente en la última etapa.

Artistas, cónyuges, padres, todos esos planos y facetas de vida de Lucio y Amalia son los que Rodrigo expone en La casa de los pintores. Una propuesta cronológica que se va enriqueciendo no solo con el paso de los años, sino también con la capacidad de observación, hondura analítica y participación activa que pone en práctica en ese universo familiar el pequeño de los Muñoz Avia. Un relato cuyo valor está en su posición privilegiada como testigo continuo de la introspección del proceso creativo de sus mayores y de la intimidad que crearon, alimentaron y mantuvieron tanto entre ellos como con sus hijos y su círculo más cercano.

El reparto de roles en los asuntos de familia y los códigos con que se comunicaban. Las rutinas que seguían en su día a día y la organización espacial y logística de la residencia en la que vivían y trabajaban. Los escritores y los compositores a los que acudían para evadirse o estimularse intelectualmente. Los amigos con los que compartían comidas y sobremesas. Su respuesta ante los acontecimientos políticos de los que fueron testigo. La excitación generada por la preparación y recepción de cada exposición. Los asuntos que les llamaban la atención y los detalles que tenían en cuenta a la hora de crear.

Un punto de vista subjetivo, y como tal, editado por la memoria y la pátina que el tiempo deja sobre los recuerdos. Un relato afectivo y agradecido de un hijo, pero también una narración de gran interés por lo que tiene de privado, exclusivo y complementario a lo que se puede encontrar tanto en las hemerotecas como en las secciones de historia, crítica y teoría del arte de cualquier biblioteca.

La casa de los pintores, Rodrigo Muñoz Avia, 2019, Alfaguara.