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“Moby Dick”, la obsesión de José María Pou

La lucha del hombre contra la ballena blanca deja las páginas de la novela de Herman Melville para convertirse en una representación teatral en la que el animal no es más que la excusa para dar rienda suelta a las obsesiones y los delirios de aquel que se siente por encima de los demás. José María Pou es ese actor inmenso que, apoyado en una buena escenografía y una excelente iluminación, hace de la proa de su nave y de su viaje por los océanos un recorrido por la miseria interior del capitán Ahab.

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El Pequod surca los mares haciendo de la pesca de ballenas su medio de vida. Sin embargo, este viaje no tiene ese fin. Poco a poco su tripulación –representada por el étnico Queequeg y el occidental Ismael- se dará cuenta de que el propósito de su capitán no tiene fines económicos y laborales. La suya es una misión personal en la que ellos no son más que piezas instrumentales que él necesita para saldar la deuda que cada día le recuerda su pierna ortopédica, acabar con la vida del animal que casi terminó con la suya tiempo atrás.

Un deseo de venganza sustentada en una rabia apenas contenida y un desprecio absoluto hacia todo lo que no se someta a su absolutismo que el rostro de José María Pou transmite con una árida agresividad que convierte su piel, su mirada y su apostura física en una efigie de la obsesión y en una paradójica construcción del vicio de la tozudez, aquella que combina la inteligencia con la necedad.

La escenografía simulando las distintas partes de la superficie de un barco está perfectamente integrada con las proyecciones en las que se aúna, en una lograda simbiosis, la inmensidad y los distintos comportamientos del agua. Un todo escénico que hace que cuanto ocurre transmita una sensación de dinamismo y desconcierto que angustia doblemente. Por no saber el rumbo hacia el que nos dirigimos ni qué nos exigirá el capricho y la cerrazón de Ahab para conseguir su objetivo. Dos de los motores de esta odisea puesta en pie gracias a una excelente iluminación con la que Andrés Lima transmite tanto acción como estados de ánimo y de un texto que lo mismo convierte a sus intérpretes en personajes que en narradores que sintetizan lo publicado por Herman Melville en 1851.

Una enriquecedora visión con varios puntos de vista sobre lo que ocurre y cómo se percibe y vive desde dentro que permite, a su vez, que Jacob Torres y Oscar Kapoya demuestren su talento. Además de realizar un notable trabajo actoral, ellos son los encargados con sus ágiles y coordinados movimientos de integrar en el relato teatral los cambios escénicos que nos llevan desde el Cabo Cod en EE.UU. a la Polinesia pasando por el Cabo de Buena Esperanza y el Mar de la China.

Meses condensados en noventa minutos en los que las largas jornadas de navegación se ven interrumpidas por intensas tormentas. Tiempo en el que el vacío de la soledad del capitán Ahab queda alterado por la necesidad enfermiza de enfrentamiento que le imprime Pou, convirtiéndose esta en excitación y derroche máximo de adrenalina cuando por fin comienza la batalla.

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Moby Dick, en el Teatro La Latina (Madrid).

“Jurassic world”, la naturaleza es más sabia que el hombre.

Y por eso los dinosaurios son capaces de escaparse de la zona donde les tenemos confinados, desencadenándose entonces el caos. Son inclusos más entretenidos que nosotros ya que los momentos en que el cuarto título de la saga engancha es cuando ellos están en pantalla. Cuando no, este título para adolescentes y mayores fans de la película de Spielberg, se cae.

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Hace ya más de dos décadas que el inicio de esta saga reventó las taquillas de medio mundo y activó nuestra imaginación suponiendo que con la manipulación genética podríamos hacer cuanto quisiéramos no solo para el progreso de la ciencia, sino también para nuestro divertimento y el enriquecimiento de aquellos que se dedicaran al negocio de los parques temáticos. Y no aprendemos, nos creemos que lo sabemos todo, pero al final los bichos gigantes acaban siendo más listos que nosotros y nos demuestran que el espíritu de la naturaleza está por encima de todo.

Así es como este mundo jurásico hecho presente y circunscrito a la isla Nublar (¿por qué en pantalla simulan que es Costa Rica cuando todos sabemos que está rodada en Hawaii?) pasa de una feliz tranquilidad al estado de máxima ansiedad que traen consigo las películas de catástrofes. Todo ello mediante un derroche de efectos digitales (ya no son especiales) que llegan a cotas hasta ahora nunca imaginadas. Curiosamente la primera película en la historia del cine que incluyó secuencias rodadas digitalmente fue el “Parque Jurásico” de 1993. Y si no fuera por los logros que permite la tecnología a la hora de crear espacios imaginarios y habitarlos con seres que obligarían a ampliar la enciclopedia británica, podríamos decir que los guionistas se han limitado a hacer un remake light de la historia a la que dio pie el best-seller literario de Michael Crichton.

En cuanto al argumento, le sucede como a la vida de los que visitan o trabajan en este parque, que resulta bastante anodina. Un par de hermanos a través de los cuales descubrir la fortaleza de los lazos fraternales, y una mujer y un hombre que encarnan el “los que se pelean, se desean”, aunque sin llegar a una tácita tensión sexual, a fin de cuentas estamos en un título para todos los públicos. Para completar el universo humano, científicos sin límites éticos, empresarios sin conciencia e inversores llenos de codicia. Gente que aburre cuando ejercen de protagonistas, que intentan el humor con escaso éxito, pero necesarios para dar entrada en escena a los que todos estamos deseando ver, a los dinosaurios.

Y en esta proyección que bien podría haberse titulado “Parque Jurásico 4” vamos a más. Las estrellas de la película son más grandes, más diversos (por tierra, mar y aire), más específicos, están más tiempo en pantalla, con más registros, no solo más listos, sino más inteligente, hasta con capacidad de comunicarse entre ellos y con nosotros.  Su ritmo marca el nuestro: las visiones panorámicas, las carreras aceleradas, las apariciones inesperadas que nos asustan,  las luchas violentas llenas de épica. Y a su servicio todo el equipo técnico: montaje, fotografía, sonido, escenografía,… A ellos es a los que verdaderamente les debemos dar la enhorabuena y las gracias por mostrarnos los logros que son capaces de conseguir. Ahora solo queda que la próxima ocasión trabajen al servicio de una historia que sea la que verdaderamente nos haga vibrar y que pretenda sacar más ingresos en taquilla que por venta de merchandising.

“Mad max: furia en la carretera” y en la pantalla

Hay puestas al día con sentido. George Miller retoma su historia de 1979 y actualiza el relato de entonces con creativas escenografías, un montaje frenético y una completa sobredosis de efectos visuales. Un conjunto que funciona y entretiene.

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Más que una nueva versión, el nuevo Mad Max puede que sea la verdadera película que el señor Miller hubiera querido rodar tres décadas atrás. Quizás entonces ni el presupuesto ni los avances técnicos de la industria audiovisual permitían conseguir el prodigio de velocidad, ritmo y adrenalina con que nos sorprende hoy. También es cierto que aunque tenga sus similitudes, la historia no es la misma, por lo que más bien debamos decir que estamos ante un nuevo título, el cuarto, de la saga que hizo estrella a Mel Gibson.

El mundo del futuro que se nos presenta en 2015 es tan árido, salvaje y caníbal como el de aquella película que puso en el mapa cinematográfico al director que después lidiaría con Cher, Susan Sarandon y Michelle Pfeiffer en “Las brujas de Eastwick” (1987) o que revolucionaría el cine infantil haciendo que “Babe: el cerdito valiente” obtuviera hasta siete nominaciones a los Oscar de 1996, incluyendo entre ellas las categorías de película y de dirección. El tiempo pasa y George Miller saca el máximo partido a las posibilidades técnicas de hoy haciendo que las carreras y las persecuciones no se observen desde la butaca, sino que se vivan dentro de la pantalla sintiéndonos rodar, conducir, chocar o saltar por los aires a la velocidad del rayo como lo hacen los vehículos en ella. Ahí es donde este Mad Max es donde da en el clavo haciendo de cada acelerón un frenesí  que te deja sin aliento y te maravilla ante la coreografía que encuadres, iluminaciones, actores, escenografías y demás elementos técnicos y creativos ejecutan a la perfección.

En escenarios desérticos de ciencia ficción el guapo Tom Hardy y la bella Charlize Theron –se ponga como se ponga, ella resulta siempre hermosa- son los últimos esbozos de humanidad y valentía que quedan en ese lugar de deformes y animales en el que parece que nos convertiremos. Ellos son el conato de argumento que tiene esta cinta, su huida es la disculpa para provocar la carrera bélica que se desata para devolverles a sus papeles como seres funcionales -bolsa de sangre él, reproductora ella- de un lugar donde la propiedad más preciada es el agua.

Hay película mientras hay carrera, pero casi deja de haberla cuando paran. Entonces los diálogos –nada elaborado, frases de sujeto, verbo y predicado- pretenden hacer de Max y Furiosa personajes con una trascendencia de la que realmente carecen. No dejan de ser dos seres –y dos actores con una sobresaliente fotogenia- que confluyen de manera desconfiada, a los que la necesidad les lleva a aliarse hasta ver que pueden confiar el uno en el otro. Y en uno de los pocos rasgos sexuales del film, él acaba siendo el hombre protector que defiende y protege a la mujer herida y con un punto de debilidad que es ella. Quizás sea este el instante en el que George Miller cae en los convencionalismos y pierde por un momento, pero solo uno, el horizonte de una creativa ciencia ficción al que nos lleva en un viaje de acción trepidante.