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“La España vacía” de Sergio del Molino

No es solo una descripción de la inmensidad del territorio nacional actualmente despoblado o apenas urbanizado, “Viaje por un país que nunca fue” es también un análisis de los antecedentes de esta situación. De la manera que lo han vivido sus residentes y cómo se les ha tratado desde los centros de poder, y retratado en medios como el cine o la literatura. Un ensayo bien fundamentado y redactado con una prosa lírica y narrativa a la par.

Todos tenemos un pasado y la mayoría de nosotros en las coordenadas vacías que en sus primeras páginas Sergio deja perfectamente definidas con cifras, delimitaciones geográficas y marcos temporales. En mi caso, padres, abuelos y generaciones previas que nacieron en pueblos -de Salamanca y Zamora- y en los que pasé los veranos y navidades de mi niñez. He escuchado en muchas ocasiones el relato de cómo en los años 60 los míos emigraron -primero a Madrid y luego a Bilbao- para evitar la dureza de dedicarse a la manualidad de la agricultura y la ganadería en lugares con infraestructuras mínimas y viviendas rústicas alejadas de los estándares de bienestar.

Ahora, cuando vuelvo esporádicamente a aquellos lugares -a entierros y a visitar al último familiar que aún reside allí- siento que Dios Le Guarde y Figueruela de Arriba no resistieron, que aunque aún mantienen algunas casas en pie y han visto levantar contadas segundas residencias, son coordenadas lánguidas prestas a desaparecer.

Ha sido algo más que el desarrollo industrial de las últimas décadas lo que ha acabado con muchas localidades y dejado a los que allí nacieron y se criaron sin los cimientos de su identidad. Un pasado al que los que aún perviven y sus descendientes miran con una subjetividad excesivamente simplificadora. Ya sea mitificando, ya ahondando en la senda de maledicencia que muchos trazaron con anterioridad. La España vacia nos cuenta en su muy bien hilvanado y ordenado discurso que esto no es algo nuevo, sino que se remonta a mucho tiempo atrás, a siglos incluso.

Un territorio, un país dentro del país, formado por todo lo que no sea la cordillera cantábrica y el litoral mediterráneo y atlántico. Una basta extensión heterogénea, siempre escasa de medios y a la merced de los extremos de su clima continental, considerada únicamente como fuente de recursos por la oligarquía gubernamental y económica, por aquellos que se concentraban en sus pocas urbes (principalmente, Madrid). De ahí que sus habitantes se hayan visto forzados a subsistir, a no poder permitirse el ejercicio visionario de cómo progresar, sido etiquetados desde la lejanía con crueldad y superioridad por unos y viendo su realidad manipulada por otros con intereses ni siquiera complementarios a los suyos.

Tanto que ya no se sabe lo que es historia, leyendo, mito o farsa sin más. He ahí Cervantes y su retrato caricaturesco de La Mancha en las andanzas del Quijote, el romanticismo de las leyendas de Bécquer ambientadas en la comarca del Moncayo, el tremendismo de la mirada buñuelesca de Las Hurdes, la fanfarronería del discurso nacionalcatólico a propósito de las esencias de lo español o el cruel tratamiento mediático de sucesos, aun en nuestra memoria, como los asesinatos de Puerto Hurraco.

Cierto es que ha habido movimientos políticos -como el carlismo, aunque en su caso por descarte-, grandes pensadores -como Azorín, Machado o Unamuno, por convicción- y literatos más recientes -Delibes, Cela Julio Llamazares, con su habilidad para hacer crítica sin incomodar- que han ensalzado los modos y maneras de las gentes que vivían rodeadas de los paisajes que hoy reivindicamos desde el capitalismo turístico, el oportunismo partidista y la utopía digital. Pero no dejan de ser una gota de valorización en un océano de descuido, materialismo y abandono de todo aquello que no otorgue beneficio directo y cortoplacista, tal y como manda el gobierno, la organización y la concepción de este país nuestro.

La España vacía, Sergio del Molino, 2016, Editorial Turner.

“Cómo acabar con la contracultura” de Jordi Costa

El tiempo transcurrido nos ha hecho creer que la movida madrileña fue el culmen de lo contestatario, la eclosión de la libertad creativa y el punto de inflexión entre un pensamiento subversivo, espontáneo y anárquico y una práctica artística organizada y apoyada socialmente. Sin embargo, la realidad es que esta no fue más que el fin de algo que comenzó años antes y que aún está por ser estudiado, valorado y reivindicado como merece.  

No se trata de culpar a los nombres que han perdurado -como el de Pedro Almodóvar-, sino de verlos con perspectiva y tener en cuenta que el hecho de que sigan estando vigentes es, en buena medida, porque supieron adaptarse a las exigencias de las nuevas coordenadas políticas y sociales que se instauraron en nuestras fronteras, tras la Transición, para dar una imagen de modernidad como parte de lo que hoy denominamos “marca país”. Pero antes estuvieron otros que materializaron sus impulsos creativos y expresivos sin contar con estructuras administrativas ni redes profesionales, sin más recursos que los propios y aquellos que encontraban en su entorno más inmediato.

Cineastas, dibujantes, músicos, escritores… que fueron creando nuevos formatos y contenidos como resultado de la evolución que experimentaba el país –cuya génesis cabe datar en los acuerdos firmados con EE.UU. en 1953-, de las influencias y ejemplos extranjeros -el boom del turismo en los 60 tuvo algo que ver en ello- y los desarrollos tecnológicos que abarataron y facilitaron tareas como el hacer cine (cámaras Super 8). Tiempo en el que tuvieron que vérselas con la censura y las muchas y arbitrarias trabas legislativas, judiciales y policiales que el régimen les ponía en su camino en forma de distribución limitada o hasta secuestro de sus creaciones, además de la posibilidad de multas económicas e, incluso, penas de cárcel.

Pero aun salvando las dificultades, no todo era fácil. Siempre podía ocurrir que el régimen se apropiara de su creación -como hicieron con los pintores informalistas o fallidamente con la Viridiana de Buñuel en el Festival de Cannes de 1961- para transmitir al mundo exterior una irreal imagen de aperturismo. O que sus coetáneos en el páramo intelectual que era el territorio estatal les acusaran de colaboracionistas, calificando sus transgresiones y descontextualizaciones como atentados contra los cimientos espirituales (es decir, religiosos) e identitarios del país (como la historia de amor entre una abertxale y un guardia civil que pretendía rodar Eloy de la Iglesia).

Jordi Costa recuerda muchos de aquellos cómics, carteles, canciones, conciertos, películas y actuaciones; analiza qué había en ellos de novedad y de diferente, el efecto que causaban y las fuentes de las que bebían; y visibiliza influencias y relaciones que quizás hoy nos parezcan banales o kitsch, pero que en aquel contexto de páramo cultural tuvieron una importancia casi vital. El único pero que se le puede hacer a Una historia subterránea de España es que tratando sobre temas tan sensoriales (música, imágenes fijas y en movimiento) su expresión sea únicamente la palabra escrita, lo que hace que te pierdas buena parte de lo que cuenta si no conoces los referentes mencionados o el buscador de internet no te los muestra en paralelo.

Cómo acabar con la contracultura, Jordi Costa, 2018, Editorial Taurus.

“Mil mamíferos ciegos” de Isabel González

El mundo visto desde el otro lado, desde dentro hacia fuera. Isabel González no describe lo que vemos, sino que cuenta cómo se formulan, viven y materializan las emociones y las sensaciones en la mente, el corazón y el cuerpo de Yago, Santi y Eva. Una historia inquietante y sugerente, hipnótica y desconcertante, kafkiana. Como si el David Lynch de “Twin Peaks” hubiera dejado la narración visual por la literaria y las imágenes de “El perro andaluz” de Buñuel y Dalí se transformaran en palabras.

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Una de las tramas de Mil mamíferos ciegos nos lleva a la naturaleza, a la profundidad de un bosque, como si pretendiera llevarnos a la génesis, al momento de la concepción. Instante en el que comienza la evolución y la formación de la persona, de sus creencias, deseos y metas. Pero en esta ocasión este no es un proceso social o tutelado, Yago marcha por decisión propia, y allí donde se refugia no es para retirarse con fines espirituales o anímicos sino para algo mucho más primario y sencillo, dedicarse tan solo a aquello para lo que se siente llamado, tallar troncos de árboles.

Una pulsión en la que la autora se sumerge para relatarnos cómo es el mundo y cómo se interactúa con él cuando se está en esas coordenadas que no se definen por el cuándo y el dónde, que es incluso más que un estado anímico y una actitud ante la vida. Una forma de mirar y de sentir materializada con una elaborada y meticulosa prosa a base de expresivas frases cortas que concatenan, como en un cuadro cubista, afirmaciones que se interrogan sobre el sentido de lo visto, impresiones sensoriales aun en estado puro y razonamientos producto de la experiencia de la soledad. Sentencias que se suceden porque no hay otra manera de ponerlas sobre el papel, pero que en el ambiente real desde el que nos son trasladadas se intuye que no son lineales, sino que resultan simultáneas.

Por su parte, en la ciudad en la que viven Yago y Eva, lo visceral, el mandato del hipotálamo, es diferente, adopta la forma de filia sexual. La obsesión del primero por los pies de la segunda hace que ella se sienta lejos de él, cosificada, en dimensiones diferentes y sin visos de diálogo. Una interlocución imposible porque él está siempre buscando el refugio, la grieta o la oscuridad en la que ocultarse, sea ya entre las piernas de ella, en el techo o en los lienzos que pinta.

Tanto una realidad como otra son relatadas a través de una serie de cuadros, escenas y secuencias con un profundo sentido audiovisual, generando con su ritmo una atmósfera envolvente más propia del discurso cinematográfico que del literario. La clave del estilo de Isabel González está en la perturbadora, poética –y por momentos psicodélica- experiencia que genera su lectura. Una sugerente y provocadora sucesión de imágenes que se superponen de manera hipnótica, con una lógica que poco a poco se deja descubrir y que hace que Mil mamíferos ciegos resulte un gran círculo temporal. Una línea sin principio ni final que une el presente como el pasado más cercano y el lejano, aquel que está, incluso, en las páginas anteriores a su inicio.

“El Surrealismo y el sueño”: el otro lado de la realidad

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Una categoría de la realidad, vivencias que interactúan y se relacionan con las experiencias y sensaciones que tenemos cuando estamos despiertos.  Así son los sueños vistos por el movimiento artístico del surrealismo según la muestra organizada por el Museo Thyssen-Bornemisza e inaugurada el pasado 8 de octubre.

En el mundo colectivo que se rige por el calendario, “El Surrealismo y el Sueño” estará expuesta hasta el 12 de enero de 2014, en el universo interior de cada uno de nosotros, ¿pervivirá su recuerdo? ¿Lo hará en nuestros sueños? Y si la recordamos en sueños, ¿la recordaremos con objetividad o con las sensaciones vividas al visitarla? ¿O con las emociones resultantes del diálogo de dicha vivencia con el bagaje de nuestro mundo interior? Preguntas que parafrasean algunas de las que plantea la exposición en sus ocho capítulos.

Suena a paradoja, los sueños son el colmo de la subjetividad, y la expresión artística otro tanto. Entonces, ¿es factible o tiene sentido hacer de “El surrealismo y el sueño” un relato objetivo?  Quizás la clave esté en hacer como proponía André Breton, viviendo y experimentando el recorrido formado por las 170 piezas de 47 autores –pintura, escultura, grabado, fotografía, videoinstalaciones- de la exposición desde el automatismo, entendido este como la emoción y las sensaciones que te provoque, manteniendo a  la razón en segundo plano. ¿Posible?

Imágenes icónicas

Dejar a un lado la realidad conocida por la vista y entrar en esa otra realidad que no es visible y expresarla como imágenes es la que dio su fuerza al surrealismo. La maestría técnica, la frescura de su juventud y el compromiso con el manifiesto surrealista de aquellos que lo firmaron (André Breton, Louis Aragon, Paul Eluard,…) y de los que se unieron en los años posteriores (Luis Buñuel, Salvador Dalí, Max Ernst, Yves Tanguy,…) dieron como resultado años de una prolífica actividad. Un frenesí creativo que constituía una actitud ante la vida y que llevó este lenguaje más allá de la comunidad artística, a una sociedad que en ese período de entreguerras buscaba construir un mundo nuevo sin ataduras a las normas y a las tradiciones habidas hasta entonces.

Si generalizamos, el impresionismo había representado el mundo tal y como lo vemos desde el prisma de la luz y de la cotidianeidad, el cubismo practicó lo intelectual integrando puntos de vista y el futurismo dio entidad artística a una nueva realidad tecnológica y a su efecto más claro –la velocidad – que se integraba en la cotidianeidad. Pero frente a estas génesis técnicas, el surrealismo se diferenció no en el lenguaje a utilizar, sino en el resultado que buscaba basado en una libre combinación de elementos y composiciones que es lo que le ha convertido en un lenguaje artístico perenne y tan actual y practicado hoy como entonces.

La prueba es que hoy nos sigue cautivando como el primer día la fuerza plástica de Salvador Dalí (“Sueño causado por el vuelo de una abeja alrededor de una granada un segundo antes de despertar”, 1944, Museo Thyssen), las múltiples lecturas de René Magritte (“El arte de la conversación”, 1963, Colección particular) o la narratividad de Paul Delvaux (“Mujer ante el espejo”, 1936, Museo Thyssen).

La vigilia, el yo y el infinito

Antes del sueño está la vigilia y antes del surrealismo estuvieron aquellos que rompieron con la estricta –y convencional- representación artística de la realidad despierta y decidieron dar un paso más allá. Se pasaron al otro lado, como Alicia en el país de las maravillas, y nos trajeron  personajes imposibles como vehículo para la sátira (J. J. Grandville), mundos imaginados con ingenuidad (Henri Rousseau), escenarios metafísicos donde los objetos tienen significados protagonistas por descubrir (Giorgio De Chirico) y personajes ensimismados sin coordenadas reales (Odile Redon).

El sueño como lugar en el que descubrir y conocer al “yo” era un campo ya abierto por Sigmund Freud en 1899 cuando publicó “La interpretación de los sueños”. Pero los surrealistas no se quedan ahí, y cuando formalizan su movimiento en 1924 con el “Manifiesto surrealista” no lo enfocan como un pozo de significados para entender la realidad de la persona, sino como una parte de su dimensión personal. El sueño nos da acceso a “más” de la persona, es como el método paranoico-crítico de Dalí, donde vemos una forma, si miramos, observaremos que hay mucho más. Para ello, debemos liberarnos de las guías preestablecidas de la razón, hacer del automatismo el motor de la creación. He ahí las esculturas de formas onduladas de Jean Arp o las composiciones figurativas en base a planos y líneas de Max Ernst o Joan Miró.

Lo onírico es un mundo de acceso a posibilidades infinitas, permite hacer tangibles conceptos etéreos como el alma (Angeles Santo), diluir a los personajes en su realidad (Victor Brauer) o integrarles en historias imposibles que combinan realidad con epopeyas literarias (Leonora Carrington).

La fotografía y el cine

El anhelo de registrar la realidad tal cual es, también la interior o soñada, tuvo en la fotografía su aliado como posibilidad técnica. En primer lugar fotografiando el propio acto del sueño. Aunque Brassaï no se sintiera surrealista, sus registros sociales a principios de la década de 1930 de ciudadanos que dormían en las calles llamaron la atención del movimiento por su carácter evocador. Igual sucedió con sus imágenes del París nocturno tamizado por la niebla y la atmósfera húmeda e iluminado por luces eléctricas. También buscaron el efecto surrealista de fotografiar el surrealismo, ese que logró Man Ray utilizando en la obra de Alberto Giacometti como objeto a fijar.

La fotografía ya tenía décadas de historia, lo que le permitía evolucionar no sólo técnicamente sino también expresivamente. Surgen así los fotomontajes. Estos fueron de gran valía para que los surrealistas crearan imágenes en las que descontextualizar las diferentes partes del cuerpo humano (Claude Cahun) o crear seres imposibles formados por una concha y una mano (Dora Maar). Parecido efecto tenían las series de escenas carentes de sentido lógico (racional) de Paul Nouge (“La subversión de las imágenes”) y Hans Bellmer (“Los juegos de la muñeca”).

Y como arte aún más joven, el cine era un campo de pruebas artísticas también trabajado por los surrealistas. Las posibilidades de la imagen en movimiento resultaron de gran valor puestas en práctica bajo el principio del automatismo. El resultado de la primera película surrealista, “Un perro andaluz” (1929, Luis Buñuel y Salvador Dalí) supuso otro salto adelante hacia el surrealismo no sólo como un lenguaje artístico, sino también como lenguaje popular. Posibilidad esta que tan astutamente explotaría en las décadas siguientes el de Figueras. Imágenes nunca antes utilizadas artísticamente, pero manejadas sin prejuicio alguno fueron la clave de su belleza hipnótica. Quien haya visto estos 17 minutos de cine mudo no puede olvidar las hormigas, el ojo cortado por la navaja de afeitar o ver a su protagonista tirar de un piano cargado con el cadáver de dos burros podridos y dos curas. Un efecto similar al de la posterior “La edad de oro”, otra obra maestra construida en base a las imágenes obsesivas del mundo interior del dúo Buñuel-Dalí.

Se integró el cine al lenguaje artístico y este se convirtió en un vehículo eficaz para recrear mundos oníricos por lo que hacer vagar al espectador tanto a lo largo de toda su duración (“Dreams that money can buy” , 1947, Hans Richter) como en fragmentos integrados dentro del conjunto de la película (“Recuerda”, 1945, Alfred Hitchcock con la colaboración de Salvador Dalí) o jugar a la ambigüedad de sueño y/o realidad (“El manuscrito de Zaragoza”, 1965, Wojciech Has),

Todo es posible

A la hora de entrar en el sueño y en el interior de la mente humana, el surrealismo lo hace con todas sus consecuencias. No sólo se buscan composiciones a las que se llega a través del lirismo o el esteticismo, también se crean imágenes que tienen como fuente creadora automática los conflictos internos (Antonin Artaud), las obsesiones (Jindrich Styrsky) o las concepciones políticas (André Masson).

Y si algo es totalmente libre en el mundo de los sueños, donde el hombre no lo controla sino que lo vive tal y como lo anhela al margen de convenciones, ese es el terreno del deseo sexual. La fantasía de encontrarle en “La alcoba” (Leonor Fini, 1942, Weinstein Gallery, San Francisco) de recorrer su cuerpo como si fuera un paisaje (Collage 355 de Karel Teige, 1948, Museum of Czech Literature, Praga), de poseerla como Guillermo Tell a Gradiva (Salvador Dalí, 1932, Fundación Gala-Salvador Dalí, Figueres) o de vivir las filias más particulares (“Emilie viene a mí en un sueño”, Jindrich Styrsky, 1933, UBU Gallery, EE.UU.)

El tejido de los sueños

A medida que la exposición avanza las preguntas se van haciendo más profundas, van más allá del dúo pregunta-respuesta para avanzar hacia la reflexión. ¿De qué están hechos los sueños?  ¿Qué pasa en ellos? ¿De dónde surgen los seres que nos encontramos en ellos y dónde están estos universos? Quizás sean escenarios sobre las que buscar para situarse (Kay Sage), ambientes mágicos (Remedios Varo), espacios infinitos (Yves Tanguy) o el magma del volcán de nuestra personalidad (Roberto Matta).

Los sueños son simples o complejos según sea quien los tenga, según sea el conjunto de todo él y no sólo su actitud ante ellos. El sueño en sí mismo tiene una lógica, ¿por qué si no los tenemos? ¿En qué medida es fiel la representación al sueño que evoca? ¿Podemos razonarlo o describirlo? ¿Nos ayudan sus títulos a adentrarnos en obras de Magritte como “El cabo de las tempestades” (1964, Museum voor Schone Kunsten, Amberes) o “La prueba del sueño” (1926, Museo del Territorio Biellese, Biella)? Él pensaba que sí, por eso no las titulaba hasta considerarlas acabadas.

Quizás igual que los surrealistas creaban bajo el automatismo, debemos observar su arte de la misma manera “automática” y no intentar razonarlo, sino vivirlo y experimentarlo, sentirlo y expresarlo con sensaciones y pulsiones interiores. Quizás entonces estemos teniendo un diálogo surrealista, ¿un diálogo de nuestros yoes interiores?

Dali

Site de “El surrealismo y el sueño” en la web del Museo Thyssen-Bornemisza

(Imágenes: fragmentos de “El arte de la conversación” de René Magritte y “Sueño causado por el vuelo de una abeja alrededor de una granada un segundo antes de despertar” de Salvador Dalí tomadas de la web del Museo Thyssen)