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“Eichmann en Jerusalén” de Hannah Arendt

También conocida como “La banalidad del mal”, esta obra disecciona los muchos factores que pueden permitir y hacer que un individuo colabore con el asesinato de miles de personas. Tras este detallado viaje sobre el comportamiento individual y social, su autora analiza algo no menos importante, los instrumentos judiciales con que contamos tanto para castigar a los culpables y de esa manera rehabilitar a sus víctimas, como para evitar que algo tan tremendo e imaginable como el Holocausto judío pueda volver a ocurrir.

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Quince años después de que acabara la II Guerra Mundial, los servicios secretos del joven estado de Israel capturaron en Argentina a Adolf Eichmann, teniente coronel de las SS al que presentaron ante la comunidad internacional como el responsable de la “solución final”. El plan nazi puesto en marcha en 1941 para acabar definitivamente con toda la población judía que aún vivía en los territorios de la vieja Europa sobre los que el régimen de Hitler extendía su dominio.

Además de para juzgar al supuesto criminal, el juicio fue planteado por las autoridades israelíes como una campaña de imagen cuyo principal objetivo era transmitir al mundo que el pueblo judío tenía derecho a defenderse por sí mismo del mal que le había sido infligido. Una puesta en escena y un discurso que, tal y como argumenta Hannah Arendt, tuvo muchas fisuras conceptuales, lo que hizo que este ensayo fuera muy contestado cuando se publicó en 1963 tras la ejecución de la sentencia.

En primer lugar Eichmann no fue ni el ideólogo ni el líder de la cadena de mando que llevó a la muerte, de manera aún más acelerada que en años anteriores, a muchos miles de personas. Según el trabajo de Arendt, él fue una pieza más de un engranaje administrativo inteligentemente burocratizado para que los encargados de formar parte de él no tuvieran, aparentemente, otra opción más que la de aceptar esta misión. Cuestión aparte es que en muchos casos realizaran tal tarea con agrado y con la convicción de estar haciendo lo correcto.

Una situación a la que no se llegó de un día para otro, sino que tuvo una preparación de casi una década en la que a la par que se desensibilizaba a la población local, se hostigaba a la judía despojándola de sus propiedades, expulsándola de sus hogares y haciendo que fueran ellos mismos –a través de los Consejos Judíos- los que determinaran quiénes podían salvarse a costa de señalar a aquellos que debían ser deportados a los campos de exterminio (eufemísticamente llamados “de reasentamiento”).

Recordar mecanismos de selección como este, las medidas antisemita adoptadas por  Eslovaquia, el planteamiento de su expulsión de Francia antes de la invasión nazi, o la ligereza con que el asunto se trató en la Alemania posterior a 1945, obviando casi lo que había sucedido en la década anterior, pusieron sobre la mesa cuestiones que no debían volver a ocurrir para una correcta convivencia entre personas, pueblos, culturas y naciones.

A propósito de esto Hannah Arendt dedica especial atención al papel que el Derecho y la administración de la Justicia deben desempeñar a la hora de establecer las líneas rojas en situaciones límite como un conflicto bélico, así como la manera de atender a las víctimas. Lo que ocurrió durante la II Guerra Mundial fue algo que no estaba tipificado y sobre lo que no había jurisprudencia, fue más allá de los crímenes de guerra y solo se podía concebir como un hecho delictivo contra el conjunto de la humanidad. El único referente anterior al paso por el tribunal de Eichmann eran los juicios de Nuremberg, en los que la necesidad de resarcir a los aún conmocionados por lo que habían tenido que pasar hizo que el proceso se llevara a cabo sin tener resueltas estas cuestiones formales.

Motivo este por el que la autora considera que Eichmann debiera haber sido juzgado por un tribunal internacional y no por el de un país que no solo se disponía a tratar asuntos ocurridos fuera de su territorio, sino que había capturado al acusado a miles de kilómetros de distancia. Hecho que ocurrió sin haber establecido ningún tipo de relación ni comunicación formal con las autoridades argentinas, lugar al que el ex oficial nazi –al igual que otros muchos compañeros de barbarie- había emigrado años después de finalizar su labor asesina.

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“Dispara, yo ya estoy muerto” de Julia Navarro

Un ambicioso recorrido que abarca desde las últimas décadas del siglo XIX hasta la actualidad. Un valiente objetivo como es el de pretender novelar la historia del pueblo judío, desde el destierro interno sufrido en las naciones en que vivían hasta la violenta formación y consolidación del estado de Israel. Una novela muy bien estructurada habitada por multitud de personajes a la que lo único que le falla es el tono monótono con que avanza su narrativa.

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Julia Navarro bucea en la Historia demostrando que las nociones que tenemos sobre muchos de sus grandes capítulos son, sino nulos, muy mínimos y que los juicios y sentencias que emitimos al respecto, tienen una base casi inexistente y que más nos valdría leer e informarnos antes de hablar de lo que no sabemos. También deja claro que la razón y la verdad nunca están de un único lado, pero que su materialización por la realidad hace que queden, tan injusta como inevitablemente, mal repartidas. Podría parecer que Navarro se posiciona del lado hebreo a la hora de relatar el conflicto palestino-israelí, sin embargo hay que apuntar que la puerta de entrada a la larga cronología de acontecimientos narrados son los encuentros entre la trabajadora de una ONG extranjera y un hombre judío. Ella aporta el punto de vista árabe que le ha sido relatado y él el judío, basado tanto en su experiencia como en la de su padre. Ese desnivel entre la tercera persona de ella y la experiencia directa de él es lo que puede causar esa falsa impresión.

Una ficción de casi mil páginas en la que se enhebran muy bien los acontecimientos históricos más importantes de la historia contemporánea de Occidente como es el ocaso de los zares seguido por la Revolución Rusa, la I Guerra Mundial y la caída del Imperio Otomano, el colonialismo británico y francés sobre aquellos territorios, hasta la II Guerra Mundial y su destrucción de media Europa. De esta manera conocemos no solo la génesis del estado de Israel y las motivaciones de sus ciudadanos para considerarlo su nación, sino también el punto de vista de aquellos que habitaban desde mucho tiempo antes esas tierras y que por no compartir la misma fé religiosa se vieron expulsados de ella. Una pequeña región de nuestro planeta árida, seca y difícil de cultivar en la que durante mucho tiempo se convivió pacífica y dialogadamente pero en la que una vez que comenzaron las reclamaciones políticas, paradójicamente surgieron las diferencias y las incompatibilidades en forma de confrontación, enemistad y violencia.

Un largo relato que toma como hilo conductor dos apellidos, los Zucker y los Ziad, de pensamiento socialista los primeros, tradicionales islamistas los segundos, y los hombres y mujeres que van conformando sus árboles genealógicos de generación en generación junto con los acontecimientos de toda clase que viven, desde los más íntimos e individuales, a los familiares y sociales hasta aquellos que les trascienden y les obligan a dirigirse hacia destinos por caminos que desearían no transitar. Quizás sea porque tan solo hay dos narradores en Dispara yo ya estoy muerto, pero choca el tono uniforme con que da la sensación que están contados todos sus pasajes, independientemente de quien los protagonice o la vivencia que se esté relatando. Ese es el punto que hace que lo que podría ser una enriquecedora novela se quede, que no es poco, en entretenida.

 

10 funciones teatrales de 2016

Obras representadas por primera vez y otras que ya han tenido varias temporadas a sus espaldas; textos actuales y clásicos; montajes convencionales e innovadores; autores españoles, ingleses, canadienses, italianos, argentinos,…

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Hamlet. Actores que hacen suya la fuerza de un texto considerado clave en la historia del teatro universal. Una puesta en escena que encadena escenas con una fluidez asombrosa. Un montaje que respeta lo escrito por Shakespeare, pero sabiéndole introducir momentos de modernidad que revelan tanto su atemporalidad como la grandeza de la dirección de Miguel del Arco.

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Home. Parecen inalcanzables cuando están sobre el escenario de un gran teatro, sin embargo, los bailarines de la Compañía Nacional de Danza resultan tan o más grandes, y su trabajo aún más bello, hipnótico y seductor cuando puede ser disfrutado en un reducido espacio como es el de La Pensión de las Pulgas. En su interior no existen distancias ni jerarquías entre intérpretes y espectadores y todos juntos se integran en este hermoso espectáculo.

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Tierra del fuego. Los conflictos –ideológicos, religiosos, nacionales,…- acaban muchas veces por convertirse en absurdos delirios de violencia en un intercambio continuo entre víctimas y verdugos de sus roles hasta llegar a una mortal simbiosis. Ese viaje de ida al odio y de vuelta al difícil intento de la empatía con el opuesto y la reconciliación con el vecino, es el que propone Claudio Tolcachir en un texto tan brutal como cruda su puesta en escena e interpretación.

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Cinco horas con Mario. Miguel Delibes fue un genial escritor, plasmaba la realidad y sus personajes en sus páginas con una naturalidad asombrosa, quedándose él en un segundo y discreto plano como narrador. Lola Herrera es inconmensurable, no hay papel que interprete que no haga que el público se ponga en pie para aplaudirla. La unión de ambos, hace ya 37 años, hizo que una de las mejores novelas de la literatura española se convirtiera en un montaje teatral en el que texto y actriz se entrelazan en una simbiosis que solo se puede definir como perfecta.

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El laberinto mágico. Impactante de principio a fin. Un texto que repasa perfectamente las mil caras que tuvo nuestra guerra civil desde el lado de los violentados y finalmente perdedores. Un compenetrado elenco actoral que da vida a esos compatriotas que se sentían nación y acabaron siendo miles de víctimas anónimas enterradas nadie sabe dónde. Un soberbio uso de un casi vacío espacio escénico que se convierte en todos los lugares en los que desarrolló la contienda, desde el frente y los despachos policiales a los dormitorios, los museos y los teatros.

Páncreas

Los desvaríos del veraneo. Un texto clásico hecho actual con elementos que le aportan ritmo, gracia y frescura. Una compenetración entre sus nueve intérpretes que consigue que todo cuanto sucede sobre el escenario esté lleno de vida, que sea fluido y espontáneo, como si no tuviera otra manera de ser. ¿Resultado? Un público entregado y dos horas de sonrisas, risas y carcajadas sin parar.

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Incendios. El pasado está ahí, pidiendo ser conocido y clamando convivir con nuestro presente. Mientras no le demos el tiempo y espacio que reclama, el futuro será imposible, no tendrá raíces ni base sobre la que crecer. Enfrentarse a él y bucear en sus entrañas puede llegar a ser un proceso difícil y complicado, lleno de momentos no solo amenazantes, sino de realidades desconocidas de gran crueldad. Un texto brutal y una eficaz puesta en escena con un reparto que se deja la piel sobre el escenario y en el que destaca por su maestría Nuria Espert.

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Reikiavik. Lo que sucedió, lo que vimos y lo que la leyenda posterior ha decidido que quede, auténtico o no, de todo aquello. Con la misma precisión del ajedrez, con la combinación de estrategia, dinamismo y paciencia que exige su juego, como con la pasión con que lo viven sus jugadores y aficionados, así fluye esta obra. Una ficción que condensa de manera ágil y precisa las múltiples facetas de aquella mítica partida, así como de su antes y después, entre Bobby Fischer y Boris Spasski en la capital islandesa en 1972. Así son este texto y su puesta en escena de Juan Mayorga.

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La función por hacer. El teatro dentro del teatro como si se tratara de una imagen reflejada en un sinfín de espejos. La diferencia entre la realidad y la representación, entre lo verdadero y lo verosímil. Personajes que dejan de ser arcilla moldeada por su autor y pasan a ser seres independientes, pero que aún están en busca de un público que les dé carta de identidad. Este es el interesante planteamiento y el estimulante juego de esta propuesta que resulta casi más una ceremonia de inmersión teatral que una función de arte dramático.

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Todo el tiempo del mundo. Un texto que es presente, pasado y futuro, capaz de condensar todo aquello que nos ha dado carta de identidad. Las personas que nos engendraron, las que nos acompañaron a lo largo de los años y las que prorrogarán nuestro legado. Los acontecimientos que nos hicieron ser quienes somos, los que siguen provocándonos una sonrisa y los que nos ponen los ojos vidriosos. Las ilusiones de un futuro que está por venir, que ya sucedió o que estamos viviendo. Haciéndonos reír, llorar y suspirar, Pablo Messiez y sus actores logran emocionarnos  de una manera delicada y cercana, como si estuvieran estrechando su mano con la nuestra, como si nos abrazaran.

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“Tierra del Fuego”, un lugar donde sanar las heridas

Los conflictos –ideológicos, religiosos, nacionales,…- acaban muchas veces por convertirse en absurdos delirios de violencia en un intercambio continuo entre víctimas y verdugos de sus roles hasta llegar a una mortal simbiosis. Ese viaje de ida al odio y de vuelta al difícil intento de la empatía con el opuesto y la reconciliación con el vecino, es el que propone Claudio Tolcachir en un texto tan brutal como cruda su puesta en escena e interpretación.

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Basta mover un pequeño elemento como una mesa sobre un escenario para entender lo que puede significar el cambio de lugar o la desaparición de una pieza cotidiana en nuestras vidas. Como ese momento en que de manera imprevista un puñado de balas acabaron con la persona que estaba sentada a tu lado en un azar que hizo que la asesinada fuera tu amiga en lugar de serlo tú. Una lotería en la que el elegido para disparar resultó ser aquel al que el dogmatismo y la manipulación le convencieron de que tanto él como su pueblo eran la verdadera víctima y de que apretando el gatillo tenía una posibilidad de resarcir a los suyos, de vencer y de glorificarse. Nadie le advirtió de que en el mundo real acabaría, probablemente de por vida, en prisión, donde décadas después recibiría la visita de aquella a quien truncó su biografía para preguntarle por qué.

Un lugar en el que suceden realidades como esta es Israel. Una tierra de fuego en la que judíos y palestinos conviven, se dan la espalda, desean confraternizar y se odian. Como ese territorio al sur de Argentina en el que el Océano Pacífico y el Atlántico se juntan, se tocan y se entremezclan hasta quedar unidos, sin saber cuál entra más en el terreno del otro y dónde se acaba esa unión para volver a ser uno solo, único, al lado, pero lejos del otro. Un país y una metáfora que quedan concentrados en su esencia en esta ficción con muchos elementos de realidad, en una recreación que tiene incluso más fuerza una vez acabada que durante su representación.

La puesta en escena que Mario Diament ha realizado de lo escrito por Claudio Tocalchir consigue el objetivo para el que parece estar pensada, llegar muy dentro de sus espectadores y fijar dentro de ellos la semilla y la conciencia de la esperanza y la destrucción. Ambas a la par. Viendo y escuchando lo que sucede sobre el escenario, ¿con qué nos quedamos? ¿Con la víscera de la venganza? ¿Con la redención del que reconoce que hizo mal? ¿Justificamos al herido? ¿Le encontramos explicación lógica al que es tan verdugo como víctima? ¿Nos quedamos únicamente con ellos? ¿Abrimos los ojos y atendemos al extenso territorio de violencia física y psicológica en el que habitan?

Apenas un muro, unas luces, unas sillas y un grupo de actores siempre presentes, sintetizan sin matiz condescendiente alguno este mundo de causa y efecto, origen y consecuencia con un mar de fondo de política, religión, mitología e historia en el que parece imposible tener nada en claro. Nunca hablarán más de dos, siempre con una sobriedad que resulta intencionadamente angustiosa, sin gritos expresivos ni lágrimas liberadoras, apenas algunos momentos de canción árabe y de percusión acústica. Que el espectador se lleve con él la ansiedad, la duda, el vacío y la incertidumbre de una madre a la que arrebataron a su hija, de un padre que quizás fue asesino antes que afectado, de un marido que no comprende a su mujer, de una víctima a la que sus preguntas le alejan de su presente, de un prisionero en paz consigo mismo.

Tierra del fuego nos hace abrir los ojos para que reconozcamos que una de las medicinas que necesitamos para que sanen las profundas heridas por las que llevamos sangrando tanto tiempo, está en manos de aquel que las provocó. Somos una pequeña sociedad de almas agrietadas que solo quieren dejar de sufrir y, nos guste o no, no hay otra posibilidad de hacerlo que reconociéndonos el daño que nos hemos causado los unos a los otros.

Tierra del Fuego, en las Naves del Teatro Español (Madrid).