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“He venido a reclutaros”, textos y discursos de Harvey Milk

Fue el primer cargo público en EE.UU. que hizo de su homosexualidad uno de los elementos en los que basó su lucha y propuesta política, convirtiéndose no solo en un referente de la comunidad LGTB, sino también de la defensa de los derechos civiles de cualquier minoría presionada por el capitalista heteropatriarcado blanco. Los 50 años pasados desde estos textos pueden hacerlos pasar por banales, pero demuestran las obviedades que fue necesario defender en el inicio de una lucha de la que algunos objetivos reales aún están por conseguirse.

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Los autores de este recopilatorio se quejan en su introducción de que buena parte de las nuevas generaciones no saben quién fue, qué consiguió y qué supuso Harvey Milk (1930-1978) para la comunidad LGTB de su tiempo –el San Francisco y el EE.UU. de los años 70- y, por tanto, el legado que nos dejó y sobre el que se han cimentado muchos de los logros legales y sociales conseguidos desde entonces. Una reclamación similar a la que Milk le hacía a los miembros de la comunidad homosexual  en sus intervenciones públicas y escritos (notas de prensa, cartas a autoridades, programas electorales,…), que debían ser ellos los primeros en defender y reclamar abiertamente lo que les correspondía, y no esperar que lo hicieran otros por ellos o conformarse simplemente con tener una vida materialmente resuelta.

En apenas cinco años Harvey se presentó cuatro veces a las elecciones a la Junta de Supervisores de San Francisco hasta que logró ser elegido en 1977, cargo que solo pudo ejercer durante diez meses al ser asesinado. Con una retórica locuaz, un estilo directo y apelaciones muy concretas tanto a sus contrincantes como a lo que él denominaba “la máquina” (grandes corporaciones empresariales y partidos políticos que burocratizaban las administraciones públicas), expuso una visión de la realidad que iba más allá de los bandos ideológicos para centrarse en las necesidades concretas del día a día de los vecinos de su ciudad (seguridad, educación, sanidad, transporte, oportunidades laborales,…) y de la relación directa que estas tenían con las bases constitucionales de su nación.

Así fue como su discurso y sus propuestas apelaban a cuestiones entonces rompedoras que hoy nos parecen fines obvios de la democracia como la igualdad y la visibilidad de todas las personas independientemente de su edad, raza, sexo, orientación sexual, religión,… Unas coordenadas de diversidad que siempre tuvo en cuenta en su lucha prioritaria por desmontar la visceral e institucionalizada homofobia que entonces era una norma casi universal. Un monstruo que amenazaba e impedía una vida plena a nivel personal, social y profesional de las personas homosexuales y al que propuso hacerle frente haciendo que todo el colectivo se uniera para ejercer presión con el poder político y económico resultante de la suma de todos ellos.

Su inteligencia a la hora de desmontar el discurso absurdo y prejuicioso de la homofobia imperante, su claridad expositiva en la elaboración y comunicación de su argumentario y su valentía ejerciendo la visibilidad que promulgaba le permitieron alcanzar un liderazgo y un protagonismo mediático que supo ejercer muy bien. No solo consiguió el puesto público al que aspiraba sino que introdujo la cuestión de los derechos de las personales homosexuales –y por extensión los de cualquier minoría- en el debate público local, estatal y nacional.

Junto con los disturbios del 28 de junio de 1969 de Stonewall, Harvey Milk marcó un punto de inflexión en la historia de los derechos civiles (y por extensión, en la defensa de los derechos humanos) y que debemos señalar como el inicio de lo mucho que se ha logrado desde entonces y de lo que queda por conseguir. Un tema en el que podemos ahondar leyendo The mayor of Castro Street, la biografía de Milk que en 1982 publicó el periodista Randy Shilts, o ya desde una óptica más patria, recurriendo a Lo nuestro sí que es mundial (Editorial Egales, 2017) de Ramón Martínez.

He venido a reclutaros, textos y discursos de Harvey Milk, 2018. Editorial Egales.

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“La cultura de la homofobia y cómo acabar con ella” de Ramón Martínez

La homofobia no es solo el odio y el desprecio a todo aquello relacionado con la homosexualidad. Es más, es un síntoma, un pilar del sistema inventado por el heteropatriarcado para justificar y sustentar su artificial supremacía. Un desequilibrio que viene de mucho tiempo atrás, del que son tan víctimas quienes lo ejercen como quienes lo sufren. Sin embargo, y tal como apunta Ramón,  es posible ponerle fin entre todos -sea cual sea nuestro género, identidad u orientación sexual- y dar paso a un nuevo modelo de sociedad y de cultura relacional basada en la equidad y la diversidad.  

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Damos por hecho muchas cosas, como que está en nuestra naturaleza ser de una determinada manera y rechazamos la idea de que en realidad somos construcciones sociales. Transmitidas de generación en generación, sustentándose en conceptos falsos y prejuiciosos que no tienen otro fin más que crear jerarquías de poder generadoras de desigualdad.

Los seres humanos nos definimos como personas, término que nos engloba a todos, pero luego resulta que la historia, a la hora de mirar a nuestro pasado, y la legislación y las hemerotecas, al considerar nuestro presente, nos llevan la contraria con documentos de todo tipo que demuestran que en primer lugar nos consideramos, clasificamos y separamos bajo los términos de hombres y mujeres.

Una división en la que se establece que el mundo está formado por él y ella, indivisiblemente, complementariamente, pero con unas tareas muy marcadas que reflejan que él es más que ella. Sin embargo, y como no hay verdad alguna en esto, se necesita de una serie de mecanismos e interpretaciones que lo sustenten. Uno de estos terrenos es el simbolismo proyectado sobre nuestro cuerpo, entendido como un medio para ejercitar la posesión y el uso material, como objeto, del otro. Otro es el intelectual, negando el acceso a las fuentes del conocimiento y el ejercicio del mismo. Unos mandan, gobiernan y piden y otras sirven, acatan y se entregan.

Hasta aquí, y desde el punto de vista de hoy en día, nada que nos sorprenda. Pero resulta que esta aparente sencillez tiene una profundidad y una complejidad que abarca mucho más de lo que parece. Es la base del rechazo de cualquier comportamiento o expresión que no cumpla dicho canon, como al hombre que desea a otro hombre en lugar de a una mujer como se le presupone, o más bien se le ordena. Una persecución que sufren igualmente las mujeres que se sienten atraídas por otras mujeres, en lugar de estar a disposición de un varón; aquellos y aquellas que son capaces de entregarse tanto a hombres como mujeres o los que habiendo nacido con un sexo biológico viven conforme al que sienten y que no coincide con aquel.

Ellos (nosotros), homosexuales (gays y lesbianas), bisexuales y transexuales, el denominado colectivo LGTB, son (somos), además de las mujeres heterosexuales en su conjunto, la más clara y directa víctima de la homofobia generada por el heteropatriarcado.

Lo han (hemos) sido desde hace muchos siglos, gracias a, tal y como explica Ramón Martínez, la manipulación de las religiones, la medicina basada en creencias en lugar de en principios científicos, o los regímenes políticos, incluso los democráticos, sustentados en maneras totalitaristas. Un legado que hace unas décadas parecía insuperable, pero que en países como el nuestro hemos conseguido dejar, aparentemente, atrás gracias al compromiso y la movilización sin descanso de un activismo que se dejó la piel –además de la libertad e incluso la vida en muchos momentos- para conseguir derechos legales como el del matrimonio o la adopción.

Ahora bien, esto no quiere decir que la homofobia se haya acabado. He ahí los muchos casos de agresiones a maricas y bolleras que son noticia casi a diario, la condena al ostracismo social que sufren los transexuales y, por extensión, la violencia machista y la desigualdad en todos los ámbitos que sufren muchas mujeres. Esto demuestra que queda mucho por hacer frente a la homofobia, en planos muy amplios –como ese que, sugiere Ramón, debe unir al movimiento LGTB con el feminismo en su causa común- como otros más particulares y específicos de homosexuales, bisexuales y transexuales.

Motivo este por el que –y tras haber conseguido la equidad jurídica- el movimiento asociativo debe reelaborar su propuesta para dar a conocer cuáles son sus objetivos, tanto para sus potenciales integrantes, como para el conjunto de la sociedad. Un paso más hacia adelante para seguir avanzando hacia una colectividad más justa, más igual y donde antes y después que hombres y mujeres, heteros, homos o bisexuales, seamos personas, sin más. Ese es el propósito final hacia el que Ramón propone que vayamos y que tan clara y convincentemente queda expuesto y argumentado en este ensayo comprometido con la defensa, divulgación y verdadera vivencia de los derechos humanos.