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“La tierra convulsa” de Ramiro Pinilla

Del Getxo agrícola y ganadero de finales del siglo XIX al Gran Bilbao industrial, burgués y capitalista del XX. Del idealismo costumbrista con que se recuerda el pasado al que nos aferramos, al realismo social de un entorno cambiado tras un proceso de profunda agitación. La primera y bien planteada entrega de una trilogía, “Verdes valles, colinas rojas”, en la que su autor prima en ocasiones sus habilidades como escritor sobre la fluidez de su relato.

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En las primeras páginas Cristina Oiaindia se desplaza junto a sus hijos en un coche tirado por caballos para acercarse a una playa virgen de Algorta a la que tan solo acuden habitualmente las barcas de los pescadores. Páginas y años después es un tranvía el que comunica su Getxo natal con Bilbao, una máquina alimentada con carbón con la que salvar en un corto espacio de tiempo los kilómetros que hasta su entrada en funcionamiento solo los más pudientes podían recorrer sin dejarse la piel en el camino.

Apenas unas décadas en las que los ricos de la margen izquierda del Nervión aseguraban tener un objetivo vital encomendado por una fuerza superior, nada menos que preservar la pureza de sus apellidos y sus títulos nobiliarios, viviendo en un entorno de armonía ambiental, de suelos verdes y horizonte azul. Mientras, obtenían grandes sumas de dinero con la explotación de sus minas de hierro en la margen izquierda, impulsando así un desarrollo industrial –siderurgia, astilleros,…- que trajo consigo una inmigración y un proletariado obrero que despreciaban tanto desde el punto de vista político-nacionalista como social-diferencia de clases. Una nueva realidad que supuso el caldo de cultivo del nacimiento, implantación y consolidación del socialismo en la que fue durante mucho tiempo una de sus zonas de liderazgo más emblemático.

Un ejemplo de esos que se consideraban dueños y señores, no solo materiales sino también espirituales, del suelo que pisaban, eran los Baskardo. Uno de los linajes originales de ese Getxo que hasta bien entrado el Medievo estuvo libre del influjo del cristianismo. Villa al lado del mar, territorio de leyendas como la del altar destinado a la basílica romana de San Pedro y que acabó convertido en barra de la venta donde se juntaban cada día los clientes de los Ermo. Donde acudían también los Altube cuando se lo permiten sus compromisos con la tierra y sus calendarios de siembras y recogidas.

Estos apellidos son algunos de los que dan identidad a los personajes, protagonistas y secundarios, de esta novela. A través de ellos vemos, vivimos y damos forma a la transformación de una tierra que dejó de ser gobernada por la madera para pasar a serlo por el hierro y donde el naciente nacionalismo político sustituyó el purismo de la sangre por lo abultado de las cuentas corrientes.  La tierra convulsa es un título ambicioso, su objetivo es abordar todas las piezas que conforman no solo las relaciones entre los vecinos de Getxo, sino también de su identidad como sociedad. Un fin para el que Ramiro Pinilla no se establece límite alguno y le dedica a cuanto considera las páginas y la narración que su inspiración le demanda.

Queda claro que sabe escribir, que tiene verbo y retórica, que sabe diseccionar, profundizar y detallar, manteniéndose siempre fiel a su idea de darnos a conocer qué hay detrás de lo que se ve, cómo piensa esa persona, qué mecanismo energético hay tras esa realidad, qué múltiples acontecimientos dieron pie a ese momento que nos parece que fue solo un instante. Sin embargo, hay pasajes en que es excesivo el nivel de milimétrico detalle al que llega, la prosa pesa más que la ficción y esta se resiente del ardid literario de su autor. De todas maneras, un hándicap que merece la pena superar para pasar a Los cuerpos desnudos, el segundo volumen de Verdes valles, colinas rojas y seguir profundizando en la historia más social del País Vasco.

“Dispara, yo ya estoy muerto” de Julia Navarro

Un ambicioso recorrido que abarca desde las últimas décadas del siglo XIX hasta la actualidad. Un valiente objetivo como es el de pretender novelar la historia del pueblo judío, desde el destierro interno sufrido en las naciones en que vivían hasta la violenta formación y consolidación del estado de Israel. Una novela muy bien estructurada habitada por multitud de personajes a la que lo único que le falla es el tono monótono con que avanza su narrativa.

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Julia Navarro bucea en la Historia demostrando que las nociones que tenemos sobre muchos de sus grandes capítulos son, sino nulos, muy mínimos y que los juicios y sentencias que emitimos al respecto, tienen una base casi inexistente y que más nos valdría leer e informarnos antes de hablar de lo que no sabemos. También deja claro que la razón y la verdad nunca están de un único lado, pero que su materialización por la realidad hace que queden, tan injusta como inevitablemente, mal repartidas. Podría parecer que Navarro se posiciona del lado hebreo a la hora de relatar el conflicto palestino-israelí, sin embargo hay que apuntar que la puerta de entrada a la larga cronología de acontecimientos narrados son los encuentros entre la trabajadora de una ONG extranjera y un hombre judío. Ella aporta el punto de vista árabe que le ha sido relatado y él el judío, basado tanto en su experiencia como en la de su padre. Ese desnivel entre la tercera persona de ella y la experiencia directa de él es lo que puede causar esa falsa impresión.

Una ficción de casi mil páginas en la que se enhebran muy bien los acontecimientos históricos más importantes de la historia contemporánea de Occidente como es el ocaso de los zares seguido por la Revolución Rusa, la I Guerra Mundial y la caída del Imperio Otomano, el colonialismo británico y francés sobre aquellos territorios, hasta la II Guerra Mundial y su destrucción de media Europa. De esta manera conocemos no solo la génesis del estado de Israel y las motivaciones de sus ciudadanos para considerarlo su nación, sino también el punto de vista de aquellos que habitaban desde mucho tiempo antes esas tierras y que por no compartir la misma fé religiosa se vieron expulsados de ella. Una pequeña región de nuestro planeta árida, seca y difícil de cultivar en la que durante mucho tiempo se convivió pacífica y dialogadamente pero en la que una vez que comenzaron las reclamaciones políticas, paradójicamente surgieron las diferencias y las incompatibilidades en forma de confrontación, enemistad y violencia.

Un largo relato que toma como hilo conductor dos apellidos, los Zucker y los Ziad, de pensamiento socialista los primeros, tradicionales islamistas los segundos, y los hombres y mujeres que van conformando sus árboles genealógicos de generación en generación junto con los acontecimientos de toda clase que viven, desde los más íntimos e individuales, a los familiares y sociales hasta aquellos que les trascienden y les obligan a dirigirse hacia destinos por caminos que desearían no transitar. Quizás sea porque tan solo hay dos narradores en Dispara yo ya estoy muerto, pero choca el tono uniforme con que da la sensación que están contados todos sus pasajes, independientemente de quien los protagonice o la vivencia que se esté relatando. Ese es el punto que hace que lo que podría ser una enriquecedora novela se quede, que no es poco, en entretenida.