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“Suburbana” de Claudio Mazza, un viaje en busca de la identidad

Una de las novelas más íntima y humana, a la par que genialmente escrita, que haya leído en mucho tiempo. Un completo viaje hasta la esencia de lo que somos como personas y como miembros de una familia, y cómo nos influye en ambos planos el devenir del país que nos da la nacionalidad, en este caso la Argentina de las últimas décadas. Un volver narrado con una extraordinaria sensibilidad con el que cerrar el ciclo que se inició con la huida motivada por la imperiosa necesidad de vivir.

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Toda crisis es una oportunidad para evolucionar, y los grandes éxitos suelen llegar después de haber superado satisfactoriamente momentos difíciles. En Argentina conocen muy bien la primera parte de esta afirmación, les falta materializar la segunda. En “Suburbana” los argentinos que habitan en su país se mueven en la inestabilidad, el desconcierto y una continua incertidumbre que según el momento, no solo les ha limitado sus posibilidades o coartado sus deseos, sino que ha amenazado incluso sus vidas. Porque la historia no son únicamente las decisiones de los gobernantes o los documentos que se mencionan en los ensayos, es el efecto que ambos tienen en la cotidianidad, en el día a día, en los aspectos materiales como si habrá pan o no cuando se vaya al supermercado, o en las sensaciones, como la de tener la certeza de si se volverá sano y salvo a casa al final del día tras la jornada de trabajo.

Dirán algunos que es necesario haber vivido en primera persona realidades como estas o como la de perder un hijo en una guerra absurda, innecesaria y carente de sentido, para poder hablar de ello. Desconozco si Claudio Mazza ha vivido estas situaciones de primera mano, pero leyendo su “Suburbana” se accede a esos rincones del corazón y del pensamiento que no se expresan con palabras, sino que solo son accesibles mirando al fondo de los ojos, de las miradas de aquellos que incluso dudan haber vivido semejantes acontecimientos. Llegar hasta ese lugar íntimo y sin coordenadas es el sobrecogedor resultado de la narrativa y del perfecto uso del lenguaje que hace Mazza.

Las palabras que elige, el modo diferente en que las usa cada uno de sus personajes, la expresividad individual tan auténtica que tienen todos ellos, tan diferentes a la par que con puntos en común entre sí. Juntos forman una muestra de ese universo heterogéneo que son los habitantes de una nación, pero que en el fondo están unidos por unas mismas circunstancias, valores y catálogo de puntos de vista con los que se considera y afronta la vida. De igual manera muestra el concepto de la familia, una red flexible, elástica, donde el vínculo nunca se desvanece a pesar de la distancia, sino que esta es el descanso necesario para coger fuerza hasta tener la oportunidad o la necesidad de volver a ejercitarse, como es ese instante en que los mayores nos ceden con su muerte el testigo de liderar y hacer evolucionar lo que ellos trajeron hasta el presente.

De lo absoluto al más ínfimo detalle, ese es el acierto de las situaciones que forman la historia de “Suburbana”. Una comida familiar nos basta para conocer de manera sencilla, pero completa, las mil consecuencias que los acontecimientos políticos causan sobre los ciudadanos de a pie. Al tiempo, los momentos en que el retrato del sistema se hace dueño de sus páginas, Mazza da carta blanca al tren de las emociones que toda persona lleva consigo: ira, coraje, miedo, valor, orgullo, esperanza,… De esta manera, consigue un equilibrio total entre lo macro y lo micro, entre lo abstracto y lo concreto, lo ajeno y lo propio, que hace de la lectura de su creación una experiencia absoluta, un viaje en el tiempo y en la distancia hasta la Argentina, con puntos de conexión con España, de las últimas décadas del siglo XX y el inicio del XXI.

Desde las coordenadas del fin del peronismo, la dictadura y la vuelta de la democracia en el país sudamericano hasta llegar al corralito de diciembre de 2001; con hitos como los niños robados, las madres de la Plaza de Mayo, la farsa promocional del mundial de fútbol de 1978 o la guerra de las Malvinas; y mientras tanto cambian los modelos de familia, de la múltiple integrada a las prácticas prematrimoniales, al debate sobre el concepto de la fidelidad y la visibilidad de la homosexualidad, las nuevas generaciones llegan a cursar estudios universitarios, se manifiestan delante de la policía o ante las sedes gubernamentales y emigran –unas veces por motivos políticos, otros económicos-. Todo esto, junto con la búsqueda personal a través de lo que los demás nos transmiten de nosotros mismos, es el completo y entusiasta viaje que nos ofrece “Suburbana”.

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“La Fundación” de Antonio Buero Vallejo

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Lo que parece un mundo ideal, un sueño, una esperanza de futuro resulta ser un infierno, una realidad negra, una cárcel. Y vivimos en ambos a la par, ¿cómo es eso posible? ¿Cuál de los dos es el real? ¿Ese en el que está nuestro cuerpo o aquel en el que se proyecta nuestra mente? ¿Dónde está el límite de lo que es sano mentalmente, de aspirar a algo diferente para el futuro? ¿Qué nos lleva a querer evadirnos de nuestro presente? ¿Quién lo construye sin contar con nosotros? ¿Qué papel nos dejan? ¿Qué nos permiten? ¿Cómo hacen para que lleguemos a ser tan solo eso que quieren que seamos?

Pero esto no son planteamientos filosóficos. Es la verdad. Es la España de los años 40, la que tras la Guerra Civil quedó escondida por la oscuridad católica y el ordeno y mando militar, muerta de hambre y hundida en la miseria moral. Esa en la que la única vía de escape era el ejercicio intelectual –sin medios ni espacios para ello, solo a través del soliloquio mental y los susurros a escondidas- para imaginarse en un futuro sin coordenadas en el que poder ejercer el derecho al pensamiento libre y a la vida.

Esto que tantos vivieron en aquellos años Buero Vallejo lo convierte en un relato que podría interpretarse tanto en clave personal como generacional. Su expresión individual le pone palabras a muchos que se vieron obligados a no poder hablar, callados por no poder ser siquiera escuchados o por miedo a poner en riesgo no solo su integridad física y mental sino la de todos aquellos a los que amaban.  Él había experimentado todo esto, pasó varios años (1938-46) como preso político en los inicios del dictatorial franquismo. Al salir de la cárcel escribió su famosa “Historias de una escalera”. Poco después llegó “La Fundación”, Premio Lope de Vega del Ayuntamiento de Madrid en 1949 y estrenada en octubre de ese mismo año en el Teatro Español, escenario en el que fue representada durante tres meses seguidos.

De preso ideológico por su trayectoria republicana a premiado por las instituciones del régimen. ¿Cómo fue posible que se le pasara a la censura la tan obvia crítica –vista desde hoy- de esta obra? Una de las posibles respuestas sea que la superioridad ilustrada y la apertura de miras y de corazón de los que son libres de espíritu es capaz de llegar mucho más lejos que aquellos que se proponen e imponen como promulgadores de unos cánones limitados y limitadores, llegando a quedar atrapados por ellos y no siendo capaz de ver más allá. La segunda está en el esplendor de un texto brillante per se, en su estructuración, creación de personajes, ritmo, evolución e interconexión de historias y planos narrativos con precisas notas al respecto –en la edición de Alianza Editorial que he leído- sobre el importante papel a cumplir por la escenografía.

Por estos motivos “La fundación” es ya un clásico literario a lo que se une su vigencia en momentos como los que vivimos en los que vemos a políticos defender la supremacía de la libertad de expresión y de información a la par que abogan por mordazas bajo eufemismos nominales como el de “ley de seguridad ciudadana”.

Vendedores ambulantes

Mirame

Vivo y trabajo en la calle porque no tengo otro sitio al que ir ni donde hacerlo, palabras manidas dirás, pero, ¿hay otra manera de describirlo? Tú te quejas de que solo vives para trabajar, de que te pasas todo el día en la oficina, o de que las preocupaciones de las cifras, los plazos y los objetivos van contigo a todas partes. ¿Sabes qué? Que a mí me sucede lo mismo. Cada mañana me echo a la carretera para ganarme la vida, al alba ya estoy sobre el asfalto intentando vender el periódico del día. No sé lo que dice, no lo leo, apenas sé leer y aunque lo hiciera, no soy capaz de hacer una lectura crítica de ello. No recibí ninguna educación, cuando yo era niño este país estaba en guerra y bastante teníamos con sobrevivir y no vernos en medio de un fuego cruzado, en la ruta de paso de un exacerbado  armado o descubriendo cuando ya hubiera sido tarde que en la huida lo hacíamos caminando sobre un área minada.

Aquí los muertos están por todas partes, en el corazón recordando a aquellos que ya no están, en el ambiente porque la tradición católica así lo manda, y a apenas unos centenares de metros tras de mí porque ahí es donde está uno de los cementerios más grandes de esta ciudad. Esa es una de las razones de este atasco continuo que crea mi lugar de mi trabajo. Hoy, además, es sábado, por lo que los entierros que se celebren tienen la oportunidad de convertirse en un acontecimiento social, al no ser día laboral muchos más podrán venir a acompañar y a consolar.  Es algo que nunca he entendido bien, ¿por qué se ven como algo triste los entierros? ¿No nos dice la iglesia que la muerte es el momento de paso de este valle de lágrimas al paraíso celestial? Lo segundo no sé si es cierto, de lo primero tengo mis dudas, creo que yo nunca he llorado. ¿Querrá decir eso que para mí no habrá una vida después de esta? Los hombres con sotana siempre me han dicho que tuviera fe, que Dios está ahí.

Sin embargo, a mi alrededor yo lo veo todo filtrado por el humo gris de los tubos de escape. Y antes que fe lo que tengo es hambre y sed. Cuando se me retuerce el estómago y se me seca la garganta mi cuerpo se convierte en una cárcel, en una dictadura, habrá territorio más allá de sus fronteras, pero no hay nada que te permita decir que así sea, y como bien decía Santo Tomás, si no lo veo lo creo. A lo mejor a ti te sucede lo mismo viéndome en esta fotografía. No seré para ti más que una imagen, una diminuta historia de apenas unas líneas como tantas otras, insignificantes por lo manido de sus lugares comunes, que se cuentan de millones de ciudadanos que habitamos en tantos y tantos rincones del mundo, muchos de ellos en esta olvidada África.

Con lo que saco de vender sobre el asfalto la actualidad diaria consigo mantenerme. No me preguntes cómo, quizás conocer los detalles sea demasiado crudo, diría que hasta doloroso, para tus estándares y prejuicios. No es una crítica, ni un reproche, no pretendo hacerte sentir culpable. Es la realidad. Si en un ya mismo me trasladaras a tus salones de suelos pulidos y recepciones con grandes focos, al ver mi pasmo probablemente dirías que no sé comportarme en tales circunstancias. Eso mismo digo yo de ti aquí. Aquí las sensaciones y las emociones nos parecen un estadio superior. Aquí se vive para sobrevivir, para sentir que el hombre es hombre y no un animal. En esto sí que tengo fe, o llámalo convicción. No sé porqué a veces nos vemos superiores a los que se desplazan a cuatro patas, al igual que ellos muchas noches yo duermo casi a la intemperie, no estoy vacunado de nada, me alimento con lo que consigo, sin mirar si ha estado refrigerado y de lo que bebo te podría decir otro tanto.

En cualquier momento el tráfico arrancará y me pasarás de largo. Ya no me verás, no me verás a mí, pero verás a otros como yo. Probablemente más jóvenes, de mi edad encontrarás pocos, se los habrá llevado por delante la enfermedad,  la violencia humana -inhumana la llamaría yo- o un coche como el tuyo. En un arranque de inseguridad pulsarás el seguro de las puertas para que no se puedan abrir desde fuera creyendo que esos chavales pueden robarte y asaltarte. Quizás la frivolidad te lleve a pensar que son unos vagos, que prefieren inhalar pegamento a trabajar. Piensa, elucubra, imagina, pero permíteme que te diga que los verdaderos motivos están mucho más lejos y más profundos de lo que puedes dilucidar en los apenas unos segundos que estás dedicando a imaginarme. Permíteme decirte lo que yo supongo de ti. Que tu mirada hacia mí no viene desde la empatía o la simple curiosidad, sino desde el repentino miedo que te da descubrir que las coordenadas de tu vida y de ese que llamas tu mundo no están tan ancladas como crees, y que este que soy yo, podría ser que si no hoy, sí mañana, fueras tú. Ten suerte amigo, preserva las coordenadas que tienes y que mañana, al día siguiente, y en todos los que estén por venir, sigas siendo tú el que mira desde ahí y no el observado desde aquí.

Mirame2

(Fotografías tomadas en Luanda, Angola, el 24 de octubre de 2014).