«Los planes de Dios» y la voluntad del hombre

Transgredir. Pero no con el ánimo de provocar o escandalizar. Sino de romper con el presente, cambiar las normas y conseguir que la libertad sea una realidad y no una utopía. Una propuesta que engancha por la buena voluntad de su puesta en escena y por su capacidad de conectar con sus espectadores de una manera completamente performativa.

Los planes de Dios parte del hecho de haber sido concebida durante el confinamiento que vivimos en la primavera de 2020. Rezuma ganas de escapar, eclosionar y transformar cuanto sea necesario para dar pie a un orden natural, que no nuevo porque cree que ya existe, pero por el que nadie se atreve a luchar de verdad. Su empeño es pasar de la teoría a la práctica arrasando la actual praxis social, política e intelectual. Sin embargo, el texto de José Andrés López, también intérprete y director, es sutil y reflexivo. Argumenta, expone y debate. No parte de afirmaciones contundentes, no arroja miradas concretas y tampoco concluye en juicios absolutos. Solo grita un basta ya, así no, suficiente, que hace confluir su presencia y su verbo con la mirada y la emoción de su espectador.

Su expresión parte de la necesidad. Manifestarse o morir. Gritar o ahogarse. Verbalizar o quedarse mudo de por vida. Y por ello es que la representación sobre el escenario no consiste solo en palabra y cuerpo, sino también en movimiento y energía. Interior unas veces y canalizada con orden. Exterior otras, adueñándose del cuerpo de José Andrés, manipulándolo y formateándolo a su antojo.

Además de personaje, de alguien con identidad propia, él también es el medio que intercede entre nosotros y ese plano más allá que nos hace prisioneros (a través de la enfermedad, los prejuicios o las dependencias), así como con ese otro que nos reclama auténticos. Su físico -guiado por la labor coreográfica de Silvi Mannequeen- es el campo de batalla en el que luchan las exigencias y las imposiciones contra las ilusiones y las posibilidades.

Entre proyecciones audiovisuales y grafismos firmados por Virginia Rota, y una ambientación musical que viaja entre lo hipnótico y lo sensual, de la mano de Carlos Gorbe (Tiananmen), José Andrés se entrega completamente a su cometido. Se transforma física y emocionalmente, metamorfosis en la que se ve acompañado por un vestuario y una caracterización evocadora del movimiento punk. Muy propio para su propósito de plasmar el conflicto, la sumisión y la agresividad que todo individuo vive, siente y transmite a su vez en la distopia en la que está inmerso.

Conflicto que marca tanto su relación consigo mismo como con la sociedad de la que forma parte y con la maquinaria que supuestamente le controla, conduce y determina. Una bomba de relojería que nos deja con la duda de si la suya es una propuesta catártica, un grito ahogado que nos reclama abrir los ojos, ser valientes y actuar, o un ejercicio de escapismo tras el cual volver a la zona de confort de la opresión, la queja y el lamento en el que estamos instalados.

Los planes de Dios, en Nave 73 (Madrid).

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