“Un obús en el corazón”

No puede haber título más preciso y acertado. Un proyectil cuidadosamente ensamblado que tras su disparo traza una trayectoria bien clara y definida, alcanzando de lleno su objetivo, sus espectadores. Y si Wajdi Mouawad es un genio de la creación literaria, Hovik Keuchkerian lo es de la interpretación. Juntos son imbatibles y arrolladores, magistrales, una unión definible como perfección escénica.  

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Una llamada en mitad de una noche de invierno saca a Wahad de la cama, ha de ir al hospital, su madre está muy enferma. A partir de ese instante, nada volverá a ser lo mismo para él. Se habrá de enfrentar a una quieta e inerte situación que, paradójicamente, removerá todos los cimientos de su persona. Le hará resquebrajarse, desmembrarse y derrumbarse para dejar de ser lo que era. Pasarán por su memoria toda clase de momentos, como si fueran la síntesis de su vida, secuencias de pánico, escenas de alegría, cuadros de ira, un guión de sobrios diálogos y también de espacios silentes y mudos, de palabras no pronunciadas.

Pero pisar el abismo del precipicio, encontrarse de bruces ante la amenazante cercanía del fin, pone en marcha mecanismos desconocidos en la mente y en el corazón, y sin darles orden alguna se ponen a trabajar de manera conjunta para hacer presente lo que hasta entonces había sido invisible, para darle luz a aquello que se arrinconó. Wajdi Mouawad dibuja con absoluto rigor y detalle un mapa de hechos que van más allá de esos recuerdos que aún están grabados en las pupilas y la piel de su protagonista. Como cuando se desplazaba por su casa en triciclo o ese día en que sus ojos, aún incapaces de concebir el mal, fueron testigos en primera fila y a cámara lenta de un brutal atentado contra un autobús lleno de niños y mujeres.

Así ha sido el pasado hasta ahora, tiempo en el que todo giraba en torno a lo externo, las personas, los lugares, la hora del día o el día del año. Pero ya no, esa llamada marca un punto de inflexión y con la llegada al hospital se inicia un nuevo viaje en una dirección diferente. Hacia una nueva dimensión, personal, honda, íntima, muy sensible y profundamente delicada, a la que hasta ahora se le había negado la atención que no solo precisaba, sino que también demandaba, pero que nadie era capaz de percibir. Esta vez el miedo no tendrá argumentos aparentemente lógicos, el posible daño no será algo tangible, no se ve de qué hay que huir, pero el deseo de correr y la necesidad de gritar es más grande aún.

Al igual que en Incendios, Mouawad nos lleva por un recorrido de décadas en el que participan muchas voces en un monólogo, a veces narración, otras soliloquio, con pasajes de gran lirismo y de una sublime belleza poética. Un viaje acuático, fetal, de quitarse las capas pegadas artificialmente sobre nosotros por los que nos rodeaban, de anular los filtros que creamos para protegernos del peso de las herencias que no nos correspondían.  Un proceso duro pero liberador, doloroso pero sanador, una brutal explosión de emociones de gran calado, pero al tiempo de gran cordura y coherencia, que Hovik Keuchkerian digiere para sus espectadores en un trabajo en el que no hay un matiz que no resulte encarnado, una actuación que tiene más de catarsis -colectiva incluso- que de interpretación.

Un obús en el corazón, en los Teatros del Canal (Madrid).

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