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Recordando a David Wojnarowicz

Hace un año el Museo Reina Sofía me permitió conocer más de cerca la fascinante obra de este hombre que ejemplifica perfectamente una de las caras de lo que fueron los años 80 en el mundo occidental: enfermedad y muerte (VIH y SIDA), eclosión salvaje del liberalismo y lucha por la igualdad y la libertad de expresión.

One day this kid…, 1990.

Los años 70 fueron los de la decepción americana. La Guerra de Vietnam demostró que su imperialismo tenía límites y su cuenta corriente números rojos. La alegría de las imágenes costumbristas a lo Norman Rockwell eran algo lejano, el pop había estallado y la fuente de Duchamp ya no escandalizaba ni promovía la subversión, sino que incitaba a convertir cuanto fuera comercializable en objeto aparentemente artístico. El arte, por su parte, había dejado el altar de las jerarquías sociales para pasar al del dinero, descendiendo en forma piramidal según los niveles adquisitivos del público comprador y admirador, creando así una nueva manera de clasismo.

Los 80 fueron la década en la que los más valientes dieron rienda suelta a la libertad individual, reivindicando su derecho a existir y a mostrarse -fuera mujer, negro u homosexual- en igualdad de condiciones que el hombre blanco heterosexual que todo lo regía desde tiempos inmemoriales. Uno de esos fue David Wojnarowicz (1957-1992), abiertamente gay, consumidor sin pudor de sustancias prohibidas, quien experimentó con el fotomontaje, la fotografía, el audiovisual, la creación sonora y la plástica sobre diferentes superficies para manifestar tanto su manera de ser y sentir, como el desacuerdo con el modelo de gobierno y convivencia de su nación.

Autorretrato , 1983–84.

Siempre tuvo claro que no encajaba, pero no por ello se subyugó al sistema para hacerse un sitio que le permitiera sobrevivir sumiso y en silencio. Vivió en la calle en Nueva York, llegó a San Francisco haciendo autostop y volvió para realizar grafitis y sorprender con su obsesión por Rimbaud. Intuyó el peligro y no lo rehuyó, la heroína, la cocaína y el virus que navegaba en el amor machacaron su cuerpo, pero le hicieron consciente de la condena a la que la sociedad le había avocado desde niño. Por ser diferente, por no acatar las normas, por no comportarse como se esperaba de él, por no ofrecer la imagen que la moral religiosa y la presión social exigían.

Arthur Rimbaud en New York, 1979

Por eso es que su activismo, practicado con descaro y con rabia, con descaro, eludiendo cualquier imagen edulcorada, no se limitaba tan solo a su condición sexual. Era la punta de un iceberg de expresividad que no reclamaba, sino que exigía, respeto, compromiso de igualdad, diálogo empático y consideración a la multietnicidad del pueblo americano, así como a la vida privada y a la intimidad emocional y espiritual de toda persona. Terrenos privados y reservados que la administración Reagan había convertido en el campo de batalla sobre el que sustentar su intención de jerarquizar a la población estadounidense -y por extensión, a la mundial- por nivel de ingresos, origen y estilo de vida.

“Sin título (cabeza verde)”, 1982

Han pasado los años y sus obras siguen transmitiendo la inteligencia con la que fueron concebidas, la fuerza con que fueron realizadas y el compromiso del mensaje y la intención con que Wojnarowicz trabajó en ellas. Dando voz e informando, criticando y defendiendo, haciendo del arte un medio no solo estético, sino también subversivo, revolucionario, espejo y reflejo de las desvergüenzas de una democracia y un supuesto régimen de derechos humanos con muchas lagunas, más nebulosas y demasiados cadáveres bajo su alfombra.

Sin título (Rostro en la tierra)’, de 1991.

Adiós Terrence

Ayer falleció Terrence McNally, uno de los dramaturgos más importantes de las últimas décadas y al que debo mucho de lo que el teatro significa para mí. Un espacio y un tiempo en el que buscar y encontrar la verdad de quiénes y cómo somos en tramas y personajes que nos han servido para tomar conciencia de realidades como el VIH y la homofobia, sentir lo alto y lejos que nos puede llevar la música y entender y comprender el valor del amor y la amistad.

Qué irónico que en estos días de pandemia, el coronavirus se haya llevado a sus 81 años a quien lucho con su saber hacer literario contra el estigma social que supuso para muchos una catástrofe sanitaria anterior, la del sida. Nada más tener conocimiento de la noticia, mi mente viajó hasta aquella tarde del verano de 1997 en que en una de las salas del Palacio de la Música vi la adaptación cinematográfica de Love! Valour! Compassion! (a quien tuviera la brillante idea de estrenarla en España como Con plumas y a lo loco que sepa que además de absurdo, le quedó muy homófobo el cliché).

Un amigo propuso ir al cine y aquella fue la cinta elegida, no tenía ni idea de qué íbamos a ver, pero dos horas después, cuando acabó la proyección, no quería irme, no quería salir de la proyección, de la pantalla, me dolía separarme de los diálogos que había escuchado, de lo que allí se había contado, expuesto y tratado. Aquellos ocho hombres -parejas, exes, amigos, ligues- no solo me hablaron sobre amor y amistad, cariño y empatía, sino también sobre lo difícil, pero tremendamente enriquecedor, que es liberarse de lo que se convierte en una carga pesada cuando nos lo guardamos y torna en liviano cuando lo compartimos.  

Aun consciente de que lo que había visto era una película, tenía claro que lo que me había llegado no eran solo los fotogramas, sino sus personajes y sus diálogos. Pero como no soy un erudito del teatro, me acerco a él como si fueran ventanas en las que mirar y disfrutar, proyectándome unas veces, fantaseando otras, lo dejé estar y ahí se quedó mi flechazo. Hasta que en mi primer viaje a San Francisco en 2001 me acerqué en la calle Castro a A different light, librería hoy desaparecida, y compré el texto teatral original, estrenado en 1994 y en el que se basaba lo que había visto (y cuya adaptación estaba también firmada por McNally).

Me gustó volver con las palabras a donde había estado con las imágenes, pero lo que verdaderamente me impactó fue la libertad interior que sentí al leer la honestidad, sinceridad y sencillez con que allí se hablaba de emociones como miedo, rabia, ira, impotencia, cariño, entrega, deseo o amor. Y no de manera aislada, sino en ese totum revolutum con que hacen acto de presencia tanto en los momentos importantes como en la cotidianidad de cualquier persona, de cualquiera de nosotros. Y como extra, aquel volumen incluía otra obra más escrita un año antes, A Perfect Ganesh, una historia sobre dos amigas de viaje en la India que recuerdan cómo se sienten en deuda con sus hijos.

Tema que me recuerda a una de sus últimas creaciones, Mothers and sons (2013), el encuentro entre una mujer que perdió a su único hijo por culpa del sida y quien fuera su pareja, dolida porque él haya rehecho su vida y ella siga anclada al vacío en que la ha anclado su muerte. La culpa se ha adueñado de esa madre que despreció a su vástago décadas atrás por ser homosexual, remordimiento que le impide aceptar que su viudo haya sido capaz de continuar sin olvidarse del hombre al que amó. Un trasfondo cristiano en el que McNally había profundizado ya en Corpus Christi (1997), libreto en el que a partir de un asesinato homófobo se traslada hasta la biografía de Jesucristo planteándose cómo habría sido recibido su mensaje y su misión de haber sido, tanto él como sus apóstoles, homosexuales.

En el terreno de la comedia es imposible no sonreír recordando Frankie y Johny en el claro de luna (1987), el encuentro de dos solitarios con pavor a entregarse, a amar y ser amados por el pánico que les produce la idea de no ser aceptados por su pasado o sus inseguridades o, peor aún, sentirse maltratados al no ser correspondidos o verse abandonados. Ni sé la de veces que he visto la película (también escrita por él) protagonizada por Michelle Pfeiffer y Al Pacino, pero no dejo de imaginar lo grande que tuvo que ser su representación en el off-Broadway neoyorkino contando con Kathy Bates y F. Murray Abraham como pareja protagonista.

Otro tanto sucede con It´s only a play (1985), vodevil sobre cómo se vivía el tiempo de espera entre el estreno de una función y la publicación de las primeras críticas en la prensa escrita cuando no existían internet ni las redes sociales. Una locura de personajes, enredos y absurdos perfectamente coreografiada, con un ritmo tan sin descanso como las sonrisas que provocan, revelando con ironía y acidez la trastienda de egos, materialismos e intereses de todo tipo del mundo teatral.

The Lisbon Traviata (1989) es otro de esos títulos que permanece grabado en mi memoria. Dos amigos intercambian grabaciones en vinilo de óperas, incluyendo algunas no oficiales, como la de La Traviata de Verdi que Maria Callas realizó en Lisboa en 1957. Un libreto que trata sobre la esencia de la amistad y el después del amor con el trasfondo del repliegue social al que vio obligada la comunidad homosexual en el Nueva York de finales de los 80 por el clima social de culpabilización que generó el VIH. Un texto en el que se menciona, incluso, a Almodóvar y un hecho, el de la Callas actuando en el Teatro Don Carlo, que en ocasiones le mencionaba a mi amigo Rafa, melómano como pocos. Cuál fue mi sorpresa cuando en el verano de 2018 me encontré con dicha grabación (en cd, son otros tiempos) caminando por Chiado y pude regalárselo en uno de nuestros últimos encuentros.

McNally volvería a Maria Callas en 1995 en el que es uno de sus títulos más grandes, Master Class. En él fantasea convirtiendo a la diva de la ópera, ya retirada de los escenarios, en una exigente profesora que repasa los sacrificios que ha de hacer, así como las habilidades, competencias y capacidades que ha de tener, una figura del bel canto para dar cada día a su público más de lo que éste espera. En algún momento he leído que se estaba preparando una adaptación cinematográfica con Meryl Streep. Veremos. Hasta entonces me quedo con la vibrante impresión que dejó en mis retinas Norma Aleandro interpretando este fantástico papel en 2013 en los Teatros del Canal de Madrid.

Desde que le conocí he leído sobre él, los premios que ha recibido y su labor como activista, tomando buena nota de lo que transmitía sobre el reconocimiento de nuestras emociones y los deberes que tenemos con todos los demás como miembros de una misma y única sociedad que somos. Me quedan muchas obras suyas que leer por primera vez y volveré a releer las ya conocidas.

Muchas gracias Terrence McNally por lo que nos diste, muchas gracias por el legado que nos dejas.  

(Fotografía tomada de Allarts.org)

“He venido a reclutaros”, textos y discursos de Harvey Milk

Fue el primer cargo público en EE.UU. que hizo de su homosexualidad uno de los elementos en los que basó su lucha y propuesta política, convirtiéndose no solo en un referente de la comunidad LGTB, sino también de la defensa de los derechos civiles de cualquier minoría presionada por el capitalista heteropatriarcado blanco. Los 50 años pasados desde estos textos pueden hacerlos pasar por banales, pero demuestran las obviedades que fue necesario defender en el inicio de una lucha de la que algunos objetivos reales aún están por conseguirse.

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Los autores de este recopilatorio se quejan en su introducción de que buena parte de las nuevas generaciones no saben quién fue, qué consiguió y qué supuso Harvey Milk (1930-1978) para la comunidad LGTB de su tiempo –el San Francisco y el EE.UU. de los años 70- y, por tanto, el legado que nos dejó y sobre el que se han cimentado muchos de los logros legales y sociales conseguidos desde entonces. Una reclamación similar a la que Milk le hacía a los miembros de la comunidad homosexual  en sus intervenciones públicas y escritos (notas de prensa, cartas a autoridades, programas electorales,…), que debían ser ellos los primeros en defender y reclamar abiertamente lo que les correspondía, y no esperar que lo hicieran otros por ellos o conformarse simplemente con tener una vida materialmente resuelta.

En apenas cinco años Harvey se presentó cuatro veces a las elecciones a la Junta de Supervisores de San Francisco hasta que logró ser elegido en 1977, cargo que solo pudo ejercer durante diez meses al ser asesinado. Con una retórica locuaz, un estilo directo y apelaciones muy concretas tanto a sus contrincantes como a lo que él denominaba “la máquina” (grandes corporaciones empresariales y partidos políticos que burocratizaban las administraciones públicas), expuso una visión de la realidad que iba más allá de los bandos ideológicos para centrarse en las necesidades concretas del día a día de los vecinos de su ciudad (seguridad, educación, sanidad, transporte, oportunidades laborales,…) y de la relación directa que estas tenían con las bases constitucionales de su nación.

Así fue como su discurso y sus propuestas apelaban a cuestiones entonces rompedoras que hoy nos parecen fines obvios de la democracia como la igualdad y la visibilidad de todas las personas independientemente de su edad, raza, sexo, orientación sexual, religión,… Unas coordenadas de diversidad que siempre tuvo en cuenta en su lucha prioritaria por desmontar la visceral e institucionalizada homofobia que entonces era una norma casi universal. Un monstruo que amenazaba e impedía una vida plena a nivel personal, social y profesional de las personas homosexuales y al que propuso hacerle frente haciendo que todo el colectivo se uniera para ejercer presión con el poder político y económico resultante de la suma de todos ellos.

Su inteligencia a la hora de desmontar el discurso absurdo y prejuicioso de la homofobia imperante, su claridad expositiva en la elaboración y comunicación de su argumentario y su valentía ejerciendo la visibilidad que promulgaba le permitieron alcanzar un liderazgo y un protagonismo mediático que supo ejercer muy bien. No solo consiguió el puesto público al que aspiraba sino que introdujo la cuestión de los derechos de las personales homosexuales –y por extensión los de cualquier minoría- en el debate público local, estatal y nacional.

Junto con los disturbios del 28 de junio de 1969 de Stonewall, Harvey Milk marcó un punto de inflexión en la historia de los derechos civiles (y por extensión, en la defensa de los derechos humanos) y que debemos señalar como el inicio de lo mucho que se ha logrado desde entonces y de lo que queda por conseguir. Un tema en el que podemos ahondar leyendo The mayor of Castro Street, la biografía de Milk que en 1982 publicó el periodista Randy Shilts, o ya desde una óptica más patria, recurriendo a Lo nuestro sí que es mundial (Editorial Egales, 2017) de Ramón Martínez.

He venido a reclutaros, textos y discursos de Harvey Milk, 2018. Editorial Egales.

“Cuando muera Chueca” de Ignacio Elpidio Domínguez Ruíz

¿Sigue siendo Chueca un barrio reivindicativo, un espacio de sociabilidad LGTBI? ¿Qué hizo que llegara a ser conocido como un barrio gay? ¿Ha sido un caso único? ¿Qué será en el futuro? Múltiples preguntas a las que este ensayo intenta dar respuestas claras y concisas considerando los muchos factores que intervienen sobre ellas.

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La identificación entre Chueca y el colectivo LGTBI es absoluta para muchos. Tanto para los que en su momento acudieron a sus calles buscando unas coordenadas geográficas en las que sentirse interiormente libres, como para aquellos que sin haberlas pisado necesitan establecer referentes que les ayuden a identificar conceptos, características o aspiraciones. Pero esto no fue siempre así, antes de que la bandera del arco iris ondeara simbólicamente en este barrio del centro de Madrid muchos de sus portales albergaban todo tipo de talleres (metalurgia, ebanistería,…) que a medida que la ciudad fue creciendo se trasladaron a sus exteriores. Los locales vacíos trajeron consigo la mudanza de las familias que vivían de ellos y en consecuencia, un parqué inmobiliario en desuso y desvalorizado.

Según explica Ignacio, esa circunstancia de gentrificación fue aprovechada por algunos de los muchos que necesitaban salir de allí donde residían -fuera en Madrid, fuera en otras localidades- para asentarse en un lugar en el que alquilar o comprar a bajo precio para poder vivir su identidad sexual, si no libremente, al menos sin la opresión y violencia ambiental que hasta hace bien poco era la tónica habitual donde quiera que miráramos en nuestro país. Así es como a lo largo de los años 80 se fue formando en Chueca una comunidad no solo unida por aquello de lo que escapaba, sino también por los lugares en los que compraba (comercio) y en los que se divertía (ocio), por los espacios públicos que compartía y por unos objetivos políticos y sociales que defendían activamente en el marco de la incipiente democracia española.

Desde entonces han cambiado muchas cosas. Entonces solo se consideraba la homosexualidad de los hombres y hoy la cuestión de la identidad sexual se ajusta más a la diversidad sexual y de género de la realidad (lesbianas, bisexuales, transexuales e intersexuales). Los avances legales están ahí (matrimonio igualitario y adopción de parejas del mismo sexo desde junio de 2005) y la visión social ya no está mayoritariamente en contra, sino de casi plena aceptación (aunque quede mucho por hacer en el terreno de la educación formal e informal para una igualdad real).

Mientras tanto, lo que entonces era un entorno con unos límites muy definidos, hoy es un territorio urbano completamente permeabilizado que a medida que ha ganado público, se ha ido sometiendo a la ley capitalista de la oferta y la demanda. Esto ha empujado a que buena parte de sus antiguos vecinos hayan tenido que irse – y que muchos que antes sí hubieran sido capaces, ahora no hayan podido asentarse en sus coordenadas – por el incremento del coste de vida. Situación que ha provocado que sus espacios comerciales y lúdicos estén hoy destinados a clientes con un mayor poder adquisitivo (ya sean residentes, vecinos de otros barrios de Madrid o turistas tanto nacionales como internacionales). A su vez, la imagen pública del activismo ya no es solo la de sus reivindicaciones, sino también la festiva y amistosa que cada mes de julio transmite la celebración del Orgullo, lo que ha causado fricciones dentro del propio colectivo LGTBI.

¿Cómo se ha producido este proceso? ¿Qué tiene que ver la Chueca de hoy con la de finales del siglo XX? ¿Qué ha quedado de aquella? ¿Qué ha desaparecido? ¿Ha ocurrido lo mismo en Castro (San Francisco), Le Marais (París), Chelsea (Londres) o en cualquier otra ciudad de nuestro país? ¿Dónde tiene su “sede” hoy el activismo LGTBI?

Esas nada fáciles interrogantes son en las que se sumerge Cuando muera Chueca para exponer la complejidad antropológica de un proceso en el que converge no solo cómo hemos evolucionado a distintos niveles (local, nacional, internacional), sino también cómo lo hemos hecho en distintas esferas (social, económica y tecnológica, fundamentalmente). Una mirada a nuestro pasado más reciente que no tiene que ver únicamente con lo LGTBI y con Chueca, sino también con nuestro entendimiento y aceptación de la diversidad sexual y de género, con el tipo de sociedad que queremos ser, qué estamos dispuestos a reivindicar y cómo, así como los frutos y retos que este proceso evolutivo nos puede suponer.

“Novio boy” de Gary Soto, manual para conseguir una primera cita

Una obra escrita para primeros adolescentes sobre las relaciones entre chicos y chicas y entre jóvenes y adultos, en el marco de la convivencia cultural que experimentan las segundas generaciones de inmigrantes mexicanos en territorio norteamericano.

NovioBoy

Los chicos con los chicos y las chicas con las chicas, así es como viven la mayoría de los niños su infancia a la hora de establecer relaciones sociales entre iguales. Sin embargo, cuando la cuestión hormonal comienza a aparecer en el tablero de juego bajo la forma de atracción, ya no se bastan ellos por su lado y ellas por el suyo, se buscan los unos a los otros. Ahí es donde comienza “Novio boy”.

Pero no es todo tan fácil, surgen otras circunstancias que ponen límites (un año de edad es un mar de distancia, y no digamos dos) o lo hacen difícil (cosas tan simple como invitar a merendar son un reto al no contar con presupuesto  para ello). Al tiempo, los adultos pululan por ahí con sus propias historias: búsqueda de empleo, vacío emocional o eterna insatisfacción; a la par que tienen una importante y fundamental cuestión eternamente pendiente con los más jóvenes, la dicotomía entre controlar y dejar hacer.

Con todos estos elementos Gary Soto crea una estructura sencilla y líneal en la que primero presenta cada grupo de personajes y sus circunstancias con un lenguaje directo y claro para que no quede duda alguna del mundo que nos está dando a conocer. Después muestra los cruces de relaciones que hay entre ellos, creando situaciones de enredo y aparente caos y absurdo en las que se ponen de relieve las diferencias, prejuicios y retos a los que presuponemos han de hacer frente las relaciones sociales y afectivas de sus protagonistas. Finalmente la historia se resuelve juntándolos a todos en un mismo lugar y escena final en la que todo se confronta e inevitablemente se resuelve con ciertas dosis de previsibilidad.

El uso del spanglish, un talk-show radiofónico con un locutor repartiendo trucos de amor, revistas utilizadas como catálogos de chicos guapos, peluquerías como centro de discusión de cotilleos o música en directo son algunos de los recursos con que se da viveza a una acción aparentemente escrita para los que tienen los catorce años de Ricky y Alex, los dos caracteres provocadores e hilos conductores de cuanto ocurre en este libreto de siete secuencias. Sin embargo, creo que los casi veinte años transcurridos desde el estreno de “Novio Boy” en Richmond (área de la bahía de San Francisco), hacen que la inocencia con que se plantea el juego de una primera cita entre escolares sitúe su público lector hoy entre los que tienen algún año menos.

En todo caso, y al igual que sucede con la novela, bienvenido sea que haya textos teatrales bien planteados y correctamente escritos y estructurados que introduzcan a los más jóvenes en el placer de la lectura y del disfrute como espectadores de las representaciones de este género literario.

I´m so excited… San Francisco

… and I just can´t hide it, la letra de The Pointer Sisters no podría ser más apropiada para este momento. Con la misma intensidad en cuanto a ilusión y ganas de la primera vez, aunque en esta ocasión no sea el atractivo de lo desconocido lo que me atraiga sino el hecho de haberme situado por cuarta vez durante unos días en una ciudad que recuerdo por la alegría y naturalidad que transmiten sus habitantes, la espontaneidad y el modo easy going en que parece desarrollarse la cotidianeidad de esta ciudad.

Recuerdo la primera vez que llegué en 2001 cuando la familia me estaban esperando en la misma puerta de desembarque del avión. La primera visión de la ciudad iluminada por la noche mirando por la ventanilla del coche mientras atravesábamos el Bay Bridge camino de la zona este de la bahía. Nunca antes había circulado por una creación humana semejante, toda ella de hierro y con dos niveles, el de arriba para salir de la ciudad y el inferior para entrar en ella.

Más allá la ciudad de Oakland, de la que lo único que he visitado es su estadio de beisbol, el Oakland-Alameda County Coliseum en el que durante varias horas vi jugar al equipo local, los Athletics. Más que un partido, aquello me pareció un pasatiempo social, comiendo, bebiendo, compartiendo tiempo en familia, viendo como de vez en cuando un jugador bateaba y otros corrían o amagaban con hacerlo,… Allí estrené mi primera cámara réflex, tiempos en que el carrete que hubieras introducido te marcaba el ISO con el que tendrías que resolver las tomas hasta llegar a la número 36.

Al día siguiente visitar por primera vez la ciudad, esa que por sí mismo tiene nombre de película, San Francisco. Salir del cercanías, el BART (Bay Area Rapid Transport), en la estación del Financial District, y el asombro, ¡qué edificios tan altos! ¡Nunca antes había visto nada semejante! ¡Auténticos rascacielos! “Lucas, pero si esto no es nada, ¡son de juguete comparados con los de Nueva York!”, me dijeron. Ocho años después comprobaría que así es, pero la primera impresión es la que produce la magia de las sensaciones interiores. Un barrio lleno de gente trajeada, muchos caminando a zancadas, llevando en una mano zumos o cafés en vasos de plástico y en la otra sus maletines. Un barrio que se vaciaba a las cinco de la tarde convirtiéndose en zona fantasma, inhumana, escenario de película de terror cuando la niebla se filtraba desde las alturas entre las cuadriculas de su callejero de este a oeste y bajando hasta posarse en la tierra.

Mar de nubes

Muchos días es imposible ver por culpa de ellas el icónico Golden Gate Bridge, genialidad de la ingeniería y de la mente humana, toneladas y toneladas de hierro para salvar los más de tres kilómetros que separan a la ciudad de la tierra firme del lado norte de la bahía. Acercarse a él es recordar ese momento en que Alfred Hitchcock situó a James Stewart con Kim Novak al pie del agua con el fondo del puente dando misterio cinematográfico a su “Vértigo”. Desde ahí subir por el bosque de eucaliptos hasta alcanzar el punto de arranque del puente y cruzarlo, andar sobre él. Un largo paseo ondulante, porque este puente se mueve, vibra con el continuo tráfico que transcurre sobre él constantemente, se balancea con el ritmo del aire, en modo brisa o viento, según el momento meteorológico. Y desde el otro lado, cazadora bien abrochada (¡qué frío puede llegar a hacer hasta en verano!) esa vista tan maravillosa, el corazón de la bahía que envuelve a la ciudad por su lados norte y este (del oeste es dueño el Océano Pacífico). El azul intenso del agua surcado por barcos de vela, contrastado por el liviano del cielo en los días despejados. Después el verde, la frondosidad del bosque ya comentado y el parque de Presidio haciendo que esta zona que es ciudad, no sea urbanidad sino naturaleza en estado controlado. Más allá la isla-prisión de Alcatraz, la leyenda de Al Capone y de la mafia y los tiempos de la ley seca. Una demostración de cómo hacer historia hasta del pasado menos glorioso y de paso aplicarle el más estricto capitalismo convirtiéndolo en una de las mayores atracciones turísticas. Sí, yo también la he visitado.

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Otra manera fantástica de llegar a San Francisco es en ferry. Lo hice en varias ocasiones en 2001 y 2002, un autobús me llevaba desde Benicia hasta Vallejo y desde allí disfrutaba de una hora de trayecto. Un recorrido compartido con muchos trabajadores, pero que para mí resultaba como un minicrucero. La bruma matinal, la magnitud del transbordador, el espectáculo del agua sin dejar de divisar tierra en ningún instante, la insinuación de la ciudad que poco a poco se va formando hasta completar una imagen de postal cuando apenas quedan unos minutos para atracar y poner punto final al trayecto en Embarcadero. Una vez en tierra, recuerdo caminar siguiendo la línea de la bahía en dirección este pasando por distintos muelles. En uno de ellos visitando un submarino de la II Guerra Mundial, ¡cómo podrían pasar tantos meses en un espacio tan pequeño, reducido y claustrofóbico! Más allá el señalado en todas las guías, el Pier 39, el turismo convertido en parque temático. Y aun así hay momento para la sorpresa, los leones marinos que junto a él residen, de tosa e inmensa apariencia, comunicándose con unos sonidos que no acierto a describir pero que me provocan sonrisa al recordarlos. Más allá queda Ghirardelli Square, llamada así por el hombre que trajo el chocolate a esta ciudad a mediados del siglo XIX. En algún sitio he leído que fue uno de los primeros lugares del mundo donde este se comenzó a comercializar en tabletas para que los habitantes de entonces se lo llevaran como alimento a las minas de oro que por aquellos entonces existían en California o a las obras de construcción de líneas ferroviarias que unirían la costa oeste desde Seattle hasta San Diego, así como desde Oakland hacia el interior del país en dirección Chicago.

Cuestas, cuestas, y más cuestas

¡Qué ejercicio de piernas supone caminar por esta ciudad! He hecho cuesta arriba varias colinas, como las que que se ven en “La Roca” o “¿Qué me pasa, doctor?” ¡Hay momentos en que casi debes caminar de puntillas porque si posas todo el pie te da la sensación de que te puedes ir abajo! Merece la pena cuando llegas arriba y ves la vista hacia la bahía. Como la de calle Lombard con su espectáculo de carretera sinuosa y jardines con flores de múltiples colores. O subir hasta la Coit Tower en Telegraph Hill, ya sea desde el barrio italiano como por la escalera que nace en la Levis Square –sí, en honor al señor que inició la comercialización de los famosos pantalones vaqueros. Una vez dentro disfrutar de sus murales a la manera de Diego Rivera y coger el ascensor hasta su mirador, y otra vez disfrutar de la vista de los grandes edificios. Aquí el protagonista es el Transamerica pyramid, blanco y en forma de pirámide, utilizado en las imágenes de series de televisión como “Embrujadas” para señalar que están ambientadas en esta ciudad de amaneceres y atardeceres dorados. Pero quizás haya otro punto aún más reconocido visualmente en San Francisco, son las casas de Pacific Heights o las victorianas de Alamo Square. Son lugares familiares, vistos en pantalla grande o pequeña tantas veces que consideras parte de tu iconografía personal. “Tengo tantos buenos recuerdos de sitios en los que no he estado”, escuché estos días de un residente de la ciudad.

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El tranvía es la opción de evitar el ejercicio de alto rendimiento en la zona más turística, espectáculo fotográfico incluido ver cómo da la vuelta por tracción humana en el cruce de Market con Powell. Desde ahí puedes hacer el recorrido más famoso en su vagón sin ventanas y con asientos de madera, o incluso en su parte posterior para simular que vas colgado tal y como se ve en las películas.

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Para no volver al Pier 39, puedes quedarte en el número 1100 de California St y visitar St. Grace Cathedral, una réplica a escala de Nôtre Dame de Paris, con una capilla decorada por Keith Haring en los primeros años 80 en honor a los fallecidos por el sida y en los muros de su nave sur los frescos recordando los esfuerzos de los bomberos intentando apagar los fuegos que destruyeron la ciudad tras el famoso terremoto de 1906. Y para recordar incendios, nada como visitar el hall del “Hyatt Regency Hotel” y contemplar los ascensores en que intentaban escapar de la tragedia los personajes de “El coloso en llamas”.

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Ciudad de derechos

Dicen que dentro de EE.UU. San Francisco es una ciudad “europea”, quizás por detalles como la flota de tranvías traídas en su día desde Milán o Zurich que se pueden ver en Market St, la amplia avenida que cruza en diagonal toda la ciudad marcando dos zonas, la rica, comercial y visitada al norte y la más residencial, anónima y marginal –según zonas- al sur. Europea quizás también por detalles como el casi centenario edificio del Ayuntamiento que recuerda a los Inválidos de París, edificio al que se puede entrar y rememorar como llegó a aquel lugar en la década de los 70 del siglo XX Harvey Milk, el primer concejal abiertamente gay en la ciudad y una de las figuras de referencia en la lucha contra la discriminación por algo tan personal e íntimo como es sentir y vivir una orientación sexual no heterosexual. Ironía que esto pasara en un emplazamiento que está junto a la plaza de la Declaración de los Derechos Humanos, llamada así porque fue en esta ciudad donde se firmó el documento previo que dio pie a estos el 26 de junio de 1945.

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El tranvía F te lleva hasta el Castro, el famoso barrio gay de la ciudad, icónico emplazamiento homosexual con la bandera arcoíris siempre ondeando y el teatro del mismo nombre. En este cine de toda la vida hoy se reponen clásicos o se organizan pases sing-a-long de películas de ayer y de hoy como “Sonrisas y lágrimas” (“The sound of music” aquí) o la reciente “Frozen” de Disney.  A su lado el bar Twin Peaks, el primer lugar de ocio gay en la historia de la ciudad con ventanas hacia el exterior, allá por 1972. Y unas calle más atrás, en Church St.,  Aardvark Books una librería de segunda mano que supone una delicia para la vista, el corazón y el tacto dactilar al pasar las páginas de los volúmenes que en ella puedes encontrar. Por ella he pasado cada vez que he visitado San Francisco, y en ella descubrí a Randy Shilts, el periodista del San Francisco Chronicle que narró brillantemente los inicios y primeros años del sida en “And the band played on”, y a Terrence McNally, genial dramaturgo con títulos como “Love! Valour! And compassion!” o “Frankie and Johnny in the clair of moon”, ambos también tiernas películas.

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¿Es el Castro un barrio gay? Sí, ¿es solo eso? No, es más que eso. Es lo que transmite San Francisco, un punto en el mapa donde puedes ser lo que quieras ser, puedes ser tú mismo, vivir tal y como sientes sin ser juzgado por ello ni marcado por los estereotipos ni predicamentos ni etiquetas sociales. Una ciudad en la que conviven múltiples culturas y bilingüismos, idiomas traídos de otras naciones originando otras tantas versiones del idioma inglés enriquecido con los acentos de aquellos que allí llegaron recientemente, hace un tiempo, o generaciones atrás. Así es por ejemplo cerca del Castro, el Mission District, barrio plagado de mexicanos, pero también de guatemaltecos, peruanos, nicaragüenses u hondureños. Comunicarse en español, o quizás en spanglish, en las calles de este barrio es de lo más cotidiano. Dejarse llevar por estas calles es comer en sus taquerías burritos, quesadillas, fajitas o frijoles o disfrutar de los murales al aire libre -¡el ayer y hoy del streetart!- en calles como la 18th, la 24th o el Collin Alley.

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Tales of the city 

Desde aquí abajo puedes mirar hacia el oeste y si la niebla no ha acampado sobre Twin Peaks decidirte a subir a esta colina (¡otra más!). Quizás el mejor punto para en los días despejados disfrutar de unas vistas espectaculares, únicas. La ciudad entera extendida a tus pies, con Market St como línea diagonal que llega hasta el agua en Embarcadero. A tu derecha quedará el Bay Bridge y barrios como Noe Valley o Potrero Hill, a tu izquierda el Golden Gate Bridge y la zonas de Haight Ashbury (el barrio del haz el amor y no la guerra de los años 60 cuando se cantaba “If you’re going to San Francisco be sure to wear some flowers in your heir”) y Corona Heights.

Lugares en los que puedes imaginar a los personajes de “Tales of the city” del novelista Armistead Maupin, la fantástica serie de novelas –hasta seis- que recoge las alegrías y tristezas, sueños y decepciones, de varios personajes que en sus diálogos e historias encarnan la esencia de sonrisa, ganas e ilusión que despierta San Francisco. Una recomendación con la que cerrar este post y con la que prolongar o revivir las sensaciones que produce esta ciudad. No hay dos sin tres, aunque en mi caso quizás deba decir que no hay cuatro sin cinco, ¡ojalá!