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“Misión imposible: nación secreta”, sensación de déjà vu

Quinta entrega de la saga con la que Tom Cruise luce cuerpo y forma atlética en situaciones de lo más extremas y complicadas. Únanse todas ellas con giros de trama y el conjunto es esta película en la que llega un momento en que ya no se sabe si vas o vienes mientras corras hacia delante sin parar.

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Dos décadas atrás “Misión: imposible” reventó las taquillas de medio mundo adaptando la famosa serie televisiva de los 60. Desde entonces Tom Cruise ha recurrido al personaje de Ethan Hunt cada cuatro o cinco años para hacer que su nombre destaque entre los más rentables y populares de la industria del cine. Algo que el mismo se ha puesto difícil con los planos protagonistas –a pesar del éxito de taquilla- de títulos como “La guerra de los mundos” (2005), “Noche y día” (2010) u “Oblivion” (2014) que dejan muy lejanos los aciertos que fueron el secundario que le valió una nominación al Óscar por “Magnolia” (1999) o el ponerse en manos de Stanley Kubrick en “Eyes wide shut” (1999). Únase a esto el desacertado protagonismo mediático de su vida amorosa –inclúyanse los divorcios de Nicole Kidman y Katie Holmes- y de su pertenencia a la Iglesia de la Cienciología.

En el momento en que las películas de acción son cada vez más fantásticas, y las de este género se basan en el espectáculo del ritmo vertiginoso (he ahí los X-Men y los 4 fantásticos, tanto cuando van en equipo como por separado), Ethan Hunt se presenta como un hombre que a pesar de vivir en el mundo real, ha de lidiar con acontecimientos que inevitablemente le llevan a actuar como si fuera un superhéroe. Sus guionistas parecen haber estado al tanto de los titulares de prensa de los últimos meses y juegan con situaciones como desapariciones inexplicables de aviones, redes supranacionales que nos gobiernan en la sombra, gobiernos y servicios secretos con comportamientos nada éticos, intentos de asesinato de presidentes,…  Y todo esto lo juntan en dos horas de metraje en que nos llevan de los despachos sin ventanas de la CIA a Londres, Marruecos, Viena, Bielorrusia,…, en una sucesión de secuencias que se desarrollan como si fueran los grandes momentos de la última temporada de una teleserie.

Todas ellas responden al esquema de la búsqueda del tesoro, superando retos a cada cual más complejo, tras cuya resolución visual hay que poner en valor el despliegue del equipo técnico encargado de su producción, realización y montaje final. Es a estos a los que debemos considerar los verdaderos creativos de esta película, con referencias al cine clásico como “El hombre que sabía demasiado” de Alfred Hitchcock para la bien resuelta escena de la ópera de Viena, o más recientes como “Gravity” en el corazón del asunto que les lleva hasta Marruecos (donde se hace pasar por Casablanca algunos de los lugares más emblemáticos de Rabat), además de las siempre funcionales persecuciones a toda velocidad en entornos urbanos o en carreteras llenas de curvas, y peleas en las que se despliegan una capacidades físicas asombrosas.

Cristopher McQuarrie, guionista y director a la par, hilvana todos estos momentos colocando a algunos de sus personajes en zonas oscuras, arenas movedizas en torno a las cuales se articulan las sorpresas y giros de la trama en un adelante y atrás que llega un punto en que ya no sabemos hacia dónde nos quiere llevar, dejándonos la única opción de esperar al final que se posterga varias veces para saberlo. Llegado este momento solo quedaría sustituir el “The end” por un “Continuará” y preguntarle a Tom Cruise cuál es su secreto mágico y su tabla de ejercicios para parecer, 20 años después, tan fresco y lozano como en la primera “Misión imposible”, allá por 1996.

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Casablanca, entre el mito y la realidad

La ciudad más grande de Marruecos, la capital financiera, la de la modernidad junto a la tradición, la de la fantasía cinematográfica, así es Casablanca por su historia real y de ficción, su emplazamiento geográfico, su urbanismo mixto y su arquitectura mestiza.

La mezquita de Hassan II. La arquitectura siempre ha tenido un primer objetivo práctico, crear edificios para una funcionalidad concreta, y un segundo para determinadas ocasiones, el dejar una impronta que genere en sus espectadores y visitantes no solo recuerdo, sino admiración ante la obra y respeto por sus titulares. Ese es el objetivo que cumple desde su inauguración en 1993 la mezquita de Hassan II, concebida para coincidir con el 60 cumpleaños del anterior rey del país, monarca mecenas a la par que gobernante de modos absolutistas durante su reinado (1961-1999).

Una encomienda de 600 millones de dólares de presupuesto al arquitecto francés Michel Pinseau para acoger a 25.000 personas y hasta a otras 80.000 en la imponente esplanada que forma parte de su recinto. Un interior sobrecogedor, de alturas celestiales y luces mágicas, en el que a pesar de las dimensiones el visitante se siente especial, en contacto directo con lo espiritual. Además de la sala de culto orientada a La Meca, la mezquita cuenta también para sus fieles con una suntuosa sala de ablación, hamman, baños turcos, madraza, salas de conferencias,…

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Un edificio no solo para los musulmanes, sino también para los turistas por ser el único templo del país que pueden visitar los nos seguidores de Mahoma en los horarios (y precios) así fijados. Una joya arquitectónica erigida sobre el océano por inspiración de un versículo del Corán: “El trono de Alá se hallaba sobre el agua”. El resultado, una impresión visual imposible de olvidar por su estética, su plástica y su simbolismo espiritual y político.

Rick’s Café. Antes que ciudad, Casablanca es una película para muchos, con Humphrey Bogart e Ingrid Bergman en blanco y negro y frases como “tócala otra vez, Sam” o “siempre nos quedará París”. Un relato cinematográfico cartón piedra fabricado en Hollywood y que solo tomó de la realidad el papel que la ciudad marroquí desempeñó para las potencias aliadas durante la II Guerra Mundial.

De la supuesta Casablanca apenas se vieron un par de calles de la medina y el hangar y la pista del aeropuerto en aquel film que ganó el Oscar a la mejor película de 1943. Pero si hay un lugar que en el imaginario colectivo quedó para siempre asociado a esta ciudad gracias a esta producción de la Warner Bros fue el del Rick’s Café. Cuenta la leyenda que muchos lo buscaban al visitarla y como no lo encontraban alguien tuvo la brillante idea de recrearlo. Así fue como se inauguró en 2004 un lugar similar al de la película en una de las salidas de la medina hacia el océano.

En la pantalla cinematográfica todo parece más grande, pero este Rick’s Café cuenta como aquel con sus paredes encaladas, su patio de arcos de herradura, su barra de bar y el mítico piano en el que todos los turistas posan emulando a Sam a punto de iniciar “As time goes by”.  Súmese a ello contar con una buena carta para comer o beber según la hora del día, elaborada y servida en ambos casos con extraordinaria calidad.

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La medina. Al igual que la de Fez o la de Marrakech, impresiona por su plano indescifrable, lo intrincado de sus calles, la imposibilidad de saber qué se encontrará al doblar cualquiera de sus recodos -si más puestos comerciales para turistas o para sus propios habitantes, o zonas fantasmalmente residenciales- o lo inexplicable de que el camino por el que se avanzó no se corresponda con la que se está siguiendo al intentar volver. En segundo lugar, la medina de Casablanca sorprende por su reducido tamaño, por muy perdido en el laberinto que te puedas sentir, si sigues recto es cuestión de minutos que llegues a una de sus puertas de salida.

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Hasta que la ciudad comenzó a crecer con el inicio del protectorado francés, así de reducida fue Casablanca durante siglos. Desde el mar tan solo se veían unas casas de su zona más alta, “casa branca” que decían los marinos portugueses que pasaban frente a ella (y que la controlaron durante casi dos siglos hasta el famoso terremoto de Lisboa de 1755), dando pie así a la denominación de una urbe habitada hoy por más de cinco millones de habitantes.

La arquitectura modernista. En el siglo XIX los franceses ya se interesaron por Marruecos y por sus recursos mineros, lo que dio pie a que comenzaran a explotar algunos de sus yacimientos. Iniciado el XX bombardearon Casablanca acusando a los nativos de atacar a sus conciudadanos y a sus intereses en la ciudad (a cuyo puerto pretendían hacer llegar una línea ferroviaria pasando por un cementerio musulmán). La fuerza europea se impuso y obligó a un acuerdo a tres bandas por el que se inició el protectorado español y francés de Marruecos. En su zona los galos hicieron de Casablanca su centro económico y financiero –de Rabat la capital política– y pusieron en marcha su desarrollo urbano.

Surgieron así las grandes avenidas que articulan el centro de la ciudad desde la Plaza de las Naciones Unidas, y las construcciones art nouveau que las llenan, especialmente en el que hoy es el boulevard Mohammed V dando cabida a comercios, cafés y restaurantes y ecos de los tiempos de esplendor pasado conservando aún hoy uno de sus antiguos cines. El que fuera rey del país una vez recobrara la independencia en 1956 da nombre también a la plaza en la que se sitúan algunos de los edificios oficiales de arquitectura modernista con decoración morisca más brillantes de aquellos tiempos como la oficina de Correos, el Palacio de Justicia o la antigua Prefectura de Policía. Muy cerca de allí queda la antigua Catedral del Sagrado Corazón, una auténtica joya art déco desacralizada tras el fin del protectorado francés.

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Plaza de las Naciones Unidas. Es el punto en el que todo confluye de día y de noche, la ciudad antigua y la moderna, donde el bullicio de las conversaciones y los vendedores ambulantes se mezcla en un sinfín con el ruido y las bocinas del tráfico de coches, motos y autobuses colapsando sus entradas y salidas. Aquí se cruzan mujeres vestidas con chilaba con jóvenes en vaqueros ajustados, trajes de sastrería con las últimas falsificaciones de las marcas de moda, hombres de negocios con estudiantes y buscavidas, vendedores ambulantes con visitantes foráneos. Sentarse en la terraza de cualquiera de sus cafés y degustar un té a la menta viendo la vida pasar es una experiencia que nadie debe perderse en un lugar así.

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El mercado central. Aunque el puerto de Casablanca sea fundamentalmente industrial, también lo es pesquero, y en los puestos del mercado central (boulevard Mohammed V) se pueden descubrir cuáles son las especies de pescado y marisco que se pueden consumir en cada momento del año. Tras el deleite visual, se puede dar placer al sentido del gusto en cualquiera de los restaurantes de sillas de plástico y hule tosco situados en el patio central del mercado. Además, el lugar sirve también para disfrutar de los colores de los puestos de frutas y verduras o de los olores de los de flores y productos cosméticos como el aceite de argán, el prometedor reparador de la piel.

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El boulevard de la cornisa. En su centro urbano Casablanca vive de espaldas al océano. Este queda oculto tras las vías del tren, el puerto –en el que hoy se pueden ver atracados de cuando en cuando cruceros de miles de camarotes- y los apartamentos de lujo que se están levantando entre este y la mezquita de Hassan II. Pero más allá del faro que desde esta se divisa comienzan las construcciones unifamiliares y los clubs con derecho de admisión junto al agua salada. Entre unas y otros un largo paseo marítimo preparado para pasear o tomar algo disfrutando del intenso azul del océano y del cielo atlántico durante las horas de luz y la fiesta y la diversión entre lo más selecto del ambiente local durante la noche.

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Estas son algunas de las ofertas que Casablanca tiene para hacer disfrutar a aquellos que estén de paso en ella y no únicamente por negocios. Quien sabe, quizás conocerla pueda dar pie a parafrasear a Rick Blaine y decir aquello de “creo que este es el principio de una gran amistad.”

Rabat, la capital

Un conjunto histórico designado en 2012 Patrimonio Histórico de la Humanidad por la Unesco, elegido capital –primero por los colonos franceses en 1912 y tras la independencia en 1956 por el monarca alauí- para erigirse como sede del poder político frente al protagonismo histórico-religioso de Fez, la actividad económico-financiera de Casablanca y la atracción turística y cultural de Marrakech.

De oeste a este y en ligera diagonal de norte a sur es como se suceden sobre su callejero las etapas históricas de Rabat. En el punto más occidental, entre el océano y la desembocadura del río Bu Regreng está la kasbah, el recinto fortificado donde en el s. XII se establecieron los almohades que iniciaron la urbanización de la ciudad. Hoy es un pequeño recinto amurallado de paredes ocres e interior de callejuelas estrechas y paredes encaladas en blanco y azul desde el que poder acceder a las playas en las que hoy se practica el surf y la natación.

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La medina

A continuación y avanzando hacia el este, cinco siglos después se levantó la medina, calles angostas dedicadas al comercio en lo que a diferencia de otras urbes del país (Fez o Marrakech) no es fácil perderse debido a su reducido tamaño y escasa sinuosidad. Podría parecer desde el cielo que es un intento de cuadrícula diseñado por unas manos temblorosas entre unas murallas que siguen hoy en pie con absoluta solvencia.

Tres vías destacan en su entramado, la rue Souika, paralela al lienzo este de su muralla, en la que predominan los puestos textiles a través de los cuales conocer las marcas más falsificadas del momento. En su fin norte, Souika hace esquina con la rue des Consuls –así llamada por tener en ella su residencia muchos de los cónsules extranjeros residentes hasta 1912- en la que descubrir la artesanía local (alfombras, ebanistería, cerámica y marroquinería, entre otras pequeñas artes).

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En su vertiente sur la rue Souika da pie al inicio de la rue Sidifatah, en la que encontrar toda clase de puestos ofreciendo carne y pescado tanto para llevar como cocinado allí mismo, pan y dulces varios, además de puestos de zumos exprimidos al momento (naranja, pomelo, caña de azúcar, aguacate,…). No se puede dejar de visitar en esta zona el pequeño mercado central en cuyo exterior se encuentran varios restaurantes con lo más típico de la gastronomía local (a destacar las frituras variadas de pescado) a precios económicos.

La ciudad nueva

La historia pega al salirnos de la medina para llegar hasta el siglo XX. En 1912 españoles y franceses se repartieron Marruecos, quedando Rabat en la zona del protectorado francés. Los galos decidieron hacer de Rabat su capital por su salida al mar y para escapar de los círculos de Fez o Marrakech, anteriores capitales del reino en distintos momentos históricos.

La llamada ciudad nueva es un ensanche urbano de planificación occidental, vías anchas a ritmo de un gran edificio por manzana con amplios soportales en sus plantas bajas para permitir el paseo a los expatriados en los días de calor y en los que hoy poder adquirir la prensa local en los puestos improvisados sobre su suelo.

Protagonizando esta parte de Rabat está la Avenida Mohammed V, un gran boulevard que la cruza al completo de noroeste a sureste. Naciendo en la medina comienza dando ubicación a los comercios de mayor categoría y a grandes cafés con terrazas ocupadas exclusivamente por hombres y le sigue la zona de servicios con la antigua sede de Correos y Telégrafos, cines y bancos hasta la que es desde 1923 el punto de llegada del ferrocarril a la ciudad (Rabat Ville) con un fantástico edificio racionalista de los años 30 con decoración de motivos árabes como estación.

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Cerca de la llegada del tren queda el recién inaugurado Museo Mohammed VI de Arte Contemporáneo de Rabat, el primero del país y del continente africano, nacido el pasado mes de octubre con el fin de convertirse en un referente cultural y turístico tanto a nivel nacional como internacional. Y un poco más allá la imponente catedral católica de San Pedro con su esbelta fachada blanca y sus dos torres-aguja.

La dinastía alauí

Más allá de este punto y siguiendo hacia el este se concentra la capital administrativa de Marruecos con grandes complejos de edificios que dan sede a distintos ministerios. En la zona más residencial y de alto nivel se encuentran las representaciones diplomáticas de los países extranjeros.

La ciudad nueva se levantó en el terreno que dejó libre las murallas que unían la medina con el Palacio Real construido  en la segunda mitad del s. XIX. Este lugar es la residencia habitual del monarca alauí, Mohammed VI, rey de Marruecos desde 1999. Sus antecesores, padre y abuelo, Hassan II y Mohammed V, quien volvió a reinar tras la independencia del país en 1956, yacen enterrados en el mausoleo que se construyó a tal fin al norte de la ciudad nueva, junto a la Torre Hassan. Edificación del siglo XII junto a la que se pretendió construir entonces la mayor mezquita del mundo y de la que hoy solo quedan algunos pilares tras ser derruida por el terremoto de Lisboa del 1 de noviembre de 1755.

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En el inicio: Challeh

Desde este lugar se puede ver el gran puente que salva el río Bu Regreng para unir Rabat con Salé, la urbe situada a su otra orilla. La de Salé era la denominación que tuvo durante la dominación romana (40 a.C – 250 d.C) un asentamiento situado en el punto más oriental de Rabat, en lo que entonces debía ser una localización estratégica (situado sobre un promontorio junto al mencionado río en un punto donde entonces debía ser navegable en su salida hacia el océano).

Chellah, el nombre que los benimérines dieron posteriormente a aquel lugar es hoy un yacimiento arqueológico en el que intuir el arco del triunfo y los baños romanos y ver las ruinas de la mezquita, la necrópolis, la madraza y el hammam árabe erigidos en el s.XIII junto a los anteriores cuando ya eran ruinas. Todo ello en un paraje ya situado en pleno campo entre arboles de todo tipo: magnolios, higueras, olivos,…

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Cotidianeidad

En el núcleo urbano en cambio los árboles más frecuentes en sus avenidas son las palmeras y los naranjos, una nota de color entre edificios que, al margen de los dejados por los franceses, carecen de encanto alguno.

Por aquí y por allá amplia presencia policial y militar armada con absoluta cotidianeidad entre hombres trajeados, jóvenes al estilo occidental –en el caso de las mujeres casi siempre con pañuelo- y mayores con chilaba. Todos ellos desenvolviéndose a paso ligero entre el ruido del tráfico continuo, las llamadas a la oración y las conversaciones a viva voz, entre los anchos espacios de la ciudad nueva y las estrecheces de la medina.

Si no fuera la capital de Marruecos, Rabat probablemente pasaría desapercibida para los que quieren conocer lo más representativo en cuanto a arte, cultura e historia de este país. Pero los tiempos actuales la han situado en estas coordenadas, motivo más que suficiente para acercarse a vivirla y experimentarla de primera mano.

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Aspirante a referente cultural: el Museo Mohammed VI de Arte Contemporáneo de Rabat

El arte es expresión para el que lo realiza y reputación para el que lo financia, también es identidad para los coetáneos a ambos. Un cúmulo de estos tres aspectos resulta ser el que es el primer museo de arte moderno tanto de Marruecos como de África.

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Con el nombre del monarca vigente formando parte de su propia denominación queda claro uno de los objetivos de esta institución inaugurada el pasado 7 de octubre, ensalzar la figura del actual regente de la casa alauí como hombre moderno, preocupado por las inquietudes de su pueblo y promulgador del diálogo libre y crítico. Ese que promueve el arte más actual y no siempre tan correcto y apropiado como pueda ser el del círculo institucional y diplomático en el que Mohammed VI desempeñe su labor como monarca. Su pose occidental descorbatado en la retrato oficial con que preside distintos lugares del museo podría darnos esa impresión.

¿Qué ha llevado a Marruecos a crear este museo? Quizás sea el espíritu de mecenazgo de su rey y su visión de la cultura como motor de progreso y crecimiento de su pueblo, quizás la estrategia que el mismo puso en marcha para evitar que la primavera árabe de 2011 calara en el país (reforma constitucional y elecciones con un sistema más transparente fueran dos de las medidas que recogen las hemerotecas). O a lo mejor se han unido las dos cuestiones para dar forma a este nuevo foco cultural ya que sus obras se extendieron según la agencia EFE a lo largo de toda una década.

Cien años de creación (1914-2014)

Este es el título de la muestra inaugural con la que los visitantes pueden conocer lo que se presenta como lo más representativo del arte del país en el siglo que va desde poco después del inicio del protectorado español y francés (1912) hasta hoy. Un siglo en el que se ven las mismas corrientes que en el arte occidental: realismo, expresionismo, abstracción, naif, simbolismo,…, tratando toda clase de temas: retratos, paisajes, escenas costumbristas e históricas, conceptualizaciones,…, en soportes que van desde el tradicional óleo sobre lienzo a las técnicas mixtas también en pintura, la escultura con múltiples materiales, la video creación y el vídeo como testimonio documental de performances, las instalaciones o la fotografía.

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El recorrido expositivo resulta estéticamente evolutivo con una muy bien resuelta museografía (espacios, iluminación y diseño del recorrido) que comienzan en la planta 1, para seguir en la 0 y acabar de manera rompedora en la -1, en el parking. Ahí es donde se encuentran las obras más actuales, en un espacio que parece más de feria de arte que de museo, no quedando claro si es una elección a propósito para conseguir más impacto –instalaciones a partir de basura, corazones esculpidos con vidrios rotos o wc’s floreros como espacios pop tridimensionales- o por haber sido un discurso elaborado cuando los espacios museísticos ya estaban ocupados.

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En cualquier caso, considerando por méritos propios esta última parte, la selección resulta muy interesante, provocando para el neófito en el arte marroquí –valga como referencia que no incluyo ningún nombre por serme todos desconocidos- continuamente una serie de preguntas: ¿Cuánto hay en los artistas expuestos de inspiración autóctona y cuánto de influencia exterior? ¿Lo expuesto es arte que se pueda adjetivar como nacional, occidental o universal? Y sea cual sea el término elegido, ¿qué hace que sea así? ¿Visto desde aquí –Rabat, Marruecos- dónde está el límite entre lo que es costumbrismo y lo que es exotismo? ¿Bajo qué ojo ve un marroquí a sus antepasados retratados por Delacroix? ¿Qué papel ha jugado el devenir de la historia nacional –influencia ambiental o discursos pautados- en el desarrollo de la expresión artística?

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El edificio

El MMVI (acrónimo de Musée Mohammed VI) recibe a sus visitantes (de 10:00 a 18:00 y gratuitamente) en un edificio de nueva planta y de arquitectura evocadora de la tradición musulmana: decoración de formas geométricas y juegos de luces, invisibilidad del interior desde el exterior y espacios diáfanos en las tres plantas de su interior articulados en torno a un patio central que actúa como centro de recepción y punto informativo. En su planta 1 parte del recinto queda reservado para las oficinas de administración y dirección, y en la 0 en el momento de mi visita –mañana del sábado 27 de diciembre- el auditorio estaba ocupado por una instalación, la cafetería cerrada y la librería parecía más un almacén lleno de cajas por volúmenes esperando a ser dispuestos donde corresponda ya que las estanterías se veían ya ocupadas con aire de biblioteca por títulos de aire más o menos enciclopédico sobre Picasso, Gilbert & George o Gauguin, entre otros muchos.

En el mundo virtual impresión semejante de continente falto de contenido, www.museemohammed6.ma no deja de ser breves textos informativos sin ofrecer imagen o documento descargable alguno. En las redes sociales, el perfil del museo en facebook recoge en su muro tanto actualidad propia como cultural nacional y uno de sus álbumes de fotografías es “fotos subidas con el móvil”, twitter se nutre principalmente de RT’s –en diciembre solo cuenta con tres tuits originales-, y en instagram la mitad de sus 16 imágenes son sobre instalaciones o momentos de trabajo audiovisual.

El futuro

En su time-line de twitter el MMVI daba el 2 de diciembre las gracias a las 44.000 visitas recibidas hasta entonces. El tiempo dirá si esa es una tendencia, un referente anhelado por no haber sido capaz de mantenerlo o el punto de partida sobre el que el primer museo de arte moderno de Marruecos y Africa seguirá creciendo.

Estadísticas aparte, está claro que la cultura es hoy una clave de identidad no solo antropológica y social, sino también política. Más en los tiempos actuales donde las infraestructuras culturales y su programación son también una herramienta turística –y por tanto de actividad económica- y de imagen de las ciudades y países que las acogen. He ahí ejemplos ya consolidados como el fenómeno Guggenheim de Bilbao, el polémico futuro Louvre de Abu Dhabi o las recién inauguradas en Astaná, la capital de Kazajistán. Queda por ver si este museo y otras instalaciones por venir situarán a Raba no solo en el plano internacional, sino también en el nacional –donde de momento solo aparece en el político por ser la capital- como foco cultural frente a la histórica Fez, la económica Casablanca y la turística Marrakech.

(Imágenes de las obras tomadas del perfil de Facebook del MMVI por no estar permitido realizar fotografías en su interior).

Llegar hasta Rabat

Lo dije hace un año, me quedaba con ganas de más Marruecos, así que doce meses después heme aquí de nuevo. Entonces comencé ruta llegando a Tetuán, esta vez el punto de inicio marcado ha sido Rabat.

Nada más bajar del avión la primera sensación que te provoca Casablanca es su temperatura, siete, ocho, quizás nueve grados más que en Madrid. Y la luz, aun siendo débil transmite fuerza, vigor, energía, provoca que las pupilas se empequeñezcan y te preguntes dónde has dejado las gafas. Imposible mirar al sol directamente, te hará lagrimear alegremente.

Control de pasaportes, comprar moneda local y salir a la terminal dejando atrás a los que están esperando a alguien, aquí es cuando comienza verdaderamente el viaje, ya no hay trámites que cumplir, tú marcas tu ruta y tu modo de recorrerla. De frente el cartel que indica taxi, a la derecha el que sigo, el del tren que me llevará hasta Rabat.

Entre la máquina de autoventa y la cola de la taquilla opto por la segunda al ver pocas personas y comprobar que tengo 20 minutos por delante para coger el tren de las 11:55. 75 dirhams (7,5 €) por el billete que he de pagar en metálico, “no funciona la línea telefónica” me contesta la chica con pañuelo que me ha vendido el billete. Acto seguido compruebo el sentido de la comodidad marroquí al tener que subir 30 escalones a pie con mi maleta para llegar hasta los aseos.

Tomo asiento en mi vagón de segunda clase y frente a mí una pareja en cuya maleta veo una etiqueta que señala una dirección de Villanueva de la Cañada como su domicilio habitual, unos venimos de turismo y otros a reconectar con sus raíces. El trayecto comienza puntual, el paisaje es llano, verde, paralelo por momentos a trazados de autovía, perpendicular a líneas eléctricas de alta tensión y salpicado de construcciones más o menos perennes hasta que se llega a lo que parecen los suburbios de Casablanca. Entonces los edificios son de varias plantas, seriados hasta el aburrimiento, hormigonados y monocromos causando hastío estético.

Tren

A la media hora de recorrido avisan por megafonía que hemos llegado al final de nuestro trayecto y nombran distintos destinos a los que se puede seguir desde donde vamos a parar. Sigo las indicaciones de mi billete al bajar y busco el andén en el que coger el A26, el indicativo electrónico dice “Salé”, en ese momento no tengo ni idea de qué ciudad es –tardaré un par de horas en caer que es la que está justo al norte de Rabat, tan solo separadas por la desembocadura del río Bu Regreg- y temo que pueda acabar en Fez, Marrakech o cualquier otra ciudad el interior del país si no ando con cuidado. Tras veinte minutos de espera el tren llega lleno, por lo que los que subimos con maletas hacemos que el resultado sea de masificación total. En la primera parada encuentro un asiento vacío en la planta baja del vagón y ahí me siento los todavía cuarenta minutos que tardaré en llegar hasta mi destino final. Me llama la atención las línea curvas de la estructura del vagón semejando un arco de herradura en las zonas de entrada y salida por su cabecera, el diseño inspirado en lo autóctono.

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En Rabat Ville maremagnum de gente joven, ¡y todos con abrigos! ¡Pero si el termómetro marca 17 grados! Dos escaleras mecánicas y salgo al exterior, a la Avenida de Mohammed V, la principal vía de la zona nueva de la ciudad, la que construyeron los franceses durante el protectorado (1912-1956) cuando decidieron que Rabat sería la capital de Marruecos, para evitar así las corruptelas y círculos de poder ya establecidos en Fez y Marrakech. A la derecha una gran torre que podría pasar por similar a la Giralda de Sevilla, pero que resulta ser Le Tour Hassan, a cuyos pies está el mausoleo del monarca que logró la independencia del país y que da nombre a la avenida, el abuelo del actual Mohammed VI.

Impresión de Google Maps en mano recorro a pie –cosas que te permiten las maletas con ruedas- los 900 metros que me separan de mi hotel pasando junto a  edificios ministeriales, el gran teatro Mohammed V (otra vez él), construcciones inacabadas abandonadas y otras antiguas que parecen desahuciadas a cuyo pie contrasta el silencioso paso de un moderno tranvía. Con mi justo francés resuelvo el trámite del check-in sin olvidarme de pedir la clave del wifi y asegurarme de que tengo el desayuno incluido en la tarifa de la habitación. En menos de dos segundos chequeo visualmente los 12 metros cuadrados de mi individual acabando el tour en el pequeño balcón desde el que tengo la fantástica vista de una sucesión de azoteas pobladas de antenas parabólicas.

Son las 14:30 hora local, una menos que en España, y mucha hambre, así que es hora de echarse a la calle en modo turista: guía lonely planet, cámara de fotos, móvil cargado y muchas ganas de patear, de mirar, de dejarme llevar por lo que vea y escuche, lo que me llame la atención. En la recepción del hotel no tienen planos de la ciudad, así que, sin plano entonces, ¡a conocer Rabat!

Impresiones, anécdotas y ganas de más Marruecos

Llega el momento de dejar Marruecos, se acabó el viaje que he hecho por Tetuán, Chefchaouen, Assilah y Tánger. Toca hacer la maleta, recoger las cosas que traje y guardar también las que he comprado. Vuelvo con poco equipaje extra en la maleta, tan sólo tres pequeños libros, tres obras de teatro marroquíes traducidas al inglés.

Literatura

No conozco nada sobre literatura marroquí ni sobre sus autores,  pero leer teatro es una de mis pasiones, aunque lo haga mucho menos de lo que me gustaría. Me he encontrado con ellas sin buscarlo, surgieron sin más. Las dos primeras en la librería de la antigua legación americana y la tercera en la librería Colonnes, a la que llegué siguiendo los pasos de Paul Bowles. Leyendo sus reseñas me han parecido interesantes, “No man’s land” de Mohammed Kaouti dice ser una predicción del movimiento del 20 de febrero, la versión marroquí de la primavera árabe de 2011, y de Zoubeir Ben Bouchta “Shakespeare Lane”, una reinterpretación de momentos de distintas obras del genial inglés, y “The red fire” que toma punto de partida una historia que el pintor y novelista local Ahmed Elyakoubi contó a Paul Bowles y que este redactaría en inglés bajo el título “The night before thinking”.

Tras haber conocido un poco más sobre él y su vida aquí, de Paul Bowles me voy con ganas de leer “El cielo protector”. Tengo en casa sin ver la adaptación cinematográfica de Bernardo Bertolucci, quizás sea también el momento de desprecintarla y poner el dvd en marcha.

El Reducto

Con la maleta cerrada y la mochila al hombro bajo por última vez en el ascensor estilo colonial del hotel Rembrandt. No será este el hotel que me lleve como recuerdo, será el riad de Tetuán, “El Reducto”. Llegar hasta él callejeando por la medina ya le dio un primer toque de autenticidad, y a este súmale otros como su pequeño tamaño articulado en torno a su bonito patio interior de estilo morisco, la calidez de la decoración de la habitación y el que el hotel en total contara con tan sólo cinco estancias, las vistas desde su azotea, el desayuno que te preparaban al sentarte, la mesa llena de libros en el comedor para hojear y la anécdota de ser uno de ellos “El tiempo entre costuras”, la novela de María Dueñas cuya lectura he hecho coincidir con este viaje para así avanzar entre sus páginas por las ciudades en las que acontece parte de su historia.

Viajando en autobús y en tren

Pagadas las cuatro noches que he hecho en Tánger, salgo a la calle a coger un taxi. En apenas 30 segundos para uno a mi lado, antes de subir y siguiendo el manual del turista precavido le pregunto cuánto me cobrará por llevarme al aeropuerto.

Esta vez sé que voy seguro a mi destino, no como cuando en Chefchaouen me subí al bus para volver a Tetuán. El billete marcaba como hora de salida las 15:15 y a esa hora apareció un autobús, me subí a él rápidamente ya que llovía a mares mientras el resto de los que también debían hacerlo introducían sus equipajes en el maletero. Sube una chica y me dice que ella tiene mi asiento también, le enseño el billete y ella me enseña el suyo. Al ver los dos algo me llama la atención, no son iguales, tenemos el mismo número de butaca, pero el suyo dice que va de Chefchaouen a Fez y el mío que voy de Chefchaouen a Tetuán. ¡Me había equivocado de autobús! ¡Qué momento! Me excusaré alegando que en la estación no había ningún panel indicativo ni avisos por megafonía.

Parecida cara de ¡ay! se me debió quedar en la estación de tren de Assilah al volver para Tánger. Había comprado billete para el tren de las 16:41, llegué media hora antes y pensé que si llegaba otro tren antes lo cogía ya que los asientos no eran numerados. Por la mañana el tren en el que vine de Tánger había parado en la vía 1, y ante, nuevamente, la falta de paneles informativos y de avisos por megafonía supuse que para volver debía colocarme en el otro andén, el 2. Y a eso de las 16:20 oigo la sirena del tren, dejo de leer y miro, están viniendo dos trenes a la vez, cada uno en un sentido. Y el que va en dirección norte, en el que tengo que subir yo ¡es el del otro andén! No hay paso soterrado y el convoy que va hacia el sur me impedía cruzar las vías, imagino que me quedé con cara de pasmado en grado supremo. Una vez se fueron los trenes pregunté al de seguridad cuál era el andén de mi tren, me dijo que el 1 y allí me coloqué y esperé sentado leyendo al que era mi tren. Y leí bastante, tanto como los 50 minutos de retraso con que llegó el tren Oujda-Tánger. La experiencia ferroviaria creció con intensidad al intentar subir al tren, imposible hacerlo en los vagones de segunda clase tal y como me correspondía por mi billete. Iban tan llenos como el metro en hora punta, con los pasillos y los espacios entre puertas repletos de gente de pie. Así que subí en el de primera en el que todo el mundo va sentado en el asiento asignado en su billete, pero como también iba completo, hice el trayecto de pie.

Relativo a los trenes me quedo con las ganas de saber por qué el único colectivo que vi que tenían derecho a descuento en la tarifa, del 50%, eran los periodistas. Cuando viajo llevo conmigo mi carnet de la federación internacional de periodistas, pero estuve lento de reflejos en la taquilla y no llegué a sacarlo. No por el ahorro en el billete, sino por ver la reacción, parto del concepto de que los periodistas en este país son un colectivo controlado. Me lo anoto para la próxima vez que vuelva.

“Hola amigo”

Ya en la terminal del aeropuerto de Tánger me dirijo al mostrador de facturación, en apenas un minuto tengo mi tarjeta de embarque. El personal habla perfectamente español, supongo será un requisito que ha tener en su cv para poder trabajar en el aeropuerto atendiendo a turistas españoles, pero caminando por las calles de Tánger y, sobre todo, de Tetuán, queda patente que hubo un tiempo que en este fue un territorio con amplia presencia del otro lado del Estrecho de Gibraltar. Nombres de establecimientos y antiguas placas de denominación de calles son algunos de los testigos de aquel pasado.

Entre la población, el español básico está a la orden del día entre todos los que te vayan a atender como turista. Enseguida por la cara me identificaban como español  y llegaban los “Hola amigo”, “¿De dónde eres, de Madrid?”, “Yo te enseño la medina”, “Si buscas cosas bonitas yo te llevo”,…, todas ellas ofertas de lo más interesadas. Siguiendo el manual del turista precavido respondía con un “No, gracias” o un “Ya sé, conozco la ciudad”, evitaba la mirada, seguía caminando a mi paso y no respondía a la propuesta de diálogo. En algunos momentos, sobre todo en la medina de Tánger, aceptar este cortejo impuesto por mayores y pequeños fue todo un ejercicio de paciencia, no había calle en que no te libraras y no parecían aceptar un no por respuesta.

Si con el español no puedes hacerte entender, con un francés básico sí que llegas a todas partes. Aunque ha habido algún momento, con gente mayor fundamentalmente, en que al no hablar árabe la comunicación no ha sido posible.

¿Seguridad o control?

Como si fuera un ejercicio simétrico a la llegada hace una semana, paso el control policial para que mi pasaporte quede registrado en el sistema informático del Ministerio del Interior del Reino de Marruecos y en su página 30 pongan el sello de salida.

Será la última vez que vea presencia policial o militar en este viaje, un continuo que me ha acompañado desde el primer día y que parece ser la cotidianeidad del país. En controles de carreteras, en estaciones de autobús y tren, repartidos aquí y allá por el paseo marítimo o el llamado mirador “de los perezosos” en Tánger, en la plaza Hassan II o en la medina de Tetuán y en la de Chefchaouen, en la parada de taxis en Assilah,… Creo no haber pasado por un sitio donde no haya visto hombres uniformados visiblemente colocados.

¿Serán ellos el motivo de la sensación de seguridad que hay en el ambiente? ¿O me equivoco y realmente debo interpretarla como sensación de control? ¿Tendrá algo que ver con los acontecimientos de la llamada primavera árabe en el país en febrero de 2011 o con atentados como el de Marrakech en abril de 2011? ¿O sencillamente ha sido siempre así? Si comparo con mi viaje anterior hace tres años, mi sensación es que la presencia policial y militar en las calles era entonces, igual que ahora.

Comerciantes como Mahoma

Cuando cae la noche das por hecho que las calles se van a vaciar porque ha llegado el momento de hacer vida en casa. Sin embargo, lo que he vivido estos días ha sido todo lo contrario, al desaparecer el sol las aceras se abarrotaban de gente, de familias y grupos de mujeres y hombres jóvenes que parecen estar haciendo vida social.

Mujeres mayores ves pocas, y hombres de mediana edad y mayores ves muchos, pero casi todos ellos sentados en las terrazas de los cafés y salones de té de nombres exóticos como “Salón de Thé Grand Paris” y “Café Saigon” que recuerdan la huella del protectorado francés cuando el referente de modernismo era la antigua metrópoli y sus colonias africanas y asiáticas.

Y junto a aceras repletas de paseantes y terrazas llenas de hombres que miran a aquellos o debaten entre ellos, un comercio que se coloca por todas partes. No sólo se vende en la medina y en los locales comerciales convencionales de las zonas modernas, allí donde hay un hueco en el adoquinado surge una mesa o una manta en el suelo sobre el que se colocan toda clase de artículos a la venta.

–           “Lo que pasó en febrero de 2011 ha hecho que levanten la mano en algunas cosas, hasta entonces, por ejemplo, el tema del comercio se desarrollaba exclusivamente dentro de la medina. Los puestos ambulantes que has visto en la plaza de Hassan II o repartidos por las calles del ensanche antes no estaban”, me decía una española en Tetuán.

–          “Pero si aquí los sueldos son más bajos, ¿quién compra todo esto? ¿de verdad tanta gente puede vivir del comercio?”, preguntaba yo intentando saber dónde estaba el equilibrio oferta-demanda en aquel espectáculo de calles abarrotadas de mercancía exhibida y cantidades ingentes de peatones y potenciales clientes que hasta dificultaban el paso de vehículos.

–          “No sé decirte si se puede vivir o no de ello, pero la realidad es que ahí están un día tras otro desde primera hora hasta bien entrada la noche. El profeta Mahoma era comerciante y supongo que eso es lo que hace que tanta gente elija esta actividad en esta cultura”, y llegada a esta conclusión que sigue pululando en mi cabeza como explicación al porqué del asunto dejamos el tema de conversación.

Surgió la mención a Mahoma con la misma cotidianeidad con que se vive el islam en la vida pública de los países árabes. Esta ahí, es permeable, transversal a todo. De hecho, el estado marroquí tiene en su estructura un ministerio de asuntos religiosos, el Habus. Andas por la ciudad y oyes las llamadas a la oración, paseando por cualquier rincón de la ciudad encontrarás una mezquita en la que hombres y mujeres entrarán por puertas diferentes ya que en su interior sus espacios están completamente separados.

Excepto a determinadas horas del día en la suntuosa mezquita de Hassan II en Casablanca, ningún no musulmán puede entrar a una mezquita en Marruecos. La medida comenzó durante el protectorado francés para que los musulmanes sintieran respetadas sus creencias e identidad y evitar conflictos con la comunidad expatriada, y tras la declaración de independencia se siguió manteniendo la prohibición.

La familia

Ya estoy en la zona de embarque del aeropuerto. Mi entretenimiento aquí es siempre el mismo, ¿a qué otras ciudades habrá vuelos desde aquí? ¿Y cómo será la gente que va a esos destinos? En las próximas horas veo que aparte de a Madrid, hay programados vuelos a Casablanca, París, Lisboa y Bruselas.

Veo personas con look occidental y otros tradicional, una diferencia visualmente mucho más evidente en las mujeres, los colores vivo de sus chilabas, el pañuelo en la cabeza, el hiyab. Entre los que parecen nacionales apenas se ven pasajeros individuales, abundan las familias, y en ellas queda claro como cuando lo ves en cualquier ciudad que hay un cabeza de familia, él, y una encargada, ella, de estar al tanto de los varios hijos que tienen.

Sabores

El vuelo es a las 13:00, mala hora, me veré obligado a tener que pedir algo de la comida de pago del avión. Nada que ver con los zumos naturales de naranja exprimidos en el momento en puestos callejeros que he tomado estos días, el pescado fresco en las terrazas del paseo marítimos de Tánger, el sabroso couscous con pollo que tomé frente a la kasbah de Chefchaouen y en el Restinga de Tetuán o el tajin de verduras en Assilah. Me llevo en el sentido del gusto las distintas clases de preparación de aceitunas que puedo haber probado y descubrimientos como la harira, la tradicional sopa marroquí elaborada a base de carne, tomate y legumbres.

Cenar en el “Populaire Saveur de Poisson” la última noche fue toda una experiencia. Un pequeño local con capacidad para unas 25 personas cerca de la entrada de la medina de Tánger. Llegas y te sientan donde haya hueco junto a otros clientes en sus mesas corridas. No hay carta, menú único servido en fuentes de barro: sopa de pescado, un revuelto a la plancha de sepia, mero y distintos mariscos, a continuación un lenguado a la plancha y marrajo a la brasa. Todo ello acompañado de un rico zumo de frutas que combina frambuesas, pera y frutos secos. Éxtasis para la boca. Y como cierre de postre dos combinaciones de miel, una con copos de avena y frutos secos y otra fresas y granada.

Tres años después

Asiento 17A, he tenido suerte, salida de emergencia, así podré ir un poco más cómodo con las piernas estiradas. Miro el sello de salida en el pasaporte, mismas fecha tres años después que mi anterior viaje a Marruecos, del 26 de diciembre al 2 de enero. Entonces entre 2010 y 2011 en el que fue mi último viaje como guía acompañante de grupos en viajes organizados.

La ruta de aquel tour fue Marrakech-Ourzazate-Erfoud-Fez-Casablanca-Marrakech. La plaza Djemaa el Fna de Marrakech me pareció un auténtico espectáculo en vivo, quedé impresionado al conocer que la medina de Fez la forman más de 9.000 calles en las que viven 300.000 personas, me encantaron los amaneceres en Erfoud a las puertas del desierto, así como cruzar por dos veces el macizo del Atlas y descubrir que en sus zonas altas tiene nieves perpetuas,… Entonces me llevé la impresión que esta es una buena época del año para visitar Marruecos, viniendo del invierno de Madrid, la luz y las temperaturas de hasta 20º en el momento central del día resultan muy agradables.

Después de lo conocido estos días sobre el protectorado español y francés, me quedo con ganas de conocer Casablanca y Rabat, las ciudades en las que está el centro político y económico del país que surgió en 1956. Y si vuelvo a Tánger intentar recorrerla siguiendo las huellas de Delacroix y Matisse, qué vivieron y conocieron, qué sintieron, qué les impactó en esta ciudad y en las demás que visitaron en el país, qué hay detrás de las pinturas que aquí crearon. Me queda como pendiente la experiencia de ir a un barbero local, de repetir la visita a un hamman,…

“Buenas tardes señores pasajeros. El comandante y todos nosotros les damos las gracias por elegir este vuelo con destino Madrid. La duración del vuelo será de aproximadamente una hora.” Ahora sí que sí, con el aviso de megafonía de la sobrecargo puedo decir que la experiencia de este viaje ha llegado a su fin.