“Andarás perdido por el mundo” de Óscar Esquivias

Una colección de catorce relatos en los que se aúnan distintos puntos de vista. Desde la mirada de ojos grandes de un niño que registra acontecimientos que quedarán grabados de por vida en su memoria, a la del adulto que contempla aquellos años desde la distancia. También episodios en los que la música, la historia, la práctica religiosa, el deseo y la pulsión sexual tienen su protagonismo. Páginas cargadas de un rico lenguaje y una prosa tranquila y fluida que se disfrutan con sosiego y dejan tras de sí una grata sensación de armonía y equilibrio.

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Al poco de comenzar la primera de las historias, Todo un mundo lejano, caí en que ya la había leído hace un par de años cuando tuve entre mis manos Lo que no se dice, el recopilatorio de Dos Bigotes sobre toda clase de circunstancias y casuísticas homosexuales en nuestra España de ayer y de hoy. Volví a disfrutar nuevamente de la delicadeza con que Óscar retrata el alejamiento de alguien que necesita marcar distancia para poder ser él mismo y del desconcierto que esto causa en aquellos que se sienten abandonados por aquel que se marchó. Su narración es como una lluvia fina, sencilla, constante, pero que cala y llega muy dentro, llevando hasta tu interior la intensidad, la agitación y la inquietud de aquello que a sus protagonistas –en ocasiones aumentado por el hecho de ser también narradores en primera persona- les hace latir, les remueve la conciencia o les pone los pelos como escarpias.

Leyendo La Florida es imposible no sentirse niño e imaginar que somos espectadores a poco más de un metro del suelo con los ojos bien abiertos y los oídos aún más atentos en ese lugar tan peculiar y asombroso en el que descubriremos cosas nunca antes vividas, como hasta dónde pueden llevarnos los vínculos familiares y la fuerza que nos da el sentirnos orgullosos de los nuestros. Otro tanto sucede con los años de la adolescencia, ese período en que, como en Los chinos, cada segundo se vive con una intensidad tan dramática como benevolente es la sonrisa con que se recuerdan muchos años después. Nada que ver con la aceptación y espontaneidad, ya sumidos en la madurez, con que podemos vivir los altos y bajos de una cita con cena en la que la banda sonora tenga ritmo de Mambo.

Pero Esquivias no solo recorre las edades del hombre, sino que pasa también de episodios con apuntes quizás autobiográficos de su Burgos natal –El misterio de la Encarnación– a ficciones que nos trasladan a la California de los años 20 –La casa de las mimosas– o el París de un siglo antes –El arpa eólica– en las que nos encontramos, respectivamente, a la actriz Greta Garbo y al compositor Héctor Berlioz. E igual que en estas ocasiones el cine o la música fueron la base del hilo argumental, en otras ocasiones lo es la historia –La última víctima de Trafalgar-.

En este conjunto no hay dos cuentos iguales, ni en formato –algunos muy breves, casi microrrelatos cargados de lirismo, El joven de Gorea-, ni en tono –del realismo social inicial de El chino de Cuatroca al humor, la intriga o el costumbrismo tanto de este como de otros- ni en registro de sus personajes –de mujeres aristocráticas a jóvenes independientes, muchachos cohibidos y hombres irreflexivos. Pero siempre con un mismo denominador, la sensación de estar degustando textos elaborados con buen gusto y saber hacer, evocadores y generadores de sensaciones; con los que puede disfrutar toda clase de lector, desde el más conformista y ocasional al más exquisito y exigente.

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