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“Las madres no” de Katixa Agirre

La tensión de un thriller -la muerte de dos bebés por su madre- combinada con la reflexión en torno a la experiencia y la vivencia de la maternidad por parte de una mujer que intenta compaginar esta faceta en la que es primeriza con otros planos de su persona -esposa, trabajadora, escritora…-. Una historia en la que el deseo por comprender al otro -aquel que es capaz de matar a sus hijos- es también un medio con el que conocerse y entenderse a uno mismo.

Que una mujer acabe con sus propias manos con sus dos hijos es algo tan aparentemente inexplicable que cuando un hecho así salta a la luz pública, rápidamente se convierte en la noticia de portada de la prensa escrita y online y a la que se dedican los minutos de más audiencia televisiva y radiofónica. Además de la brutalidad inherente a todo crimen en que el ejecutor se sirve de su fuerza y superioridad para acabar con quien no solo está indefenso, sino que es dependiente de él, lo que realmente nos abruma y horroriza es cómo salta por los aires todo aquello que entendemos que supone la maternidad.

Una vivencia única, un punto de inicio para el que llega al mundo y uno de inflexión para quien da a luz. O no. Porque la sociedad en la que vivimos ejerce tal presión sobre la mujer que se convierte en madre que, en buena medida, no le permite hacer de ello un proceso, experiencia y vivencia propia, sino que le marca y exige una serie de acciones, expresiones y manifestaciones con las que demostrar que cumple el rol desde el que en ese momento pasa a estar considerada socialmente. Un papel que ha de compaginar con todos los demás (esposa, hija, amiga, trabajadora, creadora…) a sabiendas de que el equilibrio imperfecto al que está destinada hará que sea mal vista y peor juzgada en aquella faceta en que su presencia o productividad se vea afectada por su maternidad. O al revés, si en algo destaca, se le echará en cara que no es una buena madre.

¿Esto hace de Las madres no una novela feminista? Lo es porque su mensaje en pro de la igualdad, la consideración y el respeto a la libertad, la decisión y el espacio del otro está latente en ella de principio a fin. Bajo ese marco, su personaje protagonista sí que reflexiona sobre qué supone la maternidad y cómo ha sido valorada y considerada a lo largo de la humanidad por diferentes culturas. Pero Katixa Agirre no la deja acomodarse en esas coordenadas que podrían considerarse reivindicativas, sino que hace de ellas el subtexto del cruce de caminos en el que se encuentra su vida. Acaba de ser madre, desea seguir siendo escritora (premiada incluso por ello) y se da de bruces con una historia en la que no solo conoce a la acusada, sino que lo que en su proceso se trata y comenta socialmente y se analiza y valora judicialmente tiene muchos puntos en común con el proceso personal que ella está viviendo.

Al tener como personaje principal una escritora en proceso de preparación e investigación del que espera sea su siguiente título, Las madres no es también una metanovela sobre cómo ha de cimentarse el relato que posteriormente llegará a sus lectores. Y lo hace siendo ejemplo de ello. Con un inicio tan brutal como impactante y unos personajes llenos de aristas y recovecos en los que no siempre es posible entrar. Con una trama en la que no hay nada plano y en la que todo cuanto interactúa con ella es susceptible de llevarte por caminos inesperados e imposibles de prever. Con un desarrollo en el que no hay una única atmósfera o sensación que te guíe, sino un construirse en el momento que hace que su lectura reproduzca la continua percepción de estar en el aquí y ahora, en el presente de su relato. En definitiva, tanto por lo que cuenta por cómo lo cuenta, Las madres no sí.

Las madres no, Katixa Agirre, 2019, Editorial Tránsito.

“Quiltras” de Arelis Uribe

Ocho historias cortas protagonizas por otras tantas jóvenes en un Chile que no es ni tan moderno como nos cuentan ni tan igualitario como nos gustaría suponer. Narraciones ácidas por lo que tienen de certeras. Incisivas por su precisión a la hora de adjetivar. En ellas sus protagonistas son tan únicas como representativas de los dilemas y las barreras humanas, sociales y culturales que muchas mujeres se encuentran hoy en día.

Suele coincidir que en las comunidades menos desarrolladas las relaciones sociales tienen un gran peso en el día a día de sus habitantes. Esto no ha de ser tomado como sinónimo de lazos afectivos fuertes, sino como señal de que no hay otras vías -como formación por resultado de una escasa educación o fuentes de entretenimiento por no contar con infraestructuras o ingresos suficientes para acceder a ellas- para alimentar y vehicular las vivencias interiores. Es en estos lugares donde el mundo se reduce a las calles más próximas de la población donde se reside y a como actúen -qué digan y hagan- tus familiares y vecinos respecto a ti.

Una cercanía claustrofóbica y asfixiante, así es esa atmósfera a la que nos traslada Arelis Urbe en algunos de los relatos de este volumen, como la de Bestias y la de 29 de febrero, con los que conforma un fresco casi antropológico sobre el comportamiento humano a partir de una serie de retratos individuales, pero con muchos elementos en común con cualquier otra persona de coordenadas similares a las expuestas. Valgan como ejemplo las del imaginario de, la también chilena, Marcela Serrano (La llorona o Nosotras que nos queremos tanto).

En Quiltras el entorno -sobre todo cuando es rural- no es únicamente un complemento circunstancial, sino un emplazamiento que marca y condiciona la identidad, la vida y las posibilidades de futuro de quienes residen en él. Especialmente el de las mujeres, haciendo que este tenga connotaciones de imposición, cuando no de condena, y de servilismo y servidumbre ante los hombres -maridos, padres, hijos o hermanos- con los que viven.

En sus ficciones, Uribe muestra con un bello y rico lenguaje cuáles son esos escasos espacios en los que ellas se pueden permitir ser fieles a sí mismas. Sobre todo en lo que tiene que ver con el afecto, conlleve este -o no- una atracción física susceptible de derivar en manifestaciones físicas o, directamente, sexuales. Sitios como los de Ciudad desconocida o Italia que no siempre se identifican con una dirección, que no cuentan con un techo bajo el que resguardarse de la mirada de los demás. Parajes físicos consistentes en sus propios cuerpos acompañándose, entregándose y recibiéndose, dándose cariño –placer incluso- allá donde sea posible y hasta que las obligaciones -en forma de padres vigilantes o de guión de vida- marquen el punto y final que, en la mayoría de los casos las reconduzca a lo esperado, debido y exigido.

Pero además de sobre lo sistémico, estos cuentos tratan también sobre cómo se percibe el mundo en la adolescencia y cómo, en ocasiones, se contempla aquella visión con años de distancia. Con cierto humor (Bienvenida a San Bernardo) y con la entrada en juego de nuevas formas y maneras, como las posibilidades de internet (Rockerito83@yahoo.es), aquella intensidad se convierte en serenidad, las incertidumbres se hacen certezas y los miedos en territorios casi olvidados.

Quiltras, Arelis Uribe, 2019, Editorial Tránsito.

“El nenúfar y la araña” de Claire Legendre

Miedo a morir. A la incertidumbre de no saber cuándo aparecerá el sufrimiento, la soledad o el dolor. Ni bajo qué forma, así que mejor inducir y provocar la situación para hacerle frente que ser atrapado por ella. Miedo al descontrol, una neurosis siempre presente, coaccionando las decisiones, marcando las acciones y tiñendo las emociones con que Claire narra su vida.

Dicen que escribir es una forma de hacer terapia, que ayuda a liberar aquello que nos oprime en nuestro interior para liberarnos de lo que no nos pertenece, no nos incumbe o no somos, de lo que nos impide sentirnos plenos. Ahora bien, escribir con esa motivación no convierte lo que recoja el papel en un relato comprensible para cualquiera que no sea su autor. Si eso ocurre, si su redacción nos motiva, evoca o apela de alguna manera, puede ser que nos encontremos ante un texto que además de ser un desahogo, sea también una entidad autónoma, independiente, una expresividad con categoría literaria que nos permita adentrarnos y dialogar con el universo de quien lo firma.

Eso es lo que sucede con Claire Legendre y El nenúfar y la araña. Pero que ella nos abra sus puertas no implica que sea fácil entrar en su mundo, que nos vaya a guiar con una sonrisa para que nos sintamos cómodos. Bastante hace con encontrar las palabras que vehiculen lo que siente y elaborar las frases con que hacer comprensible y presentar ordenadamente ese maremágnum interno que es su neurosis. Un mapa en el que tan pronto cambian los sentidos de orientación como muta la ubicación de sus puntos cardinales o afloran y se esfuman los accidentes geográficos en su trazado.

Hay una lógica interna en la expresión de todo neurótico, pero sea cual sea su articulación, hay que partir de la premisa de que este solo se dará a conocer si se siente respetado y escuchado, si no se le intenta atrapar, delimitar y conducir. Así es como hay que entender el esfuerzo de Claire por darle un hilo conductor a su crónica estructurándola en breves capítulos en los que sigue una línea cronológica que combina lo general con lo concreto y lo continuo con lo puntual, tanto en el plano familiar como en el afectivo o el social. Un fondo permanente de temor y pánico que se manifiesta en episodios y anécdotas -generalmente alarmantes en relación a la salud, el amor y la estabilidad- que aunque siempre diferentes no son más que una y otra vez lo mismo, el bucle en el que están atrapadas tanto su biografía como su razón y su estado anímico.

Pero cuando el ejercicio de escritura, de la introspección, de la búsqueda y la mirada interior se combina con la inteligencia, hace que se sea consciente del desequilibrio en el que se vive y de la paradoja total que provoca. Controlar el descontrol elaborando un destino oscuro sin base alguna, pero agarrándose a ello hasta convertirlo en una profecía que cumplir para proclamarse después en víctima y sujeto pasivo de los acontecimientos. Una manipulación que hace de Legendre una persona oscura en su transparencia y de la claridad expositiva de El nenúfar y la araña algo realmente críptico y no apto para los no dispuestos a contemplar otros puntos de vista ni a salir de su zona de confort.

El nenúfar y la araña, Claire Legendre, 2019, Editorial Tránsito.

“Primera persona” de Margarita García Robayo

Diez historias cortas protagonizadas por mujeres que nos cuentan las costumbres y tradiciones que regulan la sociedad en la que viven, así como las obsesiones y neurosis que viven en su interior. Niñas, adolescentes y maduras, hijas, madres y esposas que se preguntan porqués y reniegan de lo establecido, que desean sentirse libres y huyen hasta de sí mismas en unas narraciones que atrapan por la hondura de sus relatos y la calidez con que se expresan.

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Los hechos hablan por sí mismos. Como también los comportamientos. Y las actitudes, que están marcadas tanto por las experiencias vividas por uno mismo como por todo aquello en lo que hemos sido educados y de lo que hemos sido testigos en nuestro entorno -familiar, escolar, social, laboral- desde que nacimos. Coordenadas que marcan, y mucho, como la de ser mujer.  Con puntos comunes entre todas ellas -pensamientos, conductas, sueños, esperanzas-, pero que al tiempo son diferentes, únicos en cada mujer, tal y como demuestra las féminas que se muestran en Primera persona.

Todas ellas se expresan desde el yo, un ente acompañado siempre del ello y el superyo, de los impulsos y las expectativas, de los instintos y las reglas, para formar esa trinidad freudiana, unas veces equilibrada otras desquiciada, que compartimos todos. Un campo de batalla en el que en Primera persona se lucha contra el miedo a lo inabarcable (el mar) y las figuras que durante un tiempo nos hicieron sentir especiales y después nos marcaron distancia (el padre); en el que se ha de dar cabida a lo que reclama su sitio (el sexo) cuando desde fuera nos asustan y amedrentan, así como a combinar los impulsos afectivos y familiares con las inquietudes creativas y profesionales sin llegar a sentirnos emocionalmente culpables ni racionalmente frustrados.

Un trío que a veces se une y otras va por separado, tanto a la hora de relacionarse con los referentes (la familia) como con los supuestamente iguales (las amistades) y los deseados complementarios (las parejas, lo mismo da que sean eventuales que prolongadas). Una complejidad a la que García Robayo le da palabras con un ritmo marcado por las pulsiones internas, con un estilo pegado al surgir y a la vivencia en el momento justo en que se producen las sensaciones y brotan las emociones. Pero con una prosa que adopta al tiempo un punto de vista exterior para hacernos ver los efectos de la presión del entorno en el que han crecido y viven sus protagonistas.

Las historias de Primera persona no se sienten como algo pasado, encapsulado para no ser olvidado, sino como hechos que se están escribiendo en el momento mismo en el que ocurren, subrayando así las exigencias, límites, manipulaciones y castigos que tienen lugar durante su desarrollo. Perjuicios que tienen lugar por una causa muy sencilla, ser mujer, que no siempre son impuestos por ellos sobre ellas, también, en ocasiones, entre ellas.

Una violencia heteropatriarcal que se presenta en diversas frecuencias. Por un lado entre líneas, normalizada, camuflada bajo las normas que regulan nuestros movimientos y aspiraciones, minando el ánimo y la voluntad. Por otro escondida, haciendo acto de presencia de manera abrupta, agreste, salvaje, poniendo en peligro la integridad física y psíquica. Ese es, quizás, el mayor logro de Margarita en Primera persona, haber fijado al papel de manera irreversible la invisibilidad de esa permanente sensación de amenaza y necesidad de precaución.

Primera persona, Margarita García Robayo, 2019, Editorial Tránsito.

“La azotea” de Fernanda Trías

Hay narradores fríos, inteligentes, capaces de ver y mostrarnos cuanto es necesario, o de abstraerse de ellos mismos para ofrecernos su propio relato. Pero también están aquellos que lo son porque les sobrepasa lo que les sucede y su intención no es compartir o comunicarse, sino ponerle palabras a lo que viven en una suerte de redacción automática. Esta es la propuesta de esta novela corta guiada por la neurosis de su protagonista, sin un principio claro ni un final previsible, pero con un inquietante trayecto entre ambos puntos.

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La azotea tiene algo indefinible desde su inicio. A pesar de ser quien lleva el día a día de las cuestiones logísticas de su casa y de las necesidades y el cuidado de su padre y de su hija, Clara se revela desde el primer momento como una persona en la que algo no encaja. Su narración muestra una profunda dicotomía entre el intento de control de su situación exterior y el viaje cada vez más profundo, oscuro y sin rumbo por su interior. Un período de cuatro años en una ciudad sin nombre –supongo que en el Uruguay natal de Fernanda Trías- en la que el abatimiento psicológico se va apoderando poco a poco de los pensamientos y comportamientos con que esta joven mujer intenta evitarlo primero y vencerlo después.

Desde el otro lado de las páginas esa inestabilidad tiene un doble filo. Por un lado es una barrera de entrada a la mente de una persona con comportamientos aparentemente ilógicos -en su relación con sus vecinos- y pensamientos claramente inestables en lo que respecta a su relación y proyecto familiar. Pero al tiempo es también una manera de ver la convivencia y valorar el día a día desde un prisma sugerente por lo que tiene de irracional e impredecible.

Ese es el elemento atractivo de esta ficción, el no saber a dónde desea llevarnos, si es que quiere dirigirnos hacia un lugar concreto -qué pasará con el triángulo relacional presentado- o por un camino determinado -cuándo y cómo comenzó lo que estamos conociendo-. La azotea es una elección de una única opción para caminar por una senda que se dibuja y desdibuja mientras se recorre. Un trazado en el que solo hay presente, el pasado desaparece según se deja atrás y el futuro no toma forma hasta que nos adentramos en él.

Por esto mismo la propuesta de Fernanda Trías no es un título para todos los públicos ni una novela de consumo rápido y digestión automática. No por una cuestión de aptitud, sino por lo que exige en términos de actitud, de salir de tus coordenadas, aparcar la necesidad de establecer unas expectativas que satisfacer para ejercer la empatía hacia personas y vivencias nada comunes. La protagonista de La azotea no es un personaje, una construcción que recrea o reinterpreta la realidad, sino una persona auténtica que muestra sus acciones tal y como las ejecuta y comparte sus pensamientos tal y como los elabora.

Sin esa consideración, el relato de Clara puede resultar incomprensible, absurdo o vacuo, pero liberándolo de las exigencias de convencionalismo, su trayectoria resulta perturbadora, física y psicológicamente enfermiza, casi kamikaze.  El reto del lector es acompañarle en ese recorrido sin alejarse por el aislamiento que transmite ni dejarse atrapar por su desasosiego.

La azotea, Fernanda Trías, 2001, Editorial Tránsito.