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“La herida perpetua” de Almudena Grandes

Selección de 167 columnas de las muchas que en los lunes de los últimos diez años su autora ha publicado en la contraportada de El país. Reflexiones, pensamientos y comentarios de una mujer “republicana, de izquierdas y anticlerical” sobre la actualidad política y social de nuestro país. Textos cortos, con mensajes claros, escritos con un lenguaje sencillo, que suenan casi como monólogos dramáticos, unas veces llenos de esperanza e ilusión, otras de ironía y sarcasmo.

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Aunque Almudena Grandes continua acudiendo a su cita de los lunes con los lectores de El país, La herida perpetua cubre el período que va desde enero de 2008 hasta junio de 2018. Desde aquel entonces en que se hablaba de una crisis financiera que el gobierno de Zapatero decidió ignorar hasta que Pedro Sánchez se convirtió en el primer presidente que llegaba al cargo mediante una moción de censura. Una vez a la semana y sin pelos en la lengua -con la única limitación del espacio asignado- Grandes escribe su columna de opinión sobre aquello que considera.

Muchos han sido los temas, los personajes y las situaciones que ha tratado, pero tal y como advierte en su introducción, un lector avezado -Juan Díaz Delgado, editor de este volumen- le hizo ver que sus textos formaban un conjunto que no solo exponía los males que nos afectan, sino también su visión de las causas endémicas tras ellos. Dejando claros sus principios y sus valores, pero sin caer en el dogma ni en el fanatismo, la autora de los Episodios de una guerra interminable no se queda en el campo de las ideas, las palabras o los discursos, sino que baja al terreno de lo real y lo tangible, lo demostrado y lo demostrable. Su argumentario se basa en el porcentaje de parados, en el índice de precios al consumo, en las inversiones en sanidad o en la ratio de alumnos por profesor.

Por eso critica a aquellos que se excusan en las vacuidades, los eufemismos y las huidas hacia delante para no solo no ofrecer soluciones, sino anclarse soberbiamente en los errores y pretender hacer de ellos la bandera que nos identifique, excluyendo como castigo a los que no se sometan. Se hace eco de lo que nos preocupa y nos hastía -la calidad de los servicios públicos, el bajo nivel del debate parlamentario, el uso partidista de la justicia, los derechos por consolidar, alcanzar o volver a defender- dirigiéndose tanto a uno y otro lado del espectro ideológico -Mariano Rajoy, Esperanza Aguirre, Susana Díaz, Alfredo Pérez Rubalcaba o Artur Mas- como apelando a las buenas prácticas que serían deseables por parte de nuestras instituciones -los partidos políticos, las administraciones públicas, la Iglesia, los medios de comunicación- para crear, vivir y crecer en una sociedad abierta, diversa, respetuosa, tolerante, integradora, solidaria y equitativa.

Sueños y pesadillas que no son nuevos, que tal y como demuestran sus citas, referencias y asociaciones vienen de largo, o son cíclicas, o consecuencia de asuntos pasados no resueltos.  De una democracia con pudores, de una izquierda más pendiente de los flecos de sus teorías que de la práctica y de una derecha centrada eficazmente en los logros manteniéndose fiel a unos principios simples. De una transición que se empeñó en mirar únicamente hacia adelante, de cuatro décadas de dictadura cruel, de una guerra fratricida en la que venció el horror, la brutalidad y el salvajismo. De un tiempo anterior en que lo encarnizado primó sobre el diálogo, la imposición sobre lo negociado y la negación del otro sobre el entendimiento.

Pero aun así, la autora de Los besos en el pan -la novela publicada en 2015 que podría interpretarse como una ficción de la realidad de La herida perpetua– considera que hay espacio, tiempo, energía y ánimo para la esperanza, la voluntad y el el optimismo.  De que hay algo que a pesar de todo hace que sigamos funcionando como país y como sociedad. En nuestra mano está preservarlo y elevarlo para no dejar que nadie nos lo secuestre o arrebate nunca más y sacarle el máximo partido a eso que somos y formamos juntos por encima de los intereses políticos y económicos de unos pocos.

La herida perpetua, Almudena Grandes, 2019, Tusquets Editores.

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“The last book in the universe” de Rodman Philbrick

En un mundo sin libros el saber no tendría soporte alguno, las personas no tendrían medios con los que desarrollar su inteligencia y la sociedad fuentes con las que articularse. No habría conciencia de pasado ni posibilidad de futuro. Ese es el mundo que relata esta novela concebida para adolescentes pero que es también una fácil lectura para todos los públicos.

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Una manera correcta de hacer llegar la literatura a los más jóvenes es contando historias de adultos -que en realidad son las de todos-, adaptadas a una manera de ver la realidad que no es diferente, sino más sencilla. Un punto de vista no más simple, sino al que tan solo le falta la experiencia (¿madurez?) para ver las conexiones que establecen niveles de complejidad, de relación equitativa, de subordinación, de causa o de consecuencia, entre todos los elementos que forman la vida.

El respeto a este principio, buscando empatizar –en su estructura, lenguaje, diálogos, tramas y elenco de personajes- con la manera de ver el mundo que puede tener alguien de trece, catorce o quince años es lo que hace que este título de Rodman Philbrick funcione. Una obra publicada en el año 2000 en el mercado anglosajón –y que no he sido capaz de encontrar traducida al español si es que existe tal versión- y escrita a partir de un relato previo, tal y como explica en su epílogo.

Desde el inicio hay una idea que queda clara, donde no hay soportes documentales, donde no se lee, la ignorancia, el miedo y los falsos mitos acampan. La primera muestra en el personaje protagonista. Un individuo sin nombre propio, denominado “espasmo” (spaz en inglés) por sus ataques de epilepsia y producto de los cuales es despreciado y expulsado por una familia que no es tal. En un entorno donde el objetivo es meramente sobrevivir, las relaciones no se establecen en torno a lazos biológicos que derivan en afectos, sino en un pragmatismo organizativo cuyo único fin es garantizar la supervivencia de la especie. Aunque incluso dentro de esta hay niveles, desde la absoluta animalidad hasta la más exacerbada racionalidad. Según el nivel de la escala en el que estés, así será el área compartimentada del mundo, limitada por peligrosas fronteras que son como muros impenetrables, en la que vivas tras la hecatombe, un gran terremoto que aplicará tabula rasa al desarrollo de la humanidad. Una vuelta a una oscuridad como la del medievo, pero esta vez no con impronta religiosa, sino entre los escombros del desarrollo tecnológico, científico y humanístico al que fuimos capaces de llegar.

Un entorno de ciencia-ficción en el que con referencias al clásico griego de la “Odisea” se lucha contra lo abstracto, un sinfín destruido, anárquico y caníbal, con un objetivo concreto, llegar al ser querido y ayudarle a conservar la vida. Una misión liderada –junto a dos secundarios femeninos que aportan la ilusión del presente y el afán de lograr un futuro integrador- por dos hombres, un adolescente y un viejo, que se complementan. Las ganas de comerse el mundo y las de saborearlo, la audacia y la serenidad, el valor y la visión, el ímpetu y la reflexión se unen para llevar a cabo una misión que no es más que una metáfora del mucho mal que nos podemos hacer si nos dejamos llevar por la irracionalidad y de cuánta fuerza interior y habilidades positivas tenemos si, unidos, nos marcamos como objetivo un fin de progreso y mejora colectivo.

“Nuestra incierta vida normal” de Luis Rojas Marcos

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Los seres humanos queremos por norma un mundo seguro, que nos ofrezca oportunidades y posibilidades de desarrollo, o que al menos mantenga la estabilidad tanto como el tiempo que nosotros vayamos a vivir en él. Pero encendemos la tv o la radio u hojeamos el periódico y la mayoría de los titulares son sobre crisis, corrupción, inseguridad, malos resultados, peores previsiones, delitos, irracionalidades, abusos,… Y vivimos con la sensación de que de un tiempo a esta parte, el caudal de este río de desasosiego es cada vez mayor con el riesgo de desbocarse e inundarlo todo.

¿De verdad es todo así? ¿Se puede vivir en un mundo en el que mucho de lo que oímos, leemos –e incluso decimos- son previsiones y juicios apocalípticos?

Luis Rojas Marcos opina que la realidad en la que vivimos no es así, que nuestro mundo es cada día mejor. Pero tenemos que ser capaces de no dejarnos llevar por esa corriente de incertidumbre y catastrofismo –cuyos principales agentes son los medios de comunicación y nuestros gobernantes- con capacidad de arrastrar nuestra propia estabilidad psíquica y física. ¿Cómo hacerlo?

Primero, mirando atrás, llevamos miles de años de evolución, ¿de verdad vivimos hoy peor que hace un siglo o que hace 10.000 años? Más bien parece lo contrario, estamos mucho mejor. Segundo, confiemos en nosotros mismos, no deleguemos en los mencionados medios y políticos la creación de nuestro estado de ánimo, visión y actitud ante la vida. Aunque siempre hay excepciones con las que tenemos que convivir, el ser humano, nosotros, yo, tú, somos positivos y constructivos por naturaleza. Estamos innatamente programados para ser colectivos e interactuar, y por ello capaces de enriquecernos y hacernos crecer mutuamente. ¿No ese el sentido de la familia, los amigos, los compañeros o los buenos vecinos que todos anhelamos tener y/o mantener?

Y tercero, utilicemos las capacidades y habilidades humanas que tenemos y pongámoslas en práctica en conjunto: relacionarnos, hablar, informarnos, conocer, dejarnos ayudar por la ciencia (ayer los electrodomésticos, hoy internet, ¿mañana?), cultivar la espiritualidad (sea esta mediante la religión o no) o reír (la vida con humor es otra cosa, ¡es más y mejor vida!).

Estas son algunas de las claves que Luis Rojas Marcos desgrana en esta breve obra, de lectura amena y sin intención de ser guía de caminos por descubrir. “Nuestra incierta vida normal” nos recuerda lo que sencillamente somos y podemos ser tanto juntos como sociedad, como uno a uno individualmente.

(imagen tomada de amazon.es)

“Desarrolla tu cerebro: la ciencia de cambiar tu mente” de Joe Dispenza

¿Cuál es la diferencia entre cerebro y mente? ¿Con cuál actuamos? Nuestra mente es la que elige qué queremos hacer, qué propósitos nos marcamos,… y nuestro  cerebro pone en marcha toda la maquinaria propia y la que requiera del resto del cuerpo para conseguirlo.

Entonces, ¿por qué hay veces en que nuestra intención de cambiar, de conseguir algo nuevo, se queda en papel mojado y volvemos a repetir una y otra vez los mismos patrones de conducta? Ese es el propósito de “Desarrolle su cerebro”, obra del neurocientífico Joe Dispenza, entender el funcionamiento del cerebro (cómo este puede marcar el registro de emociones que vivimos) y cómo la mente ha de interrelacionarse con él para mejorarnos y crecer.

Nuestro cerebro es un gigantesco ordenador que articula la complejidad a la que tras millones de años de evolución humana hemos llegado. Paso a paso, cada nuevo logro conseguido ha implicado también consolidación del mismo en el desarrollo de nuestro cerebro, hemos llegado a nuevas capacidades que forman parte de cómo somos, que nos definen. Nos creemos que son innatas, pero fueron grabadas en nuestro cerebro –modificaron sus estructuras neuronales- a través de la práctica de la/s mente/s que pusieron a este a conseguir dicho reto.

Y queremos seguir mejorando, corregir aquellas conductas que no nos producen satisfacción. Buscamos crecer, alcanzando nuevos desarrollos que en nuestra mente imaginamos. El objetivo último es que las mejoras y los crecimientos se integren en nuestra persona, en nuestro cerebro y nuestra mente de forma simultánea, para tener mayores posibilidades de crecimiento individual y colectivo.

La mente dirige y el cerebro ha de ponerse a su disposición. Pero, ¿lo hace? No siempre. ¿Por qué? Porque tiene a nuestro cuerpo supeditado a sus órdenes, a unos hábitos en los que se basa sus registros y su (des)equilibrio químico-emocional. ¿Es el adecuado? En muchos casos no, pero es lo único conocido para nuestro cerebro. Ese es el reto, ¿cómo ampliar dicho registro y rehacer el equilibrio para vivir un mayor bienestar personal?

El detallado análisis científico –excesivo en muchos momentos para los neófitos en estos temas, ese es principal hándicap de este título- del Dr. Joe Dispenza repasa desde lo más básico de nuestra estructura neuronal hasta la complejidad que articula en nuestro cerebro comportamientos, pensamientos y decisiones y las posteriores sensaciones que estos nos provocan, o bien al revés, cómo las reacciones químicas que conllevan determinadas sensaciones pueden limitar nuestras vivencias y elecciones en un ciclo que se repite una y otra vez y parece no tener salida.  Su intención es que conociendo las variables de nuestro cerebro, nuestra mente sabrá mejor cómo dirigirle y llegar a modificar sus estructuras neuronales e intervenir así sobre el equilibrio químico-emocional de nuestro cuerpo. Un trabajo arduo, pero vital para corregir actitudes que no nos son positivas o encontrar las vías por las que seguir evolucionando desarrollando nuevos propósitos y facultades.

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(imagen tomada de amazon.es)

(página web del Dr. Joe Dispenza: http://www.drjoedispenza.com/)