“Zafra y el estiércol de brujas” de Luis Carlos Agudo

Fantasía cargada de costumbrismo y localismo propio de Zafra, la localidad pacense en la que está ambientada y de la que es natural su autor. Histrionismo y esperpento, pero también sensibilidad e imaginación. Una historia con personajes bien definidos, tramas serenamente alocadas y referencias a asuntos como el deseo y el circo mediático.

Quizás no sean reales, pero siempre han estado ahí. En Salem y acompañando a Macbeth. Determinando el destino de aquellos a quienes se aparecen y, junto al de ellos, el de los lugares que habitan y los vecinos con los que conviven. Pero no todas las brujas son conscientes de su condición y capacidades, de sus habilidades y posibilidades. No es de extrañar si residen en una localidad como Zafra, grande si se considera el entorno en el que está emplazada, pero pequeña si se la observa bajo el filtro de cercanía y familiaridad con que se relacionan sus habitantes. Condición que certifica la importancia de los dimes y diretes, las historias pasadas y las leyendas urbanas a la hora de identificar y etiquetar a cuantos pasean por sus calles para, en base a eso, discernir cómo relacionarse en su entramado social.  

Atmósfera interiorizada por Luis y sobre la que, supongo, ha construido este Estiércol de brujas. A partir de lo conocido, lo escuchado y lo supuesto. Combinando las tres opciones de tal manera que nada es falso, pero tampoco completamente real. Lo que importa es que se ajusta al cometido para el que ha sido concebido, trasladarnos desde la anodina superficie hasta la potencia nuclear que se alberga allí donde laten las ilusiones, los deseos, las frustraciones y las tristezas de cada individuo. Una mujer que llora sin lágrimas la muerte de su bebé, un hombre que observa desde su ventana el cuerpo desnudo de su vecino, habitantes cuyas vidas estuvieron pronosticadas antes incluso de que ellos tuvieran la opción de tomar las riendas.

Coordenadas con ecos dramáticos y trágicos, anclados en la tradición y en la identidad, sobre las que contrasta el exceso y la hipérbole, pero también la contención y el silencio, en la manera de sentir, expresarse y actuar. No se sabe bien si por la animalidad propia de cada persona, por la locura a la que conducen las coordenadas estrechas o el desconocimiento de las reglas de la buena sociedad. De ahí que, en las iglesias, la serranía y los interiores domésticos de Zafra sea tan posible la exteriorización de la debacle emocional como el escondite de la frustración física.

Agudo combina con acierto los sucesos mágicos, las habilidades extraordinarias y las realidades paralelas con asuntos como las exigencias del matrimonio, las guerras silentes entre maridos y esposas y los conflictos entre la homofobia y la autoaceptación. También encuentra la manera de aportar no solo su sentir, sino su visión sobre temas como la falta de objetividad y los muchos prejuicios con que los medios de comunicación se acercan a los lugares alejados de la noticia.

Una escritura en la que la ficción está teñida de lo personal, de aquello a lo que se ha dado forma ajena para así desprenderse con cuidado de lo que había necesidad de contar y liberar. Un cúmulo de motivos que hace de Zafra y el estiércol de brujas una fantasía entretenida llena de superchería, pócimas y mantras, y una alegoría sobre otras particularidades y sorpresas que leer con una sonrisa empática.   

Zafra y el estiércol de brujas, Luis Carlos Agudo, 2021, Autopublicado.

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