“Pensar el siglo XX” de Tony Judt

Un ensayo en formato entrevista en el que su autor recuerda su trayectoria personal y profesional durante la segunda mitad del siglo, a la par que repasa en un riguroso y referenciado análisis de las causas que motivaron y las consecuencias que provocaron los acontecimientos más importantes de este tiempo tan convulso.

PensarElSigloXX

Es curioso echar la vista atrás y comprobar cómo lo que hoy nos resulta importante o significativo no nos lo parecía cuando estaba ocurriendo, o cómo se han dejado por el camino puntos de vista que quizás nos darían respuestas más útiles que los prismas que utilizamos actualmente. Valga como ejemplo el Holocausto y la Segunda Guerra Mundial. Lo que hoy estamos convencidos que fue el elemento catalizador para acabar con el régimen nazi y el culmen de su barbarie, resultó ser un argumento casi inexistente en la decisión del Reino Unido, Estados Unidos y Rusia para luchar contra Hitler. O el uso de las etiquetas comunismo y capitalismo para definir la confrontación de bloques ideológicos durante varias décadas, cada uno con unos planteamientos políticos, económicos y sociales diferentes, cuando lo que se movía tras ello era el proceso de construcción de dos diseños de modelos de Estado (más o menos intervencionistas, servicios públicos, fiscalidad…).

Pensar el siglo XX es el resultado transcrito de una serie de conversaciones entre Tony Judt y Timothy Snyder, que toman siempre como hilo conductor la introducción biográfica que Tony realiza de sí mismo. De esta manera, y a partir de sus recuerdos personales y de sus pasos en el mundo académico de la investigación y la divulgación histórica, entra en cuestiones como su visión como hijo de inmigrantes judíos en el Londres de los años 50, el desarrollo y papel de las ideas socialistas (las de Marx, las que propulsaron la Revolución Rusa y el supuesto ideario posterior de Lenin o Stalin) en la evolución del mundo occidental, o las acciones del movimiento sionista para consolidar el Estado de Israel.

Asuntos en los que no solo expone sus conocimientos y relaciona sus fuentes, sino que vierte también su opinión. Basada incluso en su propia experiencia, como las temporadas que pasó en un kibutz durante los años 60 y sintió que aquello no tenía más propósito que el de adoctrinar. En su recorrido profesional se ha formado y trabajado en París, Oxford, Cambridge, Nueva York, Chicago o Berkley, un periplo que le ha impulsado a buscar siempre nuevos puntos de vista y referencias en los temas de estudio, como el papel determinante de la geografía a la hora de analizar el desarrollo del socialismo en la Provenza francesa a finales del siglo XIX, o el de contar con determinados servicios públicos (ej. sanidad o educación) a la hora de hacer que los ciudadanos se sientan o no miembros de una comunidad.

Tony Judt también reflexiona sobre el papel y la necesidad de la Historia, disciplina que considera en el campo de las Humanidades y no el de las ciencias sociales. Defiende afrontarla a partir de una base -una sucesión de acontecimientos- sobre la que, una vez conocidos, proyectar un espíritu crítico multidisciplinar (sociología, filosofía, economía…) que generalmente nos revela que no hay una única verdad, sino varias, ya que el propósito no es enjuiciar, sino entender las causas y las consecuencias de las decisiones, las renuncias, los conflictos y las palabras pronunciadas.

El formato entrevista hace que Pensar el siglo XX sea ágil en su forma, aunque en algunos de sus capítulos se haga denso por la cantidad de menciones (a personas, títulos, fechas y lugares) que incluye. Pero precisamente eso es lo que lo hace grande y lo convierte en un título al que volver para conocer y entender no solo nuestro pasado, sino también nuestro presente y servirnos de él para proyectarnos en el futuro.

Pensar el siglo XX, Tony Judt (con Timothy Snyder), 2012, Editorial Taurus.

23 de abril, día del libro

Este año no recordaremos la jornada en que fallecieron Cervantes y Shakespeare regalando libros y rosas, asistiendo a encuentros, firmas, presentaciones o lecturas públicas, hojeando los títulos que muchas librerías expondrán a pie de calle o charlando en su interior con los libreros que nos sugieren y aconsejan. Pero aun así celebraremos lo importantes y vitales que son las páginas, historias, personajes y autores que nos acompañan, guían, entretienen y descubren realidades, experiencias y puntos de vista haciendo que nuestras vidas sean más gratas y completas, más felices incluso.

De niño vivía en un pueblo pequeño al que los tebeos, entonces no los llamaba cómics, llegaban a cuenta gotas. Los que eran para mí los guardaba como joyas. Los prestados los reproducía bocetándolos de aquella manera y copiando los textos de sus bocadillos en folios que acababan manoseados, manchados y arrugados por la cantidad de veces que volvía a ellos para asegurarme que Roberto Alcazar y Pedrín, El Capitan Trueno y Mortadelo y Filemón seguían allí donde les recordaba.

La primera vez que pisé una biblioteca tenía once años. Me impresionó. Eran tantas las oportunidades que allí se me ofrecían que no sabía de dónde iba a sacar el tiempo que todas ellas me requerían, así que comencé por los Elige tu propia aventura y los muchos volúmenes de Los cinco y Los Hollister. Un par de años después un amigo me habló con tanta pasión de Stephen King que despertó mi curiosidad y me enganché al ritmo de sus narraciones, la oscuridad de sus personajes y la sorpresas de sus tramas.

Le debo mucho a los distintos profesores de lengua y literatura que tuve en el instituto. Por descubrirme a Miguel Delibes, cada cierto tiempo vuelvo a El camino y Cinco horas con Mario. Por hacerme ver la comedia, el drama y la mil y una aventuras de El Quijote. Por introducirme en el universo teatral de Romeo y Julieta, Fuenteovejuna o Luces de bohemia. Por darme a conocer el pasado de Madrid a través de Tiempo de silencio y La colmena antes de que comenzara a vivir en esta ciudad.

Tuve un compañero de habitación en la residencia universitaria con el que leer se convirtió en una experiencia compartida. Él iba para ingeniero de telecomunicaciones y yo aspiraba a cineasta, pero mientras tanto intercambiábamos las impresiones que nos producían vivencias decimonónicas como las de Madame Bovary y Ana Karenina. Por mi cuenta y riego, y con el antecedente de sus inmortales del cine, me sumergí placenteramente en el hedonismo narrativo de Terenci Moix. El verbo de Antonio Gala me llevó al terremoto de su pasión turca y la admiración que sentí la primera vez que escuché a Almudena Grandes, y que me sigue provocando, a su Malena es un nombre de tango.

Y si leer es una manera de viajar, callejear una ciudad leyendo un título ambientado en sus calles y entre su gente hace la experiencia aún más inmersiva. Así lo sentí en Viena con La pianista de Elfriede Jelinek, en Lisboa con Como la sombra que se va de Antonio Muñoz Molina, en Panamá con Las impuras de Carlos Wynter Melo o con Rafael Alberti en Roma, peligro para caminantes. Pero leer es también un buen método para adentrarse en uno mismo. Algo así como lo que le pasaba a la Alicia de Lewis Carroll al atravesar el espejo, me ocurre a mí con los textos teatrales. La emocionalidad de Tennessee Williams, la reflexión de Arthur Miller, la sensibilidad de Terrence McNally, la denuncia política de Larry Kramer

No suelo de salir de casa sin un libro bajo el brazo y no llevo menos de dos en su interior cuando lo hago con una maleta. Y si las librerías me gustan, más aún las de segunda mano, a la vida que per se contiene cualquier libro, se añade la de quien ya los leyó. No hay mejor manera de acertar conmigo a la hora de hacerme un regalo que con un libro (así llegaron a mis manos mi primeros Paul Auster, José Saramago o Alejandro Palomas), me gusta intercambiar libros con mis amigos (recuerdo el día que recibí la Sumisión de Michel Houellebecq a cambio del Sebastián en la laguna de José Luis Serrano).

Suelo preguntar a quien me encuentro qué está leyendo, a mí mismo en qué título o autor encontrar respuestas para determinada situación o tema (si es historia evoco a Eric Hobsbawn, si es activismo LGTB a Ramón Martínez, si es arte lo último que leí fueron las memorias de Amalia Avia) y cuál me recomiendas (Vivian Gornick, Elvira Lindo o Agustín Gómez Arcos han sido algunos de los últimos nombres que me han sugerido).

Sigo a editoriales como Dos Bigotes o Tránsito para descubrir nuevos autores. He tenido la oportunidad de hablar sobre sus propios títulos, ¡qué nervios y qué emoción!, con personas tan encantadoras como Oscar Esquivias y Hasier Larretxea. Compro en librerías pequeñas como Nakama y Berkana en Madrid, o Letras Corsarias en Salamanca, porque quiero que el mundo de los libros siga siendo cercano, lugares en los que se disfruta conversando y compartiendo ideas, experiencias, ocurrencias, opiniones y puntos de vista.

Que este 23 de abril, este confinado día del libro en que se habla, debate y grita sobre las repercusiones económicas y sociales de lo que estamos viviendo, sirva para recordar que tenemos en los libros (y en los autores, editores, maquetadores, traductores, distribuidores y libreros que nos los hacen llegar) un medio para, como decía la canción, hacer de nuestro mundo un lugar más amable, más humano y menos raro.

“Restauración” de Eduardo Mendoza

El primer texto teatral de este genial narrador prolonga en el género dramático el enfoque socarrón y sarcástico con que trata los acontecimientos en que se ven envueltos sus peculiares protagonistas. En este caso, hasta cinco personajes reunidos de la manera más absurda en la ruralidad catalana en las últimas horas de la tercera guerra carlista en 1876.

El único escenario de esta historia es una casa aislada en mitad del campo, en las cercanías de un bosque y del frente en el que luchan carlistas contra liberales. Una noche que comienza tormentosa y en cuyo transcurrir hasta el alba, Mallenca, su única residente, recibirá la visita de hasta cuatro hombres. Todos ellos implicados, aunque de manera diferente, en la contienda bélica y con intenciones diferentes respecto a la mujer a la que acuden. Una convergencia tan azarosa -cosa del destino- como caprichosa -cosa del autor- que Mendoza utiliza tanto para crear conflictos de intereses entre ellos como para provocar situaciones con las que hacer reír a sus espectadores.

Un punto de partida a partir del cual Eduardo desarrolla esa combinación de ficción enmarcada en una circunstancia histórica real, con nombres auténticos (el general carlista Llorens y el Rey Alfonso XII, impulsor de la Restauración borbónica del título) y otros producto de su imaginación, que unos años antes ya le había dado resultados novelísticamente excelentes en La ciudad de los prodigios (1986).

Al igual que Mallenca, Ramón y Bernat no son personajes cómicos, pero caen en contradicciones, hipérboles y salidas de tono que, sin desvirtuarlos, les dan un tinte de caricatura y personajismo valleinclanesco que, en manos de un buen director, seguro que dan pie a grandes interpretaciones. El posterior autor de El asombroso viaje de Pomponio Flato (2008) juega con lo verosímil, pero estirándolo hasta darle un punto absurdo con el que hacer de ello y de las contradicciones entre lo civil y lo militar, la juventud y la madurez, la urbanidad y lo campestre, el estrellato y el anonimato, chanza y cuchufleta.

Una acidez sin aparente maldad con la que anula cualquier rasgo de heroicidad que pudiera darse, pero sin convertirlo en crítica directa, aunque sí que vierte opiniones sobre los símbolos y los cánones mentales del nacionalismo como los que, después, en 2017 manifestaría en ¿Qué está pasando en Cataluña? Su intención es dejar claro el artificio y la impostura con que actúan cuantos se ven envueltos en un conflicto ideológico. Ya sea por la erótica del poder en el caso de los que lo hacen por decisión propia, ya sea como manera de ganarse la vida y de no tener otra opción los que se ven arrastrados por el sistema.

Cuestión diferente es cuando se trata de asuntos personales, como el honor, el amor y la lealtad donde sus diálogos sí que tienen una veladura de mofa de la que se sirve para darles una frescura y una libertad con aire quijotesco y referencias, incluso, a Bécquer. Súmese a esto la escritura en verso con que dio forma a esta obra estrenada en el Teatro Romea de Barcelona en 1990. Cuestión que en formato impreso, no juega a favor de Restauración, ya que al ser solo diálogos y no contar con las descripciones de una narración ni con la encarnación verbal, gestual y corporal de unos actores le resta la efectividad que seguro tiene sobre un escenario.

Restauración, Eduardo Mendoza, 1990, Seix Barral.

“El diario de Edith” de Patricia Highsmith

Un retrato de la insatisfacción personal, social y política que se escondía tras la sonrisa y la fotogenia de la feliz América de mediados del siglo XX. Mientras Kennedy, Lyndon B. Johnson y Nixon hacían de las suyas en Vietnam y en Sudamérica, sus ciudadanos vivían en la bipolaridad de la imagen de las buenas costumbres y la realidad interior de la desafección personal, familiar y social.

Patricia Highsmith es sinónimo de suspense y aunque pudiera parecer que esta es una novela costumbrista, que lo es, también responde a lo que se espera de ella. Desde el principio hay algo difícil de definir que hace desconfiar de la corrección con que se muestran los estadounidenses que se hicieron adultos entre el fin de la II Guerra Mundial y la dimisión de Richard Nixon. Ese es el objetivo de la también autora de El talento de Mr. Ripley, detectar y mostrar por dónde hace aguas una satisfacción que no es tal y sobre todo, qué efectos tiene en esa oscuridad, su ocultación y la imposición de un ejercicio continuado de sobreactuación para mantener el status quo del sueño y la supuesta identidad norteamericana.

El diario de Edith comienza con la mudanza de una joven pareja y su joven hijo desde su piso en Nueva York a una casa individual con parcela y camino de entrada en una pequeña población del estado de Pennsylvania. Lo que se presupone un hito en el progreso como clase media acomodada se convierte, poco a poco, en unas coordenadas de lo más opresivas a medida que dejan de verse materializadas unas expectativas que son, tal y como muestra Highsmith muy sutilmente, exigencias sistémicas.  

En el terreno profesional, Edith aspira a ser una periodista de opinión, pero su alto sentido crítico sobre las políticas liberales -a nivel nacional- e intervencionistas -en el plano internacional- de su gobierno no parece tener buena acogida ni entre los medios a los que ofrece sus artículos ni entre los lectores del diario local que pone en marcha. Con el tiempo, incluso, ni siquiera entre sus vecinos y los que ella consideraba sus amigos.

En lo familiar, su vástago poco a poco se revela como un joven sin intenciones ni motivaciones, convirtiéndose en algo así como la versión realista del esperpéntico Ignatius Reilly (el protagonista de La conjura de los necios), con quien Cliffie coincide en el tiempo (aquel fue escrito en 1962), pero que Highsmith no conocía porque la novela de John Kennedy Toole no sería publicada hasta 1980, tres años después que la suya. Súmese a ello un marido precoz en el cliché de hombre maduro que se fija en mujer joven y que huye haciendo un sangrante punto y aparte en su vida, dejándole a ella, incluso, con las cargas -en forma de tío mayor en cama- que le corresponden.

Una realidad de decepción frente a la que Edith intenta mantenerse firme, corrección que le provoca una doble reacción que Highsmith presenta con la asertividad propia del género de misterio sin llegar a desvelarnos la motivación que hay tras ella. Si el diario que escribe es producto de una mente bipolar o de una imaginación escapista. O si la de su distanciamiento con los que la rodean es la propia de alguien que se va haciendo asocial o la de una mujer valiente y una feminista pionera con opiniones avanzadas a su tiempo -y por ello incomprendida, contrariada y hasta perseguida- sobre asuntos como el aborto, la eutanasia, el adulterio, el divorcio, la homosexualidad, las drogas o el alcoholismo.

El diario de Edith, Patricia Highsmith, 1977, Editorial Anagrama.

Y después, ¿qué?

El aislamiento físico, que no social por obra y gracia de la tecnología, está haciendo que estas sean jornadas de reflexión y de no pensar, de dejarse llevar sin más y de reparar sobre asuntos en los que no lo hacíamos hasta ahora. De escuchar opiniones que iluminan y leer análisis que decepcionan. De echar la vista atrás para intentar comprender qué nos ha llevado hasta aquí y mirar hacia adelante para dilucidar cómo resolveremos y superaremos las consecuencias de lo que estamos viviendo.

Esto no acaba aquí. Las crisis no finalizan cuando se ha resuelto la urgencia y se cree tener la situación bajo control. Si no se actúa correctamente, ese puede ser un momento tan o más peligroso y potencialmente desestabilizador que los, aparentemente, ya superados. Hay que tomar buena nota de lo sucedido, de cómo nos hemos sentido, de quiénes han dado lo mejor de sí mismos (sanitarios desbordados, transportistas, cajeros y limpiadores soportando los servicios básicos, fuerzas y cuerpos de seguridad manteniendo el orden por el bien de todos), han enfermado o se han quedado en el camino por el dichoso virus. De cómo vamos a levantar los negocios y los medios de ganarse la vida, temporal o definitivamente, derrumbados; acompañar anímica y emocionalmente a los recuperados; y honrar a los que, por desgracia, ya no nos acompañan. Personas con nombres y apellidos, que dejan un vacío en sus familias, círculos de amigos y conocidos, que han de ser respetadas y no formar parte, más que en este sentido, de argumentario ideológico alguno.

Autocrítica antes que crítica. Mirar primero dentro de uno mismo para identificar qué no se hizo y qué se podría haber hecho mejor o de manera más efectiva y eficiente. Qué o a quién no se tuvo en cuenta y por qué. Si por desconocimiento de las habilidades y posibilidades de la institución o personalidad a la que se debería haber recurrido. Si por falta de conocimiento técnico, experiencia o de habilidades como la empatía y el diálogo. O de principios como la honestidad y la transparencia. O por exceso de ego, soberbia e indignidad, tanto de los encargados de gestionar la situación (a nivel científico, administrativo y gubernamental) como de los de interrogar sobre su actuación (oposición política, medios de comunicación).

Aceptar la imposibilidad de controlarlo y saberlo todo. La naturaleza está por encima del hombre y si algo nos ha dejado claro estas semanas es que somos un elemento más del ecosistema al que da vida. No hay otra opción más que la de respetarla, valgan como ejemplo imágenes como el cielo de grandes urbes sin su característica boina de contaminación o la inaudita transparencia de las aguas de otras tantas ciudades, libres de los miles de turistas que las abarrotaban a diario hasta hace bien poco. Considerarla únicamente como un instrumento, medio o recurso al servicio de nuestra productividad, rentabilidad y funcionalidad nos llevará a darnos de bruces, una y otra vez, contra su poder, fuerza y energía.

Tenemos que cuidar la salud para que la economía vuelva a ser lo primero“, escuché días atrás al Ministro de Sanidad. Claro que la economía es importante, fundamental, básica y prioritaria, pero ¿no debiéramos ser lo primero, y siempre, las personas? ¿Cómo? A través de los pilares del llamado estado del bienestar (sanidad, educación, cultura, derechos laborales…). Un punto fundamental del análisis que debemos hacer tras superar la fase más crítica de lo que estamos viviendo, evitar muertes, será reflexionar sobre el sistema que estructura, dirige y nuestro modelo de sociedad y en el que todo, absolutamente todo, parece estar supeditado a la monetización, valoración y maximización económica y al individualismo, clasismo y sálvese quien pueda que este enfoque, en mayor o menor medida según el país, región o lugar en el que pongamos el foco, suele traer consigo.

Si de verdad queremos ser sostenibles, debemos entender unanimemente que la sostenibilidad no consiste en un ajardinar lo que, por otro lado, esquilmamos medioambientalmente; justificar con eufemismos y discursos vacíos el enriquecimiento de unos pocos a costa de la dignidad de muchos; y compensar con caridad marketiniana el maltrato y la explotación humana que ejercemos fuera de nuestro campo de visión. Solo así, y considerando este enfoque en nuestro ámbito de actuación, por muy pequeño que este nos parezca (a la hora de consumir, viajar o votar) conseguiremos resultados que nos permitan ser una sociedad más cohesionada y coherente y en la que todos sus integrantes tengamos iguales oportunidades, tanto de vivir de manera satisfactoria como de, asumiendo las responsabilidades que nos corresponden, colaborar activamente en su progreso y desarrollo.

Sin ideas ni voluntad cultural

Decepcionante rueda de prensa ayer del Ministro de Cultura, anunciando que no se implementarán medidas específicas de apoyo al sector al que representa hasta que se solucione la crisis sanitaria que estamos viviendo.

Primero la vida y después el cine”, dijo usted ayer parafraseando a Orson Welles. Por supuesto, Señor Rodríguez Uribes, por supuesto. Pero ya hay quien, en el Gobierno del que usted forma parte, se está encargando de tan innegable prioridad, no necesita usted que se lo recordemos. De hecho, está apoyado en tarea tan vital de los titulares de otras carteras, y no siendo la que usted lidera una de ellas en primera instancia, le presuponemos -además de colaborando con sus colegas en lo que corresponda- dedicado a capa y espada a alentar, ayudar y apoyar la defensa, promoción y desarrollo de los diferentes gremios a los que representa. Como bien sabe, la gestión de toda crisis implica no solo resolver la urgencia del ahora, sino evitar o minimizar, en la medida de lo posible, las dolorosas consecuencias posteriores.

Estamos de acuerdo en que estamos viviendo jornadas complicadas, arduas, muy difíciles, donde todo está sucediendo muy rápido y apenas hay tiempo de contrastar y valorar con detalle cómo responder. En las que lo nunca antes considerado, lo no preparado, las muchas faltas (de formación, experiencia y habilidades) y los postulados teóricos nunca antes, afortunadamente, llevados a la práctica están haciendo que los resultados sean una amalgama inevitable de caos, lentitud, impaciencia e incertidumbre. También con destellos de saber hacer gracias a la buena voluntad, disciplina y colaboración tanto de los que están tomando decisiones y ejecutándolas como de los que estamos de este lado. De los que nos quedamos en casa y seguimos trabajando para que nuestras vidas y nuestra sociedad, tal y como está diseñada hoy en día, sigan funcionando. Algo que, las cosas como son, no es motivo de alabanza ya que es nuestro deber como ciudadanos.  

Destacaba usted ayer el papel que la cultura está teniendo en estas jornadas de confinamiento, siendo el cine, la lectura, la música o las visitas on line a museos el refugio, el bálsamo y el aliciente que están ayudando a muchos a evadirse, reflexionar o dar forma a las cuestiones que les inquietan, preocupan y motivan. Agradecimiento que entiendo implica el reconocimiento que el arte y la creatividad tienen en el bienestar y nuestro desarrollo individual y colectivo, descubriéndonos, relacionándonos y cohesionándonos. Que está usted lejos de los que consideran estas expresiones como elementos únicamente para el ocio y el entretenimiento, y en las antípodas de los que tildan a sus autores de titiriteros.

Pero resulta poco esperanzador que en dicha rueda de prensa también afirmara que, en la convulsión en la que estamos sumidos, la cultura ya queda suficientemente atendida con los fondos transversales movilizados hasta la fecha por el Ministerio de Asuntos Económicos y Transformación Digital y que hay que esperar a que se resuelva la crisis sanitara (hoy por hoy, y no es por ser pesimista, sin previsión a corto plazo). O que comentara jornadas atrás que estaba manteniendo contactos discretos con representantes (productores, exhibidores y programadores, galeristas y artistas plásticos, intérpretes, músicos, libreros, escritores y editores…)  de las actividades que tienen en usted su máximo interlocutor, animándoles a que le enviaran sus propuestas.

¿No tiene usted iniciativa propia? ¿Un equipo de colaboradores y asesores que puedan aportar también ideas? La impresión que dichas afirmaciones transmiten es una nula proactividad -no sé si por su parte, su Ministerio o el Gobierno en sí- y en esta vida, o te adelantas o la realidad te lleva por delante. Algunos de sus homólogos europeos ya han anunciado dotaciones económicas extraordinarias para apoyar al sector en sus naciones. Dentro de nuestras fronteras algunas administraciones como la Comunidad de Madrid han puesto, incluso, alguna iniciativa en marcha. Tome buena nota de ellos y copie cuanto nos sea útil, complemente cuanto sea posible y desarrolle por iniciativa propia, cuanto sea necesario.

Esperamos que su discurso futuro se base en principios seguidos, medidas implementadas y resultados conseguidos, y no en el papel que la cultura tiene en nuestras vidas, en su aportación al PIB y al empleo nacional, su importancia como pilar de la marca España, la reputación y liderazgo de algunas de nuestras instituciones, los creadores y artistas patrios que triunfan más allá de nuestras fronteras… Ese argumentario ya nos lo sabemos, resulta manido, el propio de aquellos a los que la cultura les parece algo accesorio y secundario, de los que consideran la productividad económica no solo por encima de la dimensión humana, sino que ven a ésta al servicio de aquella. Estamos obligados a adaptarnos a lo que el destino nos ha puesto en el camino, sí. Es tiempo de innovar, más aún. No toca otra que reinventarse, cierto. Predique usted, por favor, con su ejemplo y liderazgo como impulsor y ejecutor de la política cultural de nuestro país.  

(Fotografía de la agencia EFE tomada de lavanguardia.com)

“Perro semihundido” (Goya, 1820-1823)

La modernidad comienza aquí, nunca antes la subjetividad había sido tan protagonista como en esta obra”, afirmación catedrática con la esta imagen se quedó grabada en mi memoria décadas atrás y vuelve una y otra vez a primer plano cuando dialogo y discuto conmigo mismo.   

Aparentemente, nadie se atreve a afirmar qué representa esta escena ni el rol que el mejor amigo del hombre desempeña en ella. Tampoco qué quería transmitir, expresar o reflejar el de Fuendetodos. A lo mejor no lo sabía ni él. O sí. Sabe Dios qué pensamiento existencial, asociación surrealista o necesidad expresionista bramaba en su cabeza, cuál de todas las emociones que dieron pie al conjunto de las Pinturas negras tomó protagonismo en esta. Si fue la esperanza, la ansiedad, la aceptación, la depresión, el optimismo o el más absoluto pesimismo.

Los académicos y los historiadores dicen que Goya estaba harto. De todo y de todos. De los desastres y horrores de los que había sido testigo durante la Guerra de la Independencia, así como de esa otra guerra diaria, sin más motivación que el control social y el poder político, en la que resultaban perdedores la mayoría de sus compatriotas. De haber visto comportarse a los hombres y las mujeres de su tiempo como animales, como seres primarios y viscerales, violentos, asesinos y miserables, poseídos por la lujuria, la gula y la avaricia, también por la pereza, la envidia, la soberbia y la ira. Quién sabe, lo mismo este último pecado capital fue el que le inspiró, le impulsó a la acción y le marcó el trazo en la realización de esas catorce obras.

Pintadas sobre las paredes de su casa, esa Quinta del Sordo en la que se recluyó, refugiándose tanto en ella como en su sordera del ruido y los estragos del absolutismo. Arrancadas y trasladadas a lienzo décadas después para convertirse en parada, estación y pasaje del recorrido de obras maestras del Museo del Prado. Convertidas por obra y gracia de la labor divulgativa de la institución museística que las alberga, y de la educativa de nuestro sistema del bienestar, en icono, símbolo, ejemplo y muestra de nuestra historia, cultura e identidad, de quienes fuimos y somos, de como pensamos y actuamos, de lo que nos describe y nos define.

Por eso este Perro semihundido está fijado en mi pensamiento desde aquel momento en que lo vi proyectado en una clase de Estética en la Facultad de Ciencias de la Información. Desde aquel día posterior en que mi mirada, ya con otros ojos, se volvió a fijar en él en el edificio Villanueva. Impresión renovada cada vez que vuelvo a la bicentenaria pinacoteca y me acerco, según marque mi estado de ánimo, a recordarlo, observarlo o a seguir descubriéndolo. Recurso al que acudo mentalmente cuando establezco diatribas con las que reflexionar e intentar alcanzar algún tipo de lucidez.

La sobriedad y austeridad de su cromaticidad me resulta árida, adusta, castellana, interior, seca, como si ya hubiera transitado por ella o siguiera haciéndolo. La simplicidad de su composición va más allá de lo visible. Impacta, desnuda, trasciende lo físico hasta llegar a lo espiritual, lo esencial, lo nuclear, allí donde ya no hay refugio ni posibilidad de esconderse, donde no hay otra opción más que la de mostrarse o morir. Un anclaje a la tierra y una infinitud en la que asoma inquietantemente ese perro que somos todos y cada uno nosotros, espectadores, protagonistas, víctimas y figurantes, como él, a medio camino entre el anhelo de la supervivencia y la abnegación por un sueño, una ilusión o una realidad imposible ya de alcanzar.

Perro semihundido, Francisco de Goya, 1820-1823, Museo del Prado (Madrid).