“Elogio de la homosexualidad” de Luis Alegre

Cada vez que un colectivo social alcanza el reconocimiento legal que merece y por el que tanto tiempo ha estado luchando, se abre una brecha en el statu quo de la opción mayoritaria de nuestra organización colectiva, ese que como un rodillo impidió hasta hace bien poco la diversidad y las diferencias y que sigue sometiendo a los que desarrollan su vida bajo sus directrices. A través de esas fisuras toman el lugar que les corresponden realidades, como en su día lo fue el feminismo y hoy lo es el movimiento LGTBI, que hacen avanzar a nuestra sociedad -aunque aún le quede mucho por hacer y recorrer- hacia un sistema universal más justo y equitativo.

ElogioDeLaHomosexualidad.jpg

¿Es niño o niña? Esta es una de las primeras preguntas que se produce tras cada nacimiento. La respuesta determina mucho más de lo que parece para quien acaba de llegar al mundo. Si es hombre se le adjudicarán características como liderazgo, poder y decisión, si es mujer, servicio, sumisión y cumplimiento. Etiquetas transversales que estarán en todas las facetas de su vida, desde las colectivas como la social y la familiar, a las más individuales e íntimas como la afectiva y la sexual. Actitudes que no solo se le supondrán, sino que se le exigirán por parte de los demás, solicitándole pruebas en modo de comportamientos, hábitos y costumbres que confirmen su cumplimiento y fidelidad al modelo. Así es como se constituyen y materializan muchos de los modos y maneras de nuestro modelo de sociedad, haciéndonos creer que son naturales, cuando en realidad son convenciones totalmente construidas y transmitidas por las generaciones anteriores y mantenidas y prorrogadas hacia el futuro por la presente.

Ahora bien, ¿qué ocurre cuando tu verdadera naturaleza, cuando la visión innata que hay dentro de ti no coincide con el discurso al que eres sometido por el ambiente una y otra vez? ¿Qué sucede cuando sientes deseo por personas de tu mismo sexo y no por las del contrario? Comienza entonces una lucha interior que en la mayoría de los casos conlleva mucha dificultad y soledad, de la que se suele tomar conciencia a través del insulto y el desprecio de los demás, que se sirven del tono con que usan las palabras para darles significados de acusación, juicio y condena. Este es uno de los mecanismos que el llamado heteropatriarcado ha utilizado desde tiempos inmemoriales para crear, imponer y mantener su sistema, determinando qué existe y qué no -qué está bien y qué mal, qué es legítimo y qué inmoral- y el modo calificativo, en lugar de descriptivo, con el que se utiliza el lenguaje en multitud de ocasiones.

Sin embargo, igual que antes el feminismo consiguió iniciar el fin de la dictadura que segrega socialmente a las mujeres, el movimiento LGTBI ha conseguido en las últimas décadas hitos que consolidan que la orientación sexual y la identidad de género son más amplias que lo que nos habían contado hasta ahora. Logros que van más allá del reconocimiento de derechos, como el del matrimonio o la adopción, que ponen a este colectivo en iguales condiciones que el resto de ciudadanos. Esto ha permitido visibilizar otras maneras de vivir y de vivirse –el sexo como algo imaginativo y lúdico y no solo como medio de procreación; la pareja como una relación consensuada libremente entre dos iguales y no como un contrato ya predefinido- de las que el resto de la sociedad no solo ha comenzado a ser testigo, sino que también se está enriqueciendo con ellas si no se siente realizado con la opción única y sin alternativas con que fue educada y sigue siendo adoctrinada a diario desde los sectores más conservadores como la Iglesia o la derecha política.

Ahí es donde está el elogio con el que Luis Alegre titula su ensayo, no como un ensalzamiento de la homosexualidad, la bisexualidad, la transexualidad o la intersexualidad, sino todo lo contrario, lo enriquecedor que es para todos –independientemente de nuestra orientación, identidad o género sexual- conocerlas y convivir con ellas. Hasta llegar a su completa integración y normalización y conseguir hablar de ellas en los mismos términos y frecuencia con que lo hacemos actualmente de la heterosexualidad en sí misma, es decir,  prácticamente nunca. Una realidad que -en diferente grado según de cuál de estas opciones estemos hablando- comienza a tomar forma en sitios muy concretos como son los grandes centros urbanos del mundo occidental, pero que aún es una quimera en otros muchos, como los casi 80 países donde ser como se es te puede llevar a prisión o, incluso, ser condenado a muerte.

“Diarios, 1956-1985” de Jaime Gil de Biedma

Pensamientos íntimos, impresiones y vivencias de toda clase. La narrativa de un poeta en continua búsqueda, tanto formal como temática. La prosa de un alto ejecutivo. Gran lector y ensayista inconformista. Un hombre que exprimió todo el contenido –amargo, dulce, agrio, intenso- posible a cada segundo de su vida. Ese es el Gil de Biedma que desvelan sus diarios.

Portada-Diarios-Gil-de-Biedma.jpg

En 1956 Jaime es un joven de 26 años que viaja por trabajo a Filipinas y recorre tanto las plantaciones de tabaco que le exige su deber laboral, como la noche y los clubs de Manila llevado por sus pulsiones internas. Un estar de varias semanas fuera de las coordenadas burguesas de su Barcelona natal que nos revelan a un hombre sin pudor ni vergüenza, espontáneo e impulsivo, orgulloso de ser quien y como es, con capacidad para expresarse tanto creativa como formalmente en las rigideces del lenguaje empresarial. Un hedonista que con el paso de los años se convierte en un obsesivo perseguidor de la belleza en el uso del lenguaje para convertir en estrofas y poemas las sensaciones, visiones y recuerdos que nacen de lo más profundo de su persona. Una exploración emocional e intelectual que le lleva a una trayectoria –que también utiliza para distraerse de dicha búsqueda- de camas, hombres y alcohol que compagina con viajes, tertulias literarias y vínculos amistosos y amorosos. Más libres los primeros, más dramáticos los segundos. Una ruta de mil caminos abiertos que vuelven a juntarse al final de su biografía con la noticia en 1985 de que un virus escasamente conocido entonces,  llamado VIH, ha invadido su sangre y comenzado a hacer estragos por su cuerpo.

Pero esto no es lo importante de estos Diarios. Su valor está en los muchos nombres sobre los que Jaime posa su mirada (Jorge Guillén, Antonio Machado, Espronceda, T.S. Eliot,…), los lugares en los que vive y visita (París, Roma, Madrid y muchas ciudades más de la geografía española), así como las personas (hombres, mujeres, matrimonios, solteros, amigos, amantes, conocidos,…) con las que comparte tiempo, experiencias y afectos. Estas son las coordenadas en las que su mente, su corazón y sus vísceras cocinan de continuo los versos que han hecho de Gil de Biedma uno de los autores más brillantes y desnudos de la poesía española de la segunda mitad del siglo XX. No hay palabra, línea o signo de puntuación que no analice desde varios puntos de vista y desgrane en sus múltiples significados hasta dar con el resultado que está buscando, ese que se sabe alcanzado cuando lo elaborado deja de ser algo propio de su escritor para pasar a serlo de sus lectores.

Ácido, cínico y sarcástico en ocasiones, Don Jaime –a alguien tan grande sale de manera involuntaria colocarle el Don por delante- contaba con una agudeza y capacidad tan incisiva como innata con la que plasmaba en sus escritos y ensayos el encorsetamiento humano e intelectual que suponía para él el país inmovilista en el que vivía y la sociedad conservadora que lo habitaba. Una evolución a lo largo de treinta años en los que unas veces utilizaba una prosa profunda y descriptiva, y otras tan telegráfica que quedaba reducida a meros apuntes.

Si un pero tienen estos Diarios -que abarcan de 1956 a 1965 para después dar un salto hasta 1978 y 1985- es que quizás están tan bien comentados y apuntados –como si se tratara de un ensayo de teoría literaria- que uno debe acercarse a ellos tras haber leído algo o buena parte de su obra para así saber entender y apreciar todo el valor de lo recogido en ellos. Si no es así, su lectura puede tener un punto denso y hasta tedioso, una dificultad en el camino que, sin embargo, quedará ampliamente superada por el poder seductor y cautivador de la palabra, la expresión y la evocación de la capacidad comunicativa y creativa de su autor.

“La canción pop” de Raúl Portero habla de ti

La música tiene el mágico poder de ser capaz de contar una historia en muy pocos minutos, presentándote los personajes involucrados, relatando qué sucede entre ellos, qué viven y qué sienten, de dónde vienen y a dónde desean ir. Todos tenemos una canción de nuestra vida, esa que imaginábamos que hablaba de nosotros y que con su ritmo nos llegó muy hondo la primera vez que la escuchamos, haciendo que afloraran a la superficie emociones cuya intensidad no creíamos ser capaces de sentir pero que deseábamos vivir. Un sueño que ya no perseguimos pero al que no renunciamos. Eso es esta novela contenida, auténtica, una partitura fresca y ágil, aparentemente liviana, pero que dispara de manera certera y da de pleno en el blanco.

LaCancionPop.JPG

A los veinte años el futuro es una página en blanco sobre la que se puede escribir una y otra vez cómo creemos que vamos a ser, imaginando mil quiénes diferentes como compañía, otros tantos lugares en los que estar simultáneamente y cómos de lo más dispar. Pero el tiempo pasa y nada o muy poco de aquello ocurrió. La fantasía, el deseo, la ilusión de Simón no se convirtió en realidad. Quizás porque era irrealizable. Puede ser que él no fuera capaz de materializarla o que a sus 35 años aún no haya sido capaz de aceptar que la vida es esto que él tiene ahora, la nada, y no aquello que creía iba a poseer, el todo.

Hasta que el suicidio de uno de sus antiguos amigos, Carlos, le da la bofetada que le hace abrir los ojos y afrontar que ni ha cumplido nada de lo que se propuso ni consiguió retener lo bueno que un día creyó tener cerca de él, el amor y también la posibilidad de una manera de construir su propio futuro. La situación no es alegre, pero tampoco es un drama, es lo que toca, es lo que hay, resignación. ¿No es lo que le sucede a todos los de la generación educados y formados para ser capaces de lo que se propusieran y que después se vieron abocados sin anestesia ni remedio al fracaso y la decepción laboral, social, sentimental,…?

A eso vuelve Simón a Barcelona. Todo lo que le rodea, ya sea en Londres como en la ciudad condal, es la monotonía agridulce de las posibilidades imposibles, de los sueños irrealizados y de un presente resignadamente carpe diem porque el futuro no es más que incertidumbre. Eso es lo que cuenta la narrativa de Raúl Portero, que tiene forma de novela pero que se lee con la misma pasión con la que hasta hace unos años devorábamos los libretos de los cd’s para memorizar las letras de las canciones. Cada uno de sus capítulos es un tema trabajado meticulosamente, con el fin de que tenga entidad propia, que pueda llegar a funcionar por sí mismo, pero que cumple un papel fundamental en el conjunto que es este álbum, La canción pop.

Las expresiones y reflexiones que contienen sus diálogos y el espíritu con que fluyen sus descripciones tienen su génesis en ese punto en que la poesía se libera de las reglas de la literatura y se convierte en letras musicales que desde su aparente sencillez exudan una expresividad llena de garra y fuerza, sin aspavientos, pero que por su fina y eficaz elaboración resultan tremendamente atrayentes y pegadizas. Seguro que muchos de los lectores de esta canción pop sentirán que, de alguna manera, esta habla de ellos y quién sabe, puede ser que con el paso del tiempo vuelvan a ella para recordar quienes fueron un día.

“Dancer”, más allá de los escenarios

Un buen documental con un montaje que combina el vértigo de la sucesión de imágenes, la belleza plástica y el dinamismo de la danza, con el poder y el peso de las palabras. Una producción que podría ser aún mejor si no cayera en alguno de sus pasajes en el reality televisivo y si mostrara a Sergei Polunin no solo como bailarín y como hijo, sino también como un adulto con una vida propia.

2c26cd06f1759de8d4c1f3df060a9d5abf058337.jpg

Una de las conclusiones que se puede extraer de Dancer es que la práctica de la danza clásica es un camino indefinido y nebuloso en Occidente mientras que en las naciones de la órbita soviética forma parte del curriculum educativo. De ahí que estos países sean la cuna de las grandes figuras de este arte, que lo tengan como contenido estrella de su  prime time televisivo y que haga que los más jóvenes sean parte del público asistente a las representaciones en los muchos teatros de su territorio que le dedican buena parte de su programación cultural.

Valoraciones secundarias aparte, la historia de Sergei Polunin tiene mucho de épica y de posmodernismo. Nace como muchos relatos, alguien sin medios que a base de esfuerzo, sacrificio y dedicación llega a lo más alto tras recorrer un camino en el que ha contado con la ayuda invisible de los suyos, aquellos que dedicaron lo muy poco que tenían a materializar sus posibilidades. Sin embargo, el reconocimiento público que supone ser la primera figura del Royal Ballet con solo 19 años no se asume como una meta, sino que no es más que un hito, un difícil punto de inflexión tras el que hay que seguir buscándole alicientes –tanto artísticos como personales- a la vida.

Hasta aquí un muy correcto planteamiento y desarrollo combinando grabaciones caseras, entrevistas en los ambientes naturales que le corresponden a los protagonistas –los padres de Sergei en Ucrania, sus compañeros bailarines en Londres-, los muchos titulares de prensa escrita y minutos de televisión generados por Sergei en apenas unos años, así como incluso tuits de su cuenta particular. Esta es la historia anterior a la génesis de Dancer y que se ve tan bien estudiada y documentada como narrada y editada. El reto está en mantener este nivel en la parte del documental que ya no mira al pasado, sino que nos relata desde el presente cómo Polunin se reinventa a sí mismo tras renunciar a la gloria que el éxito supuestamente conlleva.

Hay algo que no se plantea y que es de agradecer, que es iniciar esa etapa como un desierto en el que se vaga sin rumbo. La dirección de Steve Cantor deja claro que no se sabe hacia dónde se quiere ir, pero sí que su protagonista quería construir y recorrer su propia trayectoria. Las grabaciones ex proceso comienzan a ser un recurso importante a partir de ese momento, utilizado con la lógica que corresponde, como el testigo privilegiado que somos de algo que está tomando forma. Pero cuando toca salirse de lo artístico y entrar en el terreno más personal la cámara deja de ser cinematográfica y se torna en televisiva para pasar a ser casi un agente provocador de emociones a las que se les ve más una intención sensiblera de horario de máxima audiencia que de retrato del momento y la personalidad de aquellos a los que sigue.

Un aspecto en el que Dancer parece tropezar dos veces. Nos habla de la trayectoria artística de Sergei, desde que era un niño con gran potencial hasta que se convierte en una estrella mundial y posteriormente se trasciende a sí mismo. Deja claro cómo se forjó su personalidad y el peso que en ese proceso tuvieron tanto la disciplina de su profesión como su tesón por ser el mejor, así como la relación con sus padres, de afecto y cariño hasta que estos se divorciaron, de distancia y enfado posteriormente. Pero se echa en falta que mencione, que nos haga saber quién y cómo es Sergei como adulto, cómo se relaciona con el mundo más allá de su trabajo, si es que lo hace, en qué se basan sus relaciones personales, si es que las tiene.

Tratando estos aspectos Dancer podría haber seguido la estela brillante de Amy. La chica detrás del nombre y llegar a todos los públicos, al no hacerlo y con el paso del tiempo, probablemente sea recordado únicamente por los amantes de la danza, que no es poco.

“No sé decir adiós”

Un triángulo familiar auténtico, creíble de principio a fin, gracias a un guión muy bien trazado y una dirección eficaz que podrían haber sido conseguido una historia aún más profunda si hubieran afinado matices e indagado en detalles en los que no entran. Por el lado positivo tres personajes, dos hermanas y un padre, muy planteados, tanto individual como relacionalmente, como brillantemente interpretados por Nathalie Poza, Lola Dueñas y Juan Diego.

no_se_decir_adios-933468405-large.jpg

La cara es el espejo del alma y eso es lo que tiene esta cinta de Lino Escalera. Los rostros de Poza, Dueñas y Diego son el verdadero elemento conductor, más allá de lo que se esté narrando, son sus miradas las que nos transmiten qué está ocurriendo en el mar de fondo del interior de cada uno de ellos. En el momento en que se vislumbra el fin de la vida del padre queda patente que ese terreno no es tan individual como ellas se creen, los lazos biológicos, los paterno-filiales y los fraternales están ahí, haciendo que se tengan en cuenta mucho más de lo que se creen.

Nathalie y Lola son diferentes, pero no tan opuestas como podría parecer. La primera marchó a Barcelona y se convirtió en una ejecutiva agresiva e independiente, la segunda se quedó en el pueblo almeriense natal formando una familia que convive y comparte negocio con su padre. El aviso de la muerte lo trastoca todo y lo que hasta un segundo antes parecía que había sido construirse su propio camino ahora se asemeja más una huida en falso; de igual manera que haber permanecido en el hogar familiar quizás no fue la opción cobarde y conservadora que cabría interpretar después de tantos años. Y entre ellas, junto a ellas y por encima de ellas un padre a la antigua usanza, árido y agrio, pero inexpresivamente aferrado y silenciosamente comprometido con aquello con lo que se siente unido.

Esta es la sólida base sobre la que se construye No sé decir adiós. De mar de fondo la cuestión existencial de cómo afrontar la muerte, unida a otra más cercana y con la posibilidad de planteárnosla cada día, la de qué estoy haciendo con mi vida, qué sentido le estoy dando y, sobre todo, ¿me hace feliz? Preguntas que en ningún momento se verbalizan, pero que es patente que están ahí, encerradas, ebullendo en el pecho de estas dos mujeres y este hombre incapaces de verbalizar y compartir los sentimientos que se provocan.

En la traducción de ese universo interior es donde se echa en falta que el guión y la dirección hubieran afinado un poco más. Lo convierten en momentos de silencio formal de gran potencia, dando como resultado unos austeros y magnéticos primeros y medios planos de los tres intérpretes, pero que en ocasiones resultan más estéticos –los encuadres de cámara son siempre de lo más certero- que expresivos. Sin embargo, no se perciben como vacíos, gracias al soberbio trabajo protagonista de Nathalie Poza, extensible a la labor como secundarios de Lola Dueñas y Juan Diego, y a la total y absoluta química entre ellos cuando comparten plano.