Cuatro días en Belfast

Porque es la capital del Ulster, para comprobar cuán británica es Irlanda del Norte, porque está a menos de dos horas de Dublín. Cualquier excusa es buena para acercarse hasta Belfast e introducirse en el pasado y el presente de esta ciudad.

Día 1. St. Georges Market y grafitis.

Desde la capital de Irlanda se puede ir tanto en bus como en tren, combinaciones cada hora en el primer medio y cada dos en el segundo. Curiosamente tardan lo mismo y sobre ruedas a mitad de precio (10 vs. 20 €). Tras recorrer los 165 km que las separan (y enterarte de que has pasado de un país a otro por el aviso del roaming de tu móvil) llegas a Glengall St., en pleno centro. Siendo un domingo (como fue mi caso) este era poco más que un escenario fantasmal (edificios de oficinas), hasta que de camino a mi alojamiento paré en el mercado de St. Georges (paredes de ladrillo y techumbre, ventanas y puertas combinando hierro y cristal, muy finales del s. XIX). Lugar que de lunes a sábado sirve para aprovisionarse de carnes, verduras, hortalizas y pescado, pero que en el último día de la semana (aquí el primero) se convierte en algo parecido a un rastro en el que poder comprar toda clase de artilugios que resultan más vintage y kitsch que antigüedades, ropa con aire hippie y comer platos exóticos y locales. Como la hamburguesa “pastor” con la que me deleité (5 £ por un combinado de morcilla de cordero, panceta, filete de ternera, cebolla y huevo entre pan y pan).

Una vez instalado me lancé a recorrer las calles del este de la ciudad (al otro lado del río Lagan) para conocer una de las zonas con más grafitis. Pintados siempre en los muros ciegos de viviendas y locales comerciales, suelen tener un tamaño considerable y estar muy bien ejecutados. Sobre su temática, de alguna u otra manera todos tienen que ver con la etapa del conocido como conflicto de Irlanda del Norte, unos ensalzan al bando unionista, otros a los separatistas y el resto lanzan mensajes sociales y cohesionadores.

Día 2. Los jardines botánicos y el centro de la ciudad.

El lunes despertó despejado y si aquí brilla el sol, eso marca la agenda, así que día de exteriores. Y si algo no falta en Belfast son parques y paseos, como los que enmarcan las dos orillas del río Lagan en su curso urbano antes de desembocar en la bahía y que tras cuarenta minutos me condujeron a una de las entradas de los jardines botánicos. Una colina aterciopeladamente verde con senderos entre grandes árboles, varias calles de cuidados florales con bancos aquí y allá para disfrutar del silencio y un par de invernaderos en los que asombrarse con toda clase de especies tropicales. Especialmente en The Palm House, construcción de 1839, un espectáculo exterior de cristal y hierro pintado de blanco con una cúpula central que corona una rotonda con dos naves laterales en las que se puede perder la noción del tiempo con la profusión y concentración de plantas y flores de todo tipo.

A pocos metros de allí, una parada para café y pastas con forma de corazón (5,3 £) en Maggie Mays Belfast Café y continuar con un agradable paseo a pie de una media hora hasta el centro siguiendo Botanic Avenue primero y Dublin Road después. Lo más imponente del centro es el Ayuntamiento, arquitectura neoclásica de 1906 cuya planta baja está abierta al público para darle a conocer a través de distintas exposiciones la historia de la ciudad (incluido el episodio de los voluntarios locales que participaron en uno y otro bando en la Guerra Civil Española, o su rol en la retaguardia aliada durante la II Guerra Mundial), algunos de sus vecinos más ilustres (como el actor y director Kenneth Brannagh o el músico Van Morrison) o entrar en el denominado espacio para la reflexión.

Una pequeña sala dotada en la que diferentes textos vinilados sobre irradiantes paredes blancas recuerdan el profundo dolor emocional que tanto entre católicos y protestantes como ateos dejó el conflicto que acabó con más de 3.500 vidas entre 1968 y 1998.

De vuelta a la calle, en torno a la sede del gobierno municipal se articulan las principales vías comerciales de Belfast. Saliendo de ellas se puede llegar hasta el 21 de North St., a Keats & Chapman, una librería de segunda mano con aspecto de almacén y estanterías llenas de títulos de todas las temáticas y en la que por 21 módicas libras me hice con un total de siete obras de teatro (Peter Shaffer, Harold Pinter, John Arden, Arthur Miller, Friedrich Dürrenmat, Martin McDonagh y Edward Albee) y dos guiones cinematográficos firmados por Tennessee Williams y Stanley Kubrick. Todo un tesoro.

Día 3. De Bangor a Helen´s Bay.

Cada 30 minutos puedes coger en la estación de Lanyon un cercanías que en el mismo tiempo te lleva hasta Bangor. Una pequeña población residencial situada al este de la bahía de Belfast. Desde su puerto deportivo y pesquero se puede seguir un paseo que junto al agua y alternando calas y playas a la derecha, bosque, colinas y casas envidiables a la izquierda te lleva de vuelta hacia el oeste. Tres horas más tarde y tras siete kilómetros recorridos cogía el tren en Helen’s Bay encantado de la vida.

Día 4. Titanic Belfast.

El famoso trasatlántico que hizo aguas tras chocar con un iceberg en la madrugada del 14 al 15 de abril de 1912 fue fabricado en uno de los antiguos astilleros de esta ciudad. Precisamente eso, la construcción de barcos, fue uno de sus grandes motores económicos desde finales del XIX hasta mediados del XX, materia en la que se puede profundizar visitando el museo que desde 2012 se dedica a recordar que el Titanic es mucho más que lo que el cine de catástrofes nos ha contado.  

Muy bien organizado (entradas cada 15 minutos, recomendable comprar -19 £- por anticipado) en un recorrido que te lleva entre noventa minutos y dos horas. Tras explicarte el contexto histórico, social y tecnológico en que se concibió su diseño (el barco más grande del mundo en ese momento), te subes a lo que podría parecerte un coche teledirigido para no solo avanzar, sino ascender y descender por el casco del barco y conocer cómo fue construido. Cómo eran los camarotes de tercera, segunda y primera clase, los perfiles de los usuarios, las paradas que hizo una vez que zarpó en su viaje inaugural de Southampton, la llegada a Nueva York de los supervivientes, la cobertura mediática, las comisiones de investigación en EE.UU. y Reino Unido, las misiones para intentar recuperar los restos del naufragio,… no hay duda o curiosidad que no quede resuelta en este gigantesca experiencia.

Para cerrar la experiencia norirlandesa, una buena opción es pasear hasta su centro e ir a comer a Granny Annies. Gastronomía local bien cocinada y -según su carta- toda con productos locales. Como entrante una sopa de verduras acompañada de pan de centeno y como plato principal salmón ahumado con ensalada de alcaparras, rúcula y canónigos, y para beber una pinta de Guiness (19 £ en total). Sitio y menú de lo más acertado.

Estaría bien volver a Belfast como escala antes de llegar al norte del Ulster y visitar Derry o la calzada de los gigantes. Y sabiendo que es posible, además de en avión (cuenta con dos aeropuertos), llegar a ella en barco desde Liverpool, la isla de Man o Cairnyan (en el norte de Inglaterra, ya cerca de Escocia).

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