“Cinco horas con Mario”, un sueño cumplido

Miguel Delibes fue un genial escritor, plasmaba la realidad y sus personajes en sus páginas con una naturalidad asombrosa, quedándose él en un segundo y discreto plano como narrador. Lola Herrera es inconmensurable, no hay papel que interprete que no haga que el público se ponga en pie para aplaudirla. La unión de ambos, hace ya 37 años, hizo que una de las mejores novelas de la literatura española se convirtiera en un montaje teatral en el que texto y actriz se entrelazan en una simbiosis que solo se puede definir como perfecta.

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Crecí en tierras castellanas bajo los ecos de un sistema social de cuarenta años de oscuridad, un mundo que Delibes supo plasmar como pocos en sus creaciones. Textos que leí cuando era adolescente y en los que vi como la penumbra, lo pesado y lo sombrío se convertían en arte con el que disfrutar y sentir. El primero de todos y que devoré, como si fuera un niño embelesado con la historia que tiene entre sus manos, fue El camino. Páginas en las que seguí a Daniel el Mochuelo abriendo los ojos con asombro, afinando el oído y caminando a paso ligero de un lado para otro para saber, conocer y comprender cuanto pasaba en ese gigantesco mundo que era su pequeño alrededor.

En aquellos años de supuesta rebeldía pasaron por mis manos más títulos de Don Miguel como Diario de un cazador, Los santos inocentes o La sombra del ciprés es alargada. Pero hubo uno que me llegó mucho más hondo, que me conmovió y me hizo descubrir una dimensión hasta entonces desconocida e inimaginable para mí. Ese libro, esa experiencia, fue Cinco horas con Mario.

En esa larga y espesa noche de velatorio, lo que Carmen nos cuenta no se ve con los ojos. Lo que ella comenta en voz alta a ese cuerpo presente que fue su marido, es de una sencillez tan asombrosa y una verdad tan abrumadora que nos hace sentir todo aquello que no se verbaliza pero que está ahí. Su cadencia tranquila, el ritmo de su respiración, algún que otro suspiro,… Esta mujer es más que una esposa, es un reflejo de lo que era la clase media de un país que hace medio siglo vivía en el quiero y no puedo, en el miedo al qué dirán, en los prejuicios, en las apariencias, en la flagelación de la exigencia continua,…, en una profunda insatisfacción que nos provoca, incluso, compasión y ternura. La viuda que Delibes imaginó es de una tristeza tan cotidiana, y de un vacío tan interiorizado, aceptado y normalizado por todos, tanto entonces como ahora, que la asumimos como alguien que podríamos haber conocido o, incluso, sido.

Es tal la fuerza de este monólogo que no basta con leerlo, el papel se le queda escaso, las palabras piden dejar de ser tinta y convertirse en una voz que escuchar, no solo con nuestra imaginación, sino con nuestros oídos. El propio Delibes se encargó de preparar su versión escénica 13 años después de la publicación de la novela en 1966. La elegida para encarnar a Menchu fue Lola Herrera. Ella fue la encargada de, sobre un escenario, echarle en cara a Mario ser un hombre ensimismado y poco ambicioso,  un padre laxo y un marido poco atento,  ausente incluso en muchos momentos. Con ritmo sosegado le habría de recordar que hizo de ella una adulta insatisfecha, que no vio cumplidas las ilusiones que tenía cuando se ennoviaron, preocupada continuamente por lo que daban que hablar algunas de sus costumbres como escribir libros o desplazarse en bicicleta,…

Acudí al Teatro Reina Victoria lleno de curiosidad ante esta reposición de Cinco horas con Mario, más de veinte años después de haber leído la novela por primera vez y con el recuerdo de lo mucho que había disfrutado en ocasiones anteriores viendo a Lola Herrera sobre un escenario, como en Seis clases de baile en seis semanas o En el estanque dorado. Tomé asiento en el patio de butacas sin ninguna expectativa concreta, aunque sí con ganas e ilusión por dejarme llevar, como siempre que acudo a una sala teatral. Dispuesto a vivir, a soñar, a descubrir realidades, experiencias y puntos de vista con los que no solo conocer otras coordenadas más allá de las que habito, sino también como vehículo con el que acceder a partes de mí que puedan no estar activadas porque hasta ahora no han sido interpeladas, estimuladas o  llamadas a la acción en la vida real.

Hora y media después de que se abriera el telón y los focos iluminaran a Lola -80 años de admirable madurez- salí de la sala impresionado por el trabajo literario e interpretativo tan hermoso del que había sido testigo, contento por el profundo viaje emocional en el que me había embarcado y feliz, muy feliz, por lo que había vivido.

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Cinco horas con Mario, en el Teatro Reina Victoria (Madrid).

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