Un día en Howth

Tranquilidad, paisajes y sabor local en esta pequeña población y península a quince kilómetros de Dublín frente al Mar de Irlanda.

Será porque es agosto, por la necesidad imperiosa de aprender inglés o por las plantillas de las empresas que establecen sus sedes sociales en este país por su baja fiscalidad, sea por lo que sea o por todo ello a la vez, Dublín está llena de gente. Por momentos, más que en una ciudad parece que estás en uno de esos parques temáticos o centros comerciales al aire libre en que el turismo está convirtiendo a muchas ciudades. Motivo extra para salir de ella y buscar autenticidad, encanto y belleza fuera del mundo urbano. Howth es una buena opción para encontrar todo esto, pero también merece la pena visitarla por lo que es y lo que ofrece.

Es fácil llegar, hay un cercanías cada media hora (6,40 € ida y vuelta), justo lo que dura el recorrido desde Pearson (donde yo lo he cogido, junto al Trinity College) hasta su estación (final de línea) a la entrada de una pequeña península frente al Mar de Irlanda. Recordando lo que un día fue, lo primero que ves al comenzar a pasear es el pequeño puerto pesquero. A continuación, lo que ya también es, un puerto deportivo con embarcaciones de recreo de tamaño medio en una localidad cuyos orígenes se remontan a la llegada de los vikingos en el s. IX y que en la actualidad cuenta con ocho mil habitantes censados.

El comité de bienvenida fue un dueto de viento y lluvia fina cuya resolución esperé tomando un café (2,80 € y como en todas partes hasta ahora, atendido por gente simpática, con una vocalización perfecta que hace que se les entienda a la primera y un ritmo sin prisa, pero sin pausa). En el momento en que el agua dejó de practicar su partitura recorrí el dique que protege el puerto hasta situarme frente a la cercana isla del Ojo de Irlanda, hoy deshabitada y según cuentan las guías, paraíso ornitológico.

Dándote la vuelta y mirando hacia Howth la imagen es la de una colina con restaurantes a nivel de mar, salpicada a medida que se mira hacia arriba de viviendas aquí y allá. Entre ellas se adivina un castillo del s. XV, las ruinas de una abadía medieval y una torre de vigilancia construida en 1805 por miedo a que llegaran hasta aquí las tropas de Napoleón.

Las rutas

Lo interesante y el verdadero motivo para venir hasta aquí ha sido alguna de las rutas de senderismo por la península que comienzan justo al final del puerto. Perfectamente señaladas, basta con calzado cómodo -el suelo varía entre la tierra, el barro y las piedras-, un mínimo de forma física -firme irregular y algunas cuestas son para tomárselas con calma- y atención -aunque las sendas están señaladas nunca está de más fijarse por si los elementos han hecho de las suyas- para ponerse a ello y disfrutar con lo que la naturaleza te va ofreciendo.

Todos los recorridos se inician con un camino común que coge altura mientras bordea la península por su lado este. El viento ha sido hasta agradable, la temperatura la justa para llevar la chaqueta impermeable cerrada, la lluvia y el sol se han hecho presentes alternativamente sin hacerse protagonistas -ese puesto se lo han dejado a las nubes- y ha sido constante la tentación de fotografiar los colores de la vegetación, el sendero abierto por el paso humano -son pocos con los que me he encontrado o cruzado- y la inmensidad del mar. Así hasta que, tras más o menos una hora, he llegado a un punto en el que desde lo alto se disfrutaba de la vista de un faro enmarcado en la línea de un horizonte en el que el cielo se debatía entre seguir cubierto o despejarse.

Ahí la ruta se bifurcaba en tres, una que con un total de quince kilómetros -teniendo en cuenta lo ya caminado- recorre toda la península y que he decidido dejar para cuando vuelva en el futuro, una de seis que venía a ser regresar por un sendero paralelo al del trayecto de ida pero separado del mar, uno de siete y medio que se introducía por la zona urbanizada y uno de ocho que según la señalítica te prometía volver campo a través -con algún que otro cruce con el asfalto- por la zona más alta y verde. Esta ha sido mi elección y la verdad es que ha sido de lo más gratificante sentirse, durante algo una hora larga, invadido por los helechos, absorbido por alguna que otra arboleda y rodeado por matorrales por doquier.

Al final he optado por no seguir completamente el itinerario (finalizaba en la estación del ferrocarril) para así conocer el pueblo, lo que me ha permitido ver que aquí las residencias -todas individuales- son tan atractivas y poco pequeñas como grandes sus ventanales -daban ganas de quedarse a vivir en muchas de ellas- y sus jardines. Por el lado contrario, si es que hay que calificarlo así, señalar que si quieres disfrutar de una casa con vistas, o tienes coche o tendrás que hacer mucha pierna para salvar la pendiente de las cuestas que te lleven hasta tu puerta.

De vuelta al pueblo

Pero hoy y tras tres horas largas de paseo, lo importante era llegar a un lugar en el que comer y beber al modo irlandés, así que entre la oferta local he optado por un local que vi al llegar, el Findlater, bar y restaurante a la par. En lo que respecta a lo segundo, con atmósfera de salón con vistas al puerto, mi experiencia ha sido la de trato amable, carta variada y lo que he elegido -sopa del día, vegetal, y salmón con verduras y puré de patata- sabroso y en su punto (30,40 € añadiéndole una pinta de Guinness y un café).

Como cierre de la visita, he paseado por el embarcadero del puerto pesquero, barcos a un lado establecimientos comerciales al otro, pescaderías -el salmón como oferta principal-, restaurantes y algunos, incluso, las dos cosas a la vez. Al final y cerrando la entrada al puerto un dique desde el que disfrutar con la vista de la playa de Claremont que se prolonga hasta la localidad cercana de Sutton y que también se puede ver, a modo de despedida, desde el tren de vuelta a Dublín.

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