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“Todo es una mierda y eres una mala persona” de Daniel Zomparelli

Colección de relatos que no tienen nada de divertido pero que se toman con mucho humor el absurdo y la incapacidad para relacionarnos y congeniar con que nos desenvolvemos en nuestro día a día. Historias que no se plantean porqués ni tienen ánimo de trascendencia, pero que con sencillez narrativa y claridad expositiva dejan ver la soledad y la neurosis con que manejamos la tecnología y nos relacionamos en la sociedad actual.

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Quizás las apps acaben dando pie a una renovación del subgénero de la literatura epistolar. Quién sabe si llegaremos a leer una versión whatsapp con emitoconos de Las amistades peligrosas, pero lo cierto es que algunas de las conversaciones de los muchos millones que tienen lugar vía móvil hoy en día tienen una carga de autenticidad que las hace merecedoras de nuestra atención  desde el punto de vista creativo y expresivo. Ese supuesto es el que tienen tras de sí algunas de estas historias cortas de Daniel Zomparelli en las que las vidas de muchos hombres gays están marcadas por sus neurosis, la tecnología como canal del que se sirven para relacionarse y las exigencias de imagen (físico, pareja, éxito laboral y social,…) del entorno en el que viven.

No todos los relatos (32 en total) de Todo es una mierda y tú eres una mala persona (título que da para meme y para sentencia con la que dejar sin aliento a quien se la dirijas) parten de aplicaciones de contacto. Otros plantean como verosímiles aquellas realidades paralelas que solo creen los que las habitan. Mundos imposibles que utilizamos para justificar relaciones que no teníamos que haber comenzado, finales que no asumimos o un día a día en el que no somos capaces de mirarnos al espejo por miedo a ver el sinsentido de lo que estamos haciendo al lado de esa persona a la que aceptamos y/o utilizamos como excusa para no hacer frente a nuestros miedos, inseguridades y limitaciones.

A partir de aquí Zomparelli deja vagar libremente su imaginación para construir historias en las que podemos identificar con claridad los diferentes planos de realidad e ilusión que combina en ellos. Nos hace reír, sí, pero cuando la sonrisa se desvanece queda un poso amargo, un punto medio entre la imposibilidad y la incapacidad, en el que no sabemos si estamos negados para el equilibrio emocional o es que vivimos en un mundo que no lo permite de ninguna manera. Cuestión aparte es cuan pasivos o activamente responsables somos de esta eventualidad.

Algo que apoya desde un punto de vista formal en el que, sin caer en la simplicidad, elude cualquier tipo de complejidad narrativa. Su intención es la de exponer con claridad las personalidades, los contextos, los entornos y las dinámicas que se combinan en estos cuadros de hombre joven, urbano y gay que nos expone. Unos más cotidianos, otros más excepcionales, el resultado son una serie de fotos sobre las que proyectar el prólogo que consideremos, pero en cuya representación de desorden y desconcierto quedar momentáneamente fijados. Y ya después dejar fluir en nuestro interior el epílogo a que podríamos dar pie de ser los protagonistas de lo que hemos leído.

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“Todos lo saben”

Un guión muy bien trazado, con una historia que evoluciona sin perder un ápice de tensión hasta su momento final. Un reparto compacto, brillante, lleno de talento. Y una dirección que convierte todo esto en una gran película, en una cinta que con su extremo desasosiego te tiene pegado a la pantalla y con el corazón en un puño a lo largo de toda la proyección.

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En la fiesta nocturna de una boda una adolescente desaparece sin dejar rastro. El saber hacer de Asghar Farhadi convierte lo que hasta entonces había sido una minuciosa exposición del secano y familiar costumbrismo español en una dolorosa vivencia de desconcierto y desasosiego. La convivencia torna en sospecha y la armonía en una tensión paralizante en la que la faz de todos los personajes cambia completamente. Ese es el primer acierto y gran logro de Todos lo saben. Sus dos realidades son totalmente diferentes, no solo por los acontecimientos que las marcan, sino por las personalidades que cada personaje revela en cada una de ellas.

Argumentalmente Todos lo saben es un drama, una película de intriga, un thriller en el que nadie se muestra con total transparencia, la verdad nunca termina de estar clara y el tiempo juega en contra de la supervivencia. Artísticamente es una película de actores, la solidez del guión hace que este se convierta en una prueba de máximos. Prueba superada. El recital de Penélope Cruz es de órdago, no hay matiz, grado o estadio de la alegría y satisfacción inicial, así como del desconcierto, la desesperación, la angustia y la ansiedad posterior por el que no pase, muestre con hondura y nos haga sentir. Algunos de los planos que protagoniza son maestros por la belleza y atemporalidad que transmiten, por la perturbadora emoción que provocan.

Ella es la que guía el dibujo de lo que está ocurriendo y quien provoca que todos a su alrededor expongan sus cartas. Formando el triángulo más íntimo, Javier Bardem y Ricardo Darín se complementan con ella y entre sí para dar pie a una relación humana tan complicada como necesaria, logrando activar con total verosimilitud ese giro argumental que da profundidad a la historia. Junto a ellos, secundarios excepcionales como Barbara Lennie, Eduard Fernández y Elvira Mínguez la apuntalan, dándole la resonancia que esta demanda y el eco que la engrandece.

Por su parte, tanto el guión como la dirección de Fahardi no dejan ni un solo hilo sin atar y ni un momento sin proporcionar información en distintos niveles, simultaneándolos, entrecruzándolos y relacionándolos, pero sin afirmar cuáles son las causas, el origen o las consecuencias de los muchos y pequeños conflictos que se van desatando.

Él solo muestra el oxígeno que hace que lo no resuelto vuelva de las sombras en las que fue escondido por falta de valor o por el orgullo que impide aceptar la realidad tal cual es. Retornos que provocan que la sacudida desestabilizadora con la que arranca Todos lo saben se convierta en una atmósfera sorda, de respuestas cortas y miradas silenciosas, que nos oprime obligándonos a una catarsis de confesión sin tener la seguridad de que sea el precio a pagar para poder volver al terreno de la paz y el equilibrio personal.

“Out cry”, el grito ahogado de Tennessee Williams

Dos hijos maltratados por sus padres, dos actores abandonados por su compañía, dos personajes unidos en el escenario por un lazo fraternal en un libreto sin un final claro. Una obra en la que su autor combina su mundo interior con la biografía de su familia en un doble plano de realidad y ficción tan íntimamente unidos y sólidamente escritos que en ningún momento sabemos exactamente dónde estamos ni hacia donde vamos.

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Una situación prolongada en el tiempo en la que nada es lo que parece, ni siquiera en el sentido visual. Las indicaciones de este libreto comienzan describiendo un escenario que no queda claro si son las tablas de un supuesto teatro o la escenografía de una función. Sensación que se acrecienta al situarnos en una ciudad (New Bethesda) inexistente, con dos personas de las que han huido sus compañeros de trabajo (“Your sister and you are insane”) y que alternan su conversación con los diálogos de uno de los títulos de su repertorio (“The two-character play”), uniendo de esta manera varios lugares en un único sitio, distintas realidades en un único momento. El resultado no es claro, no hay una lógica que permita interpretar correctamente lo que percibimos, no hay reglas, todo son excepciones. Estamos en un mar de grises donde todo tiene un punto turbio, mucho de luz inalcanzable y más de oscuridad amenazante.

A diferencia de en sus primeros grandes éxitos, como El zoo de cristal o Un tranvía llamado deseo, en Out cry los personajes no vomitan sus conflictos en un vendaval de palabras y gestos que expresen claramente cuál es la tormenta interior a la que por fin están dando salida. Tennessee comenzó a escribir esta obra cuando ya superaba los cincuenta años, tras varias décadas como escritor en las que su éxito y reconocimiento profesional habían convivido con una historia familiar que, tanto en su caso como en el de su hermana, se caracterizaba por la inestabilidad psicológica, cabe incluso decir que por el más claro desequilibrio psiquiátrico. Una sombra perpetua en su biografía, tal y como explicó en sus memorias, iniciadas en 1972, un año antes de la edición definitiva de este texto.

A lo largo de sus setenta páginas, sus dos protagonistas y sus espectadores se encuentran encerrados –cuando no es por agorafobia es de manera claustrofóbica-, sin posibilidad de salida alguna, en un maremágnum de acontecimientos aparentemente reales como la muerte violenta de unos padres de la que son testigos sus hijos, a otros que no guardan lógica alguna como estar representando una función que no solo no tiene fin, sino que no se sabe cuándo acaba. Aparentes absurdos, que recuerdan al Esperando a Godot de Samuel Beckett, que son la punta del iceberg de una compleja atmósfera de angustia y desconcierto bajo la que se esconde una brutal inseguridad e incapacidad para distinguir lo exterior de lo interior, la verdad de la ilusión, de encontrar alternativa a lo que juntos es tortura y por separado una cárcel.

Out cry no es un creación diferente de Tennessee Williams, es una muestra de su capacidad para ir todavía más allá, de profundizar en las heridas y exponerlas sin pudor ni vergüenza. Un ejercicio que no tiene nada de exhibicionismo y que aparenta ser una última apuesta, un intento de todo o nada con el fin de llegar al origen de los desequilibrios para, o bien corregirlos, o bien iniciar una autopsia que deje patente que aquello es terreno muerto que ya no tiene sentido vivir.

“El sonido de los cuerpos” de Fernando J. López

Una investigación en la búsqueda de una doble verdad. Por un lado saber qué hay tras el suicidio de la persona con la que se ha convivido durante once años. Por otro qué sucede dentro de cada uno de nosotros a la hora de establecer contacto íntimo, cómo lo vivimos  y cómo actuamos cuando nos damos cuenta de que ya se acabó. Una combinación de intriga policíaca e introspección personal con tintes existencialistas que atrapa de principio a fin.

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¿Qué sucede cuando no somos capaces de darle respuesta a una interrogante? ¿Hay manera de cerrar una relación cuya ruptura nunca se verbalizó? ¿Cómo podemos decirle adiós a alguien de quien es imposible despedirse? Estas son algunas de las preguntas que parecen taladrar sin piedad la mente de Mario, el hombre que un día recibe la noticia de que su pareja desde hace once años, Jorge, se ha suicidado. Un acontecimiento de difícil digestión y causante de una angustia que aspira a superar buscando una clave que le ayude a comprender lo sucedido. Esa ventana de luz surge con Alma, una periodista que cree poseer la pista para conseguirlo, pero esta no parece dirigir el proceso por un camino fácil ya que todo indica que la muerte que ha sacudido los cimientos personales de Mario está relacionada con un doble asesinato cometido apenas un mes antes.

Con este argumento, Fernando J. López construye un único relato con una doble intriga, qué sucedió realmente la noche en que Jorge decidió acabar con su vida y bajo qué principios se rige la intimidad de las personas que están alrededor de esta investigación. Así es como se van dibujando una serie de complejos mapas personales que en determinados puntos y ocasiones parecen acercarse hasta tocarse, pero sin llegar a producirse ese click que los fusione haciendo de su unión –ya sea como pareja, como hermanos o como padres e hijos- algo superior. La inseguridad y el miedo a la soledad marcan el peaje de lo que se está dispuesto a ceder, creyendo que esta es la vía más adecuada para acercarse a la auto aceptación y la estabilidad  No queda claro si lo que se desea es ser realmente feliz o aparentarlo de cara a la galería de seguidores de las redes sociales. Sin embargo, la foto no está tan conseguida como se cree y en ella se producen una serie de grietas tras las que se esconde la verdad de acontecimientos tan insospechados como criminales.

Hasta esos silencios y oscuridades es donde nos lleva El sonido de los cuerpos. A intentar entender por qué los hemos aceptado, convenciéndonos de que eran el lugar en el que debíamos estar. A descifrar qué sórdidos comportamientos podrían haber desarrollado aquellos que teníamos cerca físicamente pero que, emocional y vitalmente, sabíamos que estaban muy lejos. Un encrespado y tormentoso mar narrativo en el que Fernando sabe desenvolverse, haciéndonos entender con una prosa encendida, intensa e inagotable el prolongado desconcierto y el desorden vital en el que desde hace mucho tiempo viven sus personajes.

Desconcierto, provocación y abismo: “La pianista” de Elfriede Jelinek

LaPianista

Además del interés de la trama de esta novela, hay otro motivo para iniciar su lectura, el viaje por el lado salvaje de la condición humana que proponen sus páginas. En él las personas son animales, bestias. No hay humanidad alguna, la esencia se reduce a lo primario. La inteligencia y capacidad racional de cuantos habitan y pasan por la Viena de estas páginas tiene como objetivo alimentar sus rasgos y comportamientos primarios. “La pianista” es una hija gobernada de manera absolutista por una madre ególatra, una mujer obsesionada con conseguir la pulcritud supra humana de cada instante, un cuerpo carcelero y proxeneta de sus deseos y sus pulsiones.

Las precisas palabras, el tono asertivo y la rítmica y trenzada secuencia de acciones, diálogos y descripciones crean un universo asfixiante en el que no es posible respirar otro aire que el del tóxico e inexpugnable triángulo formado por la pianista, la madre y el alumno de la primera, así como del entorno en el que se desarrollan sus vidas. Un mundo aparentemente enfermizo bajo los cánones de las apariencias y de la convencionalidad, pero expresado sabiamente por Jelinek con la naturalidad de la inevitabilidad, presentado como el ambiente propio y sin alternativa de la vida humana.

Décadas después de que su compatriota Freud hablara desnudamente de los comportamientos sexuales, de sus posibles motivaciones y sentidos, la Premio Nobel de 2004 retrata un mundo donde estos son más que motor y medio de expresión individual, resultan ser un código de comunicación universal. Ese es el abismo al que es arrastrado el lector, un reto de desconcierto y provocación en el que te asaltarán interrogantes a los que quizás no quieras encontrar o dar abiertamente respuesta. ¿Crees posibles situaciones como las relatadas por Elfriede Jelenek? ¿Te identificas con deseos como los expresados? ¿Has llegado a comportarte de igual manera?

(imagen tomada de softrevolutionzine.org)