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Mucha sensibilidad en “La chica danesa”

Una producción y fotografía fantásticas que hacen de cada plano una obra pictórica llena de expresividad y belleza. Las actuaciones de Eddie Redmayne y Alicia Vikander son un recital de fotogenia e interpretación que hacen que un guión, quizás demasiado sencillo, resulte ser una historia llena de emotividad tratando una cuestión delicada con sumo respeto y cercanía, integrando bajo un mismo prisma los puntos de vista de todos los involucrados.la_chica_danesa_42580

En 1993 un gran estudio de Hollywood hacía algo innovador, producir una película que trataba el tema del VIH/SIDA y la homosexualidad desmontando estigmas y prejuicios, abogando por la igualdad real entre todas las personas. Hubo quien vio en la “Philadelphia” que le dio su primer Oscar a Tom Hanks una forma de activismo, otros una estrategia de marketing. La cuestión es que al margen de la calidad de la cinta, ahí ha quedado como referente de una realidad y de un paso más en la consecución de normalidad de un colectivo discriminado por el resto de la sociedad.  Algo así puede que suceda con “La chica danesa” y su tratamiento de la transexualidad de la mano de dos oscarizados, el director Tom Hooper (“El discurso del Rey”, 2010) y el actor Eddie Redmayne (“La teoría del todo”, 2014).

La historia comienza contándonos el día a día profesional y social de un matrimonio de artistas, Einar y Gerda Wegener, en el Copenhague de los años 1920. Posteriormente se centra en su convivencia y la fluida comunicación y entendimiento que hay entre ellos, al margen de los ambientes en los que estén o las personas que les rodeen. Desde ahí, la narración llega a lo más profundo a nivel individual, hasta lo que es, al margen de reglas y convenciones, sentir y sentirse, conocer y reconocerse. Ese lugar desde el que se desmontan los prejuicios y se puede afrontar la vida y su encaje en el mundo de manera libre.

Un recorrido en el que Redmayne da forma, con absoluta verosimilitud, a la evolución de una identidad masculina hacia una femenina, sumando capas y complejidad sin posibilidad de marcha atrás ante lo que dictamina y hace brotar la madre naturaleza. Su trabajo está lleno de sutilezas de una extraordinaria y delicada belleza, su capacidad corporal convierte cada uno de sus movimientos –las manos, las miradas, las poses, la manera de caminar,…- en un torrente interpretativo de gran expresividad con el que construye y hace convivir a Einar y a Lily. La grandeza de su interpretación está en hacernos ver cómo de un hombre surge una mujer, y cómo una vez esta ha llegado para quedarse, él se va escondiendo y apagando dentro de ella.

Por su parte, Alicia Vikander son esos ojos testigos de un proceso que le es tan ajeno como propio y tras los cuales está el desconcierto ante lo inesperado, la incomprensión ante lo que causa dolor, el coraje con el que se superan las barreras y el calor que aporta cariño y sosiego.

A su alrededor, un mundo que se desenvuelve entre los exteriores costumbristas de la capital danesa, interiores teatrales que parecen cuadros de Degas, el art-decó de Bruselas, reuniones parisinas que reproducen los lienzos de Gerda Wegener (que recuerdan a los de Tamara de Lempicka) o el esplendor de Dresde. Una ambientación tan preciosista y elaborada que en ocasiones se convierte en el elemento principal de una historia que parece querer contarse únicamente a través de sensaciones visuales muy bien subrayadas por la banda sonora de Alexandre Desplat. Este trabajo técnico cumple de manera tremendamente válida y efectista la función para la que ha sido concebido, pero como si de un óleo se tratara, bajo él se ven los trazos de un guión que pedía más solidez, más historia, más profundidad, para haber dado un mayor soporte al espléndido trabajo frente a la cámara de su pareja protagonista.

Casablanca, entre el mito y la realidad

La ciudad más grande de Marruecos, la capital financiera, la de la modernidad junto a la tradición, la de la fantasía cinematográfica, así es Casablanca por su historia real y de ficción, su emplazamiento geográfico, su urbanismo mixto y su arquitectura mestiza.

La mezquita de Hassan II. La arquitectura siempre ha tenido un primer objetivo práctico, crear edificios para una funcionalidad concreta, y un segundo para determinadas ocasiones, el dejar una impronta que genere en sus espectadores y visitantes no solo recuerdo, sino admiración ante la obra y respeto por sus titulares. Ese es el objetivo que cumple desde su inauguración en 1993 la mezquita de Hassan II, concebida para coincidir con el 60 cumpleaños del anterior rey del país, monarca mecenas a la par que gobernante de modos absolutistas durante su reinado (1961-1999).

Una encomienda de 600 millones de dólares de presupuesto al arquitecto francés Michel Pinseau para acoger a 25.000 personas y hasta a otras 80.000 en la imponente esplanada que forma parte de su recinto. Un interior sobrecogedor, de alturas celestiales y luces mágicas, en el que a pesar de las dimensiones el visitante se siente especial, en contacto directo con lo espiritual. Además de la sala de culto orientada a La Meca, la mezquita cuenta también para sus fieles con una suntuosa sala de ablación, hamman, baños turcos, madraza, salas de conferencias,…

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Un edificio no solo para los musulmanes, sino también para los turistas por ser el único templo del país que pueden visitar los nos seguidores de Mahoma en los horarios (y precios) así fijados. Una joya arquitectónica erigida sobre el océano por inspiración de un versículo del Corán: “El trono de Alá se hallaba sobre el agua”. El resultado, una impresión visual imposible de olvidar por su estética, su plástica y su simbolismo espiritual y político.

Rick’s Café. Antes que ciudad, Casablanca es una película para muchos, con Humphrey Bogart e Ingrid Bergman en blanco y negro y frases como “tócala otra vez, Sam” o “siempre nos quedará París”. Un relato cinematográfico cartón piedra fabricado en Hollywood y que solo tomó de la realidad el papel que la ciudad marroquí desempeñó para las potencias aliadas durante la II Guerra Mundial.

De la supuesta Casablanca apenas se vieron un par de calles de la medina y el hangar y la pista del aeropuerto en aquel film que ganó el Oscar a la mejor película de 1943. Pero si hay un lugar que en el imaginario colectivo quedó para siempre asociado a esta ciudad gracias a esta producción de la Warner Bros fue el del Rick’s Café. Cuenta la leyenda que muchos lo buscaban al visitarla y como no lo encontraban alguien tuvo la brillante idea de recrearlo. Así fue como se inauguró en 2004 un lugar similar al de la película en una de las salidas de la medina hacia el océano.

En la pantalla cinematográfica todo parece más grande, pero este Rick’s Café cuenta como aquel con sus paredes encaladas, su patio de arcos de herradura, su barra de bar y el mítico piano en el que todos los turistas posan emulando a Sam a punto de iniciar “As time goes by”.  Súmese a ello contar con una buena carta para comer o beber según la hora del día, elaborada y servida en ambos casos con extraordinaria calidad.

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La medina. Al igual que la de Fez o la de Marrakech, impresiona por su plano indescifrable, lo intrincado de sus calles, la imposibilidad de saber qué se encontrará al doblar cualquiera de sus recodos -si más puestos comerciales para turistas o para sus propios habitantes, o zonas fantasmalmente residenciales- o lo inexplicable de que el camino por el que se avanzó no se corresponda con la que se está siguiendo al intentar volver. En segundo lugar, la medina de Casablanca sorprende por su reducido tamaño, por muy perdido en el laberinto que te puedas sentir, si sigues recto es cuestión de minutos que llegues a una de sus puertas de salida.

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Hasta que la ciudad comenzó a crecer con el inicio del protectorado francés, así de reducida fue Casablanca durante siglos. Desde el mar tan solo se veían unas casas de su zona más alta, “casa branca” que decían los marinos portugueses que pasaban frente a ella (y que la controlaron durante casi dos siglos hasta el famoso terremoto de Lisboa de 1755), dando pie así a la denominación de una urbe habitada hoy por más de cinco millones de habitantes.

La arquitectura modernista. En el siglo XIX los franceses ya se interesaron por Marruecos y por sus recursos mineros, lo que dio pie a que comenzaran a explotar algunos de sus yacimientos. Iniciado el XX bombardearon Casablanca acusando a los nativos de atacar a sus conciudadanos y a sus intereses en la ciudad (a cuyo puerto pretendían hacer llegar una línea ferroviaria pasando por un cementerio musulmán). La fuerza europea se impuso y obligó a un acuerdo a tres bandas por el que se inició el protectorado español y francés de Marruecos. En su zona los galos hicieron de Casablanca su centro económico y financiero –de Rabat la capital política– y pusieron en marcha su desarrollo urbano.

Surgieron así las grandes avenidas que articulan el centro de la ciudad desde la Plaza de las Naciones Unidas, y las construcciones art nouveau que las llenan, especialmente en el que hoy es el boulevard Mohammed V dando cabida a comercios, cafés y restaurantes y ecos de los tiempos de esplendor pasado conservando aún hoy uno de sus antiguos cines. El que fuera rey del país una vez recobrara la independencia en 1956 da nombre también a la plaza en la que se sitúan algunos de los edificios oficiales de arquitectura modernista con decoración morisca más brillantes de aquellos tiempos como la oficina de Correos, el Palacio de Justicia o la antigua Prefectura de Policía. Muy cerca de allí queda la antigua Catedral del Sagrado Corazón, una auténtica joya art déco desacralizada tras el fin del protectorado francés.

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Plaza de las Naciones Unidas. Es el punto en el que todo confluye de día y de noche, la ciudad antigua y la moderna, donde el bullicio de las conversaciones y los vendedores ambulantes se mezcla en un sinfín con el ruido y las bocinas del tráfico de coches, motos y autobuses colapsando sus entradas y salidas. Aquí se cruzan mujeres vestidas con chilaba con jóvenes en vaqueros ajustados, trajes de sastrería con las últimas falsificaciones de las marcas de moda, hombres de negocios con estudiantes y buscavidas, vendedores ambulantes con visitantes foráneos. Sentarse en la terraza de cualquiera de sus cafés y degustar un té a la menta viendo la vida pasar es una experiencia que nadie debe perderse en un lugar así.

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El mercado central. Aunque el puerto de Casablanca sea fundamentalmente industrial, también lo es pesquero, y en los puestos del mercado central (boulevard Mohammed V) se pueden descubrir cuáles son las especies de pescado y marisco que se pueden consumir en cada momento del año. Tras el deleite visual, se puede dar placer al sentido del gusto en cualquiera de los restaurantes de sillas de plástico y hule tosco situados en el patio central del mercado. Además, el lugar sirve también para disfrutar de los colores de los puestos de frutas y verduras o de los olores de los de flores y productos cosméticos como el aceite de argán, el prometedor reparador de la piel.

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El boulevard de la cornisa. En su centro urbano Casablanca vive de espaldas al océano. Este queda oculto tras las vías del tren, el puerto –en el que hoy se pueden ver atracados de cuando en cuando cruceros de miles de camarotes- y los apartamentos de lujo que se están levantando entre este y la mezquita de Hassan II. Pero más allá del faro que desde esta se divisa comienzan las construcciones unifamiliares y los clubs con derecho de admisión junto al agua salada. Entre unas y otros un largo paseo marítimo preparado para pasear o tomar algo disfrutando del intenso azul del océano y del cielo atlántico durante las horas de luz y la fiesta y la diversión entre lo más selecto del ambiente local durante la noche.

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Estas son algunas de las ofertas que Casablanca tiene para hacer disfrutar a aquellos que estén de paso en ella y no únicamente por negocios. Quien sabe, quizás conocerla pueda dar pie a parafrasear a Rick Blaine y decir aquello de “creo que este es el principio de una gran amistad.”

Tamara de Lempicka inspira Glamour

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Al ver la portada de la revista Glamour a gran tamaño en una marquesina de autobús me vino a la mente Tamara de Lempicka (1898-1980). Buceando en internet averiguo que la fotografía de la portada es del francés Marcel Hartmann. De la genial polaca art-decó la pose del cuerpo de la modelo me sugiere la “Mujer con paloma” (1931) y su rostro “Durante el verano” (1928), ambas obras en colecciones privadas americanas.

Las imágenes de Tamara de Lempicka llevan mucho tiempo inspirando a los que han venido detrás de ella, como Madonna, basta recordar los primeros fotogramas del videoclip de “Open your heart”.

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(imágenes tomadas de glamour.es, delempicka.org y phdavies.co.uk)