“Kiki. El amor se hace” y se disfruta

Fresca, divertida, cachonda, espontánea, tan natural como lo son el sexo, la vida y las relaciones cuando las dejamos fluir libres de etiquetas, poses y prejuicios, bien hecha, bien contada, bien interpretada.

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La doble entrega de las aventuras de Carmina demostró que Paco León tiene poco pudor y aún menos vergüenza, que los prejuicios son cosa ajena a él y que su propuesta es acercarse a la vida y a las personas tal cual somos. Dicho esto, si algo nos hizo venir al mundo, nos da ratos de satisfacción y alegría –cuando no de felicidad transitoria- y supone un continuo estímulo para superar cuanto obstáculo nos surja por el camino, eso es el sexo. Así que únase este tema como hilo conductor, la manera de ver el mundo del amigo León y lo que ha aprendido tras dos producciones tras la cámara y el resultado que obtenemos es una de las mejores comedias vistas en mucho tiempo.

La primera secuencia, con ese collage de imágenes uniendo el comportamiento sexual humano y el animal demuestra que dos de los aspectos muy cuidados de Kiki. El amor se hace son su montaje y su fotografía. Cada encuadre está en ese preciso punto en el que se sitúa al espectador dentro de la escena, pero con la suficiente prudencia como para ser un testigo invisible de cuanto esté ocurriendo. Cada plano muestra lo que es necesario, dejando todo el protagonismo a los hombres y mujeres que transitan por ellos, seres de carne y hueso entre los que destila una química que va más allá de sus coordenadas para desparramarse entre los espectadores que llenan la sala. Lo de Natalia de Molina y Alex García, o lo de Candela Peña y Luis Callejo son auténticos fuegos artificiales. Un magnetismo como el que se da entre Luis Bermejo y Mari Paz Sayago, o entre Alexandra Jiménez y David Mora incluso con pantalla de por medio. En definitiva, magia, un porque sí irracional, sin aparente lógica, pero es ver juntos a Belén Cuesta, Ana Katz y Paco León y todo funciona.

Un acierto notable es no contar una única historia sino hasta cinco independientes, sin cruzarse entre ellas, tan solo quedando unidas por compartir dimensión espacio-tiempo al final de la proyección. El guión que nos va llevando de unas a otras está estructurado para darnos una visión tan completa como panorámica de lo que es la intimidad y el papel que el sexo tiene tanto en su consecución como en su consolidación. Y este, ¿qué es? ¿En qué consiste? Aparentemente, cada una de las relaciones que vemos en pantalla tiene como ingrediente una filia sexual que podríamos considerar rara, extraña, poco o nada convencional. Adjetivos calificativos que se caen y se esfuman gracias al humor dialogado y gestual que llenan cada secuencia y que demuestran que en esta vida lo normal es lo que hagamos que sea normal, y que lo raro será aquello a lo que le neguemos luz y palabras, aunque seguirá siendo parte de nosotros.

Y lo que corona esta película de principio a fin, lo que la hace grande, entretenida y divertida es su gracia, el desparrame de ingenio y de finura para hacer alegre cada momento. Desde que nos levantamos hasta que nos acostamos cada acontecimiento tiene el potencial de una sonrisa, de una carcajada si es acompañado. Y si es con deleite físico, mejor aún. De ahí a hacer de un roce una emoción, de una caricia una sensación, de hacer el amor el goce de vivir, va solo el ponerle la voluntad, las ganas y el buen humor de Kiki.

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