“El armario de acero”, luchando contra la opresión en la Rusia de hoy

Relatos y poemas breves y expresivos, unos por lo que cuentan y otros por cómo lo hacen. No es este un recopilatorio de historias sobre cómo vivir ocultado o luchando contra el sistema, va más allá. Se adentra en las personas y en su manera de sentir dejándonos ver los cauces que toma lo innato, unas veces con una redacción convencional y otras con complejas formas narrativas.

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En junio de 2013 Rusia aprobaba la conocida ley “contra la propaganda homosexual”, cuyo supuesto fin era proteger los valores de la familia y de la integridad personal de los más pequeños. Eufemismos aparte, su realidad es la de esconder, ocultar, castigar y penar a aquellas personas que no se atienen a la uniformidad heterosexual. Una manera de control y opresión social de un gobierno con pretenciosos aires de imperio y descarados modos dictatoriales.

Además de contra las expresividades afectivas fuera de la norma mayoritaria, son conocidos también los ataques del gobierno de Putin contra todas las disciplinas artísticas que transmiten mensajes críticos (he ahí las musicales Pussy Riot) o satíricos (Tatiana Titova, directora del Museo Ruso de San Petersburgo hubo de dimitir por dejar exponer un cuadro de Vladimir vestido con camisón), llegando a tergiversar (se ha acusado a la novela gráfica “Maus” de ser propaganda nazi cuando resulta ser todo lo contrario) o a amenazar a aquellos medios de comunicación que se atreven a poner en duda el papel social e ideológico de la iglesia ortodoxa.

Estos son los ecos que nos llegan desde fuera sobre cómo es vivir en Rusia cuando no se cumplen la legalidad vigente. Pero, ¿cómo es estar dentro y no dejarse negar, humillar o aplastar por semejante barbarie?  Para obtener una respuesta desde un punto de vista literario, Gonzalo y Alberto, editores de Dos Bigotes, contactaron con Dimitry Kuzmin, máximo impulsor de la cultura LGTBI rusa (tal y como redactan ellos mismos en el prólogo) y de sus contactos y gestiones surgieron las colaboraciones de los 17 autores que conforman “El armario de acero”.

Cada uno de ellos con diferentes aportaciones, fundamentalmente relatos más o menos breves y poesías. Unos cuentan historias apegadas al día a día, acontecimientos en los que el afecto encuentra la manera de materializarse, de ser una caricia, un beso o un abrazo real; y otras en las que se convierte en fuente de castigo, de desprecio. También los hay que son ventanas de un yo interior que fantasea sexualmente  de continuo para compensar a la persona rígida, fría y normativa que muchos se ven obligados a ser. No siempre la cuestión del género o de la orientación sexual es protagonista, sino que como en la vida misma, forma parte del conjunto de características que nos definen y que tan solo pide ser considerada y respetada.

Contenido aparte, “El armario de acero” es también interesante por la variedad de estilos que confluyen en sus páginas. Entre sus ficciones encontramos narraciones, diálogos y descripciones que responden al tradicional planteamiento-nudo-desenlace; y también otras desestructuradas, con entradas y salidas de elementos sin aparente lógica, combinando puntos de vista en un caleidoscopio variopinto a la manera en que los pintores cubistas componían sus pinturas hace un siglo.

Es en la lectura de estos donde está el reto que plantea este volumen de Dos Bigotes. Hay que saber ver más allá de las palabras y las frases que se forman en ellos, sin metáforas ni símiles aparentes, y dilucidar qué puede haber entre sus líneas. Las palabras, acciones o acontecimientos que no se pueden contar libremente se ocultan tras modos y maneras expresivas que pueden resultar difíciles y complejas de entender. Pero si se mira, si se lee atentamente se llega a ver el deseo, el dolor, las ganas o el miedo de sus autores o del entorno que nos transmiten a través de sus creaciones. Quizás sean estos los escritos más expresivos y creativos, los que plasman el maltrato psicológico y físico, la esquizofrenia en la que un régimen como el de Putin y una sociedad como la rusa actual obliga a vivir a muchos de sus habitantes, de sus vecinos, de sus hijos.

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