“Imre: una memoria íntima” de Edward Prime-Stevenson

Hace más de un siglo que un hombre se aventuró a sobrepasar los límites que el esoterismo camuflado como ciencia le quería imponer a su capacidad de amar a otra persona, a otro que físicamente era como él, a otro hombre. Con una cuidada narrativa y un ritmo tranquilo, el norteamericano Prime-Stevenson diseccionó de manera precisa y delicada en esta novela cada una de las sensaciones y emociones en que consiste el gran y bonito sentimiento de “la amistad que es amor, el amor que es amistad”.

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En sus múltiples vertientes, la ciencia intenta que todo cuanto nos rodea sea objeto de su análisis y de su capacidad de establecer leyes que expliquen la lógica de lo estudiado. Unas veces lo logra aportándonos un mayor conocimiento del mundo en el que vivimos. Otras, en cambio, la incapacidad para reconocer sus límites de aquellos que se han considerado a sí mismo científicos, ha hecho que sus teorías sin constatar se hayan convertido en doctrinas absurdas y dogmas estigmatizadores de los sujetos objeto de estudio. Así sucedió durante mucho tiempo con los hombres y mujeres homosexuales, no solo por ser tales, sino también por no mostrar un comportamiento sujeto a la norma social y religiosa heterosexual convertida en reglamento legal.

Hasta que llegaron aquellos que no estaban dispuestos a dejarse avasallar, a negarse a sí mismos. Cada uno a su manera pasó por encima de los prejuicios e hizo frente al desconocimiento, la ignorancia y a lo insensatamente establecido para afrontar con naturalidad y espontaneidad lo que no es más que vivir lo que el destino te depara a nivel humano y relacional. Edward Prime-Stevenson (1858-1942) fue uno de estos hombres que con sus habilidades, la de saber escribir, se puso manos a la obra y relató bajo estos principios la ficción del encuentro de un viajero inglés y un militar del Imperio Austro-Húngaro en el Budapest del principios del s. XX.

Ambos, individuos solitarios a los que vamos conociendo a través de una serie de encuentros sociales impregnados de una gran formalidad. A medida que estos se suceden, surge una intimidad resultado de compartir tiempos diurnos y espacios públicos en los que la cercanía y el conocimiento mutuo crecen a través de diálogos con poco más que las palabras justas, pero tan precisas y sutiles que conllevan en los que las dicen, escuchan y leemos un calado de honda y profunda emoción. Ese es el juego que hábilmente crea y expresa el autor, complementado con las completas reflexiones de uno de sus protagonistas a cuya mente nos da acceso al hacer de él el narrador, dejándonos incluso la duda de cuánto hay en él de alter ego.

Primero nos atrapa hábilmente a través de la corrección formal de lo que escribe, y que es también la de la situación que nos describe. Pero llegado el momento en que la tensión de lo establecido no se soporta más en los parques, los puentes o los cafés de la ciudad de San Esteban, y que ésta ya ha alcanzado también su culmen sobre el papel, da el paso a la segunda parte de las memorias íntimas de Imre. Comienza entonces un torrente emocional de honestidad, verdad y transparencia con el que se derrumban prejuicios, se vencen miedos y se prepara el terreno para algo en cuya definición debiéramos utilizar términos como futuro, ilusión y libertad.

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