“Corpus Christi” de Terrence McNally

Al igual que Jesucristo fue crucificado por amar a todas las personas sin hacer diferencia alguna, Matthew Sheppard fue asesinado en EE.UU. en  1998 por sentirse atraído por los hombres. A partir de estos salvajes hechos, McNally hace un impresionante traslado a nuestros tiempos del relato católico de la vida y pasión de Cristo. En su valiente visión del Salvador como alguien con quien todos podemos identificarnos compone un cuadro en el que la homosexualidad es tanto manera de amar como excusa para la persecución y el castigo.

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El asesinato del joven Matthew Sheppard es uno de los muchos hitos que la homofobia y la crueldad humana nos han dado a lo largo de la historia. Tras golpearle duramente en la cabeza una tarde del mes de octubre de 1998, le abandonaron en el campo, atado a una cerca en la que fue encontrado muchas horas después, ya en estado de coma y sin posibilidad alguna de recuperación. Su asesinato quiso ser utilizado por algunos grupos supuestamente cristianos como muestra de que las personas homosexuales tienen negado el acceso al reino de los cielos. A tanto odio, sinrazón y brutalidad Terrence McNally respondió con este texto, con un prólogo en el expone la idea de que si Jesús existió, fue un hombre que se dirigió a todos nosotros con un mensaje de amor y aceptación mutua y no como alguien con reglas con las que alejar de una vida de bienestar y pacífica convivencia a la mayor parte de las personas.

Bajo esta máxima, McNally apunta que fuera cual fuera la biografía de Jesús, podemos verle e interpretarle bajo otras características similares con el fin de identificarnos con él desde nuestras características más personales. Esto no sería blasfemar, sino una muestra de su universalidad y capacidad de empatizar con todos nosotros.

El autor de, entre otras muchas, la genial Love! Valour! Compassion! o la íntima Mothers and sons, realiza un perfecto símil entre las etapas y algunos de los grandes momentos de la supuesta vida del hijo de Dios con aquellos que muchos homosexuales han de afrontar en su intento de vivir una vida conforme a su manera de sentir. Con esta premisa y con la superposición en la mente de las imágenes de Sheppard falleciendo atado y apaleado y Jesucristo crucificado hay que acercarse a Corpus Christi.

De la misma manera que el nacido en Belén no fue entendido por los sacerdotes del templo en su niñez, así le sucede al protagonista Joshua –nombre en hebreo de Jesús- en su etapa formativa, plasmada sobre todo en la fiesta de graduación del instituto cuando ha de afrontar tanto la exigencia de popularidad como con el supuesto hito de perder esa noche, si no lo ha hecho ya, la virginidad heterosexual. El Nuevo Testamento nos relata la travesía del desierto del destinado a redimirnos, un proceso similar a la huida que muchos jóvenes han de hacer para alejarse de las que fueron la coordenadas –geográficas, familiares y sociales- que no les aceptaron para buscarse unas en las que fijar su lugar en el mundo. En sus últimos años Cristo se dedicó a transmitir la palabra de Dios y su mensaje de amor, ese que decía que todos somos iguales y debemos ayudarnos, apoyarnos y darnos afectos sin filtro alguno. Una realidad que muchos hombres y mujeres no pueden vivir por ir de la mano con un igual y ser por ello objeto, no solo de crítica, sino de violencia física y psicológica que puede llegar a costarles la vida.

Esta obra centra toda su apuesta en la fuerza de sus diálogos, aunando estos una doble dimensión temporal, hacer referencia tanto a lo sucedido hace dos mil años como a la realidad de hoy en día, unas veces de manera simultánea y otras quedándose en el aquí y ahora, pero sin olvidar el relato y el referente bíblico. Para dar todo su protagonismo y máxima poder a la palabra, el autor plantea una puesta en escena sin escenografía, desnuda y limpia de elementos ajenos a su relato, tan solo un banco en el que los actores han de esperar sentados cuando no intervienen. Y con ecos del teatro griego, con un elenco solo masculino en el que buena parte de los actores han de interpretar varios papeles –independientemente de su género y edad, como a los apóstoles con profesiones del mundo actual o a compañeros del instituto- y todos ellos vestidos de la misma manera (camisa blanca, chinos de color beige y pies descalzos).

Se da la ironía de que el título tiene también múltiples dimensiones con un marcado simbolismo. No solo es el nombre de la ciudad del estado de Texas -uno de los más conservadores de EE.UU.-  en la que está ambientada la historia y en la que McNally vivió durante su infancia. Es también la fiesta católica que se celebra sesenta días después del Domingo de Resurrección para ensalzar la presencia de Jesucristo en la Eucaristía, momento en el que él señalo su entrega a los demás cortando el pan y diciendo aquello de “tomad y comed todos de él, porque esto es mi cuerpo, que será entregado por vosotros.”

Un mensaje similar es el que Terrence McNally pretende hacernos llegar con esta gran obra, que ojalá muertes tan crueles como la de Matthew Shepard valgan para darnos cuenta de que las personas estamos destinadas –en nuestra diversidad, que no desde nuestras diferencias sociales, religiosas, culturales, educativas,…- a respetarnos, querernos y amarnos.

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2 pensamientos en ““Corpus Christi” de Terrence McNally

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